Entradas de diario neoyorquinas

Fotografía de “Cell 1” de Louise Bourgeois.

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Tuve que comprar una libreta y un lapicero porque los que he venido cargando se me quedaron en la casa. Sabía que iba a explotar. No sé qué me pasa. Tengo ganas de llorar y no entiendo por qué. Además me quedé encerrada en un segundo piso de un McDonald’s: le pusieron un candado a las escaleras, no se dieron cuenta de que estaba acá arriba. Y así me siento: como encerrada en un segundo piso de un McDonald’s. Incluso hace un rato, mientras me comía una BigMac con jugo de naranja sin saber que estaba atrapada, me sentía igual. Sabía que estaba sola, en el segundo piso de un McDonald’s al lado de la Universidad de Nueva York, a la que nunca entraré ni intentaré entrar, porque de solo caminarla ya me siento ahogada. Así me he estado sintiendo desde que llegué acá: ahogada, deshidratada y cansadísima de intentar ser algo que no soy. Creo que me estresa no sentirme al mismo nivel intelectual que las personas del primer piso. Y sé que es una bobada, porque el primer piso está lleno de homeless y estudiantes coreanos a los que no les alcanza para ir a lugares más hip, pero así me siento. Bashar lo sabe. Desde este balconcito azarado veo a puros Millers y Woolfs. Siento que todos los compradores de hamburguesas en combo me van a devorar. Me siento menos. Y me siento culpable, porque sé que es un pensamiento irresponsable, pero tengo miedo de quedar en ridículo. ¿Qué hago? Me da pánico pensar en bajar las escaleras, otra vez, a gritar desde el más acá del candado: ¡Hey!, ¿can you help me? Y se me acelera el corazón cuando imagino bajar, no poder gritar, intentar saltar la cadena, caerme, o pedirle ayuda a un coreano y que no me entienda, o que no me salgan las palabras, o empiece a llorar de la nada porque la espalda me duele y estoy sola y quiero y no quiero estar o quedarme acá.

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Ayer soñé que estaba muy enojada con Rubén, y que él decía algún comentario satírico y patético sobre mi rabia. Antes de que él pudiera terminarlo yo le decía, en chiste, que a veces me daban ganas de… Y en el suspenso de esa frase movía hacia atrás y adelante mi puño cerrado en frente de su cara. Él se reía. Yo empezaba a llorar mucho. (Ahí quise escribir “me partía en llanto”, pero me abstuve, y ahora me arrepiento porque ese phrasal verb es una descripción perfecta de la forma en la que me sentía). Yo  le decía algo, pero no recuerdo exactamente qué.

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Han pasado unas tres horas desde que interrumpí el último textico para hablar con Ada, a quien me siento más cercana desde que estoy acá, para salir, obligada, como si estuviera allá de rebelde, del segundo piso del McDonald’s; y para moverme a donde estaba mi familia: el Macy’s de Times Square, en la 35th con Broadway, 5th floor, cerca de un probador en el que estaban sentadas dos mujeres negras, que, según ellos, podía notar de lejos por su actitud “maluca y resentida”. Nudo en el estómago.

Sentada al lado de ellas, entre una montaña de vestidos de quinceañera, pienso en Woolf, que dice que hay que romper reglas, pero no por romperlas, sino para crear. Pienso que necesito leer más. Leer más y desconfiar de todo como el homeless #2 del McDonald’s #2, el de Macy’s, al que acabamos de entrar a comer. Él dice que nos tienen vigilados —cosa sensata—, que del edificio de enfrente nos tienen infiltrados —cosa insensata—, que este edificio se puede caer —cosa sensata— si ellos quieren o alguien se toca —cosa intermedia—, y que hay homeless people in New York, que viven toda su vida, todo el tiempo, in New York,  a los que no les permiten pedir some change en temporada alta, en ningún McDonald’s de ningún Macy’s, para sobrevivir debajo de los puentes y fumar crack y soportar el frío y vérselas como sea, así sea vendiendo drogas o como sea, para no ser matados, por culpa de un montoncillo de turistas pendejos a los que les da miedo escucharlos y verlos manotear las verdades sobre los edificios de enfrente —cosas sensatas—. (Estados Unidos es un gran Macy’s con varios, o muchos, McDonald’s adentro). Al homeless le intuyo el corazón como un mango dulce, hilachoso, que está cerca de la pepa, pero todavía se ve desmechado. No sé si la droga lo ha roto: ¡Crack! Nota: Desconfiar de Woolf.

