“Estas espinas y esta esperanza”. Entrevista con Fredy Yezzed

Fredy Yezzed en el Parque de los Deseos, en el cierre del Festival

Este texto fue posible gracias al 26.o Festival de Poesía de Medellín.

I

Conocí a Fredy Yezzed en julio del 2016,[1] cuando ambos coincidimos en el Festival de Poesía de Medellín; él venía desde Buenos Aires y yo de Bogotá. La primera vez que lo escuché leer sus poemas fue en la Casa Museo Otraparte. Con voz solemne y pausada, Yezzed hizo emerger ante mí a su personaje Ariel Müller, ese otro, esa voz creadora, esa máscara, ese expaciente psiquiátrico cuyos monólogos blancos, como él llamó a las voces que escuchaba en su cabeza, se vuelven los poemas en prosa de La sal de la locura: Yezzed leyó fragmentos de aquel, su primer poemario. En el prólogo, escrito desde la cordura, Müller concluye sentencioso: “Diré, finalmente, que si algo me ha ayudado a sobrevivir ha sido el acto humano y desesperado de salvarme; no la poesía, aunque el deseo de poner en orden los días y las cosas sea un acto poético”. Ese mismo día empecé a leer El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, su segundo poemario; una nueva voz, otro personaje, otra máscara emergía ante mí.

El diario inédito tiene la misma estructura que la primera obra de Wittgenstein, publicada en alemán en 1921 y en inglés en 1922, el Tractatus Logico-Philosophicus: ambos textos se componen de siete partes, encabezadas, cada una, por una proposición, un aforismo, una sentencia: “1. El mundo es todo lo que acaece”, dice el Tractatus; “1. La realidad está limitada por la totalidad de la poesía. La poesía no tiene límites”, dice en El diario inédito la voz apócrifa del filósofo vienés. Cada proposición (o poema) se fragmenta en otras y estas, a su vez, hacen lo mismo; todas están numeradas. El sistema decimal que rige las proposiciones del Tractatus es una forma de relación jerárquica, es un orden. El diario inédito quiere imponer ese orden “a los días y las cosas”, al sentir y al padecer del Wittgenstein inédito, de ese otro que crea Yezzed.

Como si se nos mostrara la posibilidad de ordenar nuestra mente, estructurar nuestro pensamiento, agrupar nuestras pasiones; como si se nos invitara a entrar, un paso a la vez, por cada puerta de este hombre, que en verdad es cualquier hombre, todas las puertas numeradas y, por dentro, sus escalones dispuestos, cada vez descenderemos más; como si fuera la visita por la mente de un hombre torturado, que en verdad es cualquier hombre. Así, todo está aquí contenido, ordenado como una íntima biblioteca, numerado. Desfilan ante a nosotros la fe en la poesía, el goce sensual del lenguaje, el recuerdo del amor y la intuición de lo divino, el yo multiplicándose, el dolor de la orfandad, la presencia de la vejez y la muerte.

Para Ariel Müller y Ludwig Wittgenstein la vida es pensamiento y el pensamiento es vida. Ambos han sido abatidos y como un animal herido y jadeante buscan articular un auténtico grito. Me atrevería a decir que la poesía de Fredy Yezzed es el pensamiento herido o la vida herida buscando una voz: hallarla es encontrar un orden; esa voz es, en sí misma, una forma de redención, un salvamento. La experiencia de su poesía es la de apretar con fuerza un ramo de flores dolorosas cuyas espinas hieren nuestra carne y al mismo tiempo ser atravesado por un gozo instantáneo. Sus poemas son “estas espinas y esta esperanza”: así reza la dedicatoria de mi ejemplar de El diario inédito que Yezzed firmó aquella tarde en que escuché sus poemas por primera vez.

