Dos cuentos de Simón Ergas

Presentamos dos cuentos del libro «Delitos de poca envergadura», de Simón Ergas* con ilustraciones del coautor Rafael Edwards.

 

FUTURO

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A pesar de que los años habían pasado y, por ejemplo, el doctor Abraham Guerra ya había inventado y patentado un papel para caramelos que se desvanecía al caer al suelo, una forma para que la música viaje a través del aire y podamos percibirla como un olor, un definitivo campo de fuerza protector para árboles cítricos que llevan una eternidad sufriendo la depredación de la mosca blanca, una verdadera chimenea catalítica para ciudades frías y contaminadas, y un calefón termouterino capaz de extraer el calor de la madre tierra y que le costó una fortuna en términos legales contra las compañías de gas agrupadas en un gremio inflamable; a pesar de todos aquellos avances, el mundo pasaba por una época de tendencias neo neo neo neo clásicas. Pudiendo optar a humeantes ristrettos en casa, jóvenes intelectuales redescubrieron el nescafé; siendo capaces de regenerar y duplicar filetes o buenos lomos de vacas que ya no existían, los parrilleros cultos tendieron poco a poco a la hamburguesa con queso; ni la existencia de un aparato de bolsillo capaz de proyectar las letras de mil quinientas novelas a la vez estaba pudiendo derrotar al inútil gesto de sentarse a leer un libro grueso donde se acumulaba el polvo. Jóvenes curiosos que podrían prácticamente transportarse molécula por molécula de un lugar a otro, de pronto prefirieron el viento en la cara, el movimiento, la sensación de desplazarse y, rechazando el vértigo del espacio que no existe, rescataron la bicicleta. Grupos de escolares salían a pedalear por la ciudad: subían cunetas, las bajaban, levantaban la rueda delantera, zigzagueaban entre los autos conviviendo con el tráfico como insectos entre gigantescas bestias. Por esta última razón, el doctor Abraham Guerra se mecía sus barbas colorinas cuando admiraba a su hijo de diez años tratando de andar en bicicleta. Tantas comodidades fagocitaron la agilidad del ser humano y este niño, quien evidentemente no pedalearía entre los grandes vehículos, tampoco era capaz de avanzar por las aceras de la ciudad, pues tiritaba torpemente al pasar cerca de otra persona saboteando su propio equilibrio. Ya había atropellado a varios peatones que no sabían de las causas del pasado. No recordaban que alguna vez lucharon por bajar a los ciclistas a la calle. Abraham Guerra tampoco y su mente brillante se dispuso a iluminar obsesivamente el camino de su niño. Sacrificaría su trabajo diario para ayudarlo, lo sacrificaría a él para probar su nuevo invento si fuera necesario. Dejó ir meses en estudios previos. Al comienzo fue sólo encierro y lectura, pero cada vez que su hijo asomaba en la oficina, también había fórmulas rayadas en pizarras que el doctor Guerra no podía dejar de usar a la manera de sus antepasados. Luego vinieron las mediciones de la cabeza y el cuerpo de su hijo, los experimentos en terreno, la acera, los peatones, las pruebas de luz con espejos, gravedad, masa, energía y, finalmente, la construcción de una curiosa máquina, como detalló para que no se entendiera, de funcionamiento subatómico. Cuando el niño estuvo listo, sobre la bicicleta, delante de una vereda que se extendía ante él con algunos peatones, el casco lleno de cables acomodado hasta taparle los ojos, el doctor Guerra presionó un botón y dejó que la exclamación de sorpresa y comodidad de su hijo lo deleitara. Finalmente el joven andaría. Los peatones, para él, habían desaparecido. Para qué, pensó Abraham, tratar de que su hijo comprendiera que a nivel cuántico las cosas estaban o no dependiendo de quien las observe, para qué tratar de explicarle que a esa escala el universo era incierto y existía sólo porque teníamos consciencia de ello; para qué, finalmente, seguir esforzando la teoría, si con la dramaturgia que ya había desarrollado los meses anteriores y ese casco ridículo y hueco cuyo funcionamiento era una gran ficción, su hijo ya estaba convencido de que podría hacerlo.

