En el mismo lado – Silvana Aiudi

Imagen de una peatona semoviente

Cuando no sabemos de qué lado estamos, o cual de las dos caras de la moneda es la que se nos muestra, es cuando más cerca estamos de ser lo que realmente somos. O tal vez no. Habrá que ir, cada vez, por primera vez, para poder creer que lo sabemos, para poder perdernos en la inmovilidad de nuestra quietud.

En el mismo lado

La tarde era una de esas noches de invierno frías e inmóviles. El horizonte semejaba una perspectiva que buscaba una luz blanca que anunciaría la proximidad del tren Belgrano Norte. El andén, como muelle de cemento, estaba desierto y las luces de las lámparas eléctricas existían en hilera: blanca, amarilla, blanca, blanca, sin luz, amarilla, sin luz. Un Viva Perón en la pared de la feria se derretía como muñecos de cera sombreados al vapor. Sabrina vio el cielo y puso las manos sobre su nariz roja casi congelada para darse calor. Observó el reloj, calculó que el último tren había pasado una hora antes y dirigió la mirada a través de las rejas del andén. Dos hombres se peleaban, se habían tirado unas cartas y estaban ahora en la rueda de la muerte dando vueltas y vueltas en el vacío del invierno. Sabrina cruzó los pies con sus zapatillas de lona y miró el horizonte. Una persona solitaria caminaba por el costado de las vías levantando la mano a modo de seña. Pensó conocerla así que se puso de pie y se reflejó en el vidrio de un negocio cerrado. Mil imágenes de sí misma se desvanecieron entre tanta sombra. Más allá pudo leer “Hay locro”.  La persona se acercó. Era El Negro que sonría y esperaba que ella le hablara como si el tiempo no hubiera existido.

—¿Qué pasa que el tren no viene? —dijo Sabrina como si verlo fuera algo habitual.

—Es feriado. Te desacostumbraste vos, ¿eh? Fui a tu casa y tu viejo me dijo que ya te habías ido. Estaba seguro de que todavía estabas esperando el tren.

—Sí, no viene más. Antes era más puntual.

El Negro y Sabrina se abrazaron con el cariño que los había unido y siguieron hablando acostumbrados a aquellos días de amistad.

—Siempre con el libro en la mano vos, ¿eh? —dijo El Negro entre burlas.

—Puede ser —respondió Sabrina riéndose—. Este cuento está bueno. Me hace acordar cuando fuimos a la Plaza Fuerza Aérea disfrazados de angelitos para el pesebre viviente. Yo estaba enamoradísima del monaguillo. Andrés se llamaba. ¿Te acordás?

El Negro sonreía mientras maniobraba entre sus dedos amarillentos un cigarrillo apagado y con la otra mano sostenía una botella con vino que compartieron y tomaron sabiendo que los sacaría del frío. El Negro se subió el cierre de la campera y levantó las dos solapas del cuello que lo cubrirían del rocío que empezaba a caer.

—¿Te acordás de Manuel, mi hermano el más grande?

—Sí, claro que me acuerdo. ¿Qué pasó?

—…

—…

—Lo mataron. Lo mató la policía. Voy para el velorio porque hasta que entregaron el cuerpo. Viste como es todo esto.

Sin saber qué decirle, Sabrina pensó en la madre de El Negro y le preguntó cómo estaba.

—Mi vieja está mal —respondió El Negro.

—Te acompaño, dale.

Entre El Negro y Sabrina había sobreentendidos. Se fueron por el costado de las vías, callejones laberínticos que repetían los movimientos acumulados en otros años. Caminaron pateando algunas piedras, caminaron sobre los rieles maniobrando sus brazos pensando ser avionetas. Se miraban y sonreían y repetían los hábitos de una infancia, con torpeza ya. Sabrina miró a El Negro y le pareció ver a un niño conocido, de pelo oscuro, usando guardapolvo marrón. Recordó cuando la señorita Rosa lo había puesto debajo de la campana por correr en el recreo hasta quedar reducido a una burla masiva. Recordó, también, que Manuel lo había defendido aquel día y le contó que todas, en el colegio, estaban enamoradas de Manuel. Hablaron de aquel festival de fin de año.

—Manuel era el Puma Rodríguez —dijo Sabrina—. Cuando la señorita Rosa me eligió para que bailara estaba tan contenta. Quería ser su bailarina, pero al final la eligieron a Graciela Barrios. Qué loca era esa Graciela.

—Sí, siempre jodían con Torres y me hacían cagar de risa.

—Todas queríamos bailar con Manuel. La última vez que lo vi fue hace dos años por televisión. Estaba apuntando a ese periodista que tenía de rehén.

—Después de eso, cuando se fugó, fue a casa para que lo escondiéramos, pero mi vieja lo echó. A los pocos días lo agarraron en Fonavi.

—Sí, me acuerdo. Salió en todos lados. Antes la policía había ido a la casa de Raúl porque decían que estaba ahí, pero no. Le dieron vuelta todo, le rompieron las cosas y después se fueron. Fabiana llamó a mi vieja llorando y le contó.

