Cecilia frente al espejo – Sofía Castillón

Imagen del ojo de una peatona

Un relato certero sobre la crudeza de nuestras emociones más profundas. No es fácil, pues, decir que si tuviéramos la piel de otro sentiríamos lo que este siente o, más allá todavía, si llegaríamos a sentir lo que queremos que sienta cuando lo acariciamos.

 

Cecilia frente al espejo

 

El martes por la mañana Cecilia abrió las puertas de su placard y sacó el traje del éxito. La falda, ajustada en las caderas, dibujó una curva de durazno. El escote, pronunciado, de quien declara que ya ganó. Cecilia se miró en el espejo. Suspiró.

Con recientes 28 años, Cecilia ya era dueña de tres departamentos, dos divorcios, y diecisiete amantes. Había viajado por Australia, Europa, México, Colombia, Panamá y otros países de América Latina que no vale la pena mencionar. Todo lo había logrado sola, con la única ayuda de su astucia para los negocios y la temperatura de su sangre, siempre un grado más azul. Ese día, sería, además, la tapa de la revista Vogue «Edición Mujer Alfa: joven, bonita y exitosa».

Su teléfono celular vibró sobre la cama desarreglada. Revolvió un poco más la seda roja de sus sábanas hasta encontrar el aparato. Era A. Un ligero rubor alcanzó sus mejillas antes de que ella lo pudiera reprimir.

A era el mejor y más insistente amante que hubiera tenido. El único que logró persistir en su vida más de cinco meses. Ya iban siete años y ocho días desde la escena en el ascensor, él jefe, gerente, dueño, ella flamante empleada de administración financiera.

Desde entonces, Cecilia había dado forma al tiempo con sus propias manos, y trabajado sus años como si fueran de plastilina: en breve ascendió a jefa de sector, luego a gerenta financiera, luego a gerenta general, y al poco tiempo, fundado su propia empresa. Y A todavía le provocaba fiebre. Sonrió. Respondió el mensaje. Sí, esta noche. Sí, sushi. Se miró en el espejo, y suspiró.

Cecilia sabía, en su interior, que, aunque A fuera gerente, joven y bueno en la cama, nunca podría compararse con ella. Él era inteligente, pero había invertido parte de su juventud en una familia y tres hijos, y todos sabemos que esa transacción devalúa cualquier bono. Ella no sólo era hermosa y brillante: era libre. Sabía medir el tiempo justo para separarse sin hijos, sin rencores, y sin deudas. Se miró en el espejo, levantó el mentón. Desprendió un botón más de su camisa. Sonrió, sintió el cosquilleo del poder en sus manos, y suspiró.

***

A miró su mensaje. Odiaba el sushi, pero hacía siete años que lo ocultaba. Su libido disfrutaba más el salmón rosado sobre la piel blanca de Cecilia de lo que su paladar despreciaba el gusto metálico del pescado crudo. Y en siete años había aprendido que, con exceso de salsa de soja y cucharadas de wasabi, podía tapar cualquier mal sabor.

En el ascensor de la torre de oficinas en Puerto Madero, A se miró en el espejo. Con sus casi 40 años, no estaba tan mal. Había asomado un poco de pansa, pero era alto, tenía ojos claros y una billetera que se delineaba al costado izquierdo de la curva de su sexo.

Hacía siete años que había dejado al resto de sus amantes para sostener el entrenamiento físico y mental que exigía no aburrir a Cecilia. Lo primero, construyó un pequeño palacete alejado de la ciudad, en el country de moda para que su esposa viviera con sus hijos, con sus tardes de té, con el jardinero joven y formado que mantenía las figuras de animales y flores en los árboles. Allí su familia podía tener una vida agradable sin molestarlo. Luego, comenzó una rutina de entrenamiento en gimnasio, yoga, clases de remo. Además, un nutricionista al que disfrutaba desafiar. Y, por supuesto, no podía descuidar su vida profesional, por lo cual terminó en tiempo récord un MBA en la Universidad de Harvard.

Sabía que elegir ser amante de alguien en constante movimiento es elegir el movimiento como forma de vida, o de resistencia. El día que frenase para – verdaderamente – mirarse en el espejo, podría perderlo todo.

Pero por ahora, las ruedas de su BMW avanzaban rumbo a la casa de Cecilia. No pasó mucho tiempo hasta que se vio preso de un típico embotellamiento sin salida en la Ciudad de Buenos Aires. A la derecha, un taxista gritando. A la izquierda, las motos que se superponen entre sí. Los espejos retrovisores reflejaban una fila infinita de colores plata, blanco, negro y rojo. En simultáneo, guiados por el tempo porteño, todos a coro dieron inicio a la orquesta de bocinas. El espejo interno del auto reflejó, entonces, las pequeñas venas inyectadas de sangre salpicando los ojos celestes de A.

