(No) estar lista

En mi primera clase de historia estadounidense, como maestra, les pedí a mis estudiantes que se presentaran (en inglés porque la clase es en inglés) y me compartieran su “cosa” favorita de los Estados Unidos. (En inglés: What’s your favorite thing about the US?) A modo informal, para romper el hielo: su “cosa” favorita en una escala de papas fritas a “NOT Trump,” como me compartió, tajante, una estudiante. Por mi parte, les compartí que mis “cosas” favoritas actualmente implican un empate entre la ciudad de Chicago y el músico californiano, Frank Ocean. Claro que éstas no son sólo “cosas” favoritas. Mejor descritas son lotes acojinados de la memoria, donde me acurruco o me estremezco cada vez que los visito. Después de decirles “Chicago y Frank Ocean” no abundé mucho más en el por qué me gustaban tanto esas “cosas”. Tampoco les especifiqué que esas “cosas” no eran sólo “cosas”. Estaba nerviosa. No sabía lo que estaba haciendo. No sabía si lo que estaba haciendo estaba bien. Era mi primer día como maestra. ¿Cuánto hablar desde el principio? ¿Cuánto desnudarme? Creo que mis nervios decidieron por mí: esas sutilezas mejor guardarlas para los próximos meses, según nos vayamos conociendo mejor, a medida que, siglo tras siglo y tema tras tema, me toque defender apasionadamente la Historia, otro lote enorme, lleno de cajones y goteras, afincadísimo en mi memoria.

Muy pocas veces en la vida está uno listo para algo. Ese primer día de clases, yo no estaba lista para ser maestra de Historia. En realidad sólo contaba con algunas semanas previas en las que desempolvé mis libros de historia estadounidense, me refugié en ellos, me entusiasmé con todo lo que podía asignarles para leer, ver y escuchar, recibí un par de consejos alentadores y me obligué a recordar por qué había estudiado Historia en la universidad. ¡Todas las mentes que le abre a uno la Historia! En fin, que después de otros pasos y peros y dudas, me atreví a entrar al salón de clases como maestra. Siempre prevaleció la sensación de que era un momento de esos de, como dicen los gringos, now or never, a pesar de vivir con la certeza de que cada día existe la posibilidad de que las “cosas”—tantas fuera de nuestro control—se pueden ir a la mierda.

Nunca estaré lista para vivir, tampoco. Hace dos, tres años no tenía yo la sabiduría para admitir esta verdad. Creo que era porque todavía no conocía al Dolor. Pero hoy, después de dos, tres años, ya estoy un poco más lista para recalcar esa verdad: que no es necesario estar lista para vivir. Aunque, muy posiblemente, la única manera de interiorizar esta lección sea encarando al Dolor: abriéndole un lote, poco acojinado por supuesto, en la memoria.

 

Foto: Eddie Lee aka Lord Edwin.

 

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

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