Old shit, new shit

Me cuesta palpar exactamente a qué velocidad de vida me muevo o qué velocidad de vida sería la más apropiada para mis pensamientos acelerados. Hay días muy lentos en los que me cuesta salir de la cama y no hago más que sentirme mal por no salir de la cama y por no poder concentrarme cuando finalmente salgo de la cama y por perder todo un día de vida, que no es una hora perdida, son 24. Al final de esos días lentos acabo muy triste, pero esa tristeza generalmente me lleva a la página. Y aunque usualmente no escribo nada coherente bajo esa tristeza, de pronto sí escribo emociones muy crudas, como una metáfora para la velocidad de vida que más me atrae en estos tiempos: “Quiero ir a la velocidad de un bolero que se mira por el espejo retrovisor de un carro”.

Me obsesiona pensar en esta velocidad, tratar de descubrir cuál y cómo es la mía en relación a la de los otros o a mi vida misma in practice, que cada vez recuerda menos cómo bajar la guardia. No sé (todavía no quiero admitirme) si este pensar sea a fin de cuentas, superfluo, fantasioso o poco saludable; sólo sé que recientemente lo cultivo y es como un refugio, una debilidad, una autocrítica, y más que todo lo anterior: un deseo abrumador de encontrar un ritmo de vida que maximice la tranquilidad y la felicidad. Piece of cake, no?

Tengo algunas intuiciones bastante específicas sobre la velocidad de vida that would best suit me; imágenes mentales y recuerdos de sensaciones parecidas a esta velocidad. “Es similar a un domingo; salir a pasear un domingo. ¿Sabe usted como en Italia, o en cualquier país que todavía predique y practique el descanso, los domingos son para respirar, almorzar tarde y pasar un largo rato a la mesa? Después, quizás, visitar a los abuelos, leer el periódico con calma, dar un paseíto sin mucha gente en la calle, ir a nadar, tomarse un helado”. Algo así adaptado a la vida caribeña, claro, donde el mar siempre está cerca y las mañanas se aprovechan. Escribir y pensar a esta velocidad también, qué paz, qué delicia.

***

Esta semana pasada me propuse volver a guiar un carro para poco a poco recobrar la comodidad con la que guiaba antes de que me invadieran los ataques de ansiedad. Hace casi cinco años, cuando me empezaron los ataques, dejé de guiar porque sentía los síntomas—temblores, palpitaciones, respiración agitada, disociaciones, ganas de salir corriendo—en plena autopista, y qué desmadre, horroroso. Lo que significa entonces, que en los pasados cinco años casi no he guiado y que durante la última semana he sentido mucha ansiedad cuando pienso en guiar y mucha más cuando guío. El último día lento que viví, con cierta tristeza, me la pasé pensando en si podía o no podía montarme en el carro. Que probablemente me desmayaría en plena autopista, que no valía la pena sufrir tanta ansiedad frente al volante, que realmente no tenía que salir de la casa para escribir. Inventar excusas para evadir la confrontación del miedo: mi carrera profesional. El día después, sin embargo, roída por la culpa, me levanté con la intención de evadir la tristeza del día anterior. “Vamos, no lo pienses mucho. Desayuno, me despido de mami y me monto en el carro y llego”, por no escribir todos los pep talks mentales que me recito para convencerme.

En el carro iba nerviosa, claro, pero identifiqué una mejora: por un par de segundos, logré despejar los nervios para asociar que el día anterior no dejaba de pensar en mi velocidad de vida. Pensé que la velocidad más atinada de momento, sería la del carro, en el que intento no ir tan rápido para no darle gasolina a mis palpitaciones. En el espejo retrovisor todavía no visualizo el bolero que añoro pero sí las palabras de Frank Ocean—su amor por los carros:

How much of my life has happened in a car? I wonder if the odds are that I’ll die in one. Knock on wood-grain, shouldn’t speak like that. We live in cars in some cities, commuting across space either for our livelihood or devouring fossil fuels for joy. It’s close to as much time we spend in our beds, more for some. […] I used to ride around in my sinewy crossover SUV, smoke and listen to rough mixes of my old shit before it came out, or whatever someone wanted to play when they hooked up their iPhone to the aux cord. (*)

Frente al volante voy muy nerviosa, disociando, respirando cortito, pensando en lo peor. Todavía no logro cantar para distraerme. Pero al menos, también pienso en Frank, lo imagino guiando con soltura, escuchando su old shit y cuajando, inconscientemente, su new shit. Pongo su álbum más reciente, Blonde, a todo volumen, seguramente muy bien pensado para que suene espléndidamente en un carro. Y así suena: espléndido, impecable. Y así, por segundos, el carro es otro lugar para pensar, más allá de lo peor, más allá del miedo. Pensar con el miedo, a pesar del miedo, por encima del miedo, es lo que toca, me asegura el recuerdo de Frank. Sólo así escribiré encaminada, rumbo a esa velocidad en la que miro al bolero en el espejo retrovisor y lo reconozco, es ese bolero de Bobby Capó que tanto me gusta, tan cursi y tan cierto:

Si por casualidad
duermes y sueñas
que te acaricia la brisa
y sientes que el rocío
mañanero besa tiernamente
tu mejilla
y el aroma del café
te hace cosquillas
seguro sueñas
que estás en Puerto Rico.

 

 

 

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

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