Tres versiones de Carolina

El jardín de las delicias. Jheronimus Bosch.

Carolina Sanín tiene tres versiones en mi cabeza. No he podido resolver el enigma de si sus versiones son tres versiones de Cassandra, la castigada pitonisa griega, que es también Alexandra o si esa identidad tripartita de su yo escritural es un tríptico que incluye a Cassandra, a una niña pequeña, una versión, digamos, de la misma Carolina a los ocho años y una tercera dimensión que respondería al nombre de la titánide Mnemósine.

Es probable que, a Carolina, como a Cassandra, por negarse a la brutalidad del dios en figura de algún hombre condescendiente y patriarcal, se le ha tratado con injusticia y se ha querido diluir la incandescencia de sus oráculos. Pero, como en Troya y en Esparta, como en la traición lacedemonia, se probó, con sangre y hueso esmerilado, la validez fulminante de su mensaje. O sea, de su mirada que tritura y narra.

Porque Carolina relata sus historias con voz pertinaz y pausada, como dormida, como confiando un secreto en lo hondo de un sueño que es un lago yerto y profundo donde los movimientos son lentas danzas de algas bajo una luz crepuscular. Cuenta con los ojos apretados, no lo sucedido, no lo que vendrá, lo que es. En tanto susurra su letanía sibilante, los mundos se tejen, devorados y generados a un mismo tiempo; sus palabras van dando forma al territorio en tanto gotean flamígeras como lava sobre la superficie de la realidad. En el trance de la lectura, sentimos, como sus criaturas, que nos movemos en lo espeso de la penumbra o como si nos diéramos vuelta desde el calor pesado de las cobijas, subsumidos en el hechizo de soñar.

Carolina, consciente de la soledad de los sonidos que obran como sentidos, nos dijiste un día, levitando sobre el café, que las historias que escribes no son de a de veras, como los porvenires nombrados e ignorados de Cassandra. Solo que (y ahí sonreíste con ojeras, lenta y breve) cuando elegimos no creer en el diseño de tus páginas, la prosa gravita en la estancia y tus monstruos nos vencen y nos superan; nos abordan como la mirada del pequeño Fidel, esa mirada primera con que se nos presenta en Los niños, donde la noche se interrumpe para ser de nuevo en el centro de la mirada.

La emboscada de la prosa usurpa los espacios y nos vemos abordados desde dentro y desde la periferia del sitio inmediato. La voz de quien narra parece querer evitar tocarnos desde la voz adulta, se nos quiere acercar desde la infancia. Carolina es una niña que recuerda. Como la archiprecoz Nika Turbina, con morosidad y altisonancia, quiere fundar una tradición como el personaje de «Carolina en su funeral», o quiere vencer la violencia del augurio que es deseo también como la protagonista de «Ponqué».

La niña se tiende en un rincón y se sujeta a la catalepsia e inicia su torrente de relatos susurrados. Relatos que pueden o no ser, según se quiera, pero que son. Se rescatan del espacio como alargando una mano blanca y fría y apresando un áspid de entre una hoguera. Al fondo hay un latido que quiere ser compañía de este estado, Ulver con sus Lyckanthropen Themes (no otra puede ser la tonada que sostenga esta alevosía) sonarán toda la noche o toda la distancia que recorra la flecha de tu voz, niña soñante.

Encore

En la tercera versión o permutación de Carolina, tras el acto fallido de un Ayax impotente, Cassandra/Carolina será tomada prisionera por los lacedemonios, los laconios, no para una servidumbre que será exterminio, sino para ser quien, precisamente, teja la red de Clitemnestra en el eco de una nueva memoria.

Me pregunto, desde estas correspondencias que alargan sus resonancias como húmedos dedos de una mano que busca y rebusca en el ensortijado cabello de la historia, qué presagio o recuerdo guarda todavía esa pluma que ya sabía que quería escribir con la sorpresa de la niña y la fascinación de la locura.

Roberto Segrov

No dormimos esa noche. Ni los médicos, ni mi madre. Tampoco yo, cuando supe, era demasiado tarde, ya había nacido. 1 de Mayo de 1980. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la sala de mi casa con nueve años. Leía a Kafka y me desconcertaba con La transformación. El mundo se conmocionó, habían volado el edificio del DAS. Aquello me marcó para siempre: Literatura y Violencia y la forma en que ambos discursos modelan nuestra identidad, no solo la colombiana (por demás ilusoria), sino, la humana. Como Borges, no me envanezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. He encontrado la forma más eficaz de conjurar la violencia existencial, primero, las artes marciales, luego, la literatura. En mi panteón de dioses tutelares, como para Roberto Bolaño, Borges es Dios, de ahí para abajo, en un orden perfectamente anárquico están Hemingway, Clarise Linspector, Kafka, Emily Dickinson, Sábato, Carolina Sanín, Clarice Lispector, D.F.Wallace, Flannery O'Connor, Faulkner, Katherine Mansfield, Lovecraft, Poe, Ásimov, Cortázar, Rulfo, Saer, Bolaño como cuentista, Fredy Chikangana, Bolaño como poeta, Bolaño como novelista, Bolaño como actor porno y como vago. Desprecio la literatura colombiana a no ser que el escritor lleve por nombre García Márquez, Fuenmayor, Rojas Herazo o Marvel Moreno. En el cine soy omnívoro. En la música, adicto ecléctico con tendencias al metal finés y al Death Metal Melódico de todo pelaje.

2 comentarios sobre “Tres versiones de Carolina

    1. Es una opinión. Respecto de los adjetivos, me pregunto, cuál será la regla que nos guía acerca de cuántos adjetivos puede llevar un texto. Creo que, como en todo, eso es un abuso de la estadística.

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