II

Me entrevisté con Yezzed el último día del Festival de Poesía de Medellín, a propósito de El diario inédito. Mientras charlábamos, me contó cómo empezó a escribir poesía llevado por un sentimiento de impotencia, de compasión y de silencio: “Tenía nueve o diez años y tuve una experiencia muy cercana con la muerte. Yo nací y vivía en un barrio periférico de Bogotá, y con los chicos íbamos a jugar a las escondidas en extensos potreros de paja. Un día de esos, jugando, me tropecé con algo. Cuando giré, vi que era una mujer muerta, degollada. Me levanté en silencio, en shock, no por miedo, sino por asombro, en medio de aquella inocencia. Me fui a la casa. No le dije a nadie. Tres días después encontraron a la mujer. No le dije a nadie porque no podía nombrar eso. Después, no había nada más difícil para mí que estar frente a la pantalla del televisor y ver cómo nos desangrábamos”.

Yo le dije que aquel sentido del sufrimiento y la esperanza que vi en su libro lo había visto también en la obra de César Vallejo, en la que hay dos voces distintas, casi dos personalidades: por un lado, la voz adolorida de Trilce y por el otro la voz redentora de los Poemas humanos. “Es que en su obra hay muchos Vallejos”, me respondió. “A mí me gusta por eso. Creo que me gustaría aspirar a lo mismo, a ser muchos poetas, a tener ese teatro maravilloso que es el mundo. Qué aburrido tener el mismo sonsonete toda la vida. Sería una forma de no quedarme quieto, de ejercitarme, de esforzarme. Que sea intenso ese meditar”. Entonces entendí la necesidad de Ariel Müller y de Ludwig Wittgenstein: como si fuesen viejas fotografías, cada uno captura el espíritu de Yezzed en un momento particular de su poesía, cada foto cristaliza un mismo dolor, con diferente rostro, y cada rostro es el resultado de la búsqueda infatigable de una voz que diga todo aquello que está contenido en esa experiencia primaria de silencio y muerte. Cada voz es un intento de resarcir ese silencio original, primario, ese silencio que es suyo, pero que también hemos sufrido nosotros.

Quisiera que esta entrevista de hace dos años quedara como la constancia de un instante preciso del tiempo en el que esta fue la voz que Yezzed perseguía. Quisiera que fuese como una fotografía que quiere mostrar el rostro percutido de su Wittgenstein (la fotografía de una fotografía), cuya expresión inédita nos señala que, ante la violencia, el dolor y el sufrimiento, no se puede, no se debe, guardar silencio.

—¿Cómo se gestó El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein?

—Yo creo que la palabra fue éxtasis; así lo sentí cuando me llegó la idea de que un filósofo podía darme una estética, un tono, una voz. Pero no quería parafrasear a Wittgenstein, sino inventar mi propio Wittgenstein. El libro nace en un espacio académico: el profesor Jorge Cadavid, de la Universidad Javeriana, volvía de España, después de hacer un doctorado en Filosofía, y vio que uno de los vacíos de los estudiantes era nuestra falta de formación filosófica e histórica. Entonces, propuso a cada uno de sus estudiantes leer un libro de filosofía, tendríamos que explicárselo a los demás y, después, con todas las teorías vistas y compartidas, ingresaríamos a un libro de poesía. Yo no fui a clase cuando él repartió los temas, así que, al día siguiente, hablé con él. Me preguntó si yo escribía. Le respondí que sí, y me dijo: “Bueno, le voy a dar el más difícil, el Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein”. Todo el mundo le había hecho el feo al libro el día anterior y a mí me cayó como un ladrillo. Sin lugar a dudas, fue una experiencia y un reto que yo no imaginé que terminaría siendo poesía.

—¿Por qué este libro? ¿Qué le atrajo de Wittgenstein?

Sentí que él no me hablaba como filósofo, a pesar de su complejidad —aún sigo perdido en muchas nociones suyas—, sino que me hablaba desde el lugar de la creación, desde la poesía, desde la palabra.

—“5.7 Veo el cadáver mío & me pregunto: ¿Qué fue lo que humanamente pasó allí?”. Es frecuente que su Wittgenstein encare distintos tipos de violencia y reflexione sobre su propio dolor. Hay una correspondencia con su homólogo real, quien escribió el Tractatus mientras hacía parte del ejército austrohúngaro, al que se alistó como soldado raso en la Primera Guerra Mundial. Aquel que, se dice, terminó la obra en una cárcel de Italia, a donde había sido llevado como prisionero de guerra. Aquel que vive toda la Segunda Guerra Mundial.

