Al final él, un relato de Sergio Marentes

Pintura de René Magritte.

Presentamos un atípico relato (¡sin una sola coma!), narrado de manera poco convencional, del libro Los espejos están adentro, de Sergio Marentes*.

 

 

A Edgar Tarazona Ángel, siempre mi maestro.

 

 

 

Posguerra

¡Fuego!, ¡apunten!, ¡carguen!

Agustín M. Valderrama.

 

 

I

Terminará de leer en el punto final y alzará la mirada con lentitud matemática hasta que encuentre con la primera ojeada un punto casi invisible en el horizonte borroso cerca al sol. Descubrirá después que dicho punto ya lo había elegido a él y lo observaba desde la primera línea del relato sin ser detectado. Atrapará al fin al punto con sus ojos quizá para vengarse un poco o para no sentirse más perdedor y lo mantendrá inmóvil como él estuvo mientras leyó casi sin pestañear todo lo que le fue contado minutos antes. Levantará la cabeza sin perderlo de vista viendo al infinito ya colgado del punto y sus ojos regresarán al centro de la cuenca sin haberse movido en realidad más allá de unas cuantas líneas en un libro cualquiera y se sentirá como cuando se llega de un largo viaje al silencio del hogar. Parpadeará con lentitud mientras la conexión visual se ve interrumpida por algún ser vivo que pasa desapercibido de su enlace tan lineal e íntimo que roza la familiaridad. Retornará con rapidez la mirada al final del relato para cerciorarse de que no está soñando y lo recorrerá otra vez. Leerá todas y cada una de las palabras de principio a fin un par de veces sin comprender por completo su idea inconclusa y su mensaje oculto si es que lo tenía y saldrá siempre con la misma idea de que no era más que un simple relato de una guerra que no tuvo que vivir. Repetirá entonces el movimiento visual y cervical con más lentitud y más exactitud para regresar a la posición frente a frente con el punto y esta vez no salir tan vencido como antes. Observará antes a lado y lado con atención como queriendo demostrar que nada fantástico le pasa o que nadie le juega una broma. Comprobará luego que nadie nota qué es lo que le sucede con el cuento y con el punto lejano. Dudará entonces de su veracidad y de si son la misma cosa etérea venida de la mentira para revelar alguna verdad oculta para quienes no era él en ese mismo instante. Apreciará el navegar de las aves a la velocidad habitual sobre las calles sin voltear a verlo e ignorándolo cada vez más y mejor tal vez para que todo fuera como debió ser. Cerrará el libro con la rapidez de un tornado para espantar la magia que abunda en el aire y sin imaginárselo causará una tormenta al otro lado del océano. Sentirá el viento rozarle la piel del rostro en dirección al cielo que hará parecer al punto del infinito como un espejismo por un momento aunque pronto retorne a la normalidad. Volverá a fijarse en la sujeción lejana pero firme que lo obliga a pensar en la vida del punto dentro de su mirada y dentro del relato como si fuera la suya misma. Atravesará con la mirada el cuerpo de los marineros de la calle que pasan desapercibidos para no perder de vista el punto y para que él tampoco lo pierda. Asirá luego el libro con las manos pensando en a quién pedirle una explicación mientras se le ocurre una ilustración más lógica al hecho de haber sido atrapado por un punto que proviene de un relato y también de la lejanía del horizonte.

II

Retirará de la banca de lectura el cuerpo de donde cuelgan las manos que sostienen el libro y tendrán un extraño temblor de certeza que empieza en la punta de sus dedos y no va más allá de las muñecas. Erguirá su espalda tan recta como nunca nadie la logró tener mientras miraba hacia el horizonte y querrá parecer como quien mira el horizonte y no sólo uno de sus tantos puntos únicos. Respirará sosegado sin dejar de ver al punto invisible que lo sigue viendo concentrado como si no tuviera noción del tiempo ni nadie que lo esperara más allá del horizonte a la hora de dormir. Abrirá el libro buscando en la historia que acaba de leer alguna nueva pista y se verá más como un loco pasando las hojas curvadas sacudiendo el tiempo petrificado allí dentro. Coreará de nuevo el título pero esta vez en voz alta y recordará que al leerlo la primera vez no llegó a sugerirle nada más allá de su única palabra. Pasará varias veces a lo largo de la primera frase señalándola con el mismo dedo índice con el que siempre señala a las personas que están cerca y a las cosas que están lejos. Visualizará en silencio las imágenes de la lectura que realizó unos minutos antes pero ahora viéndose rígido con un gesto de intriga en el rostro constreñido. Verá cómo había levantado la mirada a mitad del relato para mirar al infinito y dudará de su visión porque no recordarla así.  Reparará el fulgor tímido del horizonte que miraba mientras leía y lo comparará con el del fuego cuando todos tienen frío. Notará en la mirada de aquel lector inocente esa pequeña llama inquisidora cuando se conoce a un nuevo amigo. Fijará la vista en el horizonte para comprobar la semejanza de su mirada con la del hombre que estaba imaginando. Evidenciará sin esfuerzo que entre aquel hombre y aquel invisible objeto se había creado un camino intangible que ni siquiera el cuento mismo del que emanaba podría deshacer.

III

Volverá a leer una parte del cuento pero esta vez intentará con el principio que es casi igual de laberíntico que la parte que aparenta ser el final. Evitará usar el dedo esta vez para marcar las líneas por miedo a perderse en sus caminos sin destino o en la suerte que deparaba la convulsión todavía palpable en ellos. Intercalará la mirada entre la puntuación sin comas del relato y el horizonte que sostiene sin falta el punto invisible que nadie más ve. Fulgurará de rabia el punto porque por momentos la historia le gana la batalla de su atención y demora la mirada en sus frases hipnóticas casi olvidándose de su existencia. Odiará el relato al horizonte porque seduce con colores inéditos salidos de su núcleo hasta la mirada lejana y hace que sus líneas se enfríen. Maldecirá el horizonte al relato porque demora en desconcentrar la mirada y hace lucir sarcástico el colorido punto como si se tratara de un punto negro en un paisaje pintado por algún surrealista.

IIII

Dispondrá su cuerpo para leer todo el relato para salir de cualquier duda pero no como la primera vez sino la historia completa sin mirar nada más que eso o el punto mientras este lee el relato reflejado en su mirada. Digerirá la historia casi sin pestañear y asentará su mirada en el punto final porque sólo recién sabrá que es el mismo del horizonte y el único del mundo.

V

Dará la espalda al horizonte y se llevará el libro cerrado entre las manos y en algún lugar sin nombre entre su pecho y su espalda colgará el punto.

VI

Será el punto para siempre pero no lo sabrá jamás.

 


 

*1983. Narrador y poeta bogotano. Ha publicado colaboraciones en diferentes medios literarios de Hispanoamérica. Periódicamente publica columnas, artículos, cuentos, poemas y articuentos en dichos medios.

Además de haber sido incluido en diferentes antologías de poesía, aforismo y micronarrativa, de diferentes comunidades, ha publicado: (poesía) Un bicho cayendo con épica agonía; De un marzo los días todos; Leyes mudas de la mano alzada; Error binario del huevo de oro; Nuevos Cantos mañaneros, desafinados y mudos; Disentir de las paredes en blanco y (relato) Los espejos están adentro.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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