Subastar la literatura – Danielle Navarro Bohórquez

Les presentamos una secuela, a lo Sensini, a lo Bolaño, del artículo que publicó en nuestra edición de febrero Danielle Navarro Bohórquez.

En los tiempos de las dictaduras del Cono Sur, vivió en algún lugar de Madrid un escritor argentino que dedicó una etapa de su vida a participar en concursos literarios de provincia. Su estrategia general para ganar era participar en el mayor número posible, así fuera con los mismos cuentos, teniendo la precaución de cambiar el título. Al fin y al cabo, decía, los jurados no leen las obras o las leen a medias.

Este escritor no consagrado en el exilio se llamaba Luis Antonio Sensini. Fue creado por un chileno prolijo de las letras — Roberto Bolaño — quien inventó a Sensini a imagen y semejanza de un autor al que admiraba y con el que mantuvo una relación amistosa por medio de cartas: Antonio Di Benedetto.

Sensini evoca a Di Benedetto pero también a Bolaño, quien antes de ser el gran escritor chileno, también pasó una etapa de su vida en España, de concurso en concurso, con el fin principal de la supervivencia.

“Es curioso cómo los premios mejoran la vida”, dijo alguna vez Bioy Casares en una entrevista. Y es que los galardones literarios impulsan a los escritores porque respaldan su escritura, pero además, como confiesa Sensini, ayudan a pagar uno o dos meses de arriendo.

Desafortunadamente, estos premios han sembrado una sospecha colectiva en una cantidad considerable de lectores, pues a veces se asemejan más a una parafernalia comercial que a una celebración del talento.

Los jurados siempre fallan y en sus sentencias nos revelan, año tras año, un montón de “obras singulares” de “un ritmo narrativo trepidante” que “indaga de forma original dimensiones inexploradas”. Así, los premios han ido cultivando — más que descubriendo — los “secretos mejor guardados de la literatura”.

Después, la crítica literaria nos sorprende cuando señala que la estructura del relato promete, “en palabras del autor”, “ser innovadora y particular”, y nos invita a degustar una “prosa deliciosa”, a veces “exquisita”, o nos deslumbra con adagios como “es una novela de rara perfección, donde no hay un trazo equivocado, ni una frase que sobre o falte”.

La publicidad, con su habitual vocación de psicóloga de autoayuda, intenta motivarnos con avisos como “10 razones por las que debes leer esta novela”. Y para rematar intenta conmovernos: “seguramente en varios pasajes te hará pensar en tu propia vida (…)Y ¡No hay nada mejor que una historia con la que puedes identificarte!”.

El más perjudicado es el lector, que animado por los augurios de las novedades editoriales, por los comentarios sobre los galardonados o por la lista de los treintaipico favoritos de América Latina, corre a la librería, ilusionado, a preguntar por el libro más vendido del año o el que ganó el último premio. “¿Quién es el autor o cómo se llama la obra?”, le pregunta el librero. “No me acuerdo”, dice el comprador, “sé que ganó el último premio”.

Para evitar este tipo de confusiones, el diseño editorial ha descubierto una espléndida estrategia de recordación: en las portadas de los libros ganadores de los premios importantes encontraremos al autor, agrandado, por encima del pequeño nombre de su obra.

En 2005, Juan Marsé dimitió del jurado del premio Planeta a partir de su “nefasta experiencia” en el año anterior, cuando advirtió “que el negocio editorial primaba sobre la literatura”.

En una rueda de prensa confesó, con la honestidad que debería tener cualquier jurado de literatura, su opinión sobre las obras: “El nivel es bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala”.

En cuanto a la novela ganadora y a la finalista, expresó el novelista español:

“No dudo de las buenas intenciones de la autora y el autor respectivos y les deseo lo mejor en próximas aventuras, pero las buenas intenciones no tienen nada que ver con la buena literatura”.

Marsé llama la atención en la “incompetencia escandalosa” del comité de lectura que hizo la primera selección de las obras, el cual, además, se revela como profeta al anunciar que: “Esta novela va a cambiar el curso de la literatura contemporánea”.

Pero uno entiende: una casa editorial que ofrece un premio de 601.000 euros como Planeta, o 175.000 dólares como Alfaguara, no se va arriesgar recompensando una propuesta cuyo valor literario supere el comercial, pues una editorial es, al final y al cabo, una empresa. Como expresa Marsé, estas dinámicas responden “a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura”.

Una de las secuelas es que los nuevos autores, presionados por su propio deseo de convertirse en artistas o de publicar su obra, pueden resultar cediendo a las exigencias del mercado y cooperando con el círculo vicioso de escribir lo que se vende para vender lo que se compra. “El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo”, decía Sensini.

Tenía razón Jaime Alberto Vélez cuando dijo que “entre condenar a la hoguera un libro de escaso valor literario, o recomendar con mala intención su lectura, resulta evidente que la segunda actitud entraña más daño general y más vileza, en especial si se rige solo por razones económicas”.

Esquirlas

  1. Los desestímulos del Ministerio de Cultura

La convocatoria de este año del Programa Nacional de Estímulos, que supuestamente pretende movilizar a los artistas, anula el entusiasmo de cualquier escritor novel: de las diez posibilidades que se ofrecen solo hay una categoría en la que aplica y es con los géneros de siempre: “novela, crónica, narrativa, biografías y cuento, entre otros”; y, aclara, “no recibirá textos académicos como tesis, investigaciones monográficas o similares”.

¿Dónde quedan las apuestas literarias que no encuadran en ninguno de esos géneros tradicionales, como las biografías imaginarias, las ficciones de artista o los prólogos a obras no escritas? ¿Hacen parte del “entre otros” de los géneros narrativos, o cuentan como los “similares” de los excluidos?

Y más aún: ¿por qué no dan lugar a propuestas literarias valiosas que también promueven la cavilación de las ideas como el ensayo, los escolios, los aforismos, los diarios, las cartas o los blogs?

  1. La bondad de los concursos

Los concursos literarios, a pesar de todas sus fallas y desvergüenzas, son una estrategia efectiva para dinamizar el campo literario que, por cierto, en Colombia es tan precario. Una buena ejecución de ellos podría generar resultados favorables.

Estaría bien para la salud de la literatura colombiana que la empresa privada, la academia y el Estado cooperaran más con la dinamización del campo literario. Una de las estrategias está en los concursos: activarlos podría conducir a una explosión de artistas en Colombia que dinamicen el campo cultural. Además, nos permitiría conocer nuevas propuestas de escritura a quienes ya estamos cansados de ver, a los mismos abades de siempre, en el templo de los secretos mejor guardados de la literatura.


Danielle Navarro Bohórquez. Comunicadora social de la Universidad EAFIT y estudiante de la maestría en Hermenéutica literaria de la misma universidad. Hizo parte del equipo editorial de periódico Nexos y ha sido colaboradora de medios como El Espectador, De la urbe, Al poniente, Revista Canéfora, Cuadernos de Ciencias Políticas y Bitácora. Cofundadora de Camelia y Danielle, producto audiovisual para la divulgación de literatura. Correctora de estilo. Bloguera en https://medium.com/@daniellenavarro

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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