Sí, hay correspondencia, infortunadamente. Wittgenstein vive y escribe en un contexto de violencia, que es mi contexto también. Cuando hablo en El diario inédito de Londres, de Salzburgo, de Auschwitz, estoy hablando, siempre, de Colombia.

—“3 Si existes, Dios, es porque te nombro”. Nombrar, en su libro, significa existir. Dios existe porque los hombres lo hemos nombrado. Wittgenstein también reflexiona sobre Dios en el Tractatus. ¿Por qué ese interés compartido en cavilar sobre lo divino?

Me identifico mucho con Wittgenstein y su visión de Dios. Dios es una presencia importantísima en mi poesía, en mi vida. Es un camino espiritual. Wittgenstein pelea mucho con Dios; la mayoría de veces le agradece —en medio de la guerra se abraza a Dios— y en otras casi que lo niega; todos somos seres de contradicciones. Y una de las cosas bellísimas, que siento en Wittgenstein y que he podido experimentar en mi vida, es que yo creo que en realidad hay una fuerza que nos supera. Pero esa fuerza espiritual, ese Dios, también está en nosotros. Nosotros somos pequeños dioses: damos vida y también se la podemos quitar a alguien. Protesto cuando le echamos la culpa a Dios, quizás debemos renegar del hombre, ese pequeño dios vulgar que transita este planeta.

—En su poesía, Dios es bastante corporal, puede encarnarse en el hombre y, por lo tanto, puede sufrir. Dice en La sal de la locura: “Es claro que Dios se escapó de mi cráneo. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco”.

—Sí. Francamente, no concibo la poesía si no hay dolor. No le creo a la poesía en donde no hay dolor, en donde no hay una ausencia, una herida, una fractura. Hay poetas que pueden escribir muy bien, pueden ganarse todos los concursos, pueden asistir a todos los festivales, pero yo no como de eso. No me interesa si no veo esa ausencia; lo veo como un hecho estético frívolo. De ahí, quizás, uno de mis acercamientos con Vallejo.

 —Yo vi en El diario inédito un interés particular por la forma misma del poema. Además de la disposición tipográfica (las palabras subrayadas, tachadas, en fuente distinta, en cursiva), el sistema decimal establece correspondencias muy interesantes: los poemas se reafirman, se contradicen, se niegan: “4 Señor, si existes, sálvame. & si no existes, invéntate; & vuélveme a inventar”, dice el primer poema de este apartado, y finaliza así: “4.019 Ha llegado Dios en el tren de las 5:15”, como si fuera el colofón o la respuesta del número entero del que se desprende. ¿Qué le atrajo de esta disposición formal?

Esta tabla o sistema decimal da la forma al Tractatus Logico-Philosophicus, es así como está escrito, esta fue la forma que encontró Wittgetstein para explicar su filosofía. El Tractatus es considerado uno de los libros más enigmáticos y difíciles de la filosofía moderna, con él se inaugura lo que se ha llamado la filosofía analítica, la filosofía sobre el lenguaje. Y el poeta también trabaja sobre el lenguaje. En el caso de El diario inédito, el sistema decimal tiene que ver con ese caos que es nuestra cabeza. Si somos un caos en las acciones, también lo somos en la cabeza. Quizás cada apartado va buscando una coherencia. Por ejemplo, la primera parte es sobre la poesía; la segunda sobre el lenguaje; la tercera sobre el amor; la cuarta, Dios; la quinta tiene que ver con temas variados… Pero, al final, quizás lo que uno busca es el silencio.

—“3.01 Todo lo que amamos, si no se puede decir, se habrá perdido para siempre”, “4.0152 Encontré una delicada verdad esta tarde: Hasta que empecé a escribir estaba vacío, ausente de mí mismo”. Hay un movimiento que va desde el vacío y lo perdido hasta la palabra, hasta el decir. ¿Cómo se relacionan las palabras con lo que les antecede, con ese vacío, con la experiencia, la realidad, el amor?

