La timidez de los árboles

Carolina Zamudio trabaja la aporía, la contradicción entre luz y sombra.

Presentación en Montevideo, Uruguay, de «La timidez de los árboles», de Carolina Zamudio, a cargo de Rafael Courtoisie.

 

Es un gusto estar aquí con Carolina Zamudio para presentar La timidez de los árboles; ella es una poeta argentina a quien conocí hace ya unos años en Colombia.

Zamudio presenta hoy su quinto libro. Podemos afirmar que Carolina tiene una trayectoria, con una poesía muy especial, singular, fue uno de los asombros de ese viaje mío a Barranquilla; pero este libro —el primero que presenta en Uruguay— es extremadamente significativo. Es un libro de poesía, uno de poesía en prosa que, a su vez, tiene una estructura especialísima, de vasos comunicantes donde cada texto funciona también como una unidad narrativa, como un micro cuento.

Creo que, si nosotros buscamos los personajes del libro, los personajes aproximados de cada uno de los textos, vemos que hay una suerte de saga familiar, una recomposición del pasado. El libro está dividido en cuatro partes: la primera se llama «La mujer detiene al patio de atrás, su tiempo»; la segunda, «Escribir se parece a morir»; la tercera, «Las turbinas siempre giran hacia el silencio», y la cuarta «La voz no recuerda ni interpreta, intuye». Fíjense que a un in crescendo desde lo familiar, el entorno, de la casa, de la familia, y los nombres de los personajes empiezan siendo: La niña, La abuela, La doña, La vecina… y después El abuelo. Ahí sí comienzan a alternarse personajes masculinos con femeninos. Esos personajes le dan una característica especialísima al libro.

En mi primera lectura tuve la impresión de que estaba ante una suerte de universo novelístico, muy breve, muy conciso, pero donde cada una de esas unidades narrativas tenía conexiones en términos de atmósferas, climas y escenarios. De alguna manera el libro está situado en una zona denotativa que es típica de la narración. Siempre digo en los cursos o seminarios que la narración y la poesía son ambas ficciones, artificios, pero la diferencia radical entre una y otra tiene que ver con el estatuto del tiempo. La narrativa funda un tiempo ficcional. Y aquí hay una suerte de prodigio que plantea Carolina porque logra sugerir un tiempo, sugerir acciones y peripecias sin perder en términos denotativos, narrativos; ese tiempo está, a su vez referido a una zona remota, a una arcadia, a un pasado, pero que no pierde la función connotativa del lenguaje que es una función específicamente poética.

Es un libro extremadamente visual. No esperemos uno pleno de metáforas, pero sí de imágenes y visualizaciones; esas visualizaciones tampoco aparecen de forma estridente o con colores nítidos. Hay un juego de velos y desde la técnica del punto de vista: el uso de la primera persona va reconstruyendo a esas mujeres (niña, vecina…) y después dando paso en esas atmósferas narrativas al juego de velos —justamente— que es extremadamente inquietante.

Hay una referencia a una gran escritora latinoamericana que está presente en el libro de una manera explícita en uno de los textos. Quería nombrarla porque me parece que es una referencia válida, pero no una influencia: se trata de Clarice Lispector, la narradora que trabaja más allá de sus novelas con una sensibilidad extremadamente poética y hay también en ella un juego de veladuras donde el protagonista es el lenguaje. Por eso es que estamos en esta confluencia de unidades narrativas, micro cuentos, poemas en prosa que en definitiva se imponen a ese ámbito narrativo, a ese universo que se crea con La timidez de los árboles.

Hay una mirada y un juego de veladuras, que pone al mismo tiempo la evocación de un mundo perdido; pienso que es el mundo de la infancia, que es un mundo que no es absolutamente luminoso, sino que está en claroscuros y trabajado en una suerte de recuperación desde el presente de esas sombras, de esa contradicción. Nosotros muchas veces pensamos que la infancia es el paraíso perdido, la arcadia, período en el tiempo en el que éramos absolutamente libres, felices. La timidez de los árboles da una felicidad a través del lenguaje, pero plantea la duda de si esa arcadia es un mundo feliz y traza, también, una vector existencialista, un inicio de la consciencia de la vida, del devenir.

