Los ebrios

Pintura: Los Borrachos. Diego Velázquez.

Por: Elbert Coes

No discutiré con usted, sobrino. Creo, en definitiva, que estamos de acuerdo en una cosa: nadie, viva como viva la vida, debe juzgar la muerte.

Eso creía el viejo Ashlán, que en sus días fue sindicalista, y temeroso de nada. Decía —sobrio y ebrio decía las mismas cosas— que la muerte no es lo que antes del nacimiento. No, señor. Y convencido estaba de lo que decía.

El viejo Ashlán y yo pasamos mucho tiempo juntos desde temprana edad y fuimos a las mismas guerras en los mismos días. Él bebía ron con su pensión y pagaba el whisky que yo me tomaba: doce años. Como usted y yo, sobrino, éramos el viejo Ashlán y yo. Por eso le pago a usted su vodka y sus Lucky Strike sin que yo beba ni fume lo que usted; así como hacía el viejo por mí.

Igual que hoy hice yo, despertar antes del añil mañanero y desayunar cerveza de barril, así hacía el viejo Ashlán. Antes que saliera el sol prendía su pipa, destapaba su botella y brindaba al aire. Se sentaba en su mecedora de caña y silbaba un Johnny Cash; y cuando el primer rayo de sol tocaba las cornisas de las montañas detrás del pueblo, el viejo Ashlán decía en voz alta: “¡George, canalla, ven aquí!”, y lo repetía cada vez más alto. A medida que yo ensordecía, la voracidad le aumentaba; con los años, más fuerte repetía: “¡George, canalla, ven aquí y desayuna conmigo!”.

Para cuando acababa de gritar ya había yo salido aquí al cobertizo, y él  abría su sonrisota detrás del humo de su pipa. Decía, entre ron y ron, que todo era progresivo como el día. Tenía una palabra: Entropía. Y explicaba que si su botella, o la mía de whisky, o la suya, sobrino, de vodka, cayese sobre el cemento y se quebrase, nada, ni Dios —pues Dios, sobrino, es ley, y la ley no converge sobre sí misma—, nada, ni Dios, decía, podría deshacer el rompimiento de la botella. Lo invisible y lo visible dejan rastros en el tiempo. Eso decía el viejo Ashlán.

No discutiré con usted, sobrino. Pero con este conocimiento, el viejo Ashlán podía ver el futuro, en sus sueños, cosa extraña eso, y tan común a la vez, tan verídica y tan inútil.

Pues mire usted que una mañana se levantó con lo habitual: su ron, su pipa y su mecedora, gritando la mención especial que diario me hacía: “George, sé cómo voy a dejar atrás todo cemento y madera, el hierro y el azafrán, el ron y el olor de mi pipa, el rojizo sol y el caoba de la tarde, el pardo pasto y la tierra seca y vieja. Me vestiré de viento”. Explicó, humo sobre humo, ron contra ron: “Mi viaje será como el rompimiento de esta botella. Yo seré todos sus fragmentos”.

Un día tomó su botella y me llamó bajo la negra madrugada, y me gritó el honor: “George, amigo mío, es hora de cenar”. Bajo la luz de la marquesina lucía cual fantasma con su botella en mano mientras con la otra hacía mecer la silla vacía. Al verme, bajó la escalinata del cobertizo y dijo: “¡George, canalla, te has levantado tarde hoy!”. Yo le respondí: “No, amigo mío, todavía no es hora”. Y el viejo sonrió entre el humo de su pipa. Caminó hasta la cerca del patio y dijo: “Es el viento, George”, y apoyó una mano en el madero del portón y repitió más bajo, casi en un susurro, mientras se dormía: “Es el viento, mi amigo. Es el viento”.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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