Las sombras al final del camino – José David Castilla Parra

Imagen de alguien del más allá

Les presentamos un cuento emocional que narra la historia de la memoria y del tiempo encarnada en la vida de alguien que, al aprecer, ya lo vivió todo, del periodista y escritor José David Castilla Parra.

 

 

Mi destino, como el de todos los observadores, es luchar contra esta sensación de soledad que no me deja ir en paz. Es curioso, a veces imagino cómo murió ese hombre. Una noche que se destiñe en un oleaje lento. El sonido de las olas apoderándose del alma del pueblo. El viejo camina por el muelle destruido. Intenta recordar un cielo como el de aquella noche y en ese instante descubre los alcances de su memoria carcomida. La marea naufraga sus recuerdos y aquella persona deja de existir bajo un cielo estrellado.
Meses después las inquietas aguas del mar, que no se quedan con una historia sin contar, nos trajeron su cuerpo anónimo. Ante la imagen de un viejo desgraciado, levantamos su tumba sin nombre.
Los pedazos de esos días que aún no concluyen en mi cabeza, se completan con la imagen desoladora de una mujer sentada al lado del mar. Solo podía imaginar las esferas que la encerraban; los rastros de las historias que la llevaron hasta este pedazo del mundo.
Aún recuerdo esa fuerza, esas palabras cargadas de sueños rotos y los cigarrillos arrugados que guardaba en sus bolsillos. Fumaba con una calma que podría denominarse trágica. Tenía un rostro delicado, muy fino, pero al mismo tiempo se podía sentir cada sensación en las expresiones que, sin querer, lanzaba cuando que hablaba. Me dejé atrapar por el retrato de su propia alma; el desengaño de la eternidad disfrazado de juventud.
Hablé como un viejo, como el ser torpe que siempre me ha definido. La invité a tomar cualquier cosa y le conté un par de historias inverosímiles. Sonrió con aquel aire de tristeza que logró adentrarse en mi mente, y que aún no puedo olvidar. En el momento en el que la sentí más distante de todo, comenzó a retratar la figura que había resguardado en la comodidad del anonimato.
«Yo siempre he creído que no existe alguien que pueda ser considerado una mierda». Recuerdo aquellas palabras enmarcadas en la noche que se tomaba nuestra mesa. «Para mí todos los seres humanos son ambiguos. Pero mis tías siempre creyeron lo peor de él».
«Mi abuelo fue un tipo muy extraño. Si lo vieras, el viejo nunca sonreía, se la pasaba encerrado en un cuarto que olía a vómito. Solo comía pollo asado, y lo único que hacía era mirar a la gente por la ventana. Yo lo visitaba los miércoles después de clases, a la hora del café, como decía mi abuelo. Llegaba y lo saludaba sin importarme si estaba bien o mal. Me sentaba en un rincón a pasar el tiempo, me divertía pensar que el hombre no podía darse ese lujo».
«El cuarto era un asco. Huesos de pollo regados en una mesa que utilizaba como escritorio y comedor. Pastillas esparcidas en el piso y varias botellas de gaseosa desocupadas en los rincones. Un par de veces le pregunté a mis tías si limpiaban el cuarto, me dijeron “Es que no deja, pero los viernes cuando se duerme aprovechamos. No se preocupe, mija”. Mis tías, de la forma más servil y con todo su cariño, no dudaron en prepararle una tumba».
Para de hablar, está congelada. Se ríe, creo que la gente del lugar pensará que está borracha. Sirve un trago más y no derrama ni una gota. La bebida cae como llevada por el mar. No está conmigo, está atrapada en algo más allá del momento. La rabia se marca en su rostro. Siente cada palabra y las tatúa con fuerza en sus labios. Es una imagen tan desconcertante; esta pobre mujer carga consigo mil sentimientos que aún no logra manejar.
