Columna sin propósito

Antes, muchachos, podía escribir con propósito. Me decía: Vamos a escribir de esto o aquello, así, en el plural en el que me convertía cuando me desdoblaba, y lo hacía: desarrollaba alguna idea o  llegaba a alguna parte. Pero ahora solo escribo fragmentos de textos, y todos se quedan incompletos. Y me da pena publicarlos, claro, porque no son como para revista. Es más, muchos de ellos ni siquiera se merecen un archivo de Word: muchos se quedan en mis notas del celular, y muchas de esas se pierden del todo cuando cambio de teléfono. Pero… Bueno, iba a decir otra cosa o iba para otra parte, pero este es el caso: esta columna no tiene ningún propósito aparte de consolarme a mí misma por la más reciente pérdida de noticas del celular, en las que tenía guardados breves y altamente representativos apuntes sobre el viaje que hice a Nueva York. ¿Okey? No es la primera vez que pierdo cosas, pero esta vez siento que tengo que hacer algo por recuperarlas. Aún así, no quiero desdoblarme para hacerlo. Si me desdoblo, otra vez,  escribiendo, corro el riesgo de resultar con más textos incompletos. Y no quiero. Así que me dispongo a escribir cuanta cosa se me ocurra sobre esas noticas, y sobre lo que sea que se me pase por la cabeza; hoy quiero aceptar el desorden y el caos de ideas como se vengan. Por ejemplo: desde el principio de este párrafo, en paralelo, he pensado en las mismas dos ideas: mi propia columna y la escritura in situ, que perdería todo si se editara.

Hablemos de mi columna. De mi columna. De mi columna, que he nombrado tantas veces en los últimos años. De mi columna que me duele tanto. De mis vértebras, que tienen algún contenido pulposo o fibroso o gelatinoso, que las sobrepasa y hace que me duela la espalda y la pierna de forma infernal. Hablemos de la no-casualidad de que esta entrada de mi columna se llame Columna sin propósito, cuando ayer, precisamente, me intentaron arreglar el dolor de espalda. De que se llame así cuando ayer me intentaron arreglar el dolor chuzándome cinco veces en la columna. Ayer lloré. Pensaba que el dolor iba a desaparecer, pero me clavaron cinco agujas en la columna, hasta que tocaron la hernia y me hicieron llorar de dolor. Ayer, antes de ir a la cita, pensé que no había escuchado lo suficiente a mi dolor. No sé si aprendí algo en todo este tiempo con él. Ayer no sabía si simplemente iba a olvidar todos esos meses de sufrimiento y de intentos de corregir la incomodidad haciendo que mi tórax se ladeara como si me estuviera preparando para dar una medialuna. Y no sé todavía. Pero sí sé que si el dolor tiene algo para enseñarme, aquí sigue. Y espero que se vaya, ¡por fin!, tanto como espero entender algo, ¡algo! de su estadía. ¿Sí ven? Esa es la cosa: ya no sé si aprendo. Ya no soy capaz de alcanzar la hondura del largo aliento, ni siquiera cuando estoy obligada a vivirlo. Ya no me caso con nada. Y hoy, otra vez, el dolor me estripa el alma. Y eso salió en verso, aunque no quería, pero no voy a intentar editarlo. Es, literalmente, lo que quería decir: que hoy me siento derrotada por un dolor que no entiendo; que hoy me siento atrapada en el silencio frío y parco de las compresas que me pongo para desinflamar la espalda baja; que hoy siento que no tengo forma de escuchar, y, aún así, nada me habla.

¿Saben? Llevo tres años consecutivos intentando escribir una columna para el día de la mujer. Este año intenté volverla entrada para la edición de marzo de Literariedad, que solo la escribieron mujeres, pero no lo logré. Solo tengo fragmentos de ideas que no desarrollo. Tenía lo que había escrito, a medias, cada uno de esos años, pero al final me dio pena, cuando me dijeron y admití que necesitaban trabajo, y asumí que no quería trabajar en ellos. Agh. La verdad no entiendo para qué editar columnas. Editar… no sé, novelas, di tú, lo entiendo, si uno está lo suficientemente encintado y pretende algo con ellas. Pero ¿columnas? Dios, no, no sé. Es como editar pensamientos. Es muy duro. Habría que reescribirlos. Y qué pereza. Aunque esta vez lo voy a intentar porque sé que mi berraco dolor tiene que ver con eso: con las obligaciones postergadas y la incomodidad/identificación/rechazoprofundo/ambigüedad que siento por se mujer y por el feminismo; y porque la entrada del segundo año la tengo perdida en un computador que me están arreglando desde hace meses y no he querido ir a recoger, y no sé si dejó de existir como mis noticas de Nueva York, que tanto quería porque hablaban de cómo quería construir una casita en el árbol, un fort gringo, para alejarme de mi familia, y sobre cómo me encontraba a Rubenes en todas partes.

