Daos por muertos

Hoy, día 25 de diciembre de 2018, día de Navidad, día del nacimiento de Jesús, me siento como Herodes. Igual que Herodes, siento que mi singularidad está amenazada por un puñado de paisanos cuyo pecado fue nacer en un lugar determinado (Logroño, España), un determinado día (4 de enero de 1983) y a una determinada hora (13:35). Voy a empezar por el principio, como siempre, y como siempre, voy a divagar todo lo que necesite.

La inspiración para mí es (siempre fue) caminar sin rumbo al aire libre. En estos paseos describo una trayectoria. Esas trayectorias son líneas rectas como las de esta gráfica que veis. La inspiración para mí es, por lo tanto, ir de caza, conectarme a un estado de ánimo que me ayuda a capturar sensaciones. Mientras ando, mientras accedo a ese estado, soy capaz de desdoblarme y verme desde el cielo como en un plano cenital, soy capaz de alejarme y acercarme a mi antojo, de convertirme en el zoom de una cámara. Yo controlo el gran microscopio sobre la diminuta superficie terrestre. Si, por ejemplo, acerco mi mirada, como si mirara a través de los ojos de un helicóptero, las líneas que trazo en mi recorrido son largas, pero si alejo mi mirada, digamos hasta la luna, las líneas que trazo se convierten en puntos casi invisibles, incluso llegan a desaparecer.

He emprendido viajes a pie a lo largo de mi vida, y siempre lo hice para apreciar desde fuera de la Tierra las líneas imaginarias que trazo en mis caminatas. Es una cacería de trascendencia. También lo hice para ver esas líneas completamente rectas: lo que de cerca nos parece torcido aparece milagrosamente enderezado si lo contemplamos a gran distancia. Es una cacería de perfección, de plenitud.

En cualquier caso, y ya voy hacia lo de Herodes, las líneas que veis en este dibujo no son las que tracé en mis rutas a pie, sino que están calculadas y ejecutadas por un ordenador a partir de parámetros determinados por mi lugar, fecha y hora de nacimiento, es decir, a partir de lo que se llama, creo, carta austral, o astral.

Ahora os voy a hablar de alguien: una cantante brasileña muy famosa (no digo el nombre para no comprometerla) que coincidió conmigo aquí en Berlín. Compartimos escenario y cierta intimidad. Ella era (es) aficionada al horóscopo. Trató de adivinar mi signo zodiacal a bote pronto, sólo por su intuición, y erró, pues dijo Virgo y soy Capricornio, pero consideró que no había errado tanto, porque al parecer ambos signos pertenecen al elemento tierra y están relacionados. Yo acepté que quizá no había errado tanto (¿qué se yo de eso?).

Lo más importante para la cantante, en su diagnóstico de mi carta austral, era que mi signo, Capricornio, y mi ascendente, Tauro, y mi luna, Virgo, eran signos de tierra. Estaba muy asombrada: nunca antes había conocido a alguien así. Así quería decir que yo, según lo que ella leyó, soy extraordinariamente terrenal y práctico: un fundamentalista de la organización.

Lo más importante para mí, sin embargo, era el dibujo. Me gustó, primero, porque me recordó a mis caminatas, a las gráficas que trazo con ellas, y segundo, y por encima de todo, porque el dibujo, eso pensé entonces, era mío y sólo mío, era algo así como un retrato de los raíles de mi destino, de mi carácter, de mi singularidad. La cantante me lo imprimió y me lo regaló antes de irse de gira a EE.UU. (ya casi estoy llegando a lo de Herodes).

Hoy es Navidad y he cenado aquí en Berlín en casa de unos millonarios. Quizá millonarios es mucho decir, pero sin duda son gente de dinero. Tienen un apartamento precioso muy cerca del canal. Son artistas e intelectuales. Su casa está decorada con excelente gusto. Cada silla es una pieza de arte. Cada lámpara emite la luz apropiada para su rincón. Tienen dos perros de color bronce que se tumban en las partes rojas de las alfombras, como si quisieran cumplir una función de equilibrio cromático. He ido solo, pero allí estaban también los compañeros de mi banda. Hemos dado un pequeño concierto después de cenar. Ha sido un acto ceremonial. Todos me han mirado, cuando he empezado a cantar, como a un sacerdote. Cuando actúo con mi banda se crea un ambiente espectral. Nosotros mismos nos volvemos espíritus. Es como si ascendiéramos y perdiéramos el cuerpo. Todo nuestro aire (hablando de nuevo en términos zodiacales o australes o como se diga) lo guardamos para el arte, construimos, a través de la expresión, viviendas suspendidas en el espacio, sin muros ni puertas ni ventanas. Creamos brisa para todos vosotros. Deberíamos actuar vestidos con túnicas y con las cabezas rapadas.

No es difícil ser un fantasma, no creáis. Lo difícil es el paso, el tránsito que hay que recorrer una y otra vez desde la tierra hasta el aire, y viceversa, hacerlo con naturalidad, sin grandes aspavientos o dramas, sin grandes consecuencias, pasar de la carne al espíritu y del espíritu a la carne como quien cruza cualquier umbral en su casa de la infancia, perder y ganar el cuerpo como sistema de vida.

Afirmo esto con conocimiento de causa: acabo de llegar a mi casa, aún como fantasma, y he mirado el dibujo y he ido aterrizando en mi cuerpo. No ha sido un aterrizaje amable. Penetrando en el hombre, he entendido que este dibujo polarizado, con una parte vacía y otra cargada, me define. Y entonces, asentándome ya en el hombre, he pensado en algunos de vosotros, los ya citados más arriba, los que nacisteis el 4 de enero de 1983 en Logroño a las 13:35, he pensado en vosotros y en que a vosotros también os define mi dibujo, porque también es vuestro. Eso no me gusta. Sabedlo. Ahora soy Juan, sólo Juan, el hombre, y no me gusta porque cuestiona mi singularidad. Vosotros, los ya citados: buscaos otro dibujo, no os atreváis a definiros con el mío. Soy Juan, el hombre, y voy a ir por vosotros. Hace un rato, cantando, os amaba. Mi fantasma os ama. Pero yo, Juan, el hombre…

Oíd: os lo advierto, voy a ir por vosotros. Soltad mi dibujo o preparaos, daos por muertos.

J.S.T. Urruzola

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