Radioactividad – Angélica Rodríguez Vargas

Imagen de una peatona navegante

Muchas veces la literatura es más humana, más entrañable, cuando ficciona la vida misma, como es el caso de este cuento memorable de Angélica Rodríguez Vargas: una celebración de la amistad, del hecho de escribir. La metaficción pura, en estado salvaje.

 

Radioactividad

 

Tres lectores de cuentos, dos hombres y una mujer, se encuentran en una laguna para conversar sobre cuentos, naturalmente. Pero, sobre todo, para leerse entre ellos, porque en realidad son escritores y saben lo difícil que es encontrar un lector. Además, ya tienen cansados a sus amigos con ese asunto de que los escuchen y de qué te parece, honestamente, lo que escribo. Diré algo más: no solo van a escuchar y a leer algunos de sus borradores, sino que desean robarse algunas buenas ideas para sus relatos. La laguna es de un diámetro irregular que pueden abarcar con la mirada, sin siquiera mover los ojos ni la cabeza. Pero ella ve un poco más que ellos, pues está comprobado que la mirada periférica de las mujeres es mejor, y no es un grupo feminista el que lo afirma, sino la National Geographic, basándose en el estudio de una muy reconocida comunidad científica, que también ha descubierto que las mujeres perciben más tonos en los colores que los hombres ven. Así que la mujer ve el pasto de la laguna en un verde más verde que ellos y, además, puede ver los árboles en los que se recuesta la gente que está sentada alrededor, observando y escuchando las ranas entre las manchas oscuras de la laguna que todos perciben de un modo muy parecido. No se trata de un estanque al estilo japonés, precisamente, pero es de las pocas lagunas que quedan en la ciudad. Y ellos, ladrones por naturaleza, están al acecho de lo poco que queda de bello y de feo en este mundo.

Se sientan sobre el tronco de un árbol y, en vez de leer lo que han hecho, deciden, por esta vez, escuchar las ideas que los otros tienen para escribir.

—Le llamaré con un nombre común —dice Juan, poniéndose de pie— para que se entienda que podría tener cualquier nombre en realidad. Este personaje sabe que morirá, pero no tiene miedo, porque siente que ha sido un hombre bueno. Ha sido tan bueno, que sabe cómo acabará su vida. Entonces, camina hasta el lugar donde sabe que están los enemigos, es decir, la gente detrás de la frontera. No es precisamente un suicidio, porque de eso está llena la literatura. Se podría decir que es un sacrificio. Un sacrificio por un bien mayor, algo como la patria, la paz o la conciencia.

Se levanta y comienza a caminar como si estuviera en un videojuego.

—Los rostros borrosos de los enemigos se esconden detrás de las puertas. No hay, sin embargo, nadie, todavía, en las calles. Siente que está en una pesadilla recurrente. Pero en la pesadilla te salvas cuando despiertas, él, en cambio, sabe que no saldrá vivo de este cuento. El hecho importante aquí es que, al cruzar la frontera, le cae una lluvia de disparos.

De pie todavía en sus flacas y largas piernas, mira hacia un lugar lejano, lo más lejano que alcanza a ver y piensa en lo fácil que es morir destrozado por una lluvia de disparos, detrás de la frontera, y entonces piensa que su cuento es verosímil y es bueno. La mujer se ha puesto a observar los minúsculos insectos que se retuercen por la luz, debajo del trozo de pasto que acaba de arrancar con el puño derecho. Y ve algo más, pero no lo dice, porque es mejor evitar hablar de eso. Deja el pasto como estaba, los bichos retoman sus actividades.

—Les contaré el mío, —dice Marentes, en tono juglaresco— se trata de un hombre que ha dejado de soñar y siente envidia porque cada mañana sus compañeros aparecen con una historia diferente sobre lo soñado. Un día, uno de ellos cuenta un sueño lúcido. ¿Saben lo que es un sueño lúcido?

Al escucharlo, Juan vuelve a sentarse y saca una hoja para anotar ideas frescas, recién salidas del sueño. Pero Marentes se da cuenta de que es una imprudencia contar su relato y que debería guardárselo hasta que esté publicado, así que decide improvisar otra historia, es muy ocurrente y cuando se trata de imaginar cosas, es invencible.

—Hay una calle. Un ranger de Texas galopa su majestuoso caballo blanco en búsqueda de gente que salvar, detrás de un ancho sombrero de vaquero que usa por costumbre. Al fondo, el sol deja un atardecer anaranjado con tonos rosa. Este personaje no morirá tan pronto y lo sabe: se hará viejo. No le caerá una lluvia de disparos, pues no tiene enemigos, o bueno, su único enemigo es la soledad. Es un gran pistolero y disparará contra las paredes de la ficción para conocer sus límites.

Los otros dos lo han dejado de escuchar, Juan porque se ha puesto ansioso, ya que comienzan a caer unas gruesas gotas directamente en la hoja donde tomaba apuntes, y la mujer porque ha comenzado a pensar que el relato que acaba de escuchar es robado.

