Entrada de diario: 26/10/2016

Foto de Gina Kelly: www.ginakelly.com

Recomendación: leerlo mientras se escucha “Break down and let it all out”, de Nina Simone.

 

I

La mayoría de personas que conozco, o al menos de mujeres, empezaron a llevar un diario cuando eran pequeñas: los recibieron como regalo de cumpleaños o Navidad, como sorpresa al final de una fiesta de una amiga, o los compraron porque eran bonitos, y comenzaron a escribir en ellos el resumen de sus días infantiles. Yo, en cambio, empecé a escribir en diarios ya grande (pasados los dieciocho). Llegué tarde a ellos como llegué tarde a la literatura fantástica. En mis años de colegio tampoco me interesaba leer a Harry Potter o historias de vampiros. Me gustaba, más bien, la ficción “dura”. Por eso solo después de muchos años, cuando llegué a Frankenstein, que tenía el mismo nivel de humanidad y horror que mis libros favoritos, pude hacer las pases con la fantasía. Y por eso mismo, solo cuando supe que se podía escribir desde la primera persona sobre lo terrible de la vida cotidiana, me interesaron los diarios.

II

Escribir en un diario es muy extraño. Literal. Es como grabar una nota de voz y mandarla a un grupo de Whatsapp del que uno es el único miembro. O como escucharse hablar, desde lejos, cuando se tienen los dos oídos tapados. Hace que uno se extrañe de sus propias palabras, que se piense como otro. Obliga, en esa misma línea, a volver a la paradoja sobre el árbol que cae en el bosque, con un plot twis­t: si un árbol cae en un bosque y solo hay una (1) persona cerca para oírlo, ¿hace algún ruido?

III

Una gran parte de mis lecturas favoritas, a las que siempre vuelvo, son de no-ficción. El libro del Desasosiego de Pessoa, Ingrávidos de Valeria Luiselli, Canción de tumba de Julián Herbert, y la columna en El País de Leila Guerriero, entre otros, son de mis tesoros. Y tienen una característica común: parecen diarios. (Yo les digo no-ficción, así algunos sean novelas). Y todas, aunque solo hablan de lo que al autor le importa: su vida, se consideran —las considero—grandes piezas literarias. Su construcción y complejidad las separa del diario juvenil; su honestidad las acerca.

IV

En los diarios, a diferencia de otros textos, existe la libertad que provee no tener lectores: no es necesario el relato ni la estructura ni la corrección. No sé por qué, entonces, Valeria Luiselli decide comenzar el suyo así: “Todo empezó en otra ciudad y en otra vida, anterior a ésta de ahora pero posterior a aquélla. Por eso no puedo escribir esta historia como yo quisiera —como si todavía estuviera ahí y fuera sólo esa otra persona—. […] No encuentro los tiempos verbales precisos.” ¿Qué importan los tiempos verbales?, ¿cuál es la obsesión por contarlo bien si nadie los lee —o escucha—?

V

Es raro que en el diario el emisor y el receptor sean la misma persona y, a pesar de esto, el acto de habla conserve su dimensión ilocutiva y perlocutiva. Un ejemplo: un guardabosques huraño —para no dármelas de creativa— vive en una casita y nunca habla con nadie; aún así, escribe en su diario. Un día pone: “Hoy escuché el ruido de un árbol al caer”. Lo escribe e, inmediatamente después, lo relee. Piensa: qué absurdo. Es emisor y receptor, pero se sorprende de sus palabras: parece desdoblarse. Además, lo escribe con cierta fuerza ilocutiva (asertiva) y produce en sí mismo un efecto (decepción) —podría, incluso, estar en desacuerdo… consigo mismo (?)—.

VI

Saber que no hay lectores para sus textos es un martirio para la mayoría de escritores. Aquellos que escriben diarios no tienen esa misma presión. Al contrario, buscan no ser leídos. Pero ¿para qué, entonces, lo hacen? Cualquier adolescente diría: “para desahogarse”. Pero Julián Herbert dice: “Convertir un anecdotario en estructura, por el contrario, ofrece siempre el desafío de conquistar cierto grado de belleza: lograr un ritmo a despecho de la insonorizada vulgaridad que es la vida”. Hay dos pasos, entonces, para escribir un buen diario —en mi opinión—: (1) Admitirse a sí mismo como el único y tiránico lector: el juez de todo lo que se produce, el crítico más duro, el único capaz de desprenderse de la compasión. Y (2) recordar que no hay nada bueno ni nada honesto: en los diarios, como en las películas, lo mejor que se puede hacer es ponerle música de fondo a la realidad plana, ya narrada, eternamente repetida.

