«Borracho no vale, no señor» – Miguel Falquez-Certain

Imagen de una ciudad móvil

Les presentamos un fragmento geográfico y luminoso de la novela inédita La fugacidad del instante de Miguel Falquez-Certain, en donde, además de desplazarnos en la memoria de un migrante, podremos conocer otras tierras, otras voces y otros mundos.

Fragmento

Al día siguiente desayunamos temprano con los waffles, sirope, huevos, tocineta y café con leche que prepararon Rudy y Camila. Después tomamos turnos para ducharnos pues sólo había un baño en el apartamento y éramos seis. Así que a eso de las once de la mañana Rudy, Andy y Tatiana se fueron a recibir a nuestra prima hermana Flora Mazariegos a Pennsylvania Station y mi papá, Camila y yo nos fuimos a pie hasta la estación de Ditmars a tomar el tren.

El día estaba soleado y la visibilidad era perfecta: el Triborough Bridge se extendía resplandeciente hasta el horizonte. Aspiré el aire helado y me soplé las manos: se elevó un vapor profuso y con las mismas me enfundé el gorro de lana, me amarré la bufanda y me calcé los guantes. Me sonreí al recordar que habían anunciado nieve en los próximos días.

Los padres y hermanas de Camila vivían en Manhattan en la calle Ochenta y ocho entre las avenidas Ámsterdam y Broadway. Cuando arribamos a la estación de Times Square tuvimos que buscar el IRT de la avenida Séptima en dirección norte que nos llevó hasta la Ochenta y seis. Llegamos al apartamento de los Subirats a la una de la tarde.

Para mi papá fue un reencuentro con la mamá y la tía de Camila, pues las había conocido en Barranquilla en su juventud; y de don Martín, el papá de Camila, ya tenía muy buenas referencias pues le había conseguido un buen trabajo a Rudy y eso era suficiente para que le cayera bien de inmediato. Sin embargo, aquellas personas eran totalmente desconocidas para mí y entonces me tuvieron que presentar a todo el mundo, en especial a las hermanas menores de Camila y luego a sus primas y respectivos novios.

De la cocina llegaba el aroma del pavo que estaban cocinando para esta fiesta de Thanksgiving o de agradecimiento por las buenas cosechas, que se originaba en una antigua tradición y que ahora se celebraba en los Estados Unidos el último jueves de noviembre. En la sala había una mesa larga con mantel y doce puestos, además de otras mesas pequeñas en los rincones, todas con tonalidades marrones y anaranjadas. El apartamento entero estaba decorado de una manera peculiar, con espantapájaros, calabazas, pavos de cartón y muñecos representando a los indios y a los Padres Peregrinos.

Dice la leyenda que los peregrinos habían huido en el barco Mayflower debido a la persecución religiosa a la que eran sometidos en Inglaterra, desembarcando en la bahía de Provincetown —me explicó don Martín—. Se presume que la primera fiesta de Acción de gracias se celebró en Plymouth en 1621. Hoy es un pretexto para reunirse en familia a comer y beber hasta la saciedad para celebrar las cosas buenas que nos han sucedido durante el año y agradecerle a Dios nuestra buena fortuna.

Almudena, la hermana de Camila de mi misma edad, se me acercó para ofrecerme un vaso de ponche. Estaba vestida de blanco con un collar y aretes de perlas y zapatillas blancas y tenía los cabellos largos hasta los hombros culminando en una especie de moño en la coronilla.

¿Has oído cantar a los Beatles? —me dijo de sopetón, mientras me entregaba el vaso.

Gracias, Almudena. Sí, algo he oído por mi prima Tatiana. ¿Te gustan?

—Son fabulosos. Por esos les dicen los Fab Four. Son ingleses de Liverpool. A mí me encanta Paul. El año próximo vienen para acá.

Soltaba las frases como una ametralladora. Me agarró de la mano, me llevó hasta el tocadiscos y me mostró la cubierta de un elepé donde aparecían cuatro muchachos sonrientes mirando hacia abajo desde un piso alto con el título Please Please Me y enseguida sacó el disco de 33 RPM, lo colocó en el tocadiscos, le puso la aguja y Love Me Do comenzó a sonar.

Love, love me do, you know I love you, I’ll always be true, so please love me docantaba y bailaba mientras movía la portada del disco. Al instante las otras primas se levantaron chillando y comenzaron a bailar con ella, moviendo las manos.

