Con el ciclo de la vida

Desde hace unos días, la palabra “ciclo”  se ha convertido en mi compañera de camino. Primero lo hizo cuando empecé a pensar que mi momento como profesor de tiempo completo en la universidad había culminado, que ya era hora de dedicarle más tiempo a la escritura y menos a la docencia. Pero la zona de confort no me dejaba ir y me tenía atrapado bajo el canto de sirena de la comodidad. Entonces la vida, ella, la sabia, cortó ese canto de un solo golpe y tomó la decisión por mí. También la palabra apareció en la lectura que ando haciendo de la obra Cosmos, de Michael Onfray, donde, precisamente para esto días, he llegado a la parte en la que el filósofo francés habla de los ciclos del planeta y su conexión con la creación de la vida. Y para rematar ando revisando unos textos de un módulo sobre formulación y gestión de proyectos que creé para una especialización, y uno de esos textos está relacionado con el ciclo de vida de los proyectos. En ese texto digo: “El ciclo vital de un proyecto, como en la vida misma, debe entenderse en forma de espiral, no en un círculo que regresa a su principio. Así pues el ciclo de vida puede pensarse como un proceso continuo y progresivo. Es por eso que otra forma de definir ciclo de vida de un proyecto se relaciona con las entradas, la transformación y entrega de productos o salida.”

Así que, haciéndole caso a esas señales, he decidido escribir sobre este asunto, sobre los ciclos vitales que forman nuestro camino. Y digo vitales, porque creo que la vida se compone exclusivamente de eso, de ciclos.

La naturaleza nos lo dice todos los días, cuando el sol aparece y le da paso a la luna, y viceversa; nos lo dice cuando cada tres meses, en muchas partes del mundo, se sienten los cambios de las estaciones: en un ciclo renacen las flores, en otro las hojas se despiden de los árboles, en otro el sol impone su poder, y en otro la nieve nos obliga a abrigarnos hasta el alma. Y se repiten cada año. Nuestro tránsito natural entre la vida y la muerte, está mediada por la niñez, la adolescencia, la adultez y finalmente, quienes la alcanzan, la vejez. Y todos ellos son ciclos que parecen tornarse infinitos; visto, claro, desde nuestro fugaz paso por este planeta.

La vida no es más que una pila de momentos cíclicos que guardamos y los convertimos en recuerdos, los reciclamos en ese cuarto de San Alejo llamado memoria. Por eso nace la nostalgia, como la manera de homenajear a los ciclos que pasaron por nuestras vidas.

La naturaleza se mueve por periodos, no es lineal, así puede evolucionar; y nosotros, como parte de ella, también nos movemos al ritmo de esta bella y caótica forma de existir. Simple, si no hay movimiento, no hay vida, y si no hay ciclos, no hay aprendizajes, no hay evolución.

Así pues, la nostalgia, los recuerdos y la experiencia son tres regalos que nos dejan los ciclos desde que nacen hasta que se van. Y es sobre esos regalos que construimos nuestra historia de la vida. La naturaleza  es histórica, luego nosotros también nos convertimos en lo mismo, con una inmortalidad ligada a lo que logramos hacer bajo el camino de los ciclos.

Ellos nunca se repiten, por muy semejantes que sean. Basta con preguntarles a las personas que han vuelto con sus parejas después de haber terminado una relación, y a lo mejor la frase que tendrán en sus labios, para bien o para mal, será “las cosas ya no son iguales”.  Y en nuestro mundo cotidiano también están presentes los ciclos: cambio de casa, de trabajo, de ropa, de amigos (los que se suman y los que se van)… los ciclos con nosotros, en todo momento. Ellos son el tapete por donde caminamos nuestra existencia.

Nuestro acto puro de humildad es reconocer que somos parte de la naturaleza, la llevamos en nuestros genes, que no podemos escapar de los ciclos, que la vida crea ciclos y nosotros también lo hacemos, y que siempre estaremos navegando en el mar de la incertidumbre sin saber cuándo dejaremos de movernos  por ese sinnúmero de espirales al que llamamos existencia.

El eterno retorno, como el que también tienen las lavadoras.

 

jerogarciar

Literatura, docencia y salsa, las pasiones de mi vida...

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