La ciudad: obra de arte moderno

Foto: Pereira, ‘Morena de dibujos’, por Raúl Delort.

 

 

Por: Lina María Benjumea Alzate *

Observar la ciudad, es leer la  historia; así,  es  condensar   fragmentos tejiendo un presente que se desnuda en nuestras miradas a través de las cicatrices en las grietas de cemento, en  los pasos,  monumentos, colores o  transeúntes; es decir, leer un sinfín de aspectos que condensan  la obra de arte “moderno”; ahora, obra considerada  sublime o atroz, dependiendo de la subjetividad del espectador.

La modernidad como periodo de triunfo de la razón sobre la barbarie  y la luz del entendimiento sobre la ignorancia (Cruz, 2013) toma como epicentro la ciudad en su proyecto “emancipador” de progreso e ideales humanos.

Las proyecciones de la humanidad en la modernidad fueron  pensadas para la liberación, progreso, educación, es decir, para el bienestar humano; no obstante, como todos los procesos humanos, este “fracasó”, pues hoy, ante las innumerables proposiciones humanistas que se han contemplado, el hombre no puede dejar su rastro de caos e incertidumbre.

La humanidad ha sido y estará condenada a contemplar la destrucción y esperanza al unísono, por ello,  las construcciones sociales y culturas que se entretejen retornan en ilusión y fracaso, una ambivalencia continua y eterna. El proyecto de la modernidad no fue la excepción, la antropofagia está perenne en la historia del hombre, sigue deambulando en las ciudades, irrumpiendo el gran epicentro del modelo modernista.

Ahora, referenciando la ciudad como epicentro de la modernidad, surge la premisa, de esta como una obra de arte moderno, obra porque es producto de las construcciones humanas, tanto arquitectónicas como simbólicas, un espacio que condensa la existencia.

Por consiguiente, la ciudad como arte, expresa el mundo sensible, por otra parte, es la galería sonámbula  que no cesa de presentar sus obras y se erige en la vitalidad:

La ciudad como teatro, donde los transeúntes no paran de presentar su obra, son actores y espectadores permanentes del caos,  el desempleo, la suciedad y  esperanza, en esencia,  dramatizan el guion del neoliberalismo, para estrenar sus obras en el consumo irrisorio y en la decadencia de los bienes naturales, así,  conjurándose nuevas identidades en el prospecto de ciudad, donde la globalización permite el intercambio de bienes culturales y materiales que pluralizan u  homogenizan la cultura, sin embargo, fluctúa en el detrimento económico de los pequeños productores.

La ciudad como taller de escultura y arquitectura: como se había mencionado anteriormente, el hábitat del hombre se transforma, su cambio deviene del modelo productivo del cual se rige y de las concepciones de mundo que tienen los sujetos, por ello, la historia se adscribe en los modelos arquitectónicos, es decir, se obtienen piezas y datos históricos en los barrotes y diseños de las casas, por ejemplo, en los municipios de Risaralda se entrevé casas antiguas de madera con “chambranas” y puertas grandes, a su vez, patios en el centro,  por otra parte, las plazas y las casas puestas geométricamente cuadriculares, en contraposición al espacio circular manejado por los aborígenes; la observación de este diseño, nos remonta  a la historia de la colonización, donde la cultura española,  en general el mundo de  occidente, influenció  nuestra manera de manejar el espacio y concebir nuestra ciudad, equivalentemente, nuestro pensamiento.

De la misma manera se puede mencionar los monumentos, para tal caso en Colombia, las plazas de Bolívar, el libertador, donde se olvida el proceso libertario de otros líderes como Santander, todo ello, crea historia y cultura que las futuras generaciones observan para apalabrar el mundo.

La escultura de Pereira llamada comúnmente como Prometeo es el monumento a los fundadores, se hizo con la idea de hacer un reconocimiento a  colonizadores, la influencia caucana y antioqueña que parcializó las tierras y erigió la ciudad, pero  ¿por qué  una escultura que se hace  para enaltecer lo propio contiene la figura de Prometeo un personaje de la mitología griega? Si en tierras andinas habitaban otros seres con diferentes   cosmogonías, otra vez,  la ciudad como arte, nos deslinda las identidades que se imponen, las que se ocultan y las que se construyen.

La ciudad como relatos: La tradición oral perenne en la ciudad hablada y los autores que escriben lo que ven y pintan con palabras la ciudad cruda y alegre, ciudad que quiere ser evocada donde no solo  se recuerda, también se efectúa  una resurrección de momentos (Barbero, 1998) una evocación necesaria para leer la ciudad y los imaginarios del hombre ¿Cómo nos acercaríamos a las historias urbanas de Pereira  sin los cuentos de Silvio Girón? ¿Cómo oleríamos la ciudad poética sin Luis Fernando Mejía? ¿Cómo  nos deleitaríamos  con los bambucos y la poesía romántica sin Luis Carlos González? ¿Cómo cantaríamos al infierno sin Héctor Escobar Gutiérrez? La literatura resignifica asimismo la historia del hombre y la ciudad, con ella, delimitaremos la opacidad de nuestra existencia, una existencia en la cual toda proyección está sujeta al fracaso ¿Qué importa decir que la modernidad ha fracasado si todo en el hombre es fracaso? Por ello,  esta dualidad invita a conjurar la práctica de solventar nuestra existencia con evocación en el arte para resignificar sentidos que caerán y fracasarán pero procuran transformarse en otros,  una lucha incesante que la ciudad y el hombre apremian.

Bibliografía:

CRUZ KRONFLY, Fernando (2013): La ciudad: promesa moderna de razón y de luz. Universidad del Valle.

GIRALDO, Fabio y VIVIESCAS, Fernando (comps.) (1998): Pensar la ciudad. Bogotá: T/M Editores.

 


Lina María Benjumea Alzate (*) (1994). Pereira, Risaralda. Caminante  e intérprete de colores y paisajes; estudiante de Licenciatura en Español y Literatura.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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