Selección de poemas – Luis Manuel Pérez Boitel

                                                Dibujo de un pez de cristal

Presentamos una selección de poemas en prosa del libro Artefactos para dibujar una nereida del poeta cubano Luis Manuel Pérez Boitel.

 

Poema donde dice mamá que hay poesía para rato

 

Ángeles, parecen ángeles, me ha dicho la sombra que enceguece; pero son imprecisos caballos en el mar, raras luciérnagas o ninfas equidistantes de este inútil aposento. Sobrevolaban las casitas de la infancia en un abrir y cerrar los ojos, con el pincel en la boca, mi padre ha dicho que son ángeles, nadie dice nada ante mi paraplejia. Diluir los ojos, escapar del poema y pensar que reverencio esas variaciones ocultas en la alfalfa y la acuarela que no está. La boca mueve todos los significados, difícil cerco de la boca para desparramar lo que nadie ha visto. Ángeles, parecen ángeles, de la boca salen ángeles cuando uno no se lo piensa, en esas marinas distantes de Dios y de la abisal sombra que me cubre, en esta cama donde llevo residiendo veinte años, llevo muriendo veinte años, pero son ángeles, parecen ángeles.

 

 

 

En la ceniza, la sombra de las manos tiembla de inanición, ciertos ramilletes que el olvido deja pasar como su mejor carta. Si tuviera una planicie, dibujara árboles, pero mis ojos no logran alcanzar tales predios, en una rara tormenta de nigromantes y seres que van dejando turbulencias en la mente, y no puedo compartir la noche. Estos artefactos que van quedando. Ángeles, parecen ángeles, después de la crisis.

 

 

 

Desparramo el trazo, con extrañeza de los mundos que he visto, no pierdo la imagen aquella de la muchacha en el estanque, entre flores de loto y las tasas de peltre, pero aquí estoy ante un horizonte ajeno, mi cama de veinte años y este modo de ocultar que solo muevo la boca para que todos digan que son ángeles, parecen ángeles.  Lo demás no tiene explicación.

 

 

 

Un crepúsculo, por ejemplo, pudiera resultar difícil de enunciar. El Augur se ha llevado los sortilegios. Temblaba ante la noticia. Escruto mi memoria ante tantas justificaciones de que nada existe. Preciso empolvorar a esas criaturas para que el fuego no las devore. Llovizna fuera de la casa, me da igual. Los pozos, ha dicho Magdalena, que se van quedando. Pero Magdalena no conoce los ángeles en el cenital refugio, los molinos que intento, con cierta destreza, desempolvar de la memoria. Divina providencia esta. Un crepúsculo, por ejemplo.

 

 

 

Si advierto en el remanso de este sitio, que nunca alcanzaré  a dibujar el mar, es solo una utopía, un estado de gracia de esta paraplejia donde solo muevo la boca, la boca del pincel que descubre ángeles, y todos quedan alrededor de mí como si fuera una locura. Ha venido la cartomántica, la hija que se ha quedado ciega de la tía Grimilda, que residía en Bulgaria hace unos años atrás, para que lea algunos salmos y dejen que el mar se aplaque. Ellos no han visto ángeles por estos tiempos, sólo la tierra árida donde sucumben unas bestias que ya no sirven para nada, el ojo de agua de la cañada ha desaparecido, dice la maga que ha sido un año aciago. Intento hablarle de  un provenzal tiempo de siega, pero las palabras me son difíciles y tía Grimilda reconoce que en los ojos de los ángeles hay siempre un tiempo mayor.

 

 

 

No saldré de estas bocacalles, el pasado me golpea, y en la salita he visto a Modigliani con su cuello alargado y una estufa para entregarme, dice que me hará bien para el próximo invierno, que no deje a un lado el cielo que se enseñorea, que lo demás es abismo. Pero no saldré de estas bocacalles, me resulta difícil delinear otros rostros. Eida me ratifica que será incierta la tormenta que se anuncia, pero no puedo decir palabras.  Solo dibujo ángeles que quizás se hayan llevado todas las palabras del mundo.

 

 

 

En Barcelona hay una puerta de bronce en la fachada de la Pasión, tiene labrada ocho mil letras de una página de los Evangelios, nadie me ha dicho nada sobre ese majestuoso lugar, tampoco he podido llegar hasta allí, no tengo ideas por qué conozco esas escrituras.

 

 

 

Mi cuerpo enferma como un poema, y mi madre coloca flores blancas por doquier, dice que es para ahuyentar a los espíritus, la cama queda sola por minutos. Hortensia pone pinceles en mi boca, dice que los trazos son cada vez más oscuros y que por la noche duermo mal y una fiebre me asalta. La sibila ha sentenciado que no llegaría a los veinte cinco, pues sin manos y sin piernas no se puede hacer mucho; yo me quedo mirándolos a todos, ellos no saben que entiendo la circunstancia y sigo dibujando entre los artefactos que apoyan la cartulina, para que la suerte me acompañe.

