La sinagoga de los secretos mejor guardados – Danielle Navarro Bohórquez

En los tiempos de las dictaduras del Cono Sur, vivió en algún lugar de Madrid un escritor argentino que dedicó una etapa de su vida a participar en concursos literarios de provincia. Su estrategia general para ganar era participar en el mayor número posible, así fuera con los mismos cuentos, teniendo la precaución de cambiar el título. Al fin y al cabo, decía, los jurados no leen las obras presentadas o las leen a medias.

Este escritor no consagrado en el exilio —Luis Antonio Sensini— es un personaje alusivo a Antonio di Benedetto, autor argentino a quien Roberto Bolaño admiraba, con quien mantuvo una relación epistolar y en quien se inspiró para crear su maravilloso personaje.

«Es curioso cómo los premios mejoran la vida», dijo alguna vez Bioy Casares en una entrevista. Bolaño, antes de ser el gran escritor chileno, también pasó una etapa de su vida en España, de concurso en concurso, con el fin principal de la supervivencia. Y es que los galardones literarios legitiman a los escritores, pero además, como confiesa Sensini, ayudan a pagar uno o dos meses de arriendo.

Desafortunadamente, estos premios han sembrado una sospecha colectiva en una cantidad considerable de lectores, pues a veces se asemejan más a una parafernalia comercial que a una celebración del talento. Las sentencias de los jurados nos revelan, año tras año, un sinfín de «obras singulares» que «exploran de forma original las dimensiones de la condición humana». Y así, «pasito a pasito», nos han ido abrumando con un montón de “secretos mejor guardados de la literatura”.

Por otro lado, muchos de los grandes concursos literarios actuales parecen anquilosados en una idea de literatura del siglo XIX —novela, cuento, poesía—, desmotivando a los artistas del lenguaje en cuyo espíritu late el deseo de la experimentación en la escritura.

Por ejemplo en Colombia, la convocatoria de este año del Programa Nacional de Estímulos, que supuestamente pretende movilizar a los artistas, anula el entusiasmo de cualquier escritor novel: de las diez posibilidades que se ofrecen solo hay una categoría en la que aplica y es con los géneros de siempre: «novela, crónica, narrativa, biografías y cuento, entre otros»; y, aclara, «no recibirá textos académicos como tesis, investigaciones monográficas o similares».

¿Dónde quedan las apuestas experimentales que no encuadran en ninguno de esos géneros tradicionales, como las biografías imaginarias, las ficciones de artista o los prólogos a obras no escritas? ¿Hacen parte del «entre otros» de los géneros narrativos, o cuentan como los «similares» de los excluidos? Y más aún: ¿por qué no dan lugar a propuestas literarias valiosas que también promueven la cavilación de las ideas como el ensayo, los escolios, los aforismos, los diarios y las cartas?

Los premios más robustos del mundo hispano le siguen dando prioridad a la novela, cuya mayor apuesta experimental pareciera ser la herencia sesentera de Capote y su «literatura de no ficción» con algunas variaciones que hoy llaman «literatura histórica». Aparte del estancamiento en las formas más habituales de la literatura, estas galas decimonónicas parecen promover, en vez de artistas, autores que escriban premios para ganar concursos. Y el favoritismo comercial que percibimos los lectores a veces raya con el descaro, pues las grandes editoriales celebran escritores cuya obra se constituye en favor del comercio —lo cual está muy bien— pero no siempre en virtud de la escritura. «Es una obra muy literaria, no es comercial» es una de las respuestas que grandes editoriales les han dado algunos autores colombianos cuando presentan sus propuestas de literatura. Entonces no sorprende que bajo esa misma lógica operen los galardones más robustos, que, por cierto, no se pueden declarar desiertos. Una casa editorial que ofrece un premio de 601000 euros como Planeta, o 175000 dólares como Alfaguara, no se va arriesgar recompensando una propuesta cuyo valor literario supere el comercial, pues una editorial es, al final y al cabo, una empresa. Uno de los nefastos resultados de estas dinámicas es que los nuevos autores, presionados por su propio deseo de convertirse en artistas o de publicar su obra, pueden resultar cediendo a las exigencias del mercado y cooperando con el círculo vicioso de escribir lo que se vende para vender lo que se compra.

«El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo», decía Sensini. Pero los concursos literarios, a pesar de todas sus fallas y desvergüenzas, son una estrategia de mediación bastante efectiva para dinamizar el campo literario, tan pobre en Colombia. España, México, Argentina y Chile —por solo mencionar Iberoamérica— lanzan constantemente convocatorias para escritores de todo el mundo, y ofrecen premios que van desde un diploma o la publicación de la obra hasta sumas generosas de dinero.

Estaría bien para la salud de la literatura colombiana que la empresa privada, la academia y el Estado cooperaran más con la dinamización del campo literario. Una de las estrategias está en los concursos: activarlos podría conducir a una explosión de artistas en Colombia que activen el campo cultural, y nos permitiría conocer nuevas propuestas de escritura a quienes ya estamos cansados de ver, a los mismos abades de siempre, en la sinagoga de los secretos mejor guardados de la literatura.


Danielle Navarro Bohórquez. Empezó a estudiar ingeniería, después quiso ser bióloga, luego periodista, hasta que se graduó como comunicadora social. Ahora estudia una maestría en Hermenéutica literaria en la Universidad EAFIT. Cree en los dioses, en el arte y en las humanidades.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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