La leyenda del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl

Por Agustín Camargo Flores

Fotografías: Santiago Arau

 

 

Han pasado dos semanas de una serie de eventos naturales que pusieron a prueba la voluntad y la solidaridad de los mexicanos frente a las situaciones de desastre, y también la capacidad de respuesta de todos los órdenes de gobierno y que culminaron con el sismo del 19 de septiembre de 2017. En un espacio de cuatro semanas el territorio mexicano recibió el embiste de dos huracanes (Lidia en el océano pacífico y Katia en el océano Atlántico) y la acometida de dos sismos de gran magnitud.

Pongamos un poco de contexto. Para el 19 de septiembre de 2017 al menos 9 Estados de la República Mexicana se encontraban con áreas de desastre, siendo los más significativos los estados de Chiapas y Oaxaca, donde al menos 110.000 inmuebles fueron dañados y se perdieron 98 vidas humanas a causa de un sismo de magnitud 8.2º con epicentro en Chiapas.

El 19 de septiembre es una fecha trágica para los mexicanos, sobre todo para los capitalinos. Un 19 de septiembre, pero de 1985, la Ciudad de México fue destruida por un sismo de magnitud 8.1º. Los muertos se contaron por miles. Algunas estimaciones calculan 20,000 mientras las fuentes oficiales dicen 3.192, pero nunca hemos conocido el número real de los fallecidos. Esa fecha marca el inicio de la sociedad civil organizada en México y de distintas instancias gubernamentales como Protección Civil y los Planes de atención de desastres por parte de las fuerzas armadas, las normas de construcción, el sistema de alerta sísmica que puede anticipar la llegada de un movimiento telúrico hasta por dos minutos dependiendo del lugar del epicentro.

Esa bendita coincidencia (llamada macabra por otros) evitó que el pasado 19 de septiembre de 2017 la Ciudad de México contase un mayor número de víctimas y heridos. Dos horas antes del sismo se había realizado el llamado Mega Simulacro en conmemoración del sismo de 1985. Participaron instancias de Gobierno, Escuelas (públicas y privadas) y una gran cantidad de empresas. El gobierno capitalino, como cada año, desplegó sus recursos como si se tratara de un sismo real.

Alrededor de las 13:14 (hora del centro de México) la tierra empezó a moverse, el alerta sísmico sonó casi al mismo tiempo ya que el epicentro se ubicó muy cerca de la Ciudad. Todos sabían qué hacer, por dónde evacuar, a dónde dirigirse. No podían tener el recuerdo más fresco. Algunos relatos señalan que los trabajadores evacuados de los edificios de oficinas y fábricas encontraron inmediatamente a la gente de protección civil o policías que indicaban los puntos de reunión y las medidas a tomar.

Sin embargo, las comunidades más afectadas son aquellas que se encuentran fuera de la ciudad. Nuestro afán de centralizar todo. Incluso en la Ciudad México la ayuda tardó en llegar a la delegación Xochimilco ubicada al sur, donde se conservan zonas rurales dentro la mega urbe. Allí muchas colonias se vieron afectadas y familias perdieron su patrimonio entero.

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El epicentro del sismo tuvo lugar a 12 km al sureste del municipio de Axochiapan justo en el límite entre los estados de Puebla y Morelos, siendo estos los más afectados. De los 33 municipios que conforman el estado de Morelos únicamente tres no reportaron afectaciones mayores, algunos municipios fueron simplemente destruidos en su totalidad, una toma aérea de la falla generada sobre el suelo cercano al epicentro desprendió la expresión “es como si Dios hubiese cortado la tierra de un tajo”, el Estado de México, Oaxaca  y Guerrero también fueron gravemente afectados.