—El hombre es lenguaje. Lo que pensamos, lo que callamos, lo que sentimos es lenguaje: no puedo sacar al hombre de ahí. Después de la relectura de Wittgenstein, yo quise aspirar a esos juegos con el lenguaje, de los que habla en su obra. En realidad, el Tractatus es una teoría sobre el mundo, sobre el lenguaje, sobre la expresión. Wittgenstein habla en una parte, de la que luego se retracta, sobre la cara práctica del lenguaje. Era un lógico también. Le quitaba abstracción o ensoñación a la palabra; la palabra tenía que existir. La palabra es el puente con la expresión. La mayoría de esos juegos yo los acojo de su teoría, de mis reflexiones y de las veces que me he perdido en Wittgenstein.

—Y aunque la palabra es puente y haya una voluntad de expresión, la historia que me ha contado al principio, sobre el impulso que lo llevó a escribir, da cuenta de alguien que no puede expresar o decir lo que está viendo cuando se enfrenta ante una situación de violencia que lo rebasa. ¿Cómo puede la poesía articular un lenguaje frente a un contexto de violencia como ese?

—Yo empecé a escribir sin saber que esa hoja escrita se llamaba poesía. Quiero decirte que hice poesía sin saber qué era la poesía, y no tuve necesidad de ella, ni de su definición, ni de sus autores, ni de su historia. Sino que fue una sed, un hambre, sobre todo una conjunción entre impotencia y compasión. La compasión me parece uno de los valores más hermosos del ser humano. Y ese es uno de los aspectos que más admiro y quiero en la obra de Baudelaire, una de mis lecturas que más tengo cerca. Porque generar compasión, sentirla por el otro, que la sientan por uno es muy difícil. Lograr eso en la literatura es muy difícil, y yo nada más lo he visto en Baudelaire. Cuando empecé a escribir poesía, empecé a escribir otra cosa, pero fue por una necesidad. Es como si la palabra hubiera llegado a decirme: mira, es por este camino. Mucho tiempo después me enteré de que eso era poesía.

—Es curioso, porque, aunque usted tiene una gran consciencia formal que lo lleva a adaptar la estructura del Tractatus a su poemario, su concepción de la poesía sobrepasa las formas. Usted lo dice: el hombre es lenguaje, lo que se busca es la expresión de eso que está allí, eso que habita en todos y que emerge como una necesidad.

—Claro, porque creo que la poesía existe, exclusivamente, cuando el ser humano pregunta por su entorno. La poesía no responde preguntas, las hace, las deja volando. Creo que si las respondiera sería filosofía. La filosofía está buscando una respuesta, la poesía está exponiendo una pregunta.

—En El diario inédito hay una exacerbada sensualidad del lenguaje. El yo del poemario sufre y goza las palabras: siente su humedad, le duele su peso de ladrillo, le molesta su sabor metálico. ¿Por qué concebir así la relación con el lenguaje?

—Porque yo creo que hay una correspondencia. El lenguaje tiene colores —lo dijo Rimbaud en su soneto a las vocales—, el lenguaje tiene un peso, tiene un sabor, tiene un tacto. No creía yo que fuera solamente aire. Quizás por una noción reducida de mi pensamiento, tenía que tocar para saber que estaban ahí, vivas. Esa es mi relación con las palabras. Su mal aliento, su humedad, todos aquellos juegos que están en la segunda parte tienen que ver con eso, con darle un cuerpo, una sangre al lenguaje. Aparte de la que tienen, claro, que es aérea, es divina.

—“1.31 La poesía es como el almendro: sus flores son perfumadas y sus frutos amargos”. En El diario inédito las reflexiones sobre la poesía van de un polo a otro: la poesía es perfumada y amarga a la vez, castiga y purifica. ¿Así la definiría usted?