La timidez… es una poética de la visualidad, trabajada a partir de esos personajes que van entrando: la vecina, la doña, etcétera. Y luego, en algunos textos, se ve una condición que es extremadamente opuesta a lo vegetal, absolutamente animista, vital y recreada a partir de la mirada de los objetos; mencioné a Clarice Lispector porque está directamente mencionada aquí, pero por momentos al leer algunas de las unidades narrativas me salen al paso y la referencia literaria otras dos muy importantes mujeres: por un lado, Virginia Woolf, relativamente contemporánea de James Joyce, que es quien trabajó el torrente de la consciencia, de la subconsciencia, junto con Joyce. Hay una atmósfera y una sensibilidad absolutamente femenina que la hace completamente diferencia de Joyce. Yo encuentro cierto hálito, cierto impulso de esa sensibilidad de Woolf y también del sufrimiento en la recuperación de esa arcadia que no está, de ese paraíso perdido de la infancia. Clarice Lispector, Virginia Woolf y el otro nombre que se me ocurría porque aquí estamos hablando de una poeta argentina que presenta por primera vez un libro en Uruguay, es un parentesco lejano, pero a su vez subyacente, sanguíneo, con Olga Orozco, la poeta argentina de un surrealismo criollo.

Olga Orozco es una hermana mayor de Carolina Zamudio en términos de plantear el misterio. Y cuando digo hermana mayor, digo que es una referencia, algo que no está en la centralidad de ese canon poético argentino, sino quizá en los márgenes y que está retomado aquí en este libro a través de una mirada que es muy original, absolutamente singular. Una de las cosas que nos pasa a los uruguayos con la poesía argentina contemporánea es que muchas veces confundimos lo que se escribe en Buenos Aires, la capital, con la poesía de un país vastísimo, que trabaja desde muchos orígenes y vectores. En este sentido, La timidez de los árboles y la poesía de Carolina en general —pero de este libro en particular— pertenecen a esa marginalidad central de la poesía argentina que no pasa por Buenos Aires.

Carolina Zamudio nació en Curuzú Cuatiá, un nombre de origen guaraní que suena con una extremada intensidad. Creo que aquí hay un territorio a su vez marginal: La timidez de los árboles es la creación de un mundo —eso lo ponemos en el epílogo del libro—, pero también lo afirma de otro modo el poeta colombiano Juan Manuel Roca en su prólogo. La creación de ese mundo, me parece, no puede pasar por una ciudad centralista o enorme como la de la capital argentina, sino que pasa por las provincias. Nosotros, en Uruguay, somos también parte de esa marginalidad y esto me permite hacer la referencia a lo que Ángel Rama llamó ‘los raros’ en la literatura uruguaya.

Pienso que de alguna manera podemos vincular los textos, las unidades narrativas de este libro a ciertos otros que en su momento trabajó una poeta que no tiene nada que ver con Zamudio o con esta propuesta, pero sí tiene que ver en términos del impulso visual, que es Marosa Di Giorgio. En otro sentido, en términos de lo raro, acá no hay una rareza urbana, sino una condición bizarra de enrarecimiento, pero a través de la calidez, de la cercanía de los objetos, de la naturaleza. Se me ocurre también que hay zonas de cruce con la prosa de Mario Levrero.

Cuando hago todas estas referencias, por un lado, las universales —estas tres mujeres: Woolf, Lispector y Orozco—, y cuando menciono a Di Giorgio y Levrero, lo que hago es plantear ciertas coordenadas que van a permitir leer con mucho provecho este libro.

Reitero, este libro es la creación de un mundo en el que uno de los secretos es la lectura dejándose llevar por la sugestión, los vasos comunicantes en términos de atmósferas; hay una suerte de paisaje (en teoría literaria se habla de crono topos; topos es el espacio): ese paisaje está planteado, generado y sugerido, más allá de una narrativa directa a través de la sugestión del propio lenguaje. Es un crono topos unitario, es una cronología, es la fundación de un tiempo ficcional trabajado a través de un lenguaje propio.

Si uno busca la peripecia o la síntesis anecdótica de cada uno de los poemas, lo que va a encontrarse es con textos que pueden traducirse a lenguaje narrativo que recrea ese paisaje no arcádico sino con claroscuros. Otro elemento de esos claroscuros es cierta ambigüedad y condición oximorónica, contradictoria. Carolina Zamudio trabaja la aporía, la contradicción entre luz y sombra, una síntesis entre opuestos.

