Ojos encharcados

Mucho de lo que encontramos en internet es autopromoción, autobombo, humo. Yo me niego a contribuir con esa tendencia. A mí me interesa profundizar, ser honesto, ir al fondo de las cosas. Os voy a contar, eso sí, cómo fue mi gira triunfal por España presentando mi novela Starring Juan. Va a ser una crónica fiel, pero no una crónica fiel de los kilómetros recorridos, ni de los hoteles, ni de los miles de libros vendidos y firmados, ni siquiera de los elogios al libro, innumerables; va a ser una crónica de algo que sólo yo, como testigo directo, he percibido: la emoción invisible.

Esta fotografía es de la presentación que hice en la librería Juan Rulfo, en Madrid. He recortado a mi admirado colega, escritor y presentador, Juan Gómez Bárcena (el slogan del evento era: Juan y Juan presentan Starring Juan en la Juan Rulfo). Una pregunta que me formularon en este acto, y que se repitió en todas las presentaciones de mi gira triunfal, fue: ¿Es Starring Juan una novela autobiográfica? Respuesta: no. Repregunta: nadie lo diría. Respuesta: los hechos que se narran son ficción; no se trata de un recorrido por mis experiencias, sino de un paseo por mi paisaje interior; puedo admitir, si quieres, que es una biografía de mi corazón; sonará cursi pero es la verdad.

Esta crónica ha de ser como la novela: no ha de detallar los acontecimientos que estuvieron a la vista de todos sino el agua subterránea que hidrató la gira triunfal: lo ya dicho: la emoción invisible. Vamos allá, vamos a hacer un viaje por el corazón de esa gira. Lo más importante para mí han sido los ojos húmedos de los asistentes (escritores, libreros, editores, lectores) tras escucharme leer un párrafo de las páginas 29 y 30. En esos ojos se visibilizó la emoción invisible. Entremos en detalles:

  1. Diego Sánchez Aguilar (Cartagena), escritor: brillo en los ojos, turbación, pudor ante mi desnudez.
  2. Robert Juan-Cantavella (Barcelona), escritor: más humedad en sus ojos que en los de Diego, ligera mueca de conmoción, sentimiento de haberme acompañado, como a un hermano, hasta las puertas de la muerte, frase apresurada para concluir la presentación.
  3. Amaiur Fernández (Barcelona), agente literaria: lágrimas.
  4. Ana González (Madrid), actriz y lectora: llanto.
  5. Juan Gómez Bárcena (Madrid), escritor: ojos encharcados, sentido abrazo ante el aplauso del público.

Podría continuar con nombres y reacciones ante mi lectura del texto de las páginas 29 y 30, un texto que habla de mi sentimiento de desarraigo, de mi soledad, de mi anhelo de amor, de mi manera, heroica y ridícula, de afrontar esa situación en el mundo. Va el párrafo a continuación, y para concluir. El párrafo y los ojos brillantes de la gente son la crónica de la crónica: la crónica perfecta. Si os gusta el texto, comprad el libro, que está arrasando y se va a agotar. Y mandadme fotos de vuestros ojos brillantes de emoción. Amén.

Para esquivar esas noches y los días que las siguen sólo me ha servido ensimismarme en el hoy (ya conoces mi disposición), es decir soledad, es decir vacío. Y es que tengo, tenemos, la luz tan adentro como el hígado, tan fácil es olvidarla como olvidar los pulmones en una inspiración, el corazón en un latido, el ojo en un vistazo, el estómago en un banquete. Sin embargo, salgo a pasear tarde tras tarde, miro a mi alrededor buscando comida, juegos, música, como un gato desconcertado, miro a mi alrededor y sólo se me ocurre un campo de trigo o un continente para mí solo, una habitación vacía para ser, un blanco cuarto vacío con una mesa y una silla, un largo secuestro a plena luz, a plena desesperación, a pleno esfuerzo. Y en ese encierro que me impongo siempre necesito más tiempo, no un fin de semana o un puente, necesito un trato con el tiempo, una voluntad real de dejarle hacer, de regodearse conmigo u olvidarme, una actitud que prolongue la duda y la despreocupación. Y ahí, en la estancia blanca, en la cada vez más angosta planta del misterio, en el cuarto de mi cura de alma, junto a la mesa de madera, en la silla de otro, oxidada y gris, ahí, de pronto, empieza a reaparecer la luz perdida. Si alguna vez entendí la vida (quiero decir que dejé de pensar en ella), fue en el amor o tras el amor, en el vendaval o tras el vendaval. Y es que creo que soy hermoso y digno en la anarquía, como un pájaro que salva el huracán o un pez que evita el remolino. Es ahí donde la montaña, tras el pecho, deja de ser hueca para incendiarse de una catástrofe, de un éxtasis insólito, de una felicidad casi mortal, es ahí donde la lava se disfraza de savia, el fuego de ramas, de cerro el volcán.”

J.S.T. Urruzola

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