Juego terminado

Ilustración de Sebastián Marmol, cortesía de El Dibujadero.

Por: José Hoyos

1995. Han pasado algunos meses y la alegría del juego se te ha ido evaporando. A mitad del entrenamiento, la imagen de los dos ataúdes y la preocupación por la ausencia de Juano te impiden seguir jugando. Todas las noches te acuestas desganado y temeroso. Una mañana te despierta una ráfaga de fusil. Parece reventar al lado de tu casa. Antes de que puedas saltar de la cama, tu mamá viene y te abraza y dice con voz temblorosa: “En la esquina hay una balacera”. Es un día con mucho sol, pero los estallidos de plomo parecen una tempestad.

Quieres salir a la puerta a ver si alguien te explica mejor qué está pasando, pero tu mamálo impide con un grito de alarido. Te levantas como un resorte y te subes a un muro en la parte trasera de tu casa y puedes ver cómo se agita la esquina. A tu tía se le caen de golpe todas las lágrimas que tiene, vive momentos que considera irreales, la sospecha de irrealidad que turba el ánimo a la hora de las grandes catástrofes. Toda la cuadra está verde de policías, son cerca de cuarenta. “¡Hay dos, hay dos!”, se gritan unos a otros. Tienen los ojos grandes como bolas de billar y saltan de un lado a otro con rápida precisión entre los postes y los muros. Todos le apuntan a la casa color uva. Solo has visto ese tipo de escenas en películas. Jamás imaginaste que la guerra pudiera suceder en tu barrio. El miedo físico se concentra en tus intestinos y el emocional se te riega por todo el cuerpo. Un chorro de orines baja por tus piernas. Tirado en el andén de la casa color uva ves el cuerpo del malacaroso señor Andrade, cubierto de sangre, inmóvil, lleva un chaleco que dice SIJIN. Recuerdas los estruendos del polígono, no encuentras diferencia entre el reventar de unas balas y el de las otras. Ves a los dos hombres perseguidos que se arrastran sobre un tejado vecino, a uno solo lo cubre un poncho y una pantaloneta y en la mano lleva un revólver larguísimo. El otro, el flaco barbudo, lleva un fusil que escupe balas casi al azar y se alterna para hacer fuego y avanzar sobre el tejado. Reconoces al que lleva poncho y pantaloneta y tu miedo se convierte en la tristeza que te acompañará el resto de tu vida, se agota el azúcar de tu sangre, se seca el agua de tu cuerpo. Al velorio de Juano viene muy poca gente. No vuelves a jugar fútbol. No vuelves a jugar nada. Te haces adulto.

1994. A finales de agosto, a la media hora de irte para la escuela, vuelves a tu casa. Tu mamá te pregunta por qué no estás en clase. Le dices que las clases están suspendidas indefinidamente porque anoche aparecieron muertos dos profesores y el velorio se hará en la escuela. Decide ir y llevarte con ella. Es un velorio cargado de tensión, te preguntas por qué la gente habla en voz baja. A un lado del patio, la tarima donde usualmente hacen las ceremonias de izada de bandera está acondicionada como sala de velación. Sobresalen grandes coronas de flores, candelabros, obituarios, un crucifijo y dos ataúdes. Le preguntas a tu mamá si puedes asomarte a los ataúdes y ella te responde que ni riesgos. En uno está don Rey María, presidente del sindicato docente; en el otro está Claribel, la secretaria. Piensas en don Rey y te afliges hasta los huesos. Esperas que las directivas de la escuela den con otro profesor de educación física como este. Para matemáticas, ruegas que no encuentren profesor.

1993. No quieres volver a estudiar. Armas un berrinche de apocalipsis. Tu mamá te dice que ni pensarlo. Estás seguro de que tu destino es el fútbol, quieres jugar todo el tiempo y la escuela se interpone. La increpas: “Usted también fue a la escuela, para terminar trabajando en una cafetería”, y antes de que termines de hablar zumban correazos por todo tu cuerpo. Lo único que consigues es que te prohíba ir a los entrenamientos por un mes. Juano pasa cada vez menos tiempo en la casa. Cuando viene, tu tía le hace súplicas lagrimosas, menciona expresiones como pensarlo mejor, pues nos vamos lejos, ideas raras en la universidad, el peligro de esa gente, mire lo que le pasó a. Él no quiere más sermones, por eso decide irse a vivir en la casa que hace poco alquiló el flaco barbudo y otros compañeros, una casa color uva que queda solo a una cuadra. Tu tía pasa de uno a dos rosarios por día para que él vuelva, infructuosamente. Le suplicas al profesor de educación física que te incluya en el equipo de fútbol de la escuela, le prometes mejorar tus notas. Después de varias semanas, él accede. Dice que tienes talento en ascenso. Estás feliz, en la escuela por fin hay algo que te gusta y un profesor que está de tu lado. Una tarde, al pasar por la tienda de la esquina, el señor Andrade se te acerca queriendo parecer casual y te dice: “Oiga, muchacho, y en qué es que trabaja pues su primo Juano.” Le dices que ni idea, no mientes.