Esa línea está en cursiva porque es de Aloysius Bertrand —hay muchas líneas en cursiva, que son de otros autores, como el único poema de la última parte, porque así termina también el Tractatus: “De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca”—. La línea que citas es una de las frases más lindas del Gaspar de la noche. Curiosamente no está en un poema, sino en el prólogo, en el que se presenta el diablo y le dice: lea este libro. Sin lugar a dudas, considero que la poesía es celebración y es despedida. Algo estamos celebrando o algo estamos sufriendo. Es canto, es llamamiento —me gusta esa palabra— de cosas esenciales. El hombre común y corriente no lo sabe, pero adentro tiene una espiritualidad intensa: la tiene un zapatero, un vendedor de golosinas. Es una cosa que se vive intensamente. Así como empecé a escribir sin saber qué era poesía, luego me sentí en la obligación de decir qué era. Y creo que es réquiem.

—En los últimos poemas de El diario inédito, su Wittgenstein tiene un encuentro particular: “6.57 Fue en París antes de la guerra. Era sudamericano y tenía los huesos en otra alma. Me preguntó en francés cómo me llamaba. Respondí. Dijo pausadamente que era un nombre profundo. Pregunté por el suyo. Respondió. Le dije que era un nombre amargo. Sonreímos en medio de la lluvia”. Es Vallejo. Curiosamente, en el último poema de Trilce hay también cierto gozo en medio de la lluvia: “Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!”. ¿Cómo es esa conversación suya con Vallejo?

—El diálogo con Vallejo es importante porque en él siempre hay orfandad, hay un halo de desamparo. Desamparo de Dios, de la madre, del hermano, de la paz. Francamente, en los diálogos que he tenido con su obra lo he sentido como una mano sobre el pecho, una mano amiga que me dice: tranquilízate. En especial en este poema: “5.1361 Madre dijo que no demoraría, sueño que le digo a César Vallejo en un sueño. & él me responde: Ya no tengamos pena. Vamos viendo los barcos, ¡el mío es el más bonito de todos!”.

—¿Qué vino después de El diario inédito?

—Justamente ayer alguien me hacía la pregunta, deseoso de que yo publicara algo ahora. Han pasado cuatro años, he estado bastante callado. Esta persona me decía que, por ser un poeta de mi edad, debía tener publicadas más cosas, que otros poetas de mi generación tienen más de diez libros publicados, y yo nada más dos. Hoy en día la situación se presta para que la gente escriba mucho, pero considero que hay mucho ruido. Esta persona deseaba que yo le mostrase algo inédito para publicar, pero quería algo como El diario inédito. Tuve que defraudarla, porque no considero que ese sea el camino. Quise que El diario inédito fuera un libro único, ya me lo autoimpuse, ya lo asimilé. No quiero escribir más como en El diario inédito. Duele en algún momento, porque creo que estás matando a un poeta, pero me interesan mucho las obras que tienen muchos poetas.

—Es un deseo de no repetirse.

No quiero escribir más como el Tractatus porque sentiría, más allá de repetirme, que caería en una pereza intelectual; dejaría de buscar con intensidad otra voz, otro estilo, otro tema y otras preocupaciones. El dolor no es algo que hayamos vivido exclusivamente, el dolor también se inventa. El pasado lo estamos inventado, las heridas también. Pero es curioso: yo he sentido que me duelen cosas que no me han ocurrido a mí. Yo las invento y me duelen como si las hubiese vivido, en algún momento se me confunden y en el sueño me digo: ¿esto existió o no existió? No existió, me respondo. Pero, entonces, ¿por qué duele?

—Es una constante de su poesía mirar fijamente al dolor.

—Yo trabajo con derechos humanos internacionales en la ONG Human Rights Memory Warehouse, cuyo presidente es Francisco Lanao, hijo de Gloria Anzola de Lanao, desaparecida en la toma del Palacio de Justicia. Mi misión en Buenos Aires es, más que todo, de divulgación, en especial de lo que pasó en el Palacio, pero cuando te metes con el tema de los derechos humanos son muchos los temas que se desprenden. Y una cosa es ver la violencia nuestra en la calle, en el televisor, y es otra cuando empiezas a leer las cifras, a leer lo que, usualmente, los medios de comunicación no divulgan. Hay que tener hígado; yo me he enfermado muchísimas veces, porque el estómago es un como un centro nervioso, y me he metido en temas tan espinosos y tan delicados como el de la violencia en Colombia.

