Quince años, dos nombres

Foto: © Jorge Mata. Detrás del monumento, en bajo relieve, está el siguiente texto: Ayer nos desplazaron, nos asesinaron, nos desaparecieron. Ayer y hoy estamos juntos al lado de las manos del mundo, resistiendo a la muerte, a la impunidad.

 

Por: Santiago José Sepúlveda Montenegro

Hubo un tiempo en que no creí en la política como camino para renovar o cambiar el mundo. En mi adolescencia quise entender la efervescencia que sentía la gente al participar en movimientos, en paros, en manifestaciones. Y siempre sentí que estaba del lado inútil, del lado ingenuo y candoroso. Marché por la educación, y qué lindo fue ver y ser parte de esos ríos de gente que salieron a las calles hace algunos años. Qué reconfortante ver una clase sobre cómo funcionaban o habían funcionado hasta entonces los diferentes movimientos de izquierda en Colombia, y creer que entendía ese arranque que no parece morir una vez se enciende la llama. Veía siempre las pedreas de la Nacional con mucha curiosidad, y disfrutaba sentir el picante de los gases en mi rostro y en mi sistema respiratorio. Nunca arrojé una piedra, nunca ejercí ningún tipo de violencia en una marcha: siempre llevaba mi cámara e intentaba sacar una que otra foto representativa de la manifestación o el enfrentamiento.

He vivido toda mi vida en Colombia y he podido ver y oír cómo desde diferentes lugares se levantan voces que piden justicia, salud, economía, educación. Recuerdo la emoción de ver el movimiento estudiantil chileno, del que tomamos tanta fuerza en Colombia en su momento. Recuerdo sentir rabia por los estudiantes asesinados, por las noticias, por la violencia, por los desaparecidos, por los hoy asesinados líderes sociales. Y creo que siempre vi que esto, sin excepción, era resultado de eso que llamaba, en mi adolescencia y mi niñez, la política.

La política: unos hombres que tomaban decisiones en algún lugar del mundo, y que unos pocos, o unos muchos, reclamaban al no estar de acuerdo. Fue rara la vez en que pensara en que esos reclamos no eran justos. Mi padre salió, como muchos, de su país: vio las bombas caer sobre la casa de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Mi madre, y mi hermana también, trabajaron en lugares donde se buscaba proteger los derechos humanos de otros que no éramos nosotros. Y en esos lugares aprendí que en cualquier lugar es posible la barbarie. Quizá por estas, y tantas otras cosas, no creo en la política, lo que sea que signifique esa palabreja tan vacía, tan burbuja, donde cabe cualquier cosa y parece que todo finalmente estalla. Aprendí que más allá de cualquier ideología, de cualquier línea política, de cualquier forma de entender la economía o la sociedad, las desigualdades, la muerte que no es natural, el hambre, tenía que comenzar por mí mismo: no le podía dar a nadie más la responsabilidad de mi propio bienestar. Hoy entiendo la política como una cosa diferente, enriquecedora, muy lejana de lo que me han querido enseñar en el colegio, en la universidad, en los noticieros.

Cambié de mirada muchas veces. Quizá mi punto de vista de hoy ya mañana haya cambiado, y entonces me arrepienta de este texto que hoy me sale de las entrañas (que cerebro y corazón también son entrañas, como un conocido me hizo ver). Y es que, aunque no creo que uno u otro presidente vaya a arreglar los problemas, sí sé que uno de ellos lleva detrás la muerte y el dolor. Sé que se ha dicho que hay que ser aquí consecuente, usar argumentos, convencer al otro desde por qué tal o cual candidato es el que debe quedar presidente. Los indecisos buscan razones para votar por uno u otro, y los decididos ya tienen sus razones arraigadas. Lo de menos, en este país de desinformación, es si esas razones son lógicas, emocionales, sentimentales o simplemente inventadas.

Yo no quiero convencer a nadie. Para ser consecuente conmigo mismo debería ser abstencionista, pues yo no creo que un presidente, sea quien sea, pueda solucionar los profundos problemas que cada ser humano lleva dentro, y que es tan urgente y necesario para que esta sociedad deje de ser anfitriona del dolor y de la muerte y de la sangre y del sudor y la desidia y la hipocresía. Yo solo creo que cada uno debe ser responsable de sí mismo y asumir su propia vida, y ayudar desde donde pueda hacerlo a los demás, porque hay gente que no tiene pan para andar pensando en violencia o en hipocresía. Y por eso sé que esto no se trata de mí.

Pero durante mi vida, desde hace casi quince años (si no más), hay un texto que resuena cada cuatro años, y cada vez que escucho una noticia, cada vez que hay un nombre que se repite y que parece ser el eterno destino de este país. Ese texto es una carta de despedida.

