Releyendo Cien años de soledad

Por Santiago Jiménez Quijano.

A veces me dejo llevar por las campañas baratas del marketing onomástico para ponerme al día con lecturas “obligatorias” que no he hecho por desidia, pereza o falta de tiempo. Así me pasó con Cien años de soledad. A propósito de los cincuenta años de su publicación, me propuse leerlo de nuevo -ya lo había hecho muchos años atrás cuando, como a todos los colombianos, me obligaron a leerlo en el colegio-.

Como todos los aspirantes a escritores colombianos de mi generación,  yo también caí en el lugar común de despotricar de García Márquez, teniendo tan solo esa lectura adolescente como referencia, y repitiendo los argumentos que otros decían. Y mi intención con esta relectura era puramente literaria: saber si mi aversión por García Márquez tenía sentido. Pero ese motivo pasó rápidamente a un segundo plano, luego de comprobar que era un libro que había sido mal leído por los colombianos (aunque no sé hasta qué punto).

Lo primero que se debe resaltar, aunque ya muchos otros lo hayan dicho, es que Cien años de soledad, más que una novela sobre una familia, es una epopeya, una historia mítica. El esfuerzo y la ambición de García Márquez es descomunal y va más allá de lo puramente literario. Es, nada más y nada menos, que el de definir la identidad nacional; el de proponer un mito fundacional, a falta del  que nos fue arrebatado desde la Conquista y cuya ausencia nos ha tenido vagando desde entonces en un mar de incertidumbre sobre lo que de verdad somos. Algo como lo que significó para Irlanda el Ulyses, otra obra inmensa. Aunque Cien años de soledad se separa del libro de Joyce y de otras obras míticas en que no se trata de un relato alegre ni esperanzador, a pesar de que así nos lo han querido vender el Establecimiento, las editoriales y los profesores de literatura del colegio. Es todo lo contrario: un libro desesperanzador, trágico y profundamente triste.

También es subversivo.

Sí, subversivo. Basta ver cómo trata a los políticos pestilentes que acabaron con la tranquilidad de lo que era un territorio en paz y armonía. En el libro tanto liberales como conservadores no aparecen como más que grupos de indolentes y corruptos que idearon, promovieron y dirigieron una sucesión de sangrientas guerras civiles para que el pueblo se matara entre sí, mientras ellos pensaban en la forma en que se alternarían el poder.

Lo mismo se nota en la forma en que se refiere a los militares:

“Eran tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de galeotes hacía trepidar la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo impregnó de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor.”

Por eso da tanta rabia que haya sido reducido a tres pendejaditas: a las maripositas amarillas de Mauricio Babilonia, a los pescaditos de oro de Aureliano Buendía, o a que Remedios, la bella, salió volando. A quien se le ocurrió el mote mercadotécnico de Realismo Mágico para describir este libro puede ser un genio de la publicidad, sí, pero como todo genio de la publicidad, lo es también del mal. Está al mismo nivel de esos cínicos de la ultraderecha colombiana que son capaces de decir que su partido es de oposición y está en Resistencia Civil. Porque no deja de ser increíble -y trágico- que siendo el único libro que se ha leído con cierto juicio en este país, pues es una lectura obligada para todos los estudiantes a lo largo y ancho del territorio nacional, se haya leído tan mal. Cien años de soledad es ante todo un inventario de nuestras miserias como nación, desde las individuales hasta las colectivas. Desde las del poder hasta las de lo cotidiano. Y, a pesar de cumplir cincuenta años, permanece tristemente vigente. Para la muestra, varios botones.