VII

Si esto fuera un diario, por ejemplo, diría:

Llevo cinco días escribiendo un ensayo. Aún así, todos los días parecen el mismo. Como si me hubiera quedado atascada en el 26 de octubre. Ese día también empezó la otitis; de pronto me quedé enfrascada en el dolor. Sí, seguramente es eso: el dolor es un frasco: encierra un universo que no se puede compartir. Mi mamá y mi hermana me preguntan si estoy bien; quisiera decirles que no, pero ellas no lo entenderían: no lo sienten; entonces les digo que sí y me tapo con las cobijas. El dolor no es solo físico. Tampoco he dejado salir a la rata de su caja. A ella también la tengo enfrascada.

VIII

Mis compañeras solían empezar sus escritos con “Mi querido diario”. Así solucionaban el asunto del interlocutor: no estaban locas ni hablaban solas, le escribían al diario. Algo parecido hacen quienes escriben en tercera persona, enajenándose: se aceptan, entonces, como el receptor pero niegan ser el emisor. Ni los libros que me gustan ni las entradas de mi diario utilizan estas salidas de emergencia. Al contrario, se enraízan en la primera persona y abrazan al interlocutor indefinido. Se aceptan dobles. Pessoa escribe, en su diario: “Continuamente siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo”. (Pessoa ya lo dijo todo).

IX

Si esto fuera, en realidad, mi diario, no estaría completo sin una nota al margen. Diría: No me siento bien. Y escribirlo es ridículo.

X

Quiero pensar que no soy tan ingenua como para creer que los diarios no son ficción. ¡Por supuesto que lo son! Un profesor de cuento nos decía “Ficción = biografía + imaginación”. Sonaba bonito. Rimaba. Pero él hablaba de ciertos géneros y, al fin y al cabo, todo lo que se escribe es ficcional. Es más, todo lo que se percibe es ficcional. Estamos modificando nuestras percepciones y recuerdos a cada instante. Digamos, por un momento, que el árbol sí se cayó. La verdad no es lo que importa: las palabras nos importan. Y las palabras son mentirosas. Nietzsche ya lo dijo:

“Este arte de la ficción alcanza su máxima expresión en el hombre: aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la hipocresía, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante ante la llama de la vanidad es hasta tal punto la regla y la ley, que apenas hay nada más inconcebible que el hecho de que haya podido surgir entre los hombres un impulso sincero y puro hacia la verdad.” (La negrita la puse yo).

XI

  Solo hay una cosa que se puede permitir el diario, a diferencia de los otros géneros literarios: admitir que la escritura es fatua: llena de presunción o vanidad infundada o ridícula[1]. La libertad que otorga no depende de la falta de lectores, porque las pretensiones estéticas persisten: quieren ser agradables ante los ojos del receptor desdoblado. Y, en realidad, no aporta ninguna libertad temática: Frankenstein ya habló de todo lo humano: la familia, los amigos, la soledad, el amor, el miedo,… Además, ¡son ficciones! (Por eso me permití incluir novelas en la lista de libros favoritos). Su libertad, entonces, radica en sacarle la lengua a la escritura solemne e importante: ¿¡A quién le importa!? A nadie. ¿Vale la pena? No. ¿Hay que seguir escribiendo? No. ¿Vamos a seguir haciéndolo? Seguramente sí y, ojalá, bien.

XII

  Creo que quedaron muchas preguntas abiertas en este ensayo. (¿Era un ensayo?). Pero, sobre todo, me quedé pensando en el árbol que cae en el bosque. Bueno, en eso como metáfora de mi dolor de oído. Me quedé enfrascada en la pregunta “¿Alguien más lo escucha?”; me respondí “No”. Es imposible compartirlo. Es más: yo misma lo releo hoy, ya sin dolor, y me pregunto: ¿De verdad lo sentía? Aún así, es mi acto de habla. No es lo mismo leer “Un árbol se cayó y sonó re duro” a “Escuché el ruido de un árbol al caer”[2]. Me encanta el lenguaje extraño de los diarios.

XIII

  Como siempre, todo lo que tengo para decir ya lo dijo Pessoa de una mejor manera. Termino citándolo:

“¿Qué tiene alguien que confesar que valga o que sirva? Lo que nos ha sucedido, o le ha sucedido a todo el mundo o sólo a nosotros, en un caso, no es novedad, y en el otro no es cosa que se comprenda. Lo que confieso no tiene importancia, pues nada tiene importancia. Hago paisajes con lo que siento. […] Estas confesiones de sentir son solitarios míos. […] Sólo me preocupo de que el pulgar no estropee el lazo que le corresponde. […] Vivir es hacer punto de media con una intención de los demás.”

XIV

Bibliografía: Todos los libros que aparecen en el punto III. Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral de Nietzche. Actos de habla de Searle. Frankenstein de Mary Shelley. El ruido que hacen las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez. La Real Academia de la Lengua Española.

 

[1] Real Academia de la Lengua Española.

[2] Juan Gabriel Vásquez lo sabe.

Mariana Piñeros

Empecé seis carreras. No gané ninguna.

2 comentarios sobre “Entrada de diario: 26/10/2016

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