Coro

Imagen: Diego Buitrago

Suele ser común que mi relación con los números no sea ni la más cordial ni la más estrecha, aunque cuando nos encontremos cara a cara, como viejos conocidos o como nuevos familiares, nos la llevemos tan bien y todo fluya como si acabáramos de vernos por última vez. Y lo es porque así son los números, son lo que son y no quieren ser nada más, porque así es la vida, es lo que es, y porque así soy yo, que no sé lo que soy pero así soy y qué le vamos a hacer. No hay otra opción cuando uno mismo es una de las dos únicas opciones, pero ya dije que de matemáticas no hablo porque apenas si sé que existen. En cambio, si miro la otra cara de esa moneda de la cual soy el lomo, me va pésimo con las letras por más que muchos entusiastas con presbicia digan lo contrario. Porque no soy bueno para descubrirlas ni para inventarlas aunque me la pase intentándolo, y con esto revelo, apenas, que el agua moja. Sin embargo, a lo mejor porque nací con la suerte de los santos, una vez una revista me permitió que la avergonzara semanalmente con mis textos y, aquí y ahora, lo contaré. En ella he transitado por zaguanes imaginarios, he descrito las ruinas de mi piel, he transcrito instrucciones que me fueron dictadas por alguien que parecía ser yo para no seguirlas y, aunque todavía no me lo creo, he bebido agua lúcida venida de quién sabe dónde. Entre todas ellas, como marcadores de páginas en las librerías de viejo, casi perdidos pero nunca perdidos, hay una infinidad de versos malos, metáforas fáciles, sentencias mohosas, aforismos rencauchados, articuentos incompletos y hasta literatura, aunque nada más en los comentarios que les han hecho quienes las han criticado. Y, para ir más allá, detallarlo todavía más, diré que he mencionado todo tipo de animales, enumerado cuanta maravilla vi, atestiguado todo lo que me confesaron alguna vez y muchas otras tradiciones por las que, comprendería, merezco ir a la hoguera sin indulgencia. Antes dije revista, pero en realidad no es una revista, y menos una cualquiera, una del montón, es más bien un templo de encuentro entre lo que fui antes de ella, lo que soy durante ella y lo que seré luego de irme de ella al morir, a la vez que es un génesis de joyas humanas de calibre incomparable, entre los que cuento ya amigos y un par de hermanos que se aman y que valen toda una vida, pero, sin dar lugar a dudas ni a certezas, es un lugar en donde se puede ser un peatón sin molestar a los demás, ser una parte de la pradera para caminar sin pensar en los obstáculos ni en lo que no se ve. Y quizá lo más importante es que allí se puede ser feliz porque se puede ser libre y, ante todo, porque se puede ser libre siendo libertad.

Y digo todo esto, primero para no perder la costumbre de cantinflear mientras que llega la muerte, y segundo para que me alcancen las fuerzas para llegar hasta la meta, una meta invisible que nadie más ve ni verá. Entonces, con lo primero ya cumplido, porque llevo varios minutos sin decir algo concreto por andar diciendo varias cosas a la vez y a la vez por partes, me dispongo a cumplir lo segundo justo antes de que alguien atraviese la meta primero que yo y no me gane o, por supuesto, que llegue después y que me gane: nadie sabe lo que tiene hasta que lo halla. Yo ya lo hallé, y ahora lo sé. Lo sé porque lo soy. Soy un peatón. Soy Literariedad. Soy un afortunado de no estar en el diccionario.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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