Que vivan los chorritos

Four basic premises of writing:
clarity, brevity, simplicity, and humanity.
– El fortune cookie que me tocó el sábado antes de ese martes.

 

Esta cantaleta que voy a soltar va directa. Menos rebuscada que la anterior, parcialmente porque estoy más clara de lo que voy a decir. Lo vi clarito en una plaza del Viejo San Juan, más claro que el mar, que se veía a lo lejos, desde donde estaba yo sentada en esa plaza. Bueno, la cosa va así:

El martes me sentía convencida de que todo andaba mal, de que los niños y adolescentes están creciendo en un mundo de tabletas, smartphones, laptops en la escuela para tomar apuntes, libros digitales que no puedes subrayar ni anotar con la mano y realidades virtuales que no sé ni describir. Están creciendo sin mucha exposición a una niñez como la que yo tuve: llegaba a casa de la escuela, hacía mis tareas rapidito, agarraba mi bicicleta y me iba con la vecina a correr bici y a jugar por las calles, hasta que se empezara a poner oscuro afuera, sin celular por el que me monitoreara mi madre. En esos tiempos de bicicleta yo volvía a casa por hambre o por instinto, pero volvía sola, independiente, y esa libertad, después de un día de escuela de monjas, era mi felicidad más grande.

Todavía recuerdo los caminos. Vivíamos en una urbanización de Gurabo, muy innovadora y asequible entonces. Para allá se mudaban los sanjuaneros clasemedieros que no podían pagarse una casa en San Juan. ¡Cómo han cambiado las cosas! En esa urbanización las casas eran espaciosas, sobre colinas verdes, y los caminos para ir en bici fluían sobre cuencas con bambúes altísimos que habían sembrado para estilizar la comunidad. Siempre me gustaba bajar la colina con mucha velocidad, para sentir el viento muy fuerte, halándome la piel en la dirección contraria. En esa bajada recuerdo el rozar de los bambúes, el agua a los pies de la cuenca y el alce de la adrenalina, una dulcísima adrenalina.

Pero volviendo a lo que iba, a mi pesimismo sobre la niñez actual y este mundo en el que ya no se practican ciertas maneras de vivir o de hacer las cosas porque perdieron eficiencia o encanto o los dos, y por ende, practicantes. Pues mientras me revolcaba en ese pesimismo, les cuento que di mi paso usual cuando tengo pensamientos obsesivos: leer más sobre el tema: ¿qué han pensado y dicho otros sobre este tema? Resulta que una americana, por supuesto, ya ha escrito un par de libros sobre temas afines a éste. Sherry Turkle escribió los libros Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other y Reclaiming Conversation: The Power of Talk in a Digital Age. Entonces, por supuesto, Adaline Torres compró uno de esos libros. El último específicamente, para corroborar mi pesimismo y tener una mejor idea de cómo actuar, qué hacer con mis pensamientos en este mundo apocalíptico.

De primera instancia, todo lo que decía Sherry estaba preaching to my choir, hasta el punto que pensé, “No sé si leer este libro me va a obsesionar y deprimir más que ayudarme”. Pero como conozco algo sobre el masoquismo y la terquedad, seguí leyendo porque el libro tiene instantes muy poéticos y nostálgicos y yo necesitaba desesperadamente a alguien que me entendiera y me escuchara por unos segundos. Me dijo Sherry, por ejemplo:

At a nightly cabin chat, a group of fourteen-year-old boys talk about a recent three-day wilderness hike. One can imagine that not that many years ago the most exciting aspect of that hike might have been the idea of ‘roughing it’ or the beauty of unspoiled nature. These days, what makes the biggest impression is time without a phone, what one boy calls ‘time where you have nothing to do but think quietly and talk to your friends.’ Another boy uses the cabin chat to reflect on his new taste for silence: ‘Don’t people know that sometimes you can just look out the window of a car and see the world go by and it’s wonderful?’ 