Y ha sido ahí donde los mexicanos han acudido a llevar esa ayuda que sobraba en la Ciudad de México. Los municipios de Morelos, Puebla y Guerrero carecieron de gran atención durante los días inmediatos a la catástrofe, pero luego empezaron a verse inundados por olas de brigadistas y ayuda proveniente no sólo de la ciudad capital sino también de otros estados. Allá hemos ido los mexicanos a ayudar y también a aprender de un lado de México que se difumina y se pierde en los entornos urbanos.

 

 

Hueyapan es un municipio de Morelos ubicado a las faldas del complejo volcánico conformado por los volcanes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl en los límites con el estado de Puebla, es una comunidad de orígenes indígenas donde aún se habla la lengua Náhuatl. El sismo los golpeó con fuerza, más del 80% de sus casas quedaron inservibles, familias enteras perdieron su hogar, los caminos se vieron afectados por derrumbes y deslaves, la ayuda tardó en llegar.

Cuando los voluntarios empezamos a llegar nos encontramos con un pueblo organizado. Los jóvenes hacen de brigadistas para indicar a quienes llegan a dónde pueden dirigirse si llevan ayuda (víveres, ropa, herramientas, etc.), o si vas como voluntario a dónde acudir para incorporarte a las tareas de demolición y reconstrucción.

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Con el mejor de los ánimos posibles la gente te recibe y agradece de corazón tu presencia, no falta quien te ofrezca un taco, o te regale en cambio peras u otros frutos de sus huertos. Perdieron sus casas pero no la vida ni los buenos modales, la gente se mesura y si ya les han llevado ayuda, la rechazan y te indican dónde puede ser necesaria (cosa que me parece impensable con la gente de la ciudad de México). Todas las calles se encuentran llenas de mantas con mensajes de agradecimiento, y en otras se han montado mesas donde se preparan quesadillas, sopes, café y otros alimentos para brigadistas y voluntarios. El ambiente es tan contrastante con las casas demolidas a escasos metros que por momentos se olvida uno que se encuentra en una zona de desastre.

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Lo que para cualquier citadino significa la pérdida del trabajo de toda una vida y es motivo de aflicción total, hay gente en la ciudad con menos pérdidas y que se sienten superadas por la tragedia, para la gente de Hueyapan es una situación más en sus vidas. Sí, difícil, pero no insuperable. Tienen la certeza de que se mantendrán de pie y saldrán adelante, mientras tengan su vida y una mano dispuesta a ayudar.

  • Bailamos hasta la iglesia bailo, ¡κema otimihtotiκeh! Neh san oninotsetselo ninotsetselo nesi yonitlawanκe (si bailamos, yo me sacudía y sacudía parecía que andaba borracho) — dicen algunos abuelos entre sonrisa y sonrisa.

Y es que parte de la leyenda del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl cuenta que cuando la “maldición” termine y tanto guerrero como princesa despierten de su sueño habrá un gran baile, se soltarán las serpentinas y el confeti, y se repartirán los dulces; la tierra se moverá, caerán los rayos, la lluvia y el granizo; todos los pueblos a las faldas de los volcanes serán invitados ¿por qué no sonreír si te invitan a una fiesta?.

Cómo Hueyapan hay muchas comunidades afectadas, todas con sus raíces bien arraigadas en los corazones, todas con una enseñanza para quienes perdidos en la posmodernidad contemporánea hemos olvidado las cosas importantes. Allá vamos los mexicanos, sí, a ayudar, pero sobre todo a encontrarnos con esos otros Méxicos que rara vez observamos y que olvidamos.

¿cuántas historias y lecciones no nos esperan en las miles de comunidades rurales e indígenas de la América Latina? Valdrá la pena ir a conocerlas y no esperar la tragedia para ello, es otra lección que nos ha legado el desastre.

Ciudad de México,  1 de octubre de 2017

 


*Agustín Camargo (Ciudad de México, 1985) estudió Ciencias Políticas y Administración Pública, es docente de lengua y cultura Náhuatl en la UNAM y otras organizaciones culturales, y ama los tacos.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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