La existencia ensayística de Michel de Montaigne – Danielle Navarro Bohórquez

Tres piedras descansando

Presentamos esta reflexión que habla, además de su ensayística, sobre el final de la vida del filósofo, escritor, humanista y moralista francés del Renacimiento, creador del género literario conocido en la Edad Moderna como ensayo, Michel de Montaigne.

 

 

Por: Danielle Navarro Bohórquez

 

En una época tan inhumana como la nuestra, a nadie debemos estar más agradecidos que a quienes refuerzan lo que hay de humano en nosotros.

Stefan Zweig

 

A sus 38 años, como buen sabio, Michel de Montaigne se retiró de la vida pública, de la política y de los negocios, y le dio la espalda a los violentos enfrentamientos que derrumbaban su patria. Se abandonó a la disciplina de la soledad y emprendió una búsqueda interior para encontrar aquello que no pudo hallar en el estado, en la familia, en el dinero ni en la hacienda.

El testimonio de su renuncia al mundo exterior lo inscribió en latín, en la pared de su biblioteca:

«El año del señor de 1571, Michel de Montaigne, cansado desde hace largo tiempo de sus servicios de esclavo en la corte y de las cargas de sus responsabilidades públicas, pero todavía en plena posesión de sus facultades, decidió descansar en el regazo virginal de las musas».

 

En la biografía que hace sobre Montaigne, Stefan Zweig nos cuenta que el sabio se alojó en una torre de su casa y consagró este espacio a la tranquilidad y el ocio, a la lectura y la escritura, y fue gracias al encierro que pudo mantener su libertad en aquel momento en el que Francia, después de haber asistido a un Renacimiento que prometía el triunfo del humanismo, padeció la catástrofe de la Reforma, y empezó a desangrarse por culpa de aquella causa metafísica inventada por el hombre: la religión. Como dice Zweig, «siempre que el espacio se ensancha se tensa también el alma»; quizá es por eso que el crecimiento y la prosperidad de las naciones anuncian siempre una barbarie inexorable.

A muy temprana edad, Montaigne conoció la vileza humana y se apartó de ella con horror. Cuando era apenas un joven vio cómo centenares de personas fueron torturadas, colgadas, empaladas, descuartizadas, decapitadas, quemadas y arrastradas a la muerte por haberse rebelado contra la gabelle, el impuesto de la sal; cuando creció estalló una de las tantas guerras civiles francesas detonadas por el antagonismo entre católicos y protestantes calvinistas —los hugonotes—, quienes, abandonados a una bestialidad exacerbada, olvidaron que sus brutales enfrentamientos eran de franceses contra franceses, de ciudadanos contra ciudadanos. Y un año después de su retiro a la torre ocurrió un evento que oscureció la historia de París con una de sus noches más violentas —la Noche de San Bartolomé—, cuando la Chambre Ardente despojó de vida a ocho mil personas.

¿Cómo permanecer humanos en medio de una barbarie como estas? ¿Cómo preservar la lucidez del corazón? ¿Cómo proteger esa parcela singular y única del propio yo contra la abusiva, injusta y contradictoria reglamentación de afuera? ¿Cómo permanecer en el lugar en el que quiere estar siempre el yo más íntimo, especialmente cuando no quiere defender ninguna causa?

Montaigne se encerró en su torre de marfil para conservar su libertad, es decir, para mantener la independencia moral en medio de una catástrofe masiva. Su sabia disuasión responde a la necesidad de defender su propio yo desnudo de las amenazas del afuera, pues cuando no hay seguridad alguna sobre la tierra, es necesario encontrarla —o edificarla— fuera de este mundo, lejos de la patria, en un universo propio que pueda existir más allá de cualquier frontera física.

La escritura de los Ensayos es el intento de Montaigne por proteger su propia voluntad y por preservar la humanidad de su corazón en medio de un país que se destruye. En los Ensayos confiesa que no le interesa conseguir el favor del mundo —de ser así «me habría adornado mejor, con bellezas postizas»—, ni la gloria, puesto que esa «es la moneda más inútil, menos valiosa y más falsa que hay en circulación». En alguno de sus textos anuncia con prudencia, o quizá con humildad, que escribe para pocos hombres, para pocos años, y procura alejarse del dogma y de las presunciones de superioridad: «Yo no enseño, relato». Y a diferencia de los grandes autores que se presentan al pueblo por algún signo especial y externo, él no habla como político, gramático o jurista, sino en calidad de hombre, «y si el mundo se queja de que hablo de mí en exceso, yo me quejo de que él ni siquiera piensa en sí mismo». Encerrado en su torre permanece libre de ambiciones, de la codicia, del fanatismo; libre de la superstición, de los partidos y de las convicciones, y de lo que más está seguro es, tal vez, de que «la vida es puro ensayo y error».

En los escritos de Montaigne se escucha la voz de pensadores y poetas antiguos como Horacio, Homero, Aristóteles, Platón, Cicerón y Séneca, pero el ingenio del francés cataliza las ideas de los sabios y destila frases lapidarias como «la costumbre es una maestra violenta y traidora», «no se logra provecho alguno sin daño ajeno», «en nosotros no hay tanta desdicha como vanidad, ni tanta malicia como sandez», «no estamos tan llenos de mal como de inanidad»; «no somos tan miserables como viles», «por más sabio que sea un hombre, no deja de ser un hombre».

Montaigne se apartó de la contienda y no prestó su cuerpo para pelear en la calle, sino que se aisló para construir un firme resguardo inmaterial. Quizá entendió que el espíritu, cuando es adolescente, solo es capaz de luchar en las calles con torpeza y por eso se dedicó a cultivar su interior. Y gracias a esa decisión hoy tenemos los Ensayos de este hombre que nos sugiere que en la escritura podemos erigir nuestra trinchera más íntima y edificar una morada propia más decente y justa que cualquier patria o institución.

Escribir le permitió obedecer, siempre, a los mandatos de su corazón erudito, pues el fin último de los Ensayos es la expresión subjetiva del ser humano que existe detrás del texto.

Él se consagró al rester soi-même, «seguir siendo uno mismo», y pudo mantenerse fiel a su yo sin dejarse contagiar de la pandémica memez de rebaño. Se constituyó él como la materia de su libro y de este modo inició un nuevo modo de ver el mundo, de hablar y de ser por escrito, sin fines políticos, religiosos o sociales, sin servir a ninguna causa o interés ajeno a sí mismo. Montaigne encontró en el ensayo una salvación espiritual, una forma de ser libre y un modo de ser en el mundo que le permitirá existir, por los siglos de los siglos, a través de su escritura.


daniellDanielle Navarro Bohórquez. Comunicadora social de la Universidad EAFIT y estudiante de la maestría en Hermenéutica literaria de la misma universidad. Hizo parte del equipo editorial del periódico Nexos y ha sido colaboradora de medios como El Espectador, De la urbe, Al poniente, Revista Canéfora, Cuadernos de Ciencias Políticas, Bitácora y de la Revista LiterariedadCofundadora de Camelia y Danielle, producto audiovisual para la divulgación de literatura. Es correctora de estilo. Es bloguera en https://medium.com/@daniellenavarro

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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