Bouvardia

Odio profundamente los lugares que frecuento. No puedo con las personas que van ni con las actividades que allí se realizan. Ahora escribo porque tengo un motivo, ¿qué va a pasar cuando…?, pues no. Igual, no hay algo especial qué contar. O son un montón de fanfarronadas o un montón de mierda eléctrica. Algunos propios y extraños dicen que Pereira y los lugares que frecuento, son como una especie de oasis de su vida o de las ciudades que habitan. No quiero sonar, porque no me gusta ni cinco, caicediano, pero es lo único que se me ocurre en este momento: ¿qué lugar me salva a mí de Pereira, qué lugar me salva de los lugares que frecuento?

¡Ay!, pero cómo amo todo lo que no es algo; el carro particular que presta servicio público, la toalla de baño que sirve de trapo  en la cocina, el perro que se sube a la mesa del comedor como si fuera un gato, el hombre indefinido, que no sabe si ir a trabajar o quedarse en la cama mirando al techo, los zapatos de charol con los que una vez jugué fútbol, el fútbol de la gente que no juega fútbol, las neveras que sirven de biblioteca, a las mujeres que me quieren hoy, y mañana no,  hoy, y mañana no, esas situaciones en las que uno no sabe el rol que desempeña, los conceptos intersticiosos, las camas en la mitad de la nada, la nada cuando se disfraza de cosquillas o ardor en el pecho.

jdiosa

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