 

 

 

No está mal que no haya aumentado dos libras en cinco años. Todos se disculpan para tomar un té de jazmín que Zenaida ofrece a los que llegan. Ángeles, son ángeles estos los que regresan con acuarelas, por el pasillo que conduce a la habitación hay ángeles, raras nereidas que no logro detener por los brezales hasta que escapan de esta sobredosis. En el ajetreo de estos días de cosecha, siento la hierba húmeda y el cansino aliento de los que parten. Sentir ese adiós es como si todo acabara. Mi madre es la única que dice que voy creciendo, que tengo buen color, que los médicos se han equivocado de pronóstico.

 

 

 

Él le decía a mi mamá “yo quiero hacer verso”, y mi mamá le respondía: “¡Pero Juan, ese es un trabajo para morirse, no para vivir!”                                                                                                                                                                                                                                       Juan Gelman

 

Estos artefactos me hacen recuperar las palabras, esa ceguera del mundo civil que nadie cuenta. Disimula mi madre que está enferma de un cáncer que le llega a los huesos, que es difícil dibujar una nereida sin mirarle a los ojos, en el apretado  convite que se ofrece, dice Sigfredo Ariel que la poesía dejó de rendir trigo. Habla Gabriela Mistral de la poesía que tanto desprecian los poetas mozos, refiere Ramón García Mateos, que son malos tiempos, cuando la poesía no sirve para nada. Yo miro los ojos de mi madre,  ella ha leído a Cesar Vallejo, y sé cuándo irá a llover, y cuándo el mar está  en calma. Mi madre, que es como una nereida, alguien que augura que hay poesía para rato.

 

 

 

Ahora que leo el universo de Jorge Boccanera

 

El poeta que arroja su anzuelo en la garganta de la

sordomuda, ¿qué busca?

Jorge Boccanera

Me hacías preguntas sobre el istmo que nos cercenó

a todos, mientras descubro que el Universo

de Jorge Boccanera insufla al que está a su lado,

miopía del que no transita los promontorios

de un país.  Silenciar / la locura nos hace

parecer que el que tira el primer anzuelo /  es el iceberg

de lo que va quedando. Que el que tira el segundo

anzuelo es el iceberg debajo de lo que ya no queda,

de lo que se añade por supuesta asociación,

el estado de asociación.  Silenciar / la locura

nos hace asumir la asociación.  Me hacías

preguntas sobre el istmo que nos distancia,

la vorágine nos hace ser el que tira el anzuelo

por tercera y última vez.  Una larga

melodía para un supuesto amor que no encuentra

el comienzo bajo el cielo.  Por decantación, el silencio / la locura

del poeta que despierta todas las noches bajo mi sombra, y quiere ser

mi sombra, la novedad de la noche.  Fingimiento este /

noctiluca / pátina del que descubre en un poema

cierta raíz en el istmo.  Y te llamas Javier,

a deshora, al que  asaltaron,  el que vas cortando las venas,

pues ahora vives con tu mejor amigo, sin que nadie

lo sepa, pero eres feliz y no me adviertes,

ahora que leo el Universo de Jorge Boccanera.  El que está en pie

da un paso al frente. El que tira el anzuelo

da un paso al frente y ya todos  se preguntan

¿qué busca el que dio la espalda a un acto público donde el poeta hablaba

de ciertas  realidades / el silencio que sigue

en pie, en el enroque de los que siguen en pie

bajo el Universo de Jorge Boccanera ¿Qué busca? ¿Qué busca?

¿Qué busca?  Yo que tan solo tengo una ciudad, otro istmo,

un nombre por tradición, el que arroja también

el anzuelo en la garganta de la sordomuda

para que siga en pie, y después salir a la calle.


DibujossLuis Manuel Pérez Boitel. Remedios, Villa Clara, 1969. Ha merecido distinciones como el Premio Casa de las Américas 2002, el Premio de los Juegos Florales de Tegucigalpa 2010 y el Premio Internacional de Poesía en Lengua Española Manuel Acuña 2013. Ha publicado los poemarios Unidos por el agua (1998); Bajo el signo del otro (2000); Los inciertos dominios del escriba (2001); Oración del inquilino(2002); Aún nos pertenece el otoño (2002); Para no quedar en el andén (2003); No pidas el perdón (2004); Ciudades del invierno (2005); Antes que la noche acabe. Antología personal (2005), Artefactos para dibujar una nereida (2014), Un hombre errante (2015), Cartas de Rilke (2015).

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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