El exilio. La muerte. La esperanza. Conocí ese texto una noche en la sala de mi casa. Mi padre, que se fue de Chile poco tiempo después del golpe militar, nos llamó a todos. Mi madre, mi hermana, e incluso nuestras mascotas nos sentamos a su alrededor. Recuerdo su rostro triste, su voz apagada. Hoy mi padre intenta vivir en Chile, mi hermana armó su propia familia, y yo vivo con mi madre. Así que ese es uno de mis recuerdos preciados de lo que fue para mí una familia. Y que todavía lo es, y que ya nunca dejará de ser. Y en ese texto, de hace quince años, hay un nombre que no deja de sonar y resonar. Y que todavía no puedo entender cómo.

Cuando, en cierto momento de mi vida, dejé de pensar en la política como una vía posible para la sanación de esta sociedad, lo que a continuación cuento tuvo bastante que ver con ello:

Tomé un avión, luego otro, luego un barco, luego una lancha, luego caminé, y caminé, y caminé. Vi un coliseo en el que habían hacinado a cientos de personas en una operación militar: la operación Génesis. Un monumento a los desplazados, a los muertos, a los desaparecidos. Una torre de vigilancia. Desde la torre, miles de hectáreas sembradas de un monocultivo: palma de cera africana. Nunca, excepto frente al mar, había visto un horizonte tan monótono como ese. La presencia constante del ejército. La presencia oculta de la guerrilla. La presencia fantasmal, siempre cargada de miedo, de los paramilitares. Un hombre que talaba la palma a machete, mata por mata, para resembrar el bosque, para volver a la fertilidad de una tierra que sería infértil dentro de poco. Una comunidad que bailaba y cantaba por las noches, con cierta tranquilidad porque habían logrado hacer una “zona comunitaria”. Un asentamiento indígena que ya se había movido de su lugar, y que sabía que cualquier ejército podría llegar a exigirles comida, o lo que fuera. Unas ruinas, adornadas con grafitis paramilitares. Un colegio abaleado y devorado por el bosque. Cementerios, o mejor, tumbas en los lugares más inesperados. El dolor y el respeto y, aun así, la entereza necesaria para seguir viviendo. Suicidios. Adicciones creadas por los paramilitares para controlar a los jóvenes. Una procesión funeraria en memoria de un cuerpo sin recuperar: el de Marino López. Su historia. Un niño de no más de doce años, reclutado por dos bandos diferentes para ser su informante, que buscó refugio en Bogotá, pero que al volver con su madre fue abaleado en su alcoba. Solo la madre fue a su velorio.

No creo que un presidente, tenga el nombre que tenga, vaya a poder sanar todo esto que ya me habita para siempre. No creo que meter un voto de papel en una urna de cartón vaya a quitarme la tristeza que ya me habita y llega fácil.

Pero sí sé que hay un hombre, de apellido Uribe, que no estuvo en esos lugares: no estuvo hacinado en el coliseo mientras le robaban la tierra, no se sentó con su familia a ver cómo del silencio nacían las manos de sus amigos muertos o desaparecidos, no tomó el machete para tumbar la palma, no rezó un padrenuestro frente a las tumbas improvisadas en medio de los monocultivos, no le dio refugio a la infancia embargada por la violencia, no le dijo que no recibiera el reloj ni el celular con el que lo compraban, no escuchó los cantos y las oraciones y el llanto de decenas de personas cargando un ataúd vacío, llevando en la memoria a ese hombre que se arrodilló una vez ante los paramilitares, y los miró de frente, y se lanzó al río para salvarse pero tuvo que volver, porque tenía miedo, y entonces ser macheteado como la palma, una, dos, tres veces, hasta que cayó su cabeza al suelo, y dejó de ser cabeza y dejó de llamarse Marino para volverse un balón de fútbol improvisado para el partido más infame de la historia.

Pero hay otro hombre que sí habló de estas y de otras cosas más que yo no vi, que no conocí, y que se fue al exilio y que le envió una carta de despedida, por correo electrónico, a sus lectores. La persona en el exilio se llamaba Fernando Garavito. Y yo desde entonces pienso en él cada vez que hay elecciones, cada vez que sale una nueva noticia del conflicto, cada vez que veo el rostro de Uribe, tieso, blanco, firme.

Fernando, “señor de las moscas”: espero que este 17 de junio, catorce años después de su carta, pueda dar el primer paso para no recordar su despedida siendo leída por mi padre. La recuerdo cada vez que no atino a comprender cómo es que Uribe sigue siendo el que es, avalado por este chiste de democracia. No voto por mí: el voto de papel, dentro de la urna de cartón, será el suyo. Será el de cuatrocientas familias hacinadas, el de Marino, el de Pedrito, que se quedó en mi casa unos días antes de partir hacia la muerte. Espero que no les moleste que me tome este atrevimiento: no conozco mejores maneras de hacer política.

Aquí su carta, Fernando, para que otros puedan leerla también: Conservarle su honor.

Santiago José Sepúlveda Montenegro

Autor de la novela Ayer terminará mañana, y finalista del VI Premio nacional de cuento de La Cueva. Fundador y organizador de 'Tómese un tinto con', ciclo de conversaciones sobre libros con sus autores en Café Nicanor y su Librería Hojas de Parra.

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