Inicios

“Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana tras un sueño inquieto, se encontró en su cama convertido en un horrible bicho”. No hace falta decir a qué libro le da inicio esa frase. “Como hacía un calor de treinta y tres grados, el boulevar Bourdon estaba completamente desierto”, con éste sí toca, de no tenerlo contra la nariz (transcribiendo), yo mismo, no sabría. Es  “Bouvard y Pécuchet”. Vamos a otro más largo: “La familia Kab, cabreros de humilde condición, pero antigua de la zona, reducida luego de tantos desastres –calamidades y hambres y muertes y errores de matarifes– al cabeza familiar Rate Kab, Valeta su esposa y Joncha, la hija única del matrimonio, única después de la muerte de tantos otros vástagos, quizá más dignos del don de la vida que ella, o tal vez no, a la corta o a la larga (Es posible que convenga empezar nomás, sin hacer el órdago de tantas reflexiones, evitándose un lío padre)”. Es de “Tadeys” de Osvaldo Lamborghini, un uruguayo protegido y publicado por César Aira.  “Fui a Key West, Florida, y me inscribí en la edición de este año del tradicional concurso de dobles del escritor Ernest Hemingway” éste es el de “París no se acaba nunca” de Vila-Matas. Qué tal este otro que es tan admirado “Llamadme Ismael. Hace algunos años, no importa exactamente cuántos, con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de particular que me interesase en tierra, pensé que debía navegar un poco y ver la parte acuática del mundo” Todos dan a entender, entre otros atributos que mi atrevido y evidente desconocimiento no me dejan nombrar; el tono, parte del argumento, algunos personajes, en el caso de la primera, el problema. Este es el inicio de un cuento que publicaron en Literariedad, “S no quiere asustar a nadie, pero cree que el veneno que compró para las cucarachas les está dando poderes” Descarada copia de “La metamorfosis” de Kafka, tanto, tan descarada, que se llama de la misma manera. La hizo ese costeño Roger Sánchez. En ese cuento “S” el protagonista, piensa decir que se intoxicó con el veneno de las cucarachas para no ir a trabajar. Si “S” fuera real, no le gustaría vivir en mi casa. Aquí hay muchas arañas y estas atraen a muchas lagartijas rosadas. Vienen en busca de los zancudos. Lo único que hago contra ellas, contra ambas, arañas y lagartijas, cuando las veo, es ponerles un trapo encima, envolverlas en él y tirarlas al pastizal que tengo al frente. Si “S” estuviera aquí, no tendría excusa para faltar al trabajar. Yo, más descolocado, y ya más que advertido, no voy a poder con la puta vida, pero ya no me quejo. Ese cuento, como dice un amigo, es denigrantemente corto y pues no hay ni tiempo de darse cuenta que frase tan corta bastaría para que el cuento fuera aún más imposiblemente corto y se convirtiera en el sueño de un Twittero. Parece que su autor está ensayando inicios para ser terminados pronto,  textos cortos,  como cuentos y/o artículos novelados. Se nota que no sabe qué hace. ¿No se puede decir lo mismo de los otros autores? Todo buen escritor sabe, como Gombrowicz  “¿Quién decidió que se debe escribir sólo cuando se tiene algo que decir? El arte consiste en no escribir lo que se tiene que decir, sino algo completamente imprevisto” sabe que cuando empieza, así tenga un plan, empieza y es la escritura la que va diciendo por donde, para la mayoría, o para casi todos, creo, al principio, al inicio, es un ensayo de algo, empiece por donde empiece. “El Universo o Realidad y yo nacimos el 1º de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires” Ese es Macedonio Fernandez. Lo puse porque me estaba poniendo Macedoniano con eso de que el autor de “La metamorfosis”, el cuento, el que está publicado en Literariedad, está ensayando inicios para ser terminados pronto. No es posible saber cómo exactamente se juntó lo que