…Y se movió la tierra

Por Manuel Parra Aguilar*

Imagen de portada: Víctor Lucero

Fotografías: Santiago Arau

 

 

El temor aún es colectivo. Y cómo no, si al momento de escribir esto han pasado sólo siete días desde el terremoto que sacudió a los estados de Oaxaca, Guerrero, Puebla, Morelos y Ciudad de México.

En el taxi, en los transportes urbanos, en el café, en el zócalo de esta ciudad de Cuernavaca todas las personas comentan lo sucedido.

Ayer, en el supermercado, una señora preguntaba al despachador de las tortillas: ¿Hay un temblor?

El despachador (con una sonrisa nerviosa y mirando hacia atrás de él, donde se encuentran algunos recipientes con agua): No.

La señora (mirando hacia quien está detrás de ella en la fila para ser atendido, para que asienta o niegue): Pero está vibrando el suelo, ¿verdad?

El despachador (un poco serio): No se preocupe, señora. Son los montacargas manuales donde me traen los costales de harina.

Ambos sonrieron para después compartir su testimonio, dónde es que se encontraban ese día martes 19 de septiembre de 2017, alrededor de las 13:14 horas.

Hace poco más de un año mi esposa Julia Melissa Rivas y yo nos hemos trasladado a la ciudad de Cuernavaca para estudiar una Maestría en Estudios de Artes y Literatura (MEAL) en la Universidad Autónoma de Morelos. Uno de los problemas del transporte urbano en la ciudad de Cuernavaca es que cuando uno aborda el camión, éste vibra en todo momento, ya sea por las calles empedradas y llenas de baches, ya sea por una mala suspensión. O puede que sea por una combinación de ambos. Yo iba en un camión cuando sucedió el terremoto, regresaba al departamento después de menos de tres horas de clases.

El día martes 19 de septiembre de 2017, alrededor de las 11:00 horas en la facultad de MEAL se había realizado un simulacro de temblor para recordar el acontecido el 19 de septiembre de 1985, de 8,1 grados en la escala de Richter, y que afectó principalmente a la Ciudad de México dejando a miles de personas sin hogares y otras miles de personas fallecidas (según cifras oficiales, se estima que fueron poco más de 3,100 personas).

El simulacro me tomó por sorpresa porque en Hermosillo, ciudad de donde Julia Melissa y yo venimos, jamás había hecho un simulacro. Cierto, en el noroeste del país había presenciado algunos pequeños sismos, pero nunca duraban más de diez segundos y sin afectación material alguna.

Los días martes el horario de clase en MEAL es de 10:00 hs a 14:00 hs, pero ese martes 19 de septiembre salimos del salón poco más de una hora antes de lo programado.

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Por la mañana, al llegar a la facultad, había charlado con algunos compañeros sobre el sismo ocurrido días atrás. Una semana antes, el jueves 7 de septiembre cerca de las 23:50 hs, había temblado. En esa ocasión me encontraba en cama, listo para dormir. Había tenido un día pesado y después de darme una ducha, me acosté. Dejaba a un lado de la cama el celular cuando Melissa me dijo: se están moviendo las persianas. Pensé que la ventana estaba abierta, que se colaba el viento, pero cuando giré hacia donde se encontraban las persianas que hacen de cortina en el closet, vi que no sólo éstas se movían sino toda la ropa en el closet, que caía. ¡Está temblando!

Me levanté y apenas pude sostenerme, debido a que el suelo se movía. Melissa, que se hallaba leyendo a un costado mío, intentó pararse, pero el vértigo era demasiado. Caminé hacia mi esposa y juntos avanzamos hacia la puerta, pero sin salir del departamento. Para cuando llegamos a la entrada de la habitación el sismo había pasado.

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Esa mañana Alejandro me relató que el jueves 7 aún se hallaba en Toluca, recuperándose de una intervención quirúrgica sucedida a inicios de este mes; otro compañero, Jorge, me comentó (después de subrayar que él y su familia sólo habían pasado el susto) cómo es que había vivido el terremoto de 1985, cuando él apenas tenía tres años de edad; su hermana le contó que ella estaba en la secundaria cuando tembló después de las 7:00 hs; cuando dejó de moverse la tierra, la maestra decidió que todos los alumnos se fueran a sus casas. Su hermana estaba temerosa no sólo por la experiencia del terremoto, sino porque al regresar a su casa (vivían cerca del centro histórico, en la Ciudad de México) los edificios estaban derrumbados, mucha gente en la calle, en fin. El jueves pasado me llamó por teléfono para preguntarme cómo estoy, dijo Jorge.

