Zuácate

Imagen: Black.Lion

Gracias al reino de la inmediatez, conocido como Internet o como Nuestro Señor Levantado de la Internet, las grandes mentes de nuestro tiempo se la pasan lanzando verdades a diestra y siniestra en todos los lugares del mundo y en cualquier momento, y nosotros casi siempre ni nos damos por enterados. Por ejemplo, el líder religioso de tal o cual religión habla, frente a los gobernantes del país en mención, de la corrupción y de cómo esta es un roedor caníbal que de a poco nos desaparece sin el más mínimo rastro de arrepentimiento, o alguna figura deportiva, millonaria y mediática, en una entrevista en vivo y en directo para un canal internacional, denuncia a un mandatario inoperante que a diario le frustra la carrera a decenas de niños con bajos recursos por no pertenecer a su clase social, o un físico brillante dice que hay que comenzar a evacuar el planeta en los próximos treinta años si queremos que la especie no se extinga, o el recién galardonado Nobel de Literatura menciona lo sucio que está el mundo editorial hoy por hoy y que, de no cambiarlo como lectores, terminará por colapsar en dos manos únicas, en una guerra mundial entre dos gigantes que al final serán uno solo, irredento e irremediable. Estos son apenas unos ejemplos, y habría miles más, por supuesto, pero no fue a enumerar a lo que vine sino a manifestar mi alegría por saberme un simple grano de arena insignificante en el mundo. En realidad, pocas cosas me deparan más alegría que la libertad de abandonarse en cualquier lugar con la tranquilidad de que alguien, sin argumentos o porque sí, no querrá ocupar ese mismo espacio.

Acabo de publicar un libro en una de las plataformas digitales de compra más grandes del mundo, si no la más. Sí, esa que están pensando que vende hasta pedazos de hielo y que empieza con a. Y veo que, en cambio de ser un hecho que represente un cambio para mi vida o, por exagerar, para el mundo, el mar sigue su curso como si ese grano de arena que soy no se hubiera interpuesto entre él y los demás granos, entre él y el mar que queda atravesando esa porción de tierra que es el mundo mismo. Entonces concluyo que es cuando suceden cosas insignificantes como publicar un libro, dar un puñetazo en el lugar adecuado, o un beso sin autorización o, digámoslo, leer un libro prohibido, que el mundo sigue su curso sin alterarse, indemne o, dicho en otras palabras, cuando todavía no se acaba.

Decía al principio que las grandes mentes y los grandes corazones de nuestro tiempo se la pasan despidiendo verdades a diestra y siniestra, y que nosotros, por supuesto, andamos muy ocupados estando informados y poco pensados, postergados para el silencio necesario de la conciencia y la reflexión. Pues bien, con que luego de terminar de leer esto, o antes, y aunque no se lea, tengamos un instante de verdadero silencio con nosotros mismos, el mundo podrá decir que, por lo menos, tuvo un instante más de vida, uno en cada uno de los silentes.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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