Un detalle temático importante del libro es también la nostalgia. Hay un párrafo que quiero leer para mostrar esa creación que recupera la arcadia: «Dicen que la abuela era perezosa para las tareas del hogar, salvo coser y escribir. No era holgazanería, acaso un recato de guardar las formas. Y las manos. De no verle el rostro al sol. Que solo la liturgia de retorcer, los domingos, el pescuezo a las gallinas la llevaba al patio. Que el gallinero era el lugar de todo comienzo, justo detrás de la higuera, que más tarde dulce. Su puerta era un visillo por donde espiar la vida acolchonada de los primeros pasos, los nuestros.

Al lado había un tacuaral, que más tarde laberinto. Un poco seco, casi muerto. Que caminar sobre las hojas y el aserrín esponjoso de ese piso improvisado de juegos nos hacía recordar que era domingo», es un fragmento de uno de los textos más completos en el que se puede ver ese mundo novelístico. A mí se me ocurrió que esto es una especie de novela poética, porque cada uno de esos personajes tiene referencia a la infancia y a un presente. ‘La abuela’, este texto, es uno de los que más me conmovió.

«El pasajero» es uno en los que se detiene Juan Manuel Roca: «(…) El dolor tiene forma y va junto a él. En caso de pérdida de presión tire de la máscara y colóquesela primero a quien lleva a su lado. El hombre apoya la mano derecha sobre el pecho. El pulgar y el dedo mayor le recuerdan que tiene un cuerpo. Los huesos de los hombros, ¿tienen nombre? Se llaman rotura», este párrafo es una suerte de micrología que trabaja Zamudio en cada una de sus ficciones. Esa condición micro lógica nos acerca a referentes que son los grandes, quienes cuentan con una gran sensibilidad, que perciben el mundo, que lo reconstruyen y los transmiten al lector.

Creo, por último, que tenemos que estar dispuestos a dejarnos impresionar y seducir por ese mundo con toda su carga de angustia, porque este es un libro que también encierra esa carga angustiosa. Hay un texto clave, ya hacia el final. Voy a leer una frase y luego leeré un fragmento: «Lo que pienso se parece a vivir». Esta línea del texto «La madre» sirve para decodificar cómo está construido el libro. Por momentos da la impresión de que se tratara de un texto solipsista donde esa narración poética tiene que ver con un mundo imaginado, un mundo que no tiene una referencia real, pero —finalmente— no hay pensamiento fuera del lenguaje. Y, «lo que pienso se paree a vivir» significa que el lenguaje de este libro es el pensamiento que reconstruye la realidad, que la plantea, que la hace inmediata y percibida. Ese pensamiento que está en el lugar de una posible y potencial vida en realidad es lo único que tiene el ser humano y lo único que tiene el poeta para plantarse en el mundo y tener consciencia de dónde vive.

Este texto, «La madre», también me parece absolutamente paradigmático por muchas cosas: hay una red entre cada uno de los personajes en una suerte de parentesco por ese yo que narra: «La palidez de mi rostro y el camisón blanco resaltan sobre el rosa de las paredes. Pareces un cuadro. Quienes indagan un poco más encuentran media sonrisa, un hilo de voz. La cuna transparente la protege a ella de todo peligro. La miro y pienso que los pliegues de sus manos arrugadas serán las que acaricien las mías cuando haga el camino de regreso. Lo que pienso se parece a vivir. Es la primera idea que tengo al despertar. Está ella que aún nada sabe, ni mira. Tiene unas manos cuadradas, chiquitas, que no son las mías. Las de ella. Hace solo unos minutos ella era yo. ¿Qué hago acá?». O como en el texto, de más adelante, «El paciente»: «Llevaba un libro violeta, los ojos negros… (fíjense la sintaxis, también). A primer golpe de vista, podría haberse dicho que las páginas no se separarían jamás de esa mirada: Un soplo de vida, Clarice Lispector. Ojos grandes de pupilas dilatadas. Ella sintió —como una historia que saltara directo desde la página— un pinchazo. En otra época la enamoraban los juglares, capaces de montar una serenata en plena madrugada o despertarla con la vereda regada. Regada de pequeñas flores de pensamiento. A él le gustaban desde siempre las mujeres que miran, atentas, a quienes leen. Él sabe cuánto leen. Tanto, como cuánto escriben. Lo ve en el dorso de sus manos. De no encontrarse ambos en un hospital, ella se acercaría a hablarle: Dígamelo. Las de labios rojo carmín, tan salidas de una película en blanco y negro. Imagina que esas señoras se llevan un Martini a los labios, mientras con la uña del dedo índice rozan, como al descuido, una aceituna de corazón de pimiento. Ella se acercaría: Míreme. De no llevar los labios y las uñas tan estridentes, iría a hablarle. Las antesalas de los quirófanos no son sitios para colores fuertes. Primeras citas. Quizá un verde aguado, un azul empalidecido. Tal vez un reencuentro, una charla pendiente».

