El peligro de estar vivo

Emboscada

Hay autores que requieren de ferocidad para abordarlos. Con un calambre en los ijares nos acercamos a sus páginas, con una silla y un látigo, así o con una máscara para soldar junturas de puentes metropolitanos. Puede darse el escenario de que abramos el libro o decidamos asomarnos a comprobar la materia de que su prosa se alimenta, y al contacto de nuestros ojos con las palabras empiecen a saltar chispas. No ocurrirá la ceguera, habrá otra manera de ver posterior al encuentro. Será como un duelo, o como una despedida; como llegar y encontrar los pasillos de la casa en penumbra, la casa fría, los cuartos usurpados de su espacio: en el espacio habitando otro espacio. No se puede entrar, no se puede estar y hay que tirar puertas y mirar el vacío desde afuera, y sentir el peligro de estar vivos.

La imagen es de Héctor Rojas Herazo. En su segunda novela, En noviembre llega el arzobispo (1966), Rojas Herazo alarga una mano al borde de la noche e intenta guiarnos por las opacas luminiscencias de su siniestro mundo. Rojas Herazo invita con su sonrisa de abuelo bueno a que atestigüemos la paciente descomposición del mundo que acaba de inaugurar para nosotros.

Hay que ser feral. Hay que endurecer el hueso y afinar el oído como si fuéramos perros en la sierra o como si fuéramos un cerdo que descansa en la madrugada y adivina la emboscada del tiempo en forma de cuchillo.

Tenemos la sensación, casi la certeza, de que Rojas Herazo nos da entrada a su mundo, con sus pases de elegancia y bondad, puesto que sabe que, ya que nos sentemos a beber al ámbar de las velas, el fragor de un mundo que se asienta las extinguirá; en el silencio, que es suspenso, ocurrirá la aniquilación de nuestra esperanza.

Es que hay autores que saben muy bien que legar la alegría y el bienestar es un insulto de la peor clase, prefieren partir de las buenas maneras y alargan su respeto en una prosa de sintaxis insoslayable, y escupirnos a la cara toda la acumulación de su hastío.

Roberto Segrov

No dormimos esa noche. Ni los médicos, ni mi madre. Tampoco yo, cuando supe, era demasiado tarde, ya había nacido. 1 de Mayo de 1980. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la sala de mi casa con nueve años. Leía a Kafka y me desconcertaba con La transformación. El mundo se conmocionó, habían volado el edificio del DAS. Aquello me marcó para siempre: Literatura y Violencia y la forma en que ambos discursos modelan nuestra identidad, no solo la colombiana (por demás ilusoria), sino, la humana. Como Borges, no me envanezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. He encontrado la forma más eficaz de conjurar la violencia existencial, primero, las artes marciales, luego, la literatura. En mi panteón de dioses tutelares, como para Roberto Bolaño, Borges es Dios, de ahí para abajo, en un orden perfectamente anárquico están Hemingway, Clarise Linspector, Kafka, Emily Dickinson, Sábato, Carolina Sanín, Clarice Lispector, D.F.Wallace, Flannery O'Connor, Faulkner, Katherine Mansfield, Lovecraft, Poe, Ásimov, Cortázar, Rulfo, Saer, Bolaño como cuentista, Fredy Chikangana, Bolaño como poeta, Bolaño como novelista, Bolaño como actor porno y como vago. Desprecio la literatura colombiana a no ser que el escritor lleve por nombre García Márquez, Fuenmayor, Rojas Herazo o Marvel Moreno. En el cine soy omnívoro. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje.

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