Empecemos con el despojo de la tierra, tan de moda por estos días del Acuerdo de Paz y durante todas las negociaciones:

“Solo cuando tomaban el café reveló Arcadio el motivo de su visita: había recibido una denuncia contra José Arcadio. Se decía que empezó arando su patio y había seguido derecho por las tierras contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza de los mejores predios del contorno. A los campesinos que no había despojado, porque no le interesaban sus tierras, les impuso una contribución que cobraba cada sábado con los perros de presa y la escopeta de dos cañones. No lo negó. Fundaba su derecho en que las tierras usurpadas habían sido distribuidas por José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y creía posible demostrar que su padre estaba loco desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en realidad pertenecía a la familia. Era un alegato innecesario, porque Arcadio no había ido a hacer justicia. Ofreció simplemente crear una oficina de registro de la propiedad para que José Arcadio legalizara los títulos de la tierra usurpada, con la condición de que delegara en el gobierno local el derecho de cobrar las contribuciones. Se pusieron de acuerdo. Años después, cuando el coronel Aureliano Buendía examinó los títulos de propiedad, encontró que estaban registrados a nombre de su hermano todas las tierras que se divisaban desde la colina de su patio hasta el horizonte, inclusive el cementerio, y que en los once meses de su mandato Arcadio había cargado no solo con el dinero de las contribuciones, sino también con el que cobraba el pueblo por el derecho de enterrar a los muertos en predios de José Arcadio.”

Sigamos con el comportamiento de las multinacionales que llegan a nuestro país, tan en boga por estos días:

“Dotados de recursos que en otra época estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas, y quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de la población, detrás del cementerio.”

Eso sin contar la ya famosa descripción de la masacre de las bananeras y, lo que es más importante, la forma en que hicieron desaparecer el recuerdo de lo sucedido en el inconsciente colectivo.

Y deleitémonos con esta descripción de los tratamientos en médicos en las bananeras, que bien podría ser la de nuestro actual sistema de salud y su obsesión por el acetaminofén:

“Los médicos de la compañía no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento. Era una terapéutica tan generalizada, que los niños se ponían en la fila varias veces, y en vez de tragarse las píldoras se las llevaban a sus casas para señalar con ellas los números cantados de la lotería”

Cien años de soledad también nos recuerda que aquí han habido paramilitares desde siempre:

“Los antiguos policías fueron reemplazados por sicarios con machete ()… Por esos días, un hermano del olvidado coronel Magnífico Visbal llevó su nieto de siete años a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y porque el niño tropezó por accidente con un cabo de la policía y le derramó el refresco en el uniforme, el bárbaro lo hizo picadillo a machetazos y decapitó de un tajo al abuelo que trató de impedirlo. Todo el pueblo vio pasar al decapitado cuando un grupo de hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una mujer llevaba cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde habían metido los pedazos del niño.”

Este es un recuento de las miserias del poder y de los poderosos. Pero también de las miserias cotidianas e individuales. Los personajes masculinos son irresponsables, promiscuos, corruptos, puteros, violentos, desmesurados tanto en la victoria como en la derrota, con una imaginación desbordada pocas veces usada para el bien o para algo útil; son machos insaciables que someten a sus caprichos a mujeres sumisas, abnegadas y resignadas, y que hacen lo que pueden para mantener a flote un mundo sin salvación alguna. ¿Dónde hemos escuchado antes esa descripción?

Así que esto, señoras y señores, es Macondo. Acá no hay magia. Solo la realidad real, como diría Vargas Llosa. O, si acaso, puro hiperrealismo, como dice Antonio Caballero. Es por haber desnudado el alma colombiana de esta manera que García Márquez tuvo que exiliarse y morir en otro país, y por lo que nuestra senadora María Fernanda Cabal, en nombre del Establecimiento, le deseó pasar el resto de la eternidad en el infierno (al parecer la derecha es la única que ha sabido leer bien a García Márquez). La lección de Cien años de soledad es que en un país donde pueden descuartizar a un niño a machetazos a la vista de todos, puede pasar cualquier cosa. Pero para nosotros, que lo habitamos, lo extraño no es eso, sino que una muchacha salga volando, cuando ambas cosas deberían ser igual de extraordinarias (claro, si fuéramos un país civilizado). Lo triste de leer Cien años de soledad es darse cuenta que alguien, hace medio siglo, escribió un libro para que pudiéramos entendernos y, a pesar de que lo leemos (así sea por obligación, pero lo leemos), las cosas le han salido al revés. Ese ha sido el trabajo lento y persistente de las élites colombianas: nos han puesto la verdad en la cara, tan cerca, que no hemos sido capaces de verla.


Santiago Jiménez Quijano es el autor de cuatro novelas que nadie ha querido publicar.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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