«Mi abuela también sufrió mucho, o eso creo. Los dos eran una pareja de cuerpos ásperos. No hablaban, no se besaban. El viejo siempre regañaba a sus hijas y mi abuela las defendía. Peleaban y peleaban, parecían un par de idiotas incapaces de buscar su libertad. Pero comencé a entender muchas cosas suyas cuando escarbé en los recuerdos del viejo. Leí sus libros llenos de promesas rotas que no valen de nada. Escuché sus planes de escape, y me empapé de sus ideas más infantiles. Conocer a alguien siempre será dañino, pero, al fin y al cabo, somos las promesas que lanzamos al vacío, los ideales que nunca llegaron a nuestra vida.
Tenía diez años aquella noche. En vísperas de la madrugada sonó el teléfono. Mi mamá habló muy poco, colgó y cayó destrozada en el suelo. Mi abuela se había suicidado en su estudio después de tragar muchas pastillas. La vieja se murió viendo una película italiana. Aquel nombre siempre me llamó la atención: Nos habíamos amado tanto. Que idiota fue la abuela, viviendo de ilusiones y muriendo de realidad, como todos los suicidas».
Creo que ella no lloró por su abuela, creo que no ha llorado por nadie en su vida. Pero no es indiferencia o desprecio. Lo veo cuando me habla, ella intenta congelar el mundo para no sufrir, intenta borrarse de los recuerdos, como si estuviese por encima de todo, como si nada de lo que pasó tuviese relación con ella o con sus sentimientos.
«El viejo no lo superó. Mi abuela fue un gran apoyo para él, fue su soporte y su puente para escapar de todo. Se prometieron llegar muy lejos, pero creo que llegó la primera de sus hijas y esas promesas se rompieron. Los años lo volvieron más inseguro y agresivo. Y luego de eso, ocurrió lo que les pasa a todas las parejas que se quiebran: silencios prolongados, frases sin sentido, rutina y desespero. Estar encerrados en un apartamento, en una ciudad y sus límites. Tener las cadenas de un trabajo y descubrir la dictadura del dinero. Cada día que pasaba se acomodaban más y más en las sillas de su casa. Ante los ojos más descuidados parecían odiarse. Pero creo que odiaban más la idea de dejarse en el pasado, y cuando pasó lo de mi abuela el viejo perdió la posibilidad de resarcirse. El sentido de realidad y la memoria se fueron. Ya no podía afrontar esa guerra que todos enfrentamos. La vida cotidiana, mal vista, es una cadena perpetua».
«Al principio lo convencieron, le decían que la abuela había muerto, que sufrió un ataque cardiaco, que murió muy tranquila mientras dormía. Le mostraron la tumba como prueba documental. Pero siempre creyó que era un teatro. Los médicos le recetaron píldoras y terapias. Recomendaron que el viejo no saliera solo a la calle. Le pusieron carteles en la casa para que se ubicara. Mis tías lo cuidaban mucho, le hablaban como a un retrasado. Luego de muchas terapias el viejo se rebeló. “¿Dónde la tienen, malditas putas?” y una a una fue olvidando a sus hijas. Se volvió agresivo, escupía e insultaba. Mis tías se hartaron, falsificaron una fórmula médica y compraron unos calmantes. Una de ellas lo cogía muy fuerte de los brazos y la otra le abría la boca. Los alaridos se ahogaban con la saliva mientras una mano abusiva llegaba hasta la garganta del hombre. Lo sostenían por cinco minutos mientras tosía. Hasta que quedaba pasmado, mirando a la pared, como si el mundo se detuviera gracias a esa pastilla».
«Yo no soporté eso. No era normal. Nunca en mi vida escuché un sonido más aterrador que la tosecilla que soltaba después que lo liberaban. Cada vez que caminaba sola por las calles de la ciudad se me venía esa imagen despiadada. Pero el viejo fue fuerte. Las reuniones de los miércoles cambiaron completamente; su libertad era nuestra única meta. Con la atmosfera de la insurgencia que se sentía en esa casa totalitaria, trazamos su plan de escape».
«Un día me hice la pendeja y me senté en una silla de la sala. Me puse los audífonos y escuché que mis dos tías discutían sobre el viejo. Lo único que me quedó grabado de esa pelea fue su sentencia:
—Hermana, toca obligarlo. Eso es como a los niños chiquitos, ellos no deciden.
—Pero obligarlo así, eso no me gusta. Además, creo que ya está más calmado.
—Seamos claras ¿Entonces para qué va al psiquiatra si no le va a hacer caso? Además, piense en su paz y en la de mi papá. A veces nos toca.
Pero no íbamos a permitir más eso. Nos llenamos de valentía. Sin saberlo, me convertí en una sombra de su añorada compañera; una falsa proyección que lo llenaba de alivio».
«La última tarde que nos vimos, me acerqué a él con la mirada baja y una sensación de desespero que me obligó a respirar agitada. El viejo me miró como si luchará contra el olvido repentino, el cuarto fue invadido de un aire de tristeza tan espeso que calló todos los sonidos del mundo en la fracción de esos frágiles minutos. Me dijo “Mi niña… —miró para arriba durante un instante y cerró los ojos, mientras un sonido quedo y dubitativo salía de sus labios, como si las palabras se negaran a salir de su memoria— Debemos… debemos pelear hasta el último día para cambiar algo en este mundo de mierda, aunque sea la cosa más insignificante”. Mi corazón palpitaba de una forma muy extraña. No lo abracé, tan solo desvié la mirada, mientras él guardaba una libreta azul en el bolsillo de la camisa como si fuese el mapa de un tesoro. Nunca supe que escribió ahí».
«Hasta que pasó. Ávido de mar se fue el viejo. Se escapó de los ojos de mis tías que lo vigilaban esperando que muriera. Ya no tenía más vida en esa casa. Solo una cadena que lo ataba a una celda. Sus hijas llamaron a medio mundo los días siguientes a su partida. Lloraron y se llenaron de angustia. Día a día se preguntaban tontamente “¿Mi papá qué se habrá hecho?” “¿Por qué nos hace esto?”. Todas tenían una excusa para escapar de la culpa, pero lo fueron olvidando. Hasta que después de un tiempo muy corto, después de la última eucaristía de un jueves, se reunieron y comenzaron a hablar de la herencia».
«Me asusté mucho. No te imaginas mi desespero. Tan solo era una niña torpe, no tenía en mi mente la extensión de este problema. Pasaron los años y guardé silencio, aferrándome a la idea de que algún día lo volvería a ver. En casa quemaron todas sus fotografías. Ya casi no recuerdo su rostro. Intenté seguir sus pasos, pero nadie lo ha visto. Por lo que me cuentan, un viejo muy raro vino hace un tiempo, compró una pequeña embarcación y luego siguió su camino. El tipo del bar me dijo que parecía como si preparara un viaje al fin del mundo. Pues yo lo creo, el hombre hizo un viaje a un futuro olvidado por las estupideces de la cotidianidad, un futuro en el que él y mi abuela fueron lo que siempre quisieron ser».
No le dije lo que ocurrió con su abuelo. Nadie del pueblo le dio razón de la tumba anónima que decidimos hacerle cuando lo recibimos en la playa. Un hombre que decide caer en el anonimato tiene sus razones para permanecer oculto, razones que merecen ser respetadas. Nunca supe su nombre y lo único que me conecta con él son las palabras de su nieta.
Por estos días, cuando el tedio de mi propia vida me lleva a mirar la oscuridad del mar para recordar, aún puedo ver a esa mujer desvaneciéndose en las sombras de las vidas que se proyectan tenuemente en mi memoria, que no me dejan en paz y que nunca me han dicho adiós. La veo tomar el último trago. Se levanta sin despedirse y camina hacia el olvido, arrastrando un pasado que borra sus pasos en la arena.


José David Castilla Parra
José David Castilla Parra

Cúcuta. Periodista y escritor. Trabajó como reportero en Radio Todelar y ha colaborado para los portales ConfidencialColombia, Objeción y Las2Orillas. Ha publicado cuentos en las revistas Milinviernos y Cosmocápsula. Pueden leer varios de sus trabajos en su blog.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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