1992. Como todos los martes al llegar de la escuela, te apuras a cambiarte el uniforme por la ropa de fútbol y vas corriendo hasta la cancha para entrenarte. Pero hoy te encuentras con que a nadie dejan entrar a la cancha. Está cercada con cinta porque los policías se adueñaron de ella. Te subes a un barranco lejano y observas: contiguo a una portería clavaron unas tablas gruesas en cuya parte frontal está pegado un cartel con la silueta de un hombre. Están ubicadas en hilera y frente a cada una, al otro extremo, cada policía se tiende, apunta su fusil y dispara series de diez balas. La palabra más mencionada por los curiosos, “polígono”, se te hace familiar porque la oíste en clase de matemáticas, la asocias a la cancelación del fútbol y la odias para siempre. Andrade pasa por el lugar y al ver que te tapas los oídos te dice: “Oiga, muchacho, así es como suenan las balas legales.” No le ves ninguna relación a la figura del polígono con lo que está sucediendo en la cancha, ni encuentras justificación para que hayan aplazado el entrenamiento y en su lugar llenen el ambiente con estruendos de pánico que huelen a Juano ensangrentado.

1991. Mientras estás en el lavadero quitándole el barro a tu ropa de juego revienta un fogonazo y la detonación en el patio de tu casa te deja un pito constante entre los oídos a pesar de que estás a varios metros de distancia, los gritos se producen muy cerca de ti pero los oyes lejanos, hueles el humo pavoroso de la pólvora, te pones blanco de terror al ver pasar a tu primo Juano corriendo y gritando, lleva una mano sosteniendo la otra, bañada en sangre y con unas hebras de piel colgante donde deberían estar los dedos. En toda la casa retumba la voz furiosa de tu tía: “¿Estopines?, ¿y usted qué hacía con una caja de estopines?” A Juano lo suben a un taxi. Regresa una semana después con cuatro dedos menos. Por la noche tocan la puerta, abres y el flaco barbudo te entrega una bolsa con vendajes y medicamentos encargándote decirle a Juano que “ahí le mandan los compañeros”. Nunca se te olvidará el rojo pavoroso de la sangre. Guardas en tu memoria el olor de la pólvora, el de la carne quemada, la duda acerca de qué son los estopines. En adelante te evocarán a un primo que se pierde por días y cuando regresa trae unos paquetes rarísimos que guarda con mucho celo.

1990. Es diciembre. Tu mamá te pide que vayas al enorme cafetal que hay frente a la casa por unas hojas de plátano, para los tamales. Vas a regañadientes y no más internarte ves que por el camino de la quebrada van en fila unos veinte hombres armados y uniformados irregularmente, algunos llevan costales con mercado y galones de gasolina. Te preguntas si el ejército anda siempre así de apurado. Te paralizas de miedo cuando uno de ellos, un flaco barbudo, se queda mirándote. Respiras aliviado al ver que siguen de largo. Por las tardes, te quedas por horas absorto en la ventana desde donde se puede ver el cafetal y a lo lejos, por encima de potreros y fincas, el oscuro verdor de los bosques tupidos. Te gusta el ondear de las guaduas con el viento. Tratas de encontrar las ventajas de vivir en esa casa, donde por un lado están las cuadras normales de un barrio de pueblo, y por el otro hay caminos que se vuelven trochas que conducen a las fincas aledañas. Junto a tu casa, el camino principal empieza a bifurcarse en otros tantos. Un día, cuando te vas a retirar de la ventana, por el camino bajan dos hombres enruanados, uno de ellos es el flaco barbudo, te mira, te saluda muy amable, y te pregunta por tu primo Juano, le dices que no está pero crees que viene por la tarde. “Gracias, compañerito”, te dice, y sigue a paso largo.

1989. Tu primo te regala una pelota y te enseña a patearla. Hace poco abandonó la universidad, así que estás feliz porque puedes pasar mucho tiempo con él. Algunos días te le pegas como lapa, y aunque se niegue a llevarte a la tienda donde se reúne con sus amigos a ver los partidos de las eliminatorias al mundial de Italia, ahí estás junto a él viendo cada partido. Piensas que Maradona vuela siempre que tiene el balón. Piensas que Maradona y tú son los seres más especiales del mundo. Siempre que Juano y sus amigos gritan un gol, viene Andrade, el vecino malacaroso que hace poco vive en el barrio y más que pedir, ordena que dejen la bulla. Un amigo de Juano dice que ese Andrade tiene cara como de escolta, que es mejor tenerlo a raya. Empiezas a asistir a esa academia de fútbol para menores de siete años que no cobra mensualidad. La felicidad tiene forma de balón. Eres el primero en llegar a los entrenamientos. Sonríes cuando juegas en la parte de la cancha que es puro césped y llueve. Después de patear el balón, no le das importancia a dónde va a parar, solo mantienes la cara en alto de forma que reciba plena la lluvia. Tratas de que ninguna parte de tu cuerpo quede libre de barro. Odias tener que lavar la ropa. Odias vivir en la última casa del pueblo, casi en la zona rural. Anhelas encontrar algo dulcepor la noche en la comida y que tu mamá haya salido temprano de la cafetería y esté en casa cuando llegas del entrenamiento para contarle tus hazañas futboleras, tus ascensos en el juego. Le cuentas sobre tu vínculo secreto con Maradona. Le dices que nunca vas a dejar de jugar fútbol. Le dices que nunca vas a dejar de jugar.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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