El tema de la enfermedad, de la identidad, de los personajes femeninos que hay en el libro que se intercalan luego con los masculinos, hacen de esta timidez de los árboles un libro enigmático, que plantea siempre el misterio.

Yo pensé mucho en el título y por supuesto que hay una clave que dejé para el final, que es un epígrafe del poeta chileno Jorge Teiller que nos da una primera aproximación a ese título, creo que esa explicación racional tiene su clave explicita en el epígrafe de Teiller, pero luego se desplaza hacia otro lugar. «Si alguna vez/ —dice Teiller— mi voz deja de escucharse/ piensen que el bosque habla por mí/ con su lenguaje de raíces». Y acá creo que hay una zona subyacente, no explícita que implica esa timidez de los árboles.

Nosotros estamos acostumbrados en este siglo XXI, en esta segunda década, a leer una poesía de fronda, de hojas perennes o caducas —eso lo va a decir el tiempo—; estamos acostumbrados a esa percepción, una especie de algarabía, de bullicio… Eso es de algún modo la poesía contemporánea, todo el mundo, en muchos idiomas, en particular en América latina, está hecho de heterogeneidades, de frondas ruidosas movidas por el viento; creo que uno de los secretos de este libro es plantearlo en términos radicales, creo que lo que ha plasmado Carolina Zamudio es un viaje a la raíz, no a la semilla: a la raíz. Algo que está vivo y sostiene todo lo que estamos viendo, todos los humores, todos los colores. Eso está enterrado profundo y tiene una función de ósmosis de donde captamos nutrientes y eso está en la médula del secreto de la composición textual del libro. Para entender esta timidez hay que mirar las raíces, no las hojas que vuelan con el viento y pueden terminar perennes, ser siempre lo mismo, o ser siempre distintas. La raíz de esos árboles, de ese bosque plantea esta identidad lingüística. Creo que es un libro decisivo e inquietante en la trayectoria de Carolina Zamudio. Sus libros anteriores sé que estaban preparando este momento.

Leía algunos comentarios de su presentación en FILBo (Feria del libro de Bogotá) y habiendo conocido yo la poesía colombiana como creo que la conozco, luego de haber ido tantos años a ese extraño, hermoso, profundo y verde país, me imagino a muchos amigos, entre ellos desde ya Juan Manuel Roca, su presentador, deben haberse encontrado con un estremecimiento con este libro; un estremecimiento que tiene que ver con un gesto recatado, una poesía precisa, elaborada, pero a su vez con una suerte de atisbo profundo, telúrico, relacionado directamente con las raíces. Esta timidez es también una calidez de los árboles.

Celebro estar en este momento, presentando en Uruguay esta voz absolutamente nítida de una poesía que además tiene vocación latinoamericana, no vocación porteña —lo digo con mucho amor para con mis hermanos de allí— ni bonaerense. Gracias.

Rafael Courtoisie, 17 de mayo de 2018


 

Rafael Courtoisie
Rafael Courtoisie

Montevideo, 1958. Es un escritor uruguayo. En 2014 ganó el premio Casa de las Américas de Poesía americana. En 2013 fue elegido para integrar la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Ha escrito varios volúmenes de cuentos y poesía, y cuatro novelas. Su novela Santo remedio (Madrid, Editorial Lengua de Trapo, 2006) fue finalista en el Premio Fundación José Manuel Lara. Su libro Cadáveres exquisitos fue Premio de la Crítica. Su novela Vida de Perro obtuvo el Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay y nominada al Premio Rómulo Gallegos, de Venezuela. Tajos y Caras extrañas son sus anteriores novelas publicadas en España. Adaptaciones teatrales de Tajos fueron estrenadas en Buenos Aires y en Santiago de Chile. En 2008, la editorial venezolana Monte Ávila publicó Palabras de la noche, extensa antología de su obra poética. En 2011, Courtoisie editó Antología: la poesía del siglo XX en Uruguay (Visor poesía), una selección de poesías de 40 poetas uruguayos.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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