¿No te parecen fantásticos? El disco no se consigue aquí. Me lo trajo de Londres mi prima Amalita —me dijo, indicándome a quién se refería—. Amalita fue seleccionada por Mensa para que la representara en Inglaterra.

Entonces solté una carcajada y todas se callaron.

—¿Por qué te ríes? —preguntó furiosa Almudena—. No le veo la gracia.

—¿La escogieron por pendeja?

—Cómo se te ocurre. Todo lo contrario. Por muy inteligente. Mensa es una sociedad de superdotados que selecciona a los alumnos con el mayor coeficiente de inteligencia.

En eso tocaron el timbre y Almudena corrió a abrir la puerta.

Eran Rudy, Andy y Tatiana. Mi papá se levantó del sofá y se acercó a la puerta.

—¿Y Florita? —preguntó mi papá.

Justo en ese instante apareció mi hermana Betty en el umbral y mi papá no podía creerlo.

Todos corrimos a saludarla y entonces nos dimos cuenta que había sido una estratagema de mi hermana para darnos la sorpresa.

Detrás de ellos entró una pareja y mi papá reconoció a su primo César Pujol a quien no había visto en mucho tiempo. Entró agarrando por la cintura a una mujer de cabellos muy negros atados en una trenza que le llegaba a la cintura, con un cuerpo lleno de curvas y unos senos exuberantes. La soltó y abrazó a mi papá.

—Mario Alfonso, qué sorpresa. Te presento a mi novia Dalia María Avilés Subirats.

—Mucho gusto, Dalia María.

—El gusto es mío, don Mario. Mi mamá es hermana de Martín, el papá de Camila.

—Dejen la puerta abierta —ordenó doña Elvia, la mamá de Camila—. Hay que abrir las ventanas y dejar que corra el aire porque hay mucho humo en la cocina.

Ahora Tito Rodríguez cantaba «Sum sum babae» y Andy dijo que él había trabajado en un show con él y Tito Puente donde le tocaba salir al escenario con un carrito de piragüero, que era hielo granizado con colorantes de distintos sabores como el raspado de Barranquilla. Entonces Andy sacó a bailar a mi hermana Betty y César Pujol a Dalia María y la fiesta se animó porque eran grandes bailarines y todo el mundo coreaba «sum sum sum, sum sum, ba ba e, pájaro lindo de la madrugá» y en eso entró un señor alto y delgado que todos conocían porque había sido cantante de la Orquesta Casino de la Playa en Cuba y todos comenzaron a llamarlo «Fernandito» y Fernandito se unió a la comparsa, «vaya, caballero», bailando en una fila rumbera con todos los primos y los novios y novias de la parentela que iban desplazándose por la sala como una culebra hasta que la canción finalmente se acabó.

Entonces Betty y Andy comenzaron a tocar guitarra y tiple y Fernandito se puso a cantar «Total» y mis hermanos le hicieron la segunda y todos miraban extasiados a este señor que tenía una voz hermosa y parecía tan simpático porque todos lo conocían ya que vivía en el mismo edificio y era amigo de los Subirats y de doña Amalia Santacoloma, la hermana de doña Elvia, y de César Pujol y de su novia Dalia María.

Las hermanas Santacoloma llamaron al orden a toda la parentela adulta para que fueran ocupando sus lugares en la mesa principal y a los muchachos en las mesas auxiliares y luego trajeron un pavo gigantesco en una gran bandeja que colocaron en el centro de la mesa y que don Martín se encargó de cortar en rodajas con un cuchillo de carnicero.

—Llenen las copas, niñitas —dijo doña Elvia.

A lo que Camila y sus hermanas fueron llenando las copas de vino y a nosotros nos trajeron sidra y gaseosas y comenzaron los brindis mientras cada uno alzaba la copa o el vaso y daba las gracias por algo bueno que le había sucedido ese año y mi papá agradeció a los dueños de casa por su hospitalidad y también brindó por Rudy y Camila y les deseó felicidad en su próximo matrimonio y entonces me miró y me deseó muchos éxitos en mi carrera de mago. Todos aplaudieron y siguieron llenando los vasos y las copas y bebiendo y brindando uno tras otro hasta que fueron retirando los platos y trayendo el postre que era un pastel de ahuyama que nos comimos con el café humeante que por supuesto era colombiano porque habíamos traído muchas bolsas de regalo que mi papá había conseguido en la Cafetería Almendra Tropical en Barranquilla porque el dueño era gran amigo suyo.