Pero bueno, se los voy a contar editadito, aceptando la pérdida: El primer año, en el 2016, cuando por fin se consolidaron mis preguntas sobre lo que implica ser mujer, tuve la intuición y necesidad de escribir una columna al respecto. Digo “por fin” porque a un profesor al que quiero mucho le sorprendió que no tuviera preguntas ni reproches al respecto, yo que era tan crítica con casi todo, y me hizo caer en cuenta de una cuestión que había overlooked, sobremirado, o pasado por alto: ¿Cuál era la cosa con el feminismo? Desde entonces empecé a rumiarlo, y a hacerme consciente de la posición social que ocupamos las mujeres: y me empecé a enfurecer. Entonces ese año escribí una columna rabiosa y acelerada sobre una anécdota sencilla que ilustraba mi impotencia frente al acoso callejero y casi todos los temas que venía descubriendo. Conté cómo una vez, de verdad verdadcita, iba en el carro, con las ventanas arriba y la música a toda, camino a la casa de Doña K., y en el Comfamiliar de la cuarta un señor se giró 180° para mirarle el culo a una pelada con el uniforme del SENA y gritarle ¡Mamacita rica!, ¡apretadita!, quién quisiera ser blablabla. Contaba del miedo de la pelada, que se había pasado de acera para meterse a un local, y de mi rabiecita refulgiente que intentó, al tiempo, bajarle volumen a la música, pitarle súper duro al señor, bajar la ventana derecha para que escuchara mi “guárdese sus comentarios, viejo hijueputa”, bajar la ventana izquierda para que la pelada escuchara mis consuelos, y frenar. Conté cómo, claramente, no pude hacer nada bien, y mi plan de acción quedó reducido a un frenazo ahogado, el carro apagado que no me dejaba bajar las ventanas, un motón de gemidos encerrados, y no sé cuántos manotazos, de los cuales ni uno le dio al pito, que se toca con las yemas de los dedos. Explicaba, en la columna incompleta, que así me sentía con los temas referentes al feminismo: como una niña fresa, gritando y manoteando atrapada en su carro, mientras la vida seguía sucediendo. Recuerdo haber pensado, y tal vez escrito, que esa columna era el manotazo más lejano del pito. Luego remataba la historia contando que esa misma semana, en el mismo carro pero ya con mis amigas a bordo, habíamos decidido contrarrestar mi incapacidad para tocar el pito en situaciones azarosas—porque mi torpeza con el pito no se limitaba a las escenas de acoso callejero— gritando todas juntas, duro, al tiempo “¡beep, beep, beep!”. (La onomatopeya, por cierto, no es gringa, así decidimos que sonaría el pito). La analogía es obvia. Y, ¿saben?, lo último que incluía el fragmentico era que mientras escribía esa columna mi papá veía Sábados Felices y habían contado el siguiente chiste: “Toca más el pito que Esperanza Gómez”. Contaba que me había reído.

En el 2017 intenté modificar esa entrada: hacerla contundente, rítmica, precisa. No lo logré. Me frustré. Escribí sobre Juan, con el que siempre hablo sobre todo lo que hay por hablar, y de los sentimientos encontrados: la rabia, la emoción, la tristeza, la comprensión e incomprensión, que surgen de nuestras larguísimas conversaciones. Esa vez conté sobre cómo él decía que la moraleja de la historiecita era clara: que había que pegarse del pito. No sé si escribí sobre su risa y mi malestar, pero sí los recuerdo. Creo que también escribí sobre mi familia. Tengo la sensación de haber escrito otra anécdota, sobre una conversación que tuvimos en el restaurante de un hotel, porque me senté en la cabecera de una mesa rectangular. Mi mamá me dijo que me quitara de ahí, que ese puesto era para el hombre; mi padrastro refunfuñó que se estaban perdiendo todos los valores; y mis hermanas, que miraban atónitas, me dijeron “¡No se cambie!”. Recuerdo haber masticado de más los panes que ya me habían servido. Y recuerdo habérmelos tragado despacio, como la rabia que tenía contenida. También tengo la impresión de haber querido subir la bendita columna después de un viaje que hice al Chocó, con una movilización de la Ruta pacífica de las mujeres. Pero todavía no he decantado el episodio. Desde esas 36 horas en bus, cinco kilómetros de caminata, y noche completa dormida en el piso, es que me duele la espalda como me duele.