Sabrina dejó de hablar. Sintió que se le humedecían los ojos y retuvo el aliento. Giró la cabeza y volvió a mirar el horizonte en búsqueda del tren, perdida por un rato largo. El Negro le dio un codazo.

—Qué maravilloso es esto de caminar juntos, ¿no? Te veo como cuando jugábamos a las escondidas en la casa de tu mamá, vos con la trenza cocida y ese olor a palo amargo que tenías en el pelo.

Sabrina rió.

—Ojalá todas las noches fueran lo mismo —susurró El Negro.

***

Una hora más tarde estaban en la casa de la familia de El Negro. Era de noche y el tiempo parecía haberse desvanecido. La casa era tal cual Sabrina la recordaba: con ese olor a torta fritas permanente.

—Vení, pasá. Ahí está mi vieja. Le va a hacer bien verte.

Sabrina vio a alguien moverse entre la multitud. Era una mujer que tenía un parecido a la que recordaba como la madre de El Negro. La mujer la abrazó y le contó que a Manuel lo andaba buscando la policía porque se había fugado de la cárcel. Sabrina tardó un poco en acostumbrarse al rostro de aquella que alguna vez les había hecho la merienda después de jugar en las vías del tren. La madre de El Negro tomó a Sabrina de las manos y se puso a llorar sin dejar de hablar.

—Como si todo esto fuera poco, cuando Manuel se fugó, la policía se lo llevó al Negro y lo metió en la cárcel. Lo confundieron con el hermano, viste que son parecidos. Lo peor es que nunca lo dejaron llamarme ni nada. Estuvo tres días ahí y yo sin saber dónde estaba. Me imaginé lo peor. Fui a la comisaría y nadie sabía nada. A la semana apareció y me contó que uno de la cárcel lo había reconocido como el hermano de Manuel justo cuando otro, que tenía un cuchillo, lo obligó a pararse de manos. No le pasó nada de milagro.

—No sé qué decirle, Mari.

—Manuel nunca quiso escucharme. Esa junta, ¿te acordás? Esa junta le arruinó la vida. Dios mío, hijo mío, qué voy a hacer.

Sabrina miró por la ventana del comedor de la casa esperando ver en el horizonte la luz del Belgrano Norte que no aparecía y dejó de prestarle atención a la mujer que le hablaba. La distrajo recordar el verano en el que jugaron al carnaval y la mamá de Sabrina les tiraba agua helada con una manguera mientras El Negro y ella corrían por el patio de piso de cemento, reían y se zambullían en la pileta. Recordó la murga y el miedo que le tenían porque imaginaban que era el sonido de unos brujos que secuestraban a los chicos del barrio. Recordó las navidades. Entonces se sentó en una silla vacía que estaba por ahí hasta que el cielo ya frío, ya algo grisáceo, que iluminaba el comedor y se reflejaba en los espejos, señaló un amanecer que traía viento y un aroma a lluvia.

Se oyó el tic tac de un reloj. Era la hora. Un conjunto de hombres agarró el féretro que se encontraba sobre la mesa del comedor, un cura empezó a rezar y caminar adelante, las personas lo siguieron en hilera. Sabrina se paralizó y vio, a la distancia, unos hombres que, con una mano, llevaban el féretro y, con la otra, dispararon tiros al aire. Se asustó cuando los escuchó.

—¿No venís? —le dijo El Negro y Sabrina no supo qué responder.

—Me tengo que ir. Me están esperando —mintió.

Así fue como volvió al andén mientras a lo lejos veía la multitud, aquello ahora desconocido, que se perdía entre la llovizna de la mañana. Sus ojos esbozaron una maquinaria roja que se acercaba en perspectiva hacia ella y que la transportaría a un lugar en donde acaso era otra. La lata se acercó y Sabrina subió para sentarse de espaldas al furgón. Apoyó su cara sobre la palma de la mano y respiró el olor a pasto recién mojado. Se quedó dormida apenas el tren se movió. Soñó con un devorador que había irrumpido en su casa: la puerta de madera estaba rota y el devorador se encontraba ahora de espaldas comiendo en la cocina. Era más bien de contextura chica, pero llamaba la atención el ancho de sus hombros y la manera en la que se encontraba encorvado comiendo. La bestia no paraba y parecía no escuchar nada. En el sueño, Sabrina se vio desnuda, aunque cubierta con una sábana, y sintió miedo. Qué hacés, le preguntó Sabrina, cómo entraste. Siempre entro a casas, le dijo el devorador sin mirarla y sin dejar de comer. Tenía las manos grasosas con aceite. Pero luego la despertó el silbato del guarda que anunciaba una nueva partida. Se sobresaltó. No quería pasarse. Bajó corriendo del tren casi en movimiento. No fuera acaso que se quedara en todo aquello que la retenía inmóvil.


Silvana Aiudi (Buenos Aires, 1982). Es profesora en Castellano, Literatura y Latín. Escribe en Panamá Revista, Crisis y La Vanguardia sobre feminismos populares. Colaboró en Novedades Educativas y dictó talleres sobre Diversidad, literatura y educación. Este cuento corresponde a su primer libro Del mismo lado de la crueldad (El ojo del mármol, 2017).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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