El tío Felipe – Martín Etchandy

 

                                   Ese ángel sucio que dio color a mi vida

Presentamos un cuento del escritor argentino Martín Etchandy de su libro «Estoy harto de que me saquen fotos», (Buenos Aires, Muerde Muertos, 2016).

 

Por: Martín Etchandy

 

Algunos seres tienen el don de anudarse para siempre a la memoria de quienes los conocieron. De alguna manera, se las arreglan para darle una estocada certera a ese villano infalible y maldito que es el tiempo. Lo doblegan, le hacen morder el polvo, lo reducen a una simple palabra que se pierde entre miles, porque cuentan con el poder invencible del verdadero afecto, ese que han sabido ganarse a fuerza de gestos que multiplican la alegría. Uno de ellos fue mi tío Felipe. Un canalla divino. Un borracho ejemplar. Un vago delicioso.

Desde mis primeros años de vida tuvo una enorme influencia sobre mí. Quizás porque me veía como un pequeño demonio destinado a seguir sus pasos, un perfecto heredero para cuando su castigado cuerpo ya no pudiera más. “Estamos pintados por el mismo pincel”, me dijo una noche mientras se llevaba por delante un puesto de diarios con el auto, inmerso en la más inmaculada borrachera. La verdad es que no recuerdo en qué momento empecé a quererlo, quizás cuando ya siendo chico me mandaba a comprar petacas de whisky con billetes gran­des, cosa de que me pudiera quedar con un vuelto generoso. Mi forma de agradecerle era la más pura discreción, diciendo que el tío Felipe me había mandado a comprar aspirinas. Esos fueron los inicios de una complicidad que nos haría grandes compañeros de juergas en el futuro.

En honor a la verdad, hay que decir que el tío Felipe tuvo una suerte de aquellas. No trabajó jamás en la vida, porque su padre —mi abuelo Toto— tenía la famosa cadena de frigorí­ficos Mascardi y le pasaba guita sin asco. A los veintiséis años se casó con Azucena de los Lirios Barrientos, dueña de casi veinte mil hectáreas de campo por la zona de General Rodrí­guez y una cadena de hoteles en la costa uruguaya. Cuentan los memoriosos de la familia que el tío sorprendió a todos con la decisión de casarse, y se declaró a su enamorada cantándole un vals en la ventana junto a tres guitarristas tan calaveras como él. Todavía no habían cumplido dos años de casados cuando Azucena murió de un ataque al hígado. Según dijeron los mé­dicos que realizaron la autopsia, la desdichada se comió tres latitas de betún creyendo que se trataba de caviar. O sea que a los veintiocho años, todavía en la flor de la juventud, el tío Felipe volvía a estar libre y con guita suficiente para patinarla durante el resto de su vida.

Con la llegada de mi adolescencia, las cosas empezaron a ponerse buenas. A los doce años ya me llevaba al hipódromo, donde solía perder fortunas jugándole a Repugnante, un ca­ballo del cual se había vuelto fanático. “Algún día va ganar —presagiaba el tío Felipe—, algún día va a ganar”. Y así fue, porque el primer domingo de mayo de uno de esos años, el idolatrado pingo dio el gran batacazo, pagando cuarenta y dos pesos por cada uno de apuesta. Fue justo el único día que no fuimos, porque el tío no había podido recuperarse de una feroz semana de parrandas.

A mi vieja no le gustaba mucho que yo pasara tanto tiempo con él. Creo que algo sospechaba, porque a veces yo volvía a casa con mucho olor a humo, un indisimulable aliento a alco­hol y, en numerosas ocasiones, con auténticas fortunas en los bolsillos, producto de los memorables “vueltos” del tío y de algún que otro dinero ganado en partidas de póker. Pero en el fondo, ella sentía un enorme cariño por él, especialmente porque cada vez que venía a comer con nosotros le traía ruleros nuevos y la Radiolandia, que era la perdición de la vieja. El tío Felipe sabía hacerse querer. No jodía a nadie, se reía de todo con una picardía envidiable y era totalmente ajeno a las trifulcas familiares. Hasta su porte, con esa pancita de pastas repetidas por puro goce y selladas de buen vino y su característica pelada, destilaba simpatía y le permitía ganarse el cariño de la gente.

