Selección de «Asedios a la palabra», de Juan Manuel Roca

Les presentamos una selección del libro «Asedios a la palabra», de Juan Manuel Roca, por parte de nuestra directora, Carolina Zamudio.

 

 

La poesía como insatisfacción  

 

Si al hombre no le resultara insuficiente la realidad, no habría tenido ninguna necesidad de inventar el arte. Esto es algo que sabía con claridad cenital, Baudelaire, fogonero del tren de la modernidad, alguien al decir de Hugo Friedrich «acepta los actos que la naturaleza excluye. Precisamente —dice Friedrich— porque las masas cúbicas de piedra de las ciudades carecen de naturaleza y a pesar de que constituyen el lugar del mal, pertenecen a la libertad del espíritu puro». Allí Baudelaire perece fundir lo real natural con lo real imaginado. Pero no parece ser solamente que el poeta discrepe y advierta una inconformidad con la naturaleza en la creación de esa sobrenaturaleza que es la ciudad, sino que le sigue, además, un prontuario a las construcciones humanas. Por eso ama el sueño, que es «poesía involuntaria», negación de la maquinaria razonadora. La fantasía, o el sueño como forma de pensar. «Los sueños ocupan en el poeta lo que se llama pensamiento en otros», afirmaba Paul Valéry. Ellos son facultades transgresoras que operan de manera vigilada en el poema. Ya lo decía el mismo autor de Las flores del mal: «la fantasía descompone toda la creación; y con los materiales recogidos y dispuestos según leyes cuyo origen solo puede encontrarse en lo más profundo del alma, crea un mundo nuevo», afirmación con la que se adelantaba al sentir contemporáneo.

 

 

Otra suerte de rapto  

Muy a pesar de que el pesimismo deberíamos dejarlo para mejores días, a veces creo que los poetas pagan en un constructo de bellas irrealidades el posible rescate del mundo. Traídos a él, arrancados de una neblinosa nada —como todos—, los poetas intentan pagar el secuestro con una moneda de tres caras, pretenden sobornar a la guardiana con piedras preciosas, pero sin el más mínimo valor comercial, escribiendo y arrojando centenares de poemas en centenares de botellas de náufrago. De ahí tal vez provenga la debilidad irremediable de muchos de estos impacientes cuando cruzan frente a las bodegas de vino, el desesperado asalto —de Edgar Allan Poe a Malcolm Lowry— a los luminosos expendios de licores. Hay que verlos mirando sus estanterías con arrobo, como si fueran los vitrales de una sacra y hermosa catedral.

 

 

Poesía en la duda

En poesía una verdad mal dicha fácilmente se vuelve mentira mientras que una ficción bien lograda puede volverse para siempre verdadera, como Hamlet, Scherezada o Moby Dick, y digna como ese personaje del coronel que no tenía quien le escribiera y que no usaba sombrero para no tener que quitárselo ante nadie, según la magnífica novela de García Márquez.

En poesía no basta con las verdades fácilmente compartibles y arrulladoras, pues al igual que la filosofía su territorio de exploración natural está en la duda.

La poesía se pregunta cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad, en medio de lo que Simone Weill llama «una comunidad ciega», una aturdida comunidad dividida entre la realidad y el deseo.

 

 

Poesía y máscaras

Como las máscaras del teatro Noh, dignas de ir sobre las creadas por Dios, como esas máscaras de las hadas del sake que ocultan su refinamiento y su dolor, así quisiera mi palabra.

 

 

Cinco esquirlas

1. Los más bellos poemas no se han escrito todavía. 2. En poesía todo azar nace de una búsqueda. 3. El poeta es alguien que elije, con esmero y plena libertad, el desierto en el que habrá de predicar. 4. No hay poemas malogrados; si son malos, sencillamente no son poemas. 5. Los sueños de la razón producen versos.

 

 

Poesía y realidad

Si en una labor extremada de reducción a una esencia intentara apretar la idea que tengo sobre qué es la poesía, tendría que ejercer un oficio de jíbaro (me refiero a los indígenas que logran reducir cabezas humanas sin que por eso dejen de tener su forma primigenia) para decir que ella, la poesía, tal vez más que un «pensamiento desinteresado —como decía con su habitual lucidez Saint John Perse— nace de una profunda insatisfacción con la realidad. El poeta sería entonces convicto de esa repulsa contra la precariedad de lo real, alguien que nos entrega la duda, la carta de invención de nuevas realidades que prescinden de la estrecha cultura de lo comprobable.