Este año fue diferente. Seguía teniendo ganas de subir la anecdotilla esa, pero no sabía cómo integrarla a algo, y me dio pereza y cosa, y pensé en subir, en cambio, un “ensayo” que escribí sobre la violencia en el sexo, que descartamos del proyecto que estamos haciendo con Anita. Llevo muchos meses removiendo la tristeza que me ha causado contar repetitivamente las cicatrices que me he hecho en el cuerpo después de experiencias sexuales amargas. Sí. Llevo cuenta física de esas experiencias, que son muy importantes para mí, y que silenciar me ha llevado a angustiar mi cuerpo hasta conseguirle úlceras y hernias. Este año le he dado nombres a mi dolor y he repensado el asunto del feminismo: he exorcizado un poquito la rabia evidente y contenida, y ese “ensayo” hace parte de las cenizas. Entonces pensé en subirlo, con introducción y todo, repitiendo el mismo nombre: Carlos. Pero también me arrepentí. La introducción era la narración de un sueño muy real, que tuve en los brazos de una persona muy cercana, en el que él no me dejaba parar de la cama, y yo hacía todo por despertarme, a pesar de sus brazos-ancla, porque sabía que me iba a matar; y en el que concluía que esa sensación amenazante y distanciada la he tenido en muchos momentos. Pero el resto del ensayo no es ensayo, sino anecdotario ficcionado, y a mí eso de la ficción no se me da muy bien que digamos. Entonces acá solo pondré la lista de las cicatrices-historias que contaba en él: 1. Cicatriz en la espalda: me la hice durante una experiencia de abuso sexual, aplastándome contra el vidrio de un vaso que se había roto en el forcejeo. (Carlos) 2. Cicatriz en la oreja: que un perro me hizo, por fortuna, mientras un señor intentaba acariciar mi vagina y la de mi hermana. 3. Cicatriz en la muñeca: De la vez que me corté la muñeca por primera vez, después de haber perdido la virginidad, en un mirador, con un man bastante mayor que se comía a todas mis amigas y me reprochaba por no sangrar como ellas. Y 4. De otras cicatrices en las rodillas, más chiquitas, que me hice cuando no supe cómo procesar violencias menores o experiencias incómodas, o lo que sea. Como cuando lloré en el baño después de tener sexo con mi primo, que me hostigaba en todas las reuniones familiares; cuando otro me dijo mojigata, frígida y niñita juiciosa al negarme a tener sexo; cuando otro me dijo puta brincona cuando se enteró de que me quería acostar con su mejor amigo; cuando le conté a otro que había sido abusada y me preguntó: ¿Cómo vamos a hacer para que no me seas infiel con un hombre mayor? Eso es lo que te gusta, ¿no?; cuando mi exnovio tuvo sexo con mi mejor amiga, mientras yo estaba acostada en la misma cama; cuando me dijeron que parecía un hombre por tener senos pequeños; cuando me persiguió por toda una casa, me acorraló y me tomó con fuerza del brazo cuando le dije que quería terminar la relación; cuando vomité el semen que me tragué sin aviso; cuando me dijo que asumiera responsabilidad por sus erecciones; cuando le contó a mi hermano cómo teníamos sexo; y así. Y bueno, la verdad es que no tengo marca de todas esas experiencias, porque muchas no son mías, pero sí tengo más de las que querría, y todavía las recuento para no olvidar los traspasos. Fue un ensayo difícil de escribir. Y me alegra no haberlo subido.

La semana pasada escribí otro borrador. Otro. Justo el ocho de marzo, en medio de una angustia rara por la vida. Una allegada mucho menor me habló y habló sobre su frente. Me decía que no le gustaba, que la habían molestado mucho por ella. Y me contaba, en paralelo, sobre lo que había hecho en el colegio por el día de la mujer. Al final de la conversación me sentí muy tonta, porque me la pasé enganchada al tema que me interesaba: cómo retrataban el feminismo en su colegio, y le di consejos sobre su frente desde el empoderamiento femenino, ignorando, todo el tiempo, que esa era solo una anécdota para algo mucho más profundo y complejo de lo que quería hablar: su papá la violaba sistemáticamente cuando era una bebé. Ese día, precisamente, sentí por primera vez en muchos años que llevar la causa como causa era ridículo. La semana pasada entendí algo que no había entendido sobre el activismo real, y mi posición como mujer, y mi deber, que no es cortarme ni cortar ni contar, sino…

Y como ya terminé la enumeración, para volver al caos que me gustaría abrazar, pero que mi cabeza controladora y secuencial no me permite, voy a hablarles de la entrada neoyorquina que más extraño. Esa la he intentado recrear from scratch, desde el comienzo, muchas veces, porque de verdad me gustaba, pero no he podido. Solo recuerdo que empezaba así: Quiero construir una treehouse gringa, a fort. Y ya no la puedo recrear porque no sé exactamente qué palabras utilicé en inglés y cuáles en español. En realidad es la única entrada que extraño.

Ya llegó la última compresa fría del día.

Mariana Piñeros

Empecé seis carreras. No gané ninguna.

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