Cuando el amor y la muerte

Fotografía de Andrés Felipe Rivera

«Primer amor». Teatro Matacandelas (Medellín, Colombia). IX Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 28 de julio de 2017.

Por: Elbert Coes

Buenas referencias, la sala llena, notas de epitafios, un hombre que reza y cojea y setenta minutos de amplia prosa sardónica. De entrada, la escena sombría del único personaje. Inclinado hacia el suelo se balancea cabizbajo en una especie de meditación lamentosa. Humo de leche, tumbas contemporáneas, césped que sostiene unos cuantos arboles esqueléticos. Podría tratarse de una pintura impresionista, pero no. Es Primer amor, de Samuel Beckett, un remake del Teatro Fronterizo de España interpretado por el Teatro Matacandelas de Medellín. Es más bien la impresión de la obra literaria pesimista del siglo XX, un abrazo entre el amor y la muerte donde caben la ironía, el sarcasmo, el símil, la analogía y un sinnúmero de recursos que identifican al humor negro y escatológico. Otros dirían inteligente y existencial. La fuerza de la intención va de principio a fin, presente antes de que se anunciara el acto en la muestra alternativa. Matacandelas sí hace teatro.

Primer amor, en sintonía con el minimalismo de Beckett, no busca sorprender, y en cambio apuesta por la estética entre teatro y literatura: la “permutación matemática”, el movimiento exacto, la disociación, la dicción y la narrativa a veces marcadamente proustiana. La memoria, en verso y prosa, como modo de contar la vida. En contraste con el pesimismo animista de Beckett, el constante humor sórdido la hace una obra positiva, entretenida y ambiciosa que va por la verdad y prescinde del entretenimiento, sostenida con firmeza en el que sea tal vez su pilar fundamental: la impresionante y aprehendida actuación de Juan David Toro. No es simple performance, no es un simple monólogo con bases shakespearianas. Es la interiorización completa de un hombre corriente al tanto de los aspectos más profundos del ser humano, el amor, la muerte, la enfermedad, el dolor, la marginalidad, la infelicidad. Es la capacidad de convencernos de que la expresión “¡prepucios grasientos, óvulos podridos!” y de actos temerarios ante el fin de la existencia —la reflexividad sobre el propio epitafio, escribirlo y reescribirlo como si se tratase de un poema épico—, han sido apropiados en el bagaje de la cotidianidad. No habla de un solo hombre, sino de todos los hombres, en especial de aquellos que rechazan la ridiculez del refugio y el escape en lo banal, eso del “bonito cuento del polvo”, gran entierro de los vivos enlutados.

Además del fondo, la obra dialoga con sus propios elementos. Nada sobra en las expresiones corporales, todo se dice en los silencios. El amor y la muerte se hilvanan a través de la enfermedad y la escatología: dicción, fluidez, ritmo, contención, una sorpresiva parálisis en la ausencia de luz, la campana que anuncia una nueva oportunidad para la remembranza. Nada está de más en el escenario, todo es útil en el tiempo. Una bacinilla para cagar, un balde metálico para orinar, un tapete empolvado para sentarse, fuego, comida y fogón, relatos intradiegéticos y breves pinceladas socráticas: “Cuando se es, se es cualquier cosa y ya no hay reversa”. Aplica para el amor y al muerte.

¿Es cierto que el amor nos vuelve malos? ¿Hay acaso varias clases de amor? ¿Pasional, satírico, diabólico, platónico? Primer amor nos muestra a un sujeto harapiento física y emocionalmente, misántropo y misógino, cuyos conflictos resolvió tomando partido del pesimismo, tanto así que su vida transcurre monótona entre las tumbas de un cementerio. Aun así tiene preocupaciones como lavarse y vestirse a diario y un don de versificación poética envidiable incluso para un poeta de carne y huesos. Podrá decir lo que quiera, pero el amor no es divisible. Se ama o no se ama. No se mide pensando en esa persona “media hora del día”, aunque sí lanzando metáforas eróticas y la mirada clavada en el “mismísimo cielo”. Mientras siembra una papa y suenan las campanas, para después cosechar la misma papa mientras siguen sonando las campanas —una magistral manera de cronotopo—, al estilo expectante de Esperando a Godot, el protagonista de esta obra nos habla de sus sentimientos paternos y de Lulú, la mujer que lo enfermaría de amor por primera vez. Así, su vida adquiriría un matiz dramático que lo acompaña hasta el presente, cuando su apariencia revela no solo una cierta indigencia moral sino también la renuncia al absurdo del hombre moderno.

Este drama consigue con firmeza los resultados de las obras de Samuel Beckett, nada ocurre más que el paso del tiempo y algunos relatos cómicos entre silencios sugerentes; sin embargo, de principio a fin, Primer amor mantiene atrapado al espectador, lo hace reír y lo invita esperar pese a que es evidente que ni siquiera la muerte ha de llegar en la escena. He aquí la gran oposición entre desesperanza y voluntad de vivir en el marco de un mundo agresivo e insulso. La apuesta por el arte y la estética en lugar de la voluptuosidad. Una enorme lección que nos deja el Teatro Matacandelas al mostrar que cuando el amor y la muerte se abrazan todo es posible. Eso sí, hay que tener bien claro que el arte, igual que el amor, “no se hace por encargo”.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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