—Y la poesía tendría un compromiso frente a ese contexto de violencia, ante el que es tan difícil articular un lenguaje.

—Yo no concibo que la poesía de un paso al costado frente a la violencia y el dolor de nuestros hermanos. El silencio no es salud, callar lo que está ocurriendo no es saludable para un país. Curiosamente, estamos celebrando este otro paso con la firma del tratado de paz en La Habana. Y ayer, justamente, estaba visitando a las Madres de La Candelaria, que están inspiradas en las Madres de la Plaza de Mayo. Y vi a Teresita Gaviria, la madre fundadora, decirle, con energía y alegría, a más de cuarenta madres, que estaban contentas, que estaban celebrando, porque ese día habían aparecido tres niñas que estaban desaparecidas, eran hijas de un paramilitar y otro grupo, en forma de venganza, quería asesinarlas. Yo digo: el corazón de las Madres de la Candelaria está abierto al perdón, porque muchos paramilitares asesinaron a sus hijos, a sus maridos, a sus hermanos, y ellas están salvando a los tres hijos de un paramilitar. Es decir, podemos perdonar.

Esa fue la lección que me llevé ayer, y, para mí, fue profundamente conmovedor llevarles un poema inédito que se titula “Carta de las mujeres de este país”: quería expresar, desde la voz femenina, desde un nosotros, qué tienen ellas para decirle al país. Para mí fue un espacio de catarsis. Ese es el poema que voy a leer hoy.

III

Esa tarde de julio del 2016, Fredy Yezzed leyó su poema en el Parque de los Deseos de Medellín, en el cierre del festival.[2] Dos años han pasado desde aquella lectura, dos años de esta entrevista y dos años desde que se firmó el Acuerdo para la terminación del conflicto. No podría decir que han sido años luminosos. Como país hemos tenido que afrontar la ejecución truncada del acuerdo y el asesinato sistemático de líderes sociales que defienden su implementación. Están asesinado a los defensores de la paz: “5.22 Solo el que ha estado en la guerra lo ha intuido: el que mata a un hombre atenta contra el lenguaje”. Como país hemos sido sordos y nos estamos quedando sin lenguaje, nos volvemos mudos. No sé cuál es el lenguaje para hablar de esto, me cuesta articularlo.

Contacté de nuevo a Fredy Yezzed para mostrarle esta entrevista, como una fotografía suya que hubiera tomado hace dos años. Otras voces y otras máscaras rondarán su obra. Quise preguntarle, ahora, qué creía que pudiera hacer la poesía en estos tiempos mudos para seguir haciendo frente al dolor, al sufrimiento y a las espinas. Desde Buenos Aires, con la contundencia que puede tener un poeta que ha buscado siempre la forma de articular un canto herido, un grito, él me responde:

— Inventar otro lenguaje.

[1] Yezzed nació en 1979, en Bogotá. Ha publicado los libros de poesía La sal de la locura (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010) y El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (Buenos Aires, 2012), Además, como investigador literario, ha publicado los libros Párrafos de aire: primera antología del poema en prosa colombiano (Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) y La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz (Universidad Javeriana, Bogotá, 2015).

Yezzed es también el coordinador de La otra figura del agua, un conjunto de clínicas y talleres de escritura creativa. Las clínicas son espacios de acompañamiento y de lectura atenta para trabajar en conjunto algún proyecto de escritura; pueden ser virtuales o presenciales. Los talleres y las clínicas se ofrecen a cualquier persona que tenga interés en la labor de escribir. Todas las respuestas se encuentran en su página web: https://fredyyezzed.wixsite.com/laotrafiguradelagua

[2] El año pasado, Carta de las mujeres de este país recibió la Mención de Poesía en el Premio Literario Casa de las Américas 2017, en La Habana, Cuba.

 

Johny Martínez Cano

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. No le gusta escribir sobre sí mismo.

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