El sismo en la ciudad o en el pueblo

*Por Aricel López Intzin

Fotografías: Santiago Arau

 

 

El jueves 7 de septiembre a casi media noche, mientras celebrábamos el cumpleaños de un amigo con una pequeña reunión en su casa en el centro de la Ciudad de México, el sonido de la alarma sísmica de la ciudad interrumpió nuestros momentos alegres. Una semana antes la alarma había sonado en la tarde noche, pero en esa ocasión no tembló y en las noticias vimos que había sido un error en la operación de los sensores del sistema de alerta.  “Falsa alarma”, dijeron algunos amigos.

Ni loco me quedo en estos edificios, están muy deteriorados. Todos salimos y nos dirigimos una plaza cerca y en los segundos posteriores empezó a temblar. Duró bastante tiempo, se fue la luz y algunas personas entraron en pánico. Después de unos cuantos minutos volvimos al departamento, y en las redes sociales las personas ya reportaban que el epicentro había sido a unos cuantos kilómetros de una playa de la ciudad de Tonalá, Chiapas.

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De inmediato me preocupé por mi familia: mis hermanas, hermano y papá, que viven en San Cristóbal de las Casas; y por mi mamá que vive en Tenejapa, un pueblo a una hora en coche de San Cristóbal. (Ahora mi familia vive con el miedo día a día debido a la cantidad de réplicas que continúan sucediendo, incluso habiendo pasado ya una semana). En la región de Chiapas no suena la alerta. A mi madre la despertó el sismo, y se levantó al instante para salir al patio. El temblor duró mucho tiempo, y luego volvió a dormir.

Al día siguiente, vimos imágenes de Oaxaca y Chiapas, zonas muy afectadas. Una amiga organizó de inmediato una campaña de recolección de víveres. Junto con músicos tradicionales en el centro establecieron el mini centro de acopio, solicitando la ayuda de los capitalinos. Después de unos días continuaron recolectando dinero tocando música tradicional mexicana.

Cuando me sumé para ayudarles en la música, los encontré frustrados porque ya no les habían permitido seguir con la recolección: una familia ya funcionaba en esa zona como centro de acopio. El enojo y frustración de uno de mis compañeros era muy evidente. “Solo porque es una familia famosa de Oaxaca no dejan que otros ayuden a las zonas”, decían. La policía había bloqueado el evento independiente. Luego no me enteré de más acciones para apoyar a las regiones afectadas, más que las impulsadas por amigos de esa procedencia que viven en la Ciudad de México.

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Las réplicas o temblores suaves son necesarios para que las placas puedan acomodarse, porque un tiempo después del temblor esta fuerza entre el roce de las placas se junta y se libera en forma explosiva. Los sismos son fenómenos incontrolables, impredecibles, lo único que se ha hecho después del ‘85 es colocar algunos censores en zonas que se consideran con actividad sísmica, y alertan unos cuantos segundos antes de que la onda expansiva del sismo llegue a las ciudades principales. Pero no tenemos una cultura de protección, muchas personas no salieron durante la alerta en la ciudad pensando que tal vez era otro error de operación.

Al ver la diferencia de la experiencia en la ciudad y contrastarla con la de un pueblo, en la ciudad uno se queja de los fenómenos naturales, de las lluvias, del calor, del tráfico por tantas personas acumuladas en una pequeña zona. En vez de adaptarse a los fenómenos, lo que se hace es tratar de estar en una “esfera de comodidades” donde uno pueda tener todo bajo control. Sin embargo, tan frágil que es el ser humano.

La ciudad no está preparada para recibir estos fenómenos. Solo basta observar un poco al momento de una lluvia, cómo se vuelve un caos, el tráfico es incontrolable, la movilidad de los sistemas de transporte público se hacen más lentos. Pero a mí me recuerda la frase de una amiga, “solo tú, lluvia, haces habitable la ciudad”. En el pueblo aprendí a querer las lluvias por las cosechas. No digo que esa sea la forma correcta de verla, pero es una perspectiva diferente de ver a las actividades de la naturaleza. Vivir a merced de ella permite tener una cuasi simbiosis, cambiar un poco la mirada y la forma de vivir para afrontar la realidad que está fuera del control humano, de manera distinta.

 

 


Aricel López Intzin  (24 de abril, 1992) es estudiante de Ing. Física, artesano, indígena Tzeltal de Tenejapa Chiapas,  estudioso de la música tradicional Mexicana (practicante de son jarocho veracruzano región sotavento)  y Latinoamericana (música andina y cumbia colombiana).

El indígena tiene la responsabilidad de seguir conservando su idioma (yo hablo tzeltal), ya que es una perspectiva y una cosmovisión completamente diferente a cualquier otra lengua, y este es su esencia fundamental, podrá dejar de usar ropa tradicional, empezar a usar la tecnología, estar en la globalización, pero hablar su idioma será lo que le permita tener huella en el tiempo y saber toda la sabiduría encerrada, como el carbono catorce para un fósil del cual sabemos toda su edad existente. ja jich te me wilikon ta be, aybenik te kall’ej, ja jich ya naik va lijkemon. (así si me ven en el camino, escuchen mi hablar, así sabrán de dónde soy).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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