Historias para una historia

En la foto, las cronistas y José David Galvis.

Por Lidia Julieth Torres MelecioLaura Gómez Marín *

El 21 de octubre de 2017 a las 7:00 a.m., mientras recorríamos en el turno para llegar a Villa Rodas, los estudiantes de octavo y noveno grado notamos que la carretera estaba muy mala para andar, habían partes pavimentadas y otras que no. Vimos muchos cultivos como: café, plátano, banano, etc.

El clima estaba cálido, llegamos hasta donde los transportadores llegan con los mercados de las personas que salen a Cartago, Valle, que también es el punto donde recogen a los estudiantes del colegio de Villa Rodas. Allí hay que desembarcar para caminar aproximadamente cinco minutos hasta llegar a Villa Rodas. Al llegar al lugar, vimos un parque grande donde los niños se divierten, en el centro está la caseta comunal donde el presidente se reúne con las personas para dialogar sobre lo que pasa en la comunidad. Seguimos y más adelante observamos que había una casa grande a punto de caerse porque no estaba en buen estado. Hay una carretera que sigue para Obando o para Frías y otra para el colegio María Analía Ortiz Ormaza. Subimos al colegio y encontramos la cancha, donde los chicos todos los domingos se reúnen para jugar fútbol. Había casas con estilo colonial, casas hechas en bahareque, bares, cantinas, panaderías, tiendas y varias historias que nos llamaron la atención. Una de ellas fue la de Leidy Dayana Rojas Villa, que tiene trece años de edad, es de estatura media, cabello corto, piel trigueña. La chica nos pareció formal e interesante. Nos interesamos en hablarle porque en nuestro colegio, el Nueva Granada, sede Simón Bolívar, algunos chicos dicen que tiene sida, por eso fue que le pusieron el apodo «la sidosa». Le contamos a la chica que había unos rumores sobre ella. Lo primero que le preguntamos era que si tenía sida y nos dijo: «No». Lo segundo, fue que si es verdad que mantiene con hombres y nos contestó: «No eso es mentiras». Le preguntamos qué si vivía con sus padres o con quién vivía y dijo: «Desde los doce años no vivo con mi familia porque mi padrastro abusó de mí; le dije a mi madre, pero no me creyó, me fui de la casa y le avisé a bienestar familiar. Me detuvieron por veinte días porque no había cupo, después me devolvieron a mi madre, me volví a ir de la casa y me vine para Villa Rodas. Vivo con mi novio que tiene quince años, se llama Andrés trabaja en la carretera». Le preguntamos que si estaba estudiando y nos contestó: «No, solo estudié hasta tercer grado y no pude estudiar más porque no tengo quién me entre a estudiar, pues me gustaría seguir estudiando». Nos dice Leidy que tiene dos hermanas, una de quince y otra de dieciocho años y que trabaja en varias casas para poder comer. Esta es la triste historia de Leidy Dayana Rojas Villa.

Otra historia que nos interesó fue la de José David Galvis, que es un señor bajito, de contextura gruesa, trigueño. Este señor, que nos pareció muy amable, conversador y humilde, anda con un bordón y con muchas llaves, dice que son del calabozo del pueblo. Es primo segundo del concejal de Obando José Adolfo Galvis. José David tiene sesenta y ocho años de edad y lleva viviendo toda su vida en Villa Rodas. Nos cuenta que antes Villa Rodas era zona roja porque la guerrilla se la pasaba vigilando la zona. Dice: «Había conflictos con el ejército, no había policías porque si veían a un policía la Guerrilla lo mataba». José David nos cuenta que la Guerrilla mantenía en un filo de un potrero escondida y desde ese mismo lugar le disparaban al cuartel del ejército. El ejército se iba por un camino, daban la vuelta y los agarraban a candela. Cuando había violencia mataban gente, aparecían con la cabeza mocha, eso era por colores políticos que mataban a punta de machete. Las personas que decían «Yo soy rojo, yo soy liberal, los otros son conservadores». Llegaban y se mataban los unos a los otros, era una historia sangrienta. Dice: «Yo tenía siete años cuando viví esa historia, recuerdo que veía cabezas mochas, me daba fastidio comer la carne, estuve como dos años sin poder comer, me daban carne y yo no comía», así como que los que mataban a punta de machete los sacó la Guerrilla. No conoció amigos, ni familiares que le hayan matado, porque cuando sucedió esto estaba niño pero veía lo que estaba ocurriendo alrededor. «Yo salía volando para la casa a esconderme debajo de la cama. Yo les contaba a mis padres: “Ay, mamá, ay, papá, tengo miedo”, ellos me decían: “no, mijo, salga de allá que a usted no le va a pasar nada». Esa fue la historia que le tocó ver: cuando había combates herían soldados. «Yo miré cuando hirieron un soldado del ejército, yo lloré al ver que tenía una patica quebrada de tanto plomo que le dieron». Ahora ya no se ven conflictos sino tranquilidad y paz. Villa Rodas se fundó en 1955 y la primera obra que hubo en el corregimiento fue la iglesia, que fue un regalo de un patrón que tuvieron que se llamaba Luis Alfredo Trujillo, él fue el fundador de la iglesia católica. Villa Rodas no se llamaba así, sino Pradera Bajo, cuenta José David, que desde niño conoció el corregimiento, cuenta además que eran como tres o cuatro casas. Llegó un padre de apellido Villa y Rodas entonces le dijo a la comunidad que el lugar no debería llamarse Pradera Bajo, si no Villa y Rodas y desde entonces quedó así. Anteriormente la gente se transportaba en mulas, no había carros. Los que fundaron la iglesia ya no existen. El mayor producto que se da es café, el plátano, la yuca y el banano. José David es conocedor del sector, hace obras, es colaborador, trabaja arreglando casas y no tiene mujer porque ya está viejo, según el mismo comenta. Estudió hasta quinto grado y se ganó el bachillerato en cuatro meses, le dieron el cartón por buen ciudadano, pero no pudo seguir estudiando porque no había bachillerato. En ese tiempo le daban orden a los profesores para que le pegaran a los alumnos, él le corría al profesor porque le pegaba con un rejo de ganado que ponían al sol para que quedara tieso, «para poderle pegar a uno, más duro», dice. José David se pasó de imprudente con el profesor el día que lo estaba persiguiendo con el rejo para pegarle y le dijo: «Este viejo nariz de paletón, por qué me va a pegar». El profesor le dijo que le iba a decir al papá para que le pegara y en seguida él le daba la otra.  El profesor le dijo «muchachito grosero», y no le alcanzó a pegar porque él, como era pequeño, se les volaba. El gozaba de lo pícaro que era.

Después nos fuimos admirados de todo lo que nos contó José David, y todo los que observamos ese día. Fue importante saber lo que sucedió para contar nuestra crónica para que la gente la lea y se quede sorprendida de lo que sucedió años atrás en esta región.


(*) Lidia Julieth Torres MelecioLaura Gómez Marín

Somos dos rosas que viven en el campo y disfrutan de un hermoso naturalismo.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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