 

 

Me hallaba en el camión, revisando algunos apuntes en mi carpeta, cuando sucedió. El camión de pronto se detuvo en un sitio no condicionado para hacerlo, pero la vibración siguió. ¡Está temblando!, gritó un pasajero. Volteé hacia la ventana y vi gente salir de sus casas a la calle, coches sacudiéndose desde el suelo, cables de energía eléctrica zarandearse como por una fuerza invisible.

Un hombre, de al parecer no más de cuarenta años de edad, quiso cruzar la calle pero las piernas le temblaban de modo que casi tropieza. Se sostuvo de un poste.

Arriba, dentro del camión, el chofer se asomó hacia el cielo. Presionó el embrague, metió el primer cambio y avanzó solo unos metros.

El mismo pasajero (con intención): ¡Espérate que pare, espérate que pare, por favor!

El chofer (mirando por el retrovisor): Estamos debajo de unos cables de luz.

Intenté comunicarme con Melissa, pero no había señal alguna.

Luego todo se detuvo. El motor en marcha del camión también.

No sé cuánto duró el movimiento, pero me parecieron que fueron muchos, muchos minutos.

Entonces el chofer encendió el camión, hizo que avanzara y por las calles, por la ruta donde debía seguir el camino, había gente en la calle, bardas derrumbadas. Los jóvenes de una escuela secundaria estaban afuera del plantel.

Bajé del bus y caminé rumbo al departamento. Intenté comunicarme de nuevo con Melissa, pero sin éxito. En el camino veía el temor de la gente, algunos se abrazaban. Una mujer lloraba. Y el temor también me provocaba cierta sensación, sobre todo porque no podía comunicarme con Melissa.

A poca distancia del departamento donde vivimos, hay una calle que está aislada: sin edificios, sin bardas, sin cables de energía eléctrica. Pensé que ese era el sitio al cual debíamos acudir en caso de un nuevo sismo.

En ese entonces la mayoría de las personas ignorábamos que el terremoto había sido de 7,1 en la escala de Richter, y mucho menos pensábamos que la cifra de muertos superaría los 430 todavía una semana después.

Llegué al departamento; abrí la puerta y vi a Melissa. Ella me vio y me dijo que había intentado comunicarse conmigo. Nos abrazamos y nos quedamos callados. Había muebles separados de la pared, las puertas de la alacena estaban abiertas, pero por fortuna no había pasado nada más.

Después intentamos comunicarnos con nuestros padres, en Hermosillo, pero no había señal alguna de telefonía. Tampoco hubo Internet sino hasta cerca de las 15:00 hs, cuando se restablecieron los servicios, para luego saturarse la red y las llamadas telefónicas de las personas que querían comunicarse con los suyos. Entonces vi la magnitud del terremoto, pero entonces aún no dimensionaba los daños.

Había información por acá, había un video por allá; fotografías de edificios históricos de Cuernavaca afectados, algún familiar cercano a donde fue el epicentro posteaba en su red social que se encontraba bien, otro contacto, desde Hermosillo, preguntaba qué carajos había pasado.

El día martes 19 de septiembre de 2017 se movió la tierra. Pero no sólo la tierra, la mesa, la alacena, los muebles, las paredes, el techo, el departamento del vecino, el propio. Casi inmediatamente comenzaron a moverse los corazones de los cientos de mexicanos que sin importar nada, arriesgaron su vida con tal de apoyar a personas que incluso no conocían, pero que estaban atrapados entre los escombros que había dejado el desastre, otros más enviaban ayuda material para levantar de nueva cuenta a este país que 32 años atrás había pasado por un desastre semejante.

El despachador (un poco serio): El miedo es colectivo: ¿se puede repetir el suceso? ¿Y si estamos dormidos? Ya ve, el sábado 23, después de las 7 de la mañana, sonaron las alarmas de sismo en la Ciudad de México, despertando a quienes intentaban dormir después del temor.

La señora: Yo por eso intento dormir con el foco encendido. A veces cierro los ojos y luego los abro al menor ruido.

 

 


*Manuel Parra Aguilar. Hermosillo, Sonora, México. Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Es autor de los libros de poemas Breves (de próxima publicación), Portuaria, Pertenencias, Manual del mecánico, En el estudio, Más le valiera morir y el libro de cuentos Contrataciones. Entre sus reconocimientos como creador literario se encuentran el XV Premio Nacional de Poesía Amado Nervo (2016); el XII Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal (2014); y el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo (2005), organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE. Actualmente cursa la Maestría en Estudios de Arte y Literatura en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en donde ha participado con actividades de investigación de poesía latinoamericana reciente.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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