tenían en la cabeza o en los borradores, menos de Macedonio. Todo este inicio es para irme poniendo Vallejiano, si es que eso fuera posible, bueno, al menos en lo que compartimos de cultura, en lo poco que lo hacemos, porque yo soy muy inseguro. Es un ensayo de ponerme grosero más o menos a la mitad de lo que estoy haciendo para decir que yo también tengo cuentas pendientes con otra puta, una parecida, una que también puede ser “La gran puta, la santurrona, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala”; la de las reformas y la que sufrió la contrarreforma, la de Calvino y la de Lutero, la de las apariencias, la de los valores perfectibles, la del capitalismo, la vociferante, la bufadora, la embestidora, la cacorra, la asesina simbólica, la simplificadora, la de Diego Thompson, la de los misioneros aliados con los liberales en el poder a finales del siglo XIX, la de los colegios Americanos creados en Barranquilla, Bogotá y Cali, la de Lindon, la de Carmen, la de Victoria, la de James, la de Gladys, la de las Asambleas de Dios, esas de la Iglesia Cuadrangular y de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia, esas que enfatizan en la conversión, en la recepción del Espíritu Santo y sus dones, las que dicen que se puede hablar en lenguas, que administran la sanación y la expulsión de demonios, la que sigue a “Cristo loco el rabioso”, la que considera al deporte un enemigo cuando se practica los momentos de culto, la que considera que existe yugo desigual, la que promulga la homogeneidad, la que está por todas partes, en cada casa, en cada taller, en cada cuadra, la que tiene tanta música lastimera, la que vende el progreso como muestra inequívoca de la bendición de dios, la que defiende las jerarquías y recibe a genocidas prófugos en sus cultos, la que presiona a los adolescentes con un control social desmedido, la que incentiva la participación del ruido, la limosnera, la que mantiene a zánganos y a sus familias, la que como la otra, es ladrona, manipuladora,  depredadora, opresora; pérfida, falaz, rapaz; aberrante, denigrante, inconsecuente; extraña, inmamable, pánfila, zampapollas y piroba. Con esta hijoeputa sí que tengo cuentas y seguro me las voy a cobrar y si no, pues ya saben. De esta manera empezaría si fuera a hacer un memorial de agravios contra la tradición protestante. Pero en serio que no puedo. Lo mío ni siquiera es un ensayo. De entrada estoy seguro de estar haciendo nada. Por eso he borrado tanto, por eso he echado a la basura toda la mierda que he escrito, por eso no hay prueba de que haya escrito algo y si la hay seguro que pronto no la habrá. Qué tal este “ Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable”. Es de “Memorias del subsuelo”, ¡librazo! Inicios geniales todos, necesarios. En la actualidad no se necesita nada. Hoy todo puede ser desechado. Se nota que mis inicios cada vez son más flojos, y eso que este lo abrí con un inicio consagrado. Lo último que escribí dice así: “Sé que cuando están leyendo en estos medios lo primero que hacen es mirar la extensión de lo que van a leer, cuando se dan cuenta que es muy largo, les dan ganas de leer el último párrafo o de leer la última frase, yo les adelanto el esfuerzo y de verdad, porque lo construí así, y tal vez porque esto de la coherencia y la linealidad me tiene sin cuidado, los dejo con las últimas líneas de un texto del todo descartable, tanto, que si lo publico, es sólo como prueba de lo que les estoy proponiendo”: Así de largo es  esto que terminó siendo inicio. ¿Para qué empezar? Lo que se puede ver en todo es la soledad y la angustia de cada línea. La desarticulación del pensamiento. Más que no poder iniciar lo que no puedo es terminar. Alguna vez le propuse a un amigo fotógrafo que me siguiera para que me tomara fotos desapercibido en cuanta reunión me invitaran