 

ATERRIZAJE FORZOSO

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Mientras verificaba que cada uno de los pasajeros tuviera el cinturón debidamente abrochado, la mesita levantada y el respaldo del asiento en posición perpendicular al suelo inestable del avión, fue repasando con placer sus caras intentando identificar a los más ansiosos, a los impacientes, tratando de saber cuáles de ellos serían los que otra vez, como en todos los vuelos, lo harían. Alcanzó la cabina trasera al mismo tiempo que el capitán indicaba por altoparlante las últimas instrucciones y disponía la nave para aterrizar. Luego de escucharlo, ella aseguró su propio cuerpo contra un asiento incómodo y se relajó esperando lo que ya era inevitable. Lo tenía todo planeado. Desde antes de despegar, junto a las otras azafatas y los pilotos del avión se pusieron de acuerdo en llevar a cabo el plan aleccionador. Estaba harta. ¿La gente que viaja en avión será tonta?, se preguntaba. ¿No piensan? ¿Los hicieron incapaces de seguir una sola, minúscula y absolutamente sencilla instrucción? Su desprecio aumentaba a medida se acercaban a la pista de aterrizaje y se volvía a tranquilizar por la seguridad y confianza en sus colegas: estaba acordado, esta vez lo harían, esta vez y para siempre. ¿Les podría caer algún castigo? ¿Por qué? No sería más que un error. La lluvia de fuego debería quemar a los imbéciles que viajan como pasajeros, bultos incapaces a los que debe durante los vuelos alimentar casi en la boca para que no manchen el tapiz de los asientos, bestias sedientas inútiles para saciarse que no se dan el tiempo de llevar sus maletas donde deben y cargan los compartimentos superiores con esas cosas con ruedas que se caen sobre sus propias cabezas al querer salir primeros del avión. Ya no iba a pasar más. Se quiso apaciguar, dejar de odiarlos, pues en esta ocasión no iba a ocurrir. Estaba todo planeado. El avión tocó tierra. Aminoró su velocidad y comenzó a avanzar hacia la manga para desembarcar a las ovejas; ¡cerdos!, pensó ella sentada en el fondo, mirándolos ansiosa. Con una sonrisa puesta ahí por la más perversa satisfacción, a diferencia de las otras veces en que debía clamar para que permanecieran sentados hasta que la señal de abrocharse los cinturones se apagara como dispone la Autoridad Aeronáutica, guardó silencio y observó forzadamente tranquila cómo, aún con la nave en movimiento, los pasajeros, chorreando espuma por sus bocas, desgarraban sus cinturones, se ponían de pie enloquecidos y sostenían sus maletas para correr hacia la salida apenas las puertas se desaseguraran. Estaba todo listo. Ella ya no lijaría su garganta para que los sordos escucharan. No les gritaría para que se volvieran a sentar por su propia seguridad. Simplemente dejaría que el capitán pisara accidentalmente el freno y que en un bamboleo precipitado todo cayera hacia adelante por su propio peso. Una pierna rota, algunos moretones, quizás una jaqueca por el susto, serían el azúcar del aterrizaje más dulce de su vida.

 

 

Simón Ergas (Santiago, 1983). Escritor y editor en La Pollera Ediciones. En 2005 ganó el Premio Caja de Pandora en cuento que da la Universidad de Deusto en Bilbao, España, y el 2010 obtuvo el primer lugar en cuento del Festival de Bicicultura. El 2011 publica como un proyecto familiar su primera y quizás única novela de no ficción De una rara belleza, que fue reeditada en 2016 por La Pollera Ediciones. El 2015 su cuento “Eco” es incluido en la antología Relatos del Capitán Yáber publicada por La Pollera Ediciones. El año 2016, su novela Tierra de aves acuáticas recibe una mención honrosa en el Premio de Narrativa Francisco Coloane y es publicada por Editorial Oxímoron. En 2017 publica el libro de cuentos cortos Delitos de poca envergadura, ilustrado por Rafael Edwards como coautor de la publicación.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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