—Un día voy a inventarme un cuento con lo que tú dices y verás lo que se siente —dice ella con unos rencorosos y pequeños ojos redondos. Marentes, sorprendido por el comentario, deja escapar una sonrisa nerviosa. No es la primera vez que la mujer saca a relucir alguna de sus paranoias.

Las gotas grandes se convierten, de repente, en un torrente de granizo. La gente escapa hacia el tejado más cercano. Ellos se ponen a salvo debajo de la marquesina de un viejo invernadero. No dura mucho el aguacero, pero queda una llovizna fina que los obliga a quedarse allí. La tierra, antes de quedar cubierta por una capa parecida a la nieve, deja escapar una nube de luz azul brillante que permanece flotando, por unos minutos, sobre la superficie blanca. Es imposible no verla, piensa ella. Para evitar pensar en eso, empieza a contar su idea.

—Mi cuento es sobre una mujer que nunca ha deseado tener grandes responsabilidades, ni hijos ni nada que dure, al fin y al cabo se trata de un mundo descompuesto y tóxico. Desde que tiene conciencia de esto, ha deseado morir, pero de una muerte normal. Ha sido amada por muchas personas, y no me refiero únicamente a hombres, por eso nunca ha intentado acabar con su vida.

—Ese personaje eres, otra vez, tú —Dice Juan, mirando fijamente al cielo, no por temor a la lluvia, sino para evadir, en el rostro de ella, el efecto de sus palabras.

—Puede ser, pero eso no lo sabe nadie. Lo importante es inventar cuentos. ¿O no es a eso a lo que nos dedicamos?

La pregunta provoca un silencio.

—No entiendo para qué estamos haciendo esto, sinceramente —dice Marentes—, al fin y al cabo, somos de los pocos lectores que quedan vivos. Es ridículo, es como si nos escribiéramos cartas a nosotros mismos.

—Lo hacemos para reflejar la realidad —dice Juan.

—¿Desde arriba o desde abajo? —pregunta la mujer, mirando el aire.

—Si lo hiciera con el material de tus palabras, tendría que ser desde arriba, para retratar bien la pobre humanidad que habita tus cuentos. Sí, como, cuando en una película, la cámara se va alejando para mostrar la soledad de un hombre desnudo acurrucado en la esquina de una habitación blanca y sin puertas.

—Mejor deberías dedicarte a hacer poesía, Juan. Escribir cuentos es un acto sanguinario, no apto para vegetarianos —explica Marentes—. Empieza con arrancarse una parte del propio cuerpo, ojalá bien carnosa como los ojos. Porque escribir así es mirar. Luego, en una superficie plana y con un cuchillo bien afilado, se empieza a tasajear, lo cual significa lo contrario de cortar algo torpemente y en trozos irregulares. Esto solo lo comprende bien quien ha tenido que alimentar a muchas personas y velar por su felicidad. No se parece en nada a quitarle la piel a una naranja, aunque se basa en el mismo principio. Solo si se quiere, se puede machacar fuertemente con una piedra o martillo, evitando perder el conocimiento. Entonces se deja secando por algunas horas, o semanas si no hay prisa, meses o incluso años, con sal si se desea, hasta que quede lista para el consumo de cualquier animal hambriento. Por todo esto escribir cuentos no es bueno, gente, es mejor robar historias y luego intentar contarlas.

—¿Y si te las roban otra vez a ti? —Pregunta Juan.

—Al que me robe, lo robo.

—Robar historias y luego intentar contarlas —repite, la mujer, melancólica—. Escribimos para inventar excusas a la muerte, como si no fuéramos a yacer también en esa fría cama. Pero el enemigo está en cada cosa que comemos y respiramos y pensamos. Mentirosos: decimos ser fieles a nuestra propia coherencia, pero adoramos a Dios y a Satán al mismo tiempo. Nos tapamos los ojos para decir, después, que estábamos ciegos y que no vimos. Nos creemos los únicos dueños del placer por lo que hay de bello y de feo en este mundo, y queremos describir esta enfermedad, a la que llamamos vida, hasta en la última página de lo que escribimos. Pero nuestra escritura está envenenada como esta laguna y el planeta entero.

Marentes se prepara para una nueva clase de paranoia y alista una hoja blanca para anotar los rasgos más sobresalientes de los gestos que la mujer hace, pues quiere crear un personaje a partir de ella: melancólico, con la psicología a punto de venírsele abajo y, aunque no pueda probarlo, con una irremediable adicción al arte de lo imposible.

Ella intuye sus intenciones y le quita la hoja de las manos, con violencia. Luego la deja caer suavemente en el piso húmedo y ve cómo adquiere ese color azul brillante que estaba antes en el aire.

 


Angélica Rodríguez Vargas. Tiene un gato boxeador, llega oliendo a café a sus clases. Es, dicen, justa y cruel.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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