(Traducción mía: En una cabaña, un grupo de adolescentes de 14 años conversan sobre una caminata de tres días que hicieron recientemente por el bosque. Hace no muchos años, lo más atractivo de una caminata como ésta hubiese sido la idea de “sobrevivir con menos” o entregarse a la naturaleza en su máximo esplendor. En estos tiempos, lo más atractivo de esta caminata es el tiempo que se pasa sin el celular, lo que uno de los chicos describe como ‘tiempo en el que no tienes nada que hacer más que pensar en silencio y hablar con tus amigos’. Otro chico reflexiona en voz alta sobre su nueva apreciación por el silencio, después de vivir la caminata: ‘¿No recuerda la gente que a veces puedes mirar por la ventana del carro y ver las cosas pasar y eso es maravilloso?’)

Sherry también me dijo esto:

It is when we see each other’s faces and hear each other’s voices that we become most human to each other. Much of this seems like common sense. And it is. But I have said something else is in play: Technology enchants. It makes us forget what we know about life.

(Traducción mía: Cuando nos miramos cara a cara y escuchamos nuestras voces, nos tratamos más humanamente el uno al otro. Esto parece sentido común. Y lo es. Pero he dicho que algo más está en juego: la tecnología fascina. Hace que olvidemos lo que sabemos sobre la vida.)

Y esto: 

Online, we become accustomed to the idea of nearly guaranteed results, something that the ups and downs of solitude can’t promise. And, of course, time with people can’t promise either. When children have experience in conversation, they learn that practice never leads to perfect but that perfect isn’t the point.

(Traducción mía: En la web, nos hemos acostumbrado a la idea de resultados garantizados, cosa que los altibajos de la soledad no garantiza. Tampoco el tiempo con otros seres humanos. Cuando los niños adquieren experiencia conversando, aprenden que la práctica nunca nos lleva a la perfección pero que la perfección no es lo que buscamos.)

La propuesta de Sherry es sencilla, volvamos a sentirnos cómodos con nuestra soledad y volvamos a hablarnos y a escucharnos, cara a cara y atentamente, para tener más cosas sobre las cuales pensar y así continuar nutriendo nuestra comodidad con la soledad; un círculo “virtuoso”, como ella lo describe, que nos permitirá seguir desarrollando nuestra capacidad para relacionarnos íntima y vulnerablemente.

Pues ese martes dejé de leer por opción propia, por no abusar de mi sensibilidad, otra característica de mi generación: protegemos abiertamente nuestra sensibilidad porque cargamos con el dolor de muchos, de todas las heridas históricas que todavía no han sanado y que cada vez se sienten más nuestras y menos del Progreso.

Solté el libro de Sherry y me fui a una clase de cerámica en la que me matriculé, ya tú sabes, por hacer más cosas que ya no se hacen, por nostalgia, por terapia, por mis ganas de hacer pocillos dónde el café sea más íntimo y sepa más rico. Pero llegué demasiado temprano, así que antes de entrar a la clase me senté en una plaza del Viejo San Juan. Esa plaza, cerca del Castillo San Felipe del Morro, tiene una fuente o unos “chorritos” que en tiempos de mucho calor y vacaciones, son muy concurridos por familias. Los padres llevan a sus hijos a mojarse en los chorritos, a que brinquen y chapaleteen, a que gocen y ennoblezcan a la plaza pública como bien merece. Yo me senté con mi helado a mirar los chorritos y su algarabía. “Sin aferrarme a ningún extremo ni exigirme demasiado”, me puse a cultivar más comodidad con mi soledad en esa plaza, como me había recomendado Sherry un par de horas antes. Distraída, les di pedacitos de barquilla a los pájaros. Me limpié las gotas de helado derretido que cayeron sobre mi pantalón. Y, obviamente, también aproveché ese tiempo “extra” para contestar varios mensajes en mi smartphone. (#Fraude, ¿se acuerdan?)

De todas formas, lo más importante fue que eventualmente volví la mirada a los chorritos. Y ahí fue cuando lo vi clarísimo. Ese martes, por unos segundos, lo vi clarísimo. No todo estaba mal, niños y adultos por igual, estaban bañándose en los chorritos. Pisando chorritos y riendo alto, los miro satisfecha, quiero ser una de ellos. Hace diez años era una de ellos. Todavía soy una de ellos. Trato. Cuando me atrevo a vivir, lo que leo y lo que no leo. “Que vivan los chorritos”, pensé, “y que se demore la invención de las tabletas y los smartphones a prueba de agua”, también pensé.

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

Un comentario sobre “Que vivan los chorritos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s