Los mejores momentos los viví cuando empezó a llevarme a los legendarios cabarets de aquella época. Gladiolos All Stars, Empinado Gigoló, La Refrescada y tantos otros, terminaron convirtiéndose en segundos hogares para mí, gracias al tío Felipe que usaba sus contactos para hacerme entrar pese a mis catorce años. Una de esas noches tuve mi primera revolcada, con la Tana Zampieri, de Fragancia Cero. El tío pagó la tari­fa convenida, me dio las recomendaciones del caso y esperó en una mesa, mientras se bajaba siete vasos de ginebra. ¡Qué día glorioso! Me sentía todo un hombrecito, y cuando llegué a casa, le vomité toda la pieza a mi hermana de la emoción. Al día siguiente era la envidia de los pibes del barrio. ¡Y todo gracias al tío Felipe!

Las vacaciones de verano eran la excusa ideal para irnos de viaje. Mi viejo zafaba a duras penas con la fiambrería y el único que podía darme todos los gustos era el adorado tío. Juntos recorrimos bares, hoteles, casinos, teatros de revistas y treme­bundas cantinas desbordantes de vinos y jamones; un autén­tico abanico de placeres que nos convirtieron en compañeros inseparables. Cuando debía regresar al colegio, sufría horrores, y no hacía más que contar las horas hasta el próximo receso.

Yo siempre digo que el tío Felipe fue mi viejo, mi amigo y mi guía, un tipo al cual cualquier tango le hubiera quedado chico, porque excedía la simple bohemia para transformarse en un trasnochador mítico, de esos que hoy ya casi no quedan. Por eso sentí mucho su desaparición, que ocurrió paulatinamente, en una irreversible decadencia con bastante sabor a represalia por tanta buena vida vivida. En estos tiempos finales, el tío Felipe estaba hecho pelota. Tenía cincuenta y dos años y parecía de ochenta y cinco. Era un verdadero compendio de enferme­dades. Sufría de diabetes, taquicardia, alta presión, colesterol, cirrosis, seis variedades de úlceras y una tos crónica que lo ponía violeta y derivaba en carraspeos audibles a varios metros de distancia. Como no podía ser de otra forma, me dediqué a cuidarlo hasta el final. Y no podía evitar algunas concesiones peligrosas para su salud pero indispensables para su regocijo: le alcanzaba algún que otro pucho o petaquita a escondidas de las enfermeras y el tío se prendía contento, al punto que una vez casi se incendia la habitación, porque en un brindis desenfrenado volcó un chorro de vodka sobre la estufa. El tío salía y entraba permanentemente del hospital. Sus internaciones fueron, de alguna manera, también mías.

Los últimos días estaba destruido. Una tarde estornudó tan fuerte que estuvo tres días sin conocimiento. Me hablaba de no sé qué mina que había conocido en no sé qué boliche y luego se dormía en medio de atronadores ronquidos producto de sus insuficiencias respiratorias. Tardó poco en palmar, y todos lo sentimos mucho. Porque un hombre que vive así podrá ser juzgado con malos ojos por los moralistas de turno, pero jamás tendrá enemigos.

Al poco tiempo recibí la mitad de su herencia. La otra mitad fue a parar a algún amor desconocido que el tío nunca con­fesó. De cualquier manera, lo recibido me ha alcanzado para que aún hoy pueda homenajearlo en cuanto la oportunidad se presenta. Su legado de noches interminables y mañanas inexistentes sigue tan vivo como entonces. Siempre habrá un brindis sonoro, una buena apuesta o una noche de conquistas para dedicar a mi querido tío Felipe, ese ángel sucio que dio color a mi vida con apasionados trazos.


DSC_0506Fernando22Fernando40.jpgMartín Etchandy. Licenciado en Comunicación Social (UNLP) y docente. Publicó cuatro libros de poesía: Azul de sombra (1997), Eterno y fugaz (2003), La poesía o nada (2008) y Las horas salvajes (2017) y uno de cuentos satíricos, Estoy harto de que me saquen fotos (Muerde Muertos, 2016). Ha obtenido el Primer Premio de Poesía en el “I Certamen Nacional de Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares” (Las Flores, 2007) y Primera Mención en el Concurso Provincial de Poesía “Ginés García” (Dirección General de Cultura y Educación, Buenos Aires, 2012), con un jurado integrado por Diana Bellessi y Alicia Genovese, entre otras distinciones. Es autor además de las obras teatrales Sopa de cretinos y Risas modestas, pertenecientes al género humorístico. Escribe también críticas cinematográficas, producto de su pasión por el séptimo arte. Muchos de sus poemas y cuentos circulan por la web en distintas revistas y han sido publicados en numerosas antologías. Reside actualmente en la ciudad de Bahía Blanca.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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