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Ahora dibujo, mal, una bota que reposa en un estante, mientras espero, con mucho dolor, a que mi familia decida si quiere comprar o no zapatos Burberry para la fiesta de mi hermana. Un señor blanco se sentó a mi lado, con un bastón, y ahora me mira como a una homeless porque se me encharcaron los ojos mientras me hablaba.

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Pensé que se había acabado la tinta de los lapiceros que compré esta mañana, y que por eso estaban tan baratos. Pero no. Igual ya dibujé la cara de toda mi familia en el celular, para vengarme de nada, y dejaré por acá esta lista de ideas que nunca desarrollaré:

  1. Hacer un perfil de Carlos, el hermano de Rubén, que habla sin parar del American Dream y sus bills, y se la pasa en recuentos de la transformación de sus deudas: compró una casa, se la entregaron horrible, cambió de a cinco ventanas hasta completar veintiuna, insuló arriba, insuló abajo, cambió las puertas, puso calefacción, se compró carro propio, lo cambió, cambió el piso de la casa, terminó de pagar el morgash, se pasó del beisman a la casa principal, lo estafaron, rentó cuartos, cambió de carro,…
  2. Incidente de Sbarro: Insistí muchas veces en ir a Sbarro, en lugar de McDonald’s, porque ya estaba saturada y me gusta la pasta y la salsa de Sbarro. Mi hermana decía que no, que gas, que lo odiaba. El día que me dieron gusto, a pesar de que ella podía comer en otro lugar, decidió comer allá. Y me repitió tantas veces que ese lugar le parecía asqueroso que le dije: “Qué estúpida. Me voy al MoMa”. En realidad me fui a Starbucks a tomar cocoa caliente y a comer galleta engordadora. Mi mamá me llamó por Whatsapp a pedirme que no me tirara el paseo, ignorando los cientos de peleas, todas mucho más violentas y horribles, que habían pasado antes del incidente de Sbarro.
  3. Pub irla-escocés: Llegamos por casualidad, mi hermana y yo, a un pub irlandés, atendido por un escocés/caleño, mientras ella tenía un ataque de amigdalitis y yo tenía mi primer breakdown neoyorquino. Nos invitaron a casi todo. Le pasaron cincuenta dólares a un taxista para que nos llevara a la casa, y no nos fuéramos en metro. Conocimos gente muy rara. Ahora sí entiendo las películas gringas de fiestas y campamentos de verano. Y ya entiendo la sensación de todas las protagonistas raritas de las películas de Hollywood: No pertenecer, quererse ir, ser consciente de la farsa,…
  4. Si he visto extraterrestres, los he visto en NY.
  5. ¿Breton?, ¿Gala?, ¿Louise Bourgeois?, ¿una celda? No sé qué quiero ser.
  6. Ensayo sobre el papel de turista y los museos en Nueva York: Ir a los mismos pasillos, con las obras famosas, a tomarse fotos. Nueva York debería tener esas obras en las calles, para que tomarse fotos con ellas fuera más fácil. Aunque ellas son las que sostienen los museos. No sé. En todo caso, los museos solo son amables en los pasillos de las obras famosas. El resto son pasillos inhóspitos, grandes y fríos como esta ciudad, con mucha gente rabiosa que pretende mantener intacta la idiosincrasia gringa artistoide: ¡Don’t touch!
  7. En el metro se pierden demasiadas cosas. El otro  día vi un libro/recopilación de los guantes nonos perdidos en él. Me gustó la idea, pero no la ejecución. Yo ya he perdido dos de sus tarjetas, una sombrilla, un gorro, dos guantes que no eran pareja, y algo de esperanza. Jaja. La esperanza es lo último que se pierde en el metro de Nueva York, literalmente, porque se pierde en lo más tarde de la noche: casi siempre se la roban las miradas de los homeless, crackeados, intentando dormir en una fila completa de sillas, sin que les roben su carrito de supermercado.
Mariana Piñeros

Empecé seis carreras. No gané ninguna.

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