El gran perro

Me entra cierta tristeza cuando veo perros que, entrenados por personas, dan piruetas y realizan acrobacias para el deleite de otras personas, pues dejo de ver perros. Por otro lado entiendo que suceda. A mi hijo le encanta. Todo el tiempo me pide ver el vídeo del campeón del mundo que recoge todos los discos que le lanzan y se sube a la espalda de su entrenador. Ríe como loco cuando reconoce en los perros gestos humanos. Mi hijo humaniza a los perros, a todos. Al que más, claro está, a nuestro perro Frankie. Es algo de la edad, supongo. Mi hijo y sus amigos humanizan todo: perros, gatos, plantas, muñecos, pasteles, objetos… Es propio de la niñez humanizar lo que hay alrededor. Es propio de la niñez buscar compañía en todo. Y es hermoso porque todo lo que hacen los niños es hermoso.

Pero no sólo los niños humanizan perros. También las personas de mi edad humanizan perros. Yo mismo humanizo a mi perro Frankie. Y los adultos somos capaces de humanizar perros al tiempo que deshumanizamos personas. Simultáneamente. Veréis cómo: el otro día, por ejemplo, yo estaba con Frankie en una terraza. Me estaba bebiendo una cerveza bien fría. No, debió de ser un zumo o un refresco porque yo ya no bebo nada, nada de nada. El caso es que pensé que si yo tenía un refresco en la mano porque tenía sed, quizá también Frankie tenía sed, así que le pregunté a Frankie si tenía sed mientras le llenaba su platito con agua, y de pronto pasó un vagabundo que interrumpió mi conversación con Frankie para pedirme unas monedas. Parecía sediento el vagabundo, sediento de agua. Olía mal el vagabundo y quise que se fuera y no lo mire como se mira a un hombre ni como miro a mi perro. Entendí que Frankie, para mí, es más humano que cualquier vagabundo, que Frankie, para mí, es parte de mi familia, casi como un segundo hijo. De hecho yo mantengo a Frankie, me preocupo por él, gasto dinero en él todos los meses, le dedico atención, tiempo… Y no me importa nada lo que le pueda pasar a ese vagabundo.

Amo a los perros pues son leales y nobles. Hoy lo son. Algún día se pondrán sobre dos patas y nos devolverán con mordiscos todo el amor que les hemos dado. Lo harán cuando pensemos que ya no son capaces de morder. Ya lo creo que lo serán: les llegaré un golpe de conciencia, de iluminación, y nos devolverán todo nuestro amor convertido en violencia (como le pasó a Cristo), y toda la castración convertida en esclavitud, y nos dirán (quizá con ladridos, quizá con palabras): ahora nosotros queremos follar, ahora nosotros queremos elegir cuándo y dónde y qué comemos, ahora tú me vas a esperar a mí en casa.

Vivo con una contradicción: me cuesta aceptar que estoy contribuyendo a cambiar una especie, que sigo contribuyendo a la humanización del lobo. Por un lado, como mi hijo, como todos los niños-niños o niños-adultos, les doy mucho amor a los perros porque necesito su amor, su amor resignado, su amor incondicional a mi mano cargada de alimento. Pero en lo más profundo de mí, por otro lado, sólo veo perros en perros cuando olisquean y olisquean (sus narices como mangas pasteleras) y se retozan en el suelo allá donde encuentran un animal muerto. Veo perros en perros cuando me ignoran. Ellos, que piensan a su manera, que poseen su conciencia, se parecen a dios cuando ladran, huelen, corren y trituran huesos. Porque se disuelven en sus genes, porque son libres. Los seres que participan de dios son ruedas del gran carro de su especie. Participan, cumpliendo su destino, del equilibrio, y lo que ignoran y les supera es resuelto por otros seres-rueda de otras especies. Lo conocido por unos es desconocido por otros. Todos los saberes y todas las conciencias, la suma, forman a dios.

Pero dios cambia, amigos niños-niños y niños-adultos, y nosotros participamos de ese cambio, forzamos ese cambio. Junto a Frankie, en la terraza, después de que se fuera el vagabundo, con mi cerveza fría en la mano (en realidad fue un refresco: yo ya no bebo nada de nada) pensé que el Sistema Solar bien puede ser el interior del cuerpo de un gran perro (por decir algo), de un ser con más conciencia que nosotros y, por consiguiente, con más inconciencia que nosotros, con la misma proporción de conciencia que de inconciencia. O sea, un gran perro que es para nosotros mucho más de lo que nosotros somos para los perros de aquí. Y pensé que cuando miro la luna quizá estoy mirando, por decir algo, el cerebro del gran perro, y cuando miro el sol, en realidad, quizá, miro, por decir algo, el corazón del gran perro, que funciona por sí solo sin saber de mi existencia pero cuya actividad, muy indirectamente, depende de mí y de todos nosotros, niños-niños y niños-adultos y vagabundos y perros del planeta Tierra (el hígado del gran perro, por decir algo). Y entonces, quizá, el propósito último de nuestra existencia es que el hígado del gran perro funcione bien para que todo su metabolismo funcione bien. Y quizá el gran perro sea sólo una célula de la garra del gran dragón.

En fin, no me hagáis mucho caso. Es una teoría como cualquier otra. Sólo quiero insistir en que yo ya no bebo nada. Nada de nada.

J.S.T. Urruzola

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