 

 

Invención de la realidad

La poesía, y tomo acá su nombre de manera genérica para toda creación artística, como un epicentro de todas las artes, parece recordarnos que resulta tan precaria, tan irrisoria la llamada realidad (y «realidad» es una palabra que al decir de Vladimir Nabokov siempre debería ir entre comillas) que a cada momento tenemos que inventarla. Esto es algo que hace que la poesía no sea tan lejana de la ciencia, no obstante, sus búsquedas se den en diferentes estadios del pensar, en diferentes diferentes gabinetes de la imaginación. (Aldo Pellegrini, dixit)

 

 

Escamoteando a Petrarca

No conozco un verso de amor más bello ni más inquietante que el que escribió ese hondo humanista llamado Francesco Petrarca al momento de morir su amada Laura: «En su rostro la muerte se hizo bella».

 

 

El árbol de Claude Roy

Si nos remontáramos al origen de la palabra empleada por los griegos para los rapsodas —rapsodein, que significa de modo un tanto casero coser o zurcir— podríamos señalar al poeta como alguien que cose o que zurce una nueva realidad verbal en un telar tan diverso como le sea propio a su individualidad, no obstante las herencias recibidas. Hablo de las herencias poéticas, de sus tradiciones: «los poetas son como los árboles, que se unen todos por sus raíces en la tierra y por sus ramas en el cielo», en palabras de Claude Roy. Pero valdría la pena agregar que, entre raíz y cielo, la savia nutre frutos diferentes, muchos de ellos de difícil clasificación biológica.

 

 

¿Otro epitafio?

No hay más bello palimpsesto, ni más humilde, que aquel que se escribe sobre la piel y la movilidad del agua. Un poeta tan bajo de estatura y tan alto de alma, John Keats, lo sabía como pocos y por esto hubiera querido usar como lápida o como tarja para su epitafio el espejo de un lago. Se dice que el joven poeta inglés, muerto en Roma de tuberculosis, decidió que en su tumba solo dijera: «Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito sobre el agua».

 

 

Poesía y hojarasca

Se nos extravió la voz en medio de un bosque espeso de palabras. Se nos perdió en el sendero de los vendedores de humo. Quien la encuentre recibirá una buena recompensa. También es bueno recordar que entre lo que quiere decir el poeta, lo que en verdad dice y lo que creemos que dijo, se nos oculta el misterio.

 

 

La poética del espejo

Por humilde que sea, todo escritor resulta soberbio al querer modificar la creación, podría decirse que esto es algo que lo emparenta con el diablo. Y con el espejo, con el cristal donde casi no hay ningún rostro humilde que soporte la artimaña seductora del rostro duplicado, la prueba con la que el estanque tentó a Narciso, un paradigma de la belleza, un pobre efebo desdeñoso de las ninfas perfecto como un dios, pero que según parece no sabía nadar.

 

 

Sobre la imagen

Pierre Reverdy, el magnífico poeta y teórico a quien debemos una bella imagen sobre el volar: «El vuelo es un pedazo de cielo que se desata», dice con toda severidad que en la naturaleza no hay imágenes, que es el hombre quien las crea. Pero aún no sabemos bien, querido Reverdy, si la rosa no disfruta de su olor, si no hay paisajes que se piensan a sí mismos, si el árbol no sabe de su condición vegetal.

 

 

El rapto

Soy de la idea de que si un pájaro se pone a pensar por qué está volando, muy seguramente se cae. Esto a veces sucede con la poesía, como lo saben Denise Levertov y Charles Simic, entre otros. En la lírica lo podríamos llamar el rapto poético, la intuición, que va más allá de la escritura automática de los surrealistas. Porque tras el rapto viene lo que podríamos llamar el filtro: que todo pase por una suerte de aduana del pensamiento. Pero es bello —y casi milagroso— que al escribir un poema el primer asombrado sea el mismo poeta que se dice entre agradecido y sorprendido: ah, pero yo no sabía que sabía esto. Por algo Levertov afirma que «escribir es escuchar» y que una poesía orgánica «es exploratoria» y poesía algo, también, Michaux reitera que «escribir es recorrerse». Hay así muchos poemas que parecen llegar de «ningunaparte» al territorio vacío del papel, y que vuelven al poeta una suerte de traductor de sí mismo, y que al descifrar su adentro a veces logra traducir a los demás, como lo hicieron entre otros Milosz (traductor de soledades) y Reiner María Rilke (traductor de ángeles terribles).

Pero, ¡atención!, la misma autora de El poeta en el mundo señala que «los poetas son instrumentos tocados por el poder de la poesía. Pero también son hacedores, artesanos; al vidente que le es dado ver pero luego es su responsabilidad comunicar lo que ve para que vean quienes no pueden ver, ya que «somos miembros unos de otros».


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Juan Manuel Roca

Poeta, narrador, ensayista, crítico de arte y periodista colombiano. Por 10 años fue, primero coordinador y luego director del Magazín Dominical de El Espectador. Durante veinticinco años (1986-2011) fue director del taller de poesía de la Casa de Poesía Silva, en Bogotá. En 1997 recibió el doctorado Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, ruso, japonés, griego, rumano, portugués, italiano y alemán.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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