durante el periodo de campaña de las elecciones al concejo municipal. Luego hacer una serie de reportajes y venderlos a revistas virtuales. Se iban a llamar “Lagarto”. Después de la tercera no volví. Mi amigo me llamó a pedirme que no me escondiera tan bien. No hicimos nada juntos. Luego me enteré que vendió las fotos a una joven que  juraba ver en cada una de ellas al actor colombiano Rafael Novoa. Hay gente que si no sabe para qué hace lo que hace lo vende a otros que lo descifran. No es mi caso. Yo tengo la extraña sensación de un eterno comienzo de algo que no es mío.  Tengo la sensación de que todos mis textos siempre fueron inicios de otros. No hay forma de probarlo; cada día distinto, por las mismas ganas de empezar, cada día distinto por no haber concluido nada y por leer y leer. No termino nada porque de la única manera que terminaría es si me muero. Hablando de eso “En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas”, esta es de “Breviario de podredumbre”, de Cioran. Esta lenta instalación de la brutalidad en mi mente no es una elección, más bien es una consecuencia. Brutalidad y soledad se han ido incorporando como un inicio sin final. Es como si, engañado con la carnada de la lectura, me hubieran metido una sonda que lentamente va subiendo por mi cuerpo. Se ha quedado tanto tiempo en mi pecho, que debe estar enroscada como una serpiente que ha cambiado mil veces de piel sin tirar los restos. Una memoria de lo bruto que he sido. No me siento capaz de asumir ningún trabajo intelectual. Es una consecuencia, no una elección, lo admito, lo repito. Me reconforta pensar que tal vez a Walser le pasó lo mismo…, que tal vez, como dice Vila-Matas de “Riba”, el protagonista en “Dublinesca”, quien lee una frase de Blanchot “¿Y si escribir es, en el libro, hacerse legible para todos, e indescifrable para sí mismo?”, continuó pensando “Riba”, un editor retirado y quebrado, “comenzó a observar cómo sus autores, libro a libro publicado, se iban haciendo cada vez más dramáticamente indescifrables para sí mismos al tiempo que se volvían suciamente muy visibles para el resto del mundo”, ¿¡qué!, si la decisión que le atribuyen a Walser no fue una decisión sino una consecuencia de su extrañamiento del mundo y de sí mismo?, no sé. Si yo tuviera que elegir entre los inicios de los libros que me he leído y que recuerdo, elegiría dependiendo del momento en el que me lo pregunten. Ayer elegí el de Kafka, hoy, que me choqué manejando (otra cosa que empiezo a hacer a la bruta), puedo elegir el de “Papeles de Recienvenido” “¡Fue tan fortísimo el golpe que no hay memoria en la localidad de que en los últimos cuarenta años se haya registrado temperatura tan elevada en la región golpeada! (Otra cosa que los más ancianos del país no recuerdan es que yo haya sido visto con dinero algún día en ese mismo intervalo; pero eso lo diré más adelante, cuando otro hecho excepcional requiera el énfasis de una referencia a cosa no acaecida en cuarenta años” Yo no tengo cuarenta años, pero es que no tienen que esperar tanto los testigos de esta lenta transformación o aceptación meditada para presenciar otro extraordinario y desafortunado evento. “El pesimismo es el lado nocturno del pensamiento, un melodrama sobre la futilidad de la inteligencia, una poesía escrita en el cementerio de la filosofía” Todo debe tener un inicio y los ensayos o trabajos de grado o monografías o artículos o columnas no son la excepción. Ese que puse ahí es de Eugene Thacker, un ensayo, se llama “Pesimismo cósmico”. Severo ensayo, ese sí me lo leí. No recuerdo casi nada, pero se puede encontrar con facilidad en la Red. Después de su lectura me queda un Twite que no voy a hacer: Lo difícil del pesimismo no es llegar sino mantenerse. Estoy nervioso. He vuelto a tomar café a sabiendas de que me hace mucho daño. Cuando tomo