Aunque sabía que no era un rol exclusivo, A se sentía especial por seguir siendo elegido como amante luego de siete años. Estaba seguro de que jamás nadie había durado tanto. Para sus ojos, Cecilia era la promesa de una etapa de cortejo eterna, el entusiasmo del inicio.

Sin embargo, algo nublaba sus gestos cada vez que la vida lo obligaba a detenerse. Por eso odiaba enfermarse, tener vacaciones, ir al cine. Cuando el movimiento se interrumpía, los espejos parecían mostrarle lo cerca que estaba de la decrepitud, la posibilidad siempre latente de ser olvidado y desechado.

Qué sería de él si ella no lo elegía. Qué sería de su sexo, declarado prescindible. Hacía años que su práctica diaria era, casi únicamente, sostener su rol de amante, al punto de que ya no sabía qué partes de su vida eran suyas, y qué partes de su vida eran de Cecilia.

Para ser amante de Cecilia no alcanzaba sólo con ser atractivo. Ella jamás se fijaría en alguien que no mereciera su respeto y admiración. Entonces, la carrera contra sí mismo era una ruta de novedades financieras e incrementos de capital que lo coronaban rey de su pequeño mundo. Para ser mejor, para tenerla a ella. Una vida entregada a intentar ser notado.

En el fondo, y no tan en el fondo, a él le hubiera gustado ser Cecilia. No «ser como Cecilia», porque sabía que las decisiones que ella había tomado no calzaban en su historia, en sus miedos, en sus inseguridades. Él había seguido los pasos marcados por los manuales del éxito, y lo había hecho bien. Pero ella los había escrito.

No, lo que le hubiera gustado es «ser» ella. Nacer Cecilia, sufrir Cecilia, crecer Cecilia, y tener todos esos maridos y todos esos amantes. Pero de haber «sido» Cecilia, no estaba seguro de querer elegirse a él, A, como amante. Él debía estar agradecido por el rol de lujo que le habían otorgado, porque, en realidad, era desproporcionado. Y su mayor miedo era que ella algún día se diera cuenta de que él, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca había logrado merecerla.

Los autos comenzaron a avanzar cuando un mensaje en su celular interrumpió las meditaciones. Cecilia se cansó de esperarlo, canceló. A le explica que está en camino, que lo espere, que lleva champagne. Cecilia duda. A insiste. Cecilia acepta. A se siente aliviado.

Ser Cecilia debe parecerse a contener el poder de toda la humanidad gritando. Alguien que gobierna su vida y la de los demás. Alguien que es el centro mientras que el resto no aspira más que a un rol de luna, siempre alrededor, esperando que algo brillante pase por detrás para ser vistos por un par de horas.  Cómo sería ser Cecilia, pensó.

La idea no lo abandonó en toda la noche. Cómo sería ser ella. Cómo sería ser Cecilia. No era suficiente mirarse en su espejo y pretender ser el elegido, simular ser heredero de algo, porque en las sábanas una voz le repetía que no lo era.

La ficción de ser dueño de ella por unas horas era tan absurda, que parecía burlarse desde su propio cuerpo reflejado en el espejo. Ridículo. La imagen de la pulsión del hombre sobre las caderas de la mujer no hacía más que destacar los segundos de pausa, el cansancio, el movimiento de ella que él no lograba alcanzar.

Y no bastó con comer el sushi desde su piel suave y blanca, porque para ser ella había que ver el mundo desde su interior. No alcanzó con la expedición profunda hacia sus músculos, sus carnes acuosas, su temperatura de fuego, ni que lo ame, lo gaste, y lo deshabite. Hacía falta más.

Y cuando Cecilia dormía, no alcanzaba con saber que él, A, era el único autorizado para vigilar su sueño. Seguía preguntándose cómo sería ser ella.

Al día siguiente las noticias anunciaron, junto con el book fotográfico de Vogue, la escena perversa.

No había sido suficiente con probar sus zapatos, su ropa. Con beber el champagne del cuerpo infinito. Para ser Cecilia había que serlo. Y quién sabe qué vecino escuchó los gritos, y golpeó la puerta, la pateó, la rompió, y encontró un hombre, tendido en la cama, vestido con la piel de Cecilia como si fuera un cuero blanco, mirándose fijo en el espejo con una sonrisa, con la expresión intensa del éxito, suspirando.


Sofía Castillón (Bahía Blanca, 1989) es licenciada en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes. Se encuentra realizando la Maestría en Industrias Culturales: Políticas y Gestión, con orientación en Industrias Gráficas y Multimedia (UNQ). Ha sido becaria de investigación por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y becaria de estudio por la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires (CIC). Realizó estudios sobre narrativa, fotografía y multiculturalidad en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus trabajos han sido publicados en la revista mexicana La Otra (Poesía+Artes visuales+Otras letras), en la revista colombiana Literariedad, en la revista Fronteras (UNQ), y en el portal oficial del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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