De repente César Pujol se levantó de la mesa y comenzó a decir que lo de la acción de gracias era una patraña porque lo que no decían en los colegios ni en las emisoras ni en los canales de televisión cuando hablaban de Thanksgiving era que los colonos habían masacrado a 700 indios con sus mujeres e hijos mientras celebraban la danza del maíz verde y que el gobernador de la colonia de la bahía de Massachusetts había ordenado al día siguiente una cena para conmemorar la masacre.

—Los fueron matando cuando salían y al resto los quemaron vivos dentro del edificio —remató César con aire triunfal.

A mi papá le pareció una nota discordante y le pidió que se sentara.

Doña Elvia estaba furibunda y don Martín procuraba calmarla.

En eso se levantó Fernandito de la mesa y comenzó a cantar «Borracho no vale, no señor» y trastabilló y Rudy alcanzó a agarrarlo antes de que se cayera y todos comenzaron a corear «borracho no vale, no señor, borracho no puede ser, que no que no» y la rumba se armó con «el gato y el ratón, que no que no, borracho no vale», pero de repente Fernandito rompió la cadena y se sentó en una butaca en un rincón.

Don Martín encendió el televisor porque ya eran las seis y el nuevo presidente iba a dar un discurso de Acción de gracias. A las seis y cuarto apareció el sello del presidente de los Estados Unidos de América y Lyndon B. Johnson comenzó a hablar. Tatiana decidió servirme de intérprete y me traducía lo que ella consideraba más importante. Y Johnson habló de otros presidentes que él había conocido en sus treinta y dos años de servicio en Washington y que un gran líder había muerto y que teníamos que estar agradecidos en este día como ninguna otra generación porque las cosechas eran abundantes, las fábricas florecían y nuestras casas y defensas estaban seguras. «Sólo les pido», decía, «a todos aquellos que enseñan, predican, publican, anuncian, leen y escuchan que reflexionen sobre sus responsabilidades en sanar nuestras llagas y nuestra sociedad para las tareas que nos esperan. Destierren el rencor de sus palabras y la mala voluntad de sus corazones. Clausuren para siempre el manantial de odio, intolerancia y fanatismo. Mirando al futuro, recordemos a este joven valeroso que yace en su descanso eterno al otro lado del Potomac. En honor a su memoria, he decidido que de ahora en adelante Cabo Cañaveral sea conocido como Cabo Kennedy. Les prometo que trabajaré para alcanzar un nuevo día cuando la paz sea más segura, cuando la justicia sea más universal y cuando la libertad sea más fuerte en cada hogar para toda la humanidad. Gracias y buenas noches».

Todos aplaudieron y las mujeres tenían los ojos llorosos. Don Martín apagó el televisor y por un segundo guardaron silencio. En la butaca del rincón se oyó un gemido que paulatinamente se fue convirtiendo en un lamento.

El cubano Fernandito Borja lloraba inconsolablemente y pensábamos que se debía al discurso del presidente Johnson.

—Maldita sea mi existencia.

—¿Qué pasa, Fernandito? —le preguntó César Pujol.

—Soy un miserable —dijo Fernandito, limpiándose las lágrimas con un pañuelo.

—¿Por qué dices eso, mi hermano? —dijo don Martín.

—Mi bebé nació con los pies de pato y el culpable soy yo.

—¿Cómo así? —dijo Rudy.

Fernandito se quitó los zapatos y las medias y mostró a quien quisiera ver algunos de los dedos de sus pies unidos por una membrana.

—Mi hijo me salió palmípedo como yo.

Los invitados lo tenían rodeado, hablando a grandes voces y cuchicheando entre ellos.

Mi papá agarró del brazo a Fernandito y lo ayudó a levantarse.

—Vamos, Fernandito, vamos para tu apartamento —dijo mi papá—. Andy, recoge los zapatos y las medias y sígueme.

Cada uno recogió su abrigo en el cuarto de las hermanas Subirats, comenzó a despedirse de los anfitriones y a salir del apartamento pues ya sonaban las siete campanadas en una iglesia cercana.

© 2017 Miguel Falquez-Certain


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Miguel Falquez-Certain por Blanca Irene Arbelaez

Barranquilla (Colombia). Reside en Nueva York desde los años sesenta donde se desempeña como traductor en cinco idiomas. Su obra poética, dramática y narrativa ha sido distinguida con numerosos galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa por Hunter College en 1980. Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-1985). Es autor de seis poemarios, de una noveleta y de seis obras de teatro, así como de cuentos, ensayos y relatos. Book Press–New York publicó Triacas (compilación de su narrativa breve) y Mañanayer (compilación de su poesía) en 2010.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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