café mi mente va a mil por hora y se anticipa a lo que tengo que decir o a lo que tengo que escribir y piensa y piensa y piensa mucho en el futuro, no es que me vuelva un súpergenio, no, al contrario, lo hago para mejorar mi estado de imbecilidad estacionado, redundo en mi índole idiota pensando y pensando en lo que va a pasar, pero no pienso en un futuro lejano, donde me encuentro con el afortunado final, no, pienso, pienso y pienso en futuros próximos, inmediatos, en lo que me toca hacer ahora a las dos de la tarde, siendo apenas las seis y treinta de la mañana. No sé por qué tomo café. Es mal inicio de un día. Mis nervios de punta porque tengo que hacer un taller de formación para personas en posición de vulnerabilidad, así las llama la oficialidad. Para mí, personas, gente que me va a escuchar trastabillar porque nunca tengo preparado algo, porque siempre creo que lo que preparé es muy malo y carece de profundidad, y, que si la tuviera, algo de profundidad o de agudeza, o de inteligencia y de necesaria prudencia, no serviría para nada. No sé si conmigo se pueda prolongar el conocimiento. Ya lo he dicho de esta y de otras formas, no creo. Si hago esto es por esa mortal resistencia a lo que me toca. Sentarme en un mueble a transcribir frases de inicios de libros es cuando menos un capricho adolescente y de manera radical un modelo de locura. Para que no sea tan arbitraria y hueca esta labor, me voy a dedicar a ella cien días seguidos. De pronto se me pasa el capricho o se me cura la loquera. Recuerdo cuando empecé hace cinco días. Decidí hacerlo porque sentí la imperiosa necesidad de escribir de mí terrible decadencia. Me estoy convirtiendo en un animal huidizo y rastrero. Con el ánimo por el piso me acerco a los demás a escuchar la inteligencia. Recuerdo esos días en los que aún sentía ganas de vivir y de socializar. Muy a pesar de lo que mi cuerpo sentía, yo me acercaba a tumultos para tratar de sobresalir en ellos como una persona reflexiva y tal vez, por qué no, de una inteligencia superior. Ahora el silencio se ha apoderado de mí y no logro sobrellevar semejante pesadez. Es inevitable no pensar en “Viaje vertical”, a la vez que pienso en “El mal de montano”, pero me interesa más la primera, el inicio, que dice así “Cuando cayó la noche en pleno día en Barcelona y se desencadenó aquel temporal de lluvia y viento, Federico Mayol, que llevaba una semana al borde del abismo y aquella tarde vagabundeaba, no tuvo más remedio que refugiarse en un bar de la plaza Letamendi al tiempo que murmuraba la palabra desesperación”. Lo mío no empezó con signos especiales en el clima ni rarezas en la calle; ni una rata muerta ni una congestión vehicular ni el casi accidente mortal de un motociclista ni la decisión egoísta de salir a conocer la parte acuática del mundo ni la comida que hacen en México o en Argentina ni de la fama inevitable de las cervezas belgas o alemanas, lo mío no surgió porque yo lo buscara o lo quisiera, si surgió, lo hizo por todo lo contrario, porque no lo busqué, porque renuncié al mundo y a sus ofrecimientos de inteligencia y de cultura, renuncié en el momento en que renuncié a la gramática y a aprender, a leer todo un libro. Ya no puedo hacerlo y me quedé. No se trata de la moda pedagógica actual del desaprendizaje para el aprendizaje, se trata del más puro desánimo y la más pura desazón. Tampoco es acumulación emocional, yo nací capitalizado. Con esto me fui acercando a la bestia. Al hombre que no piensa por el proceso inverso de no pensar; no nací bruto, me fui volviendo, no me volví porque no estudiara y ni leyera, me volví porque lo hacía, leer, estudiar. Algunos no piensan porque solo quieren disfrutar y otros, como yo,  no lo hacemos porque nos cansamos de pensar, el todo se nos redujo a una sensación constante de trivialidad de la propia y con mayor