Selección de cuentos cortos de Roger S. Sánchez

La metamorfosis

S no quiere asustar a nadie, pero cree que el veneno que compró para las cucarachas les está dando poderes. Lo puso en la mañana y se fue de la casa para no aspirar sus humos tóxicos. Volvió en la noche, prendió la luz, miró debajo del poyo de la cocina, de la cama, en el armario, en el escritorio, por todas partes, y no vio ninguna. Se sentó en el computador con aire de vencedor, engañándose, porque a las cucarachas no las vence nadie. Se durmió. Al otro día, con un ligero ardor en la garganta, se despertó sintiéndose más humano que nunca, con un extraño dolor de cabeza y un aún más extraño olor a piña por todo el cuerpo. Entornó los ojos, estiró un brazo, dobló la rodilla del pie derecho, sintió una parte helada de la sábana, la buscó, se giró, puso el empeine al borde del colchón, se tiró un pedo, pasó su lengua por los labios, los mordió, se rascó un pómulo y se pasó la mano derecha por la cabeza. Eran las 6:45a.m. y por primera vez en su vida laboral no quería ir a trabajar. ¿Qué le pasó, si es de los pocos que entiende quién es y dónde vive? ¿Qué le pasó si a sus 34 años, hace 10 horas, se sentía como un santo que puede vivir sin pensar? Eran las 7:20a.m. y no había doblado la otra rodilla, no había sacado de la cama el otro pie, no se había quitado las lagañas, no se había hurgado la nariz y no había salido de la primera pregunta. Lo que sí hizo fue rascar todo su cuerpo y repetirse: “Estoy intoxicado, estoy intoxicado, estoy intoxicado, ingerí veneno para cucarachas”. Puede decir eso o reconocer que tiene una increíble excusa para no ir a trabajar.

N

Un domingo a las 10:00a.m. N se plantea pararse de la cama para hacer lo que no ha hecho en toda la semana: barrer, trapear, sacudir, enserar, lavar la ropa, extender la ropa, hacer el desayuno y el almuerzo. Se levanta. Busca las chanclas. Se sirve un café. Después, en estricto orden alfabético (Escoba y Trapero. Agua, Jabón y Límpido) arremete contra su casa, exceptuando los recovecos por donde ni siquiera la mugre pasaría. N vive en un apartamento para dos personas y una estrechez o para una persona y una deuda, de dos habitaciones, una cocina, una sala comedor y una administración muy costosa. Justo tiene el espacio para ubicar lo que consiguió: dos armarios, tres mesitas de centro nacaradas, un comedor, dos muebles y una cama 2 por 2. En las mesas hay muchas porcelanas, un zapato viejo, el Moisés, la Biblia abierta en Los Salmos 4: 7. Hay muchos que preguntan: “¿Quién nos mostrará la felicidad, si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?”. También tiene una mecedora, un sofá y un sofá cama, un comedor de cuatro puestos y el cuadro de la ultima cena. Todo esto lo consiguió en su matrimonio. Se caso después de oponerse a la soltería de su mejor amiga con hechos. Lamentó ser proclive a llevar la contraria. Ese hombre no servía ni para sacar la basura, decía. No tuvieron hijos porque ella no quiso. A pesar de lo pequeño del apartamento arreglarlo era tarea de diez. Por eso N era una con la pereza de nueve, pero con la imaginación de ocho. De ahí que se dedicara a recapitular la ubicación de las cosas.

Ya eran las tres de la tarde y no era hora para hacer oficio. Iba a hacer el almuerzo. En la alacena vio el cenicero lleno. ¿Por qué llegaría ahí? N recordó que una vez que estaba fumando sonó el timbre de su casa y ella alistó el cenicero con las cenizas de cigarrillo viejas que tenía en ocasión de emergencias y lo puso sobre el poyo. Fue a ver quién era. Era su vecino, un joven muy alto, de hombros anchos, de brazos y piernas visiblemente ejercitados. Le dijo que le prestara la batidora. Para recordar la batidora tuvo que recordar a S, un amigo del colegio con el que tuvo sexo una noche en la que se reencontraron. Con él estuvo en el comedor, que estaba sin arreglar porque en la tarde estuvo con sus amigas haciendo un pastel de banano, que les sugirieron en la feria de “Los mil y un usos del banano”. Cuando llegó con S al apartamento, el único puesto vacío para tener sexo era el comedor. Se llevó, casi inconscientemente, el batidor para la alacena y lo dejó allá. Manifiestamente excitada por el recuerdo del batidor de S, N dejó pasar a su vecino, quitó el cenicero del poyo y lo puso en la alacena. Se desnudó y dejó que aquel hombre la penetrara por donde quisiera.

 

En vía de extinción

Vivir con Pulento me hizo sentir como perseguido por una copiosa mala suerte. Al desayuno comía dos burros de harina rellenos de salchicha ranchera con jamón, dos empanadas de pollo y una taza de chocolate. Al almuerzo, un sancocho con abundante arroz, carne sudada de res, papa, yuca y plátano cocinados. De sobremesa, una mazamorra con tres bocadillos veleños. Comía con mucho afán y ansiedad. ¡Nadie le va a quitar!, le decía yo, para que en la noche no nos aturdiera con su letal metralleta. ¡Ufff! , decía Pulento. No sé cómo el hediondo y su mala suerte se me acomodaron en el apartaestudio en un pequeño pasillo que se hacía entre la única pieza y el baño. Allí dormía, preciso, entre las paredes; una de Gplac que da a mi pieza y otra de ladrillo que da a la casa de enseguida. No sé si el vecino también, pero juro que yo sentía los suspiros de sus vísceras. Al gordo era dificil decirle que no. Es la prueba inmensa y molesta de que la vida es una payasada; uno termina riendo de los muertos que lloró, de los amores que perdió, de las oportunidades desperdiciadas, retractándose de lo que decidió y viviendo con un mamut maloliente y atenido. Vamos al cine (combo 8: crispetas grandes, gaseosa grande y perro)…, vamos a comer donde la señora de la esquina…, vamos a comer arepa con queso de la 23…, vamos a comer comida mexicana de la 24…, vamos a comer donde La mona…, vamos a comer… Un día me invitó a un tour de la comida. Fuimos con su amigo Busto. No era tan gordo como él pero le respiraba en la nuca. Llegó en un Corsa 2014. Lo primero que dijo fue un chistecito: ¿No le importa quedar encorsetado? No le respondí. Fuimos primero a comer fritanga, luego fuimos a comer caldos, y nos acercamos, todo en carro, cuando yo ya no podía más, subrepticiamente, a un asadero de pollos. Luego, abandonando toda esperanza, fuimos a comer pizza; yo iba modo automático, ya no nos quedaba ni plata. ¡¿Qué tal chunchurria del palacio?!, dijo el maldito gordo amigo del otro mamut, mientras desenfundaba una tarjeta de crédito. Me imaginaba todo en cámara lenta y escuchando “People are strange”. Empecé a sentir el poder de la verdadera decadencia. “Los que meten alucinógenos, son unos estúpidos lindos que siempre quieren estar flacos y verse cool, los ludópatas son unos idiotas que quieren ganar dinero y flirtear entre jugadores, los puteros son unos pánfilos gasta dinero y pajizos, los cleptómanos son unos ladrones avergonzados, los mitómanos son unos cadáveres sin imaginación, desvelados y sucios, el mundillo de la cultura es una caterva de pretenciosos que andan lanzando palabrejas y conceptos manidos, los gordos somos los únicos auscultadores del sinsentido”, pensé con orgullo. A dos cuadras de El palacio de la chunchurria, yéndonos, como si no hubiera comido lo suficiente, me tuve que tragar el orgullo porque me tocó cambiar la llanta que se pinchó. “Gordos maricas, lentos, no se ven ni la punta del pingo… Ya me lo había dicho mi papá: No se deje engordar que eso no tiene vuelta atrás… ¡Que se vaya de mi casa!… Y si se queda, que al menos lave los platos… ¡Enfermo!… Un día lo voy a encontrar muerto en el apartamento”, pensaba yo mientras bajaba la llanta. La cámara lenta con la que veía a los mamuts era cada vez más lenta. No sé de dónde, pero tenían una bolsa con empanadas que parecía un sombrero de mago. Al lado, un frasco de ají. Pulento me estiraba el paquete y me lo señalaba con los labios. Yo, haciendo énfasis en un perno que no aflojaba, le señalaba mi labor con los míos. “¡Gordo güevón!”, pensaba. Mientras Pulento hacía amagues de venir a ayudar, Busto me gritaba qué hacer. Cada vez que los miraba tenían una empanada en la mano. Por fin estaba dejando la llanta pinchada en el baúl y sacando el repuesto. Empapado de sudor, terminando mi labor, acuclillado, miré hacia los gordos y estaban acostados, inmóviles. Movida por el viento, abandonada, la bolsa de las empanadas, giraba en espiral. Juntas, sus barrigas parecían el Kilimanjaro y el Everest. Apreté el último perno. Caminé hacia ellos. Recogí la bolsa. Me detuve justo al frente. Los toqué con unos tiernos pero despectivos puntapiés. Si no fuera porque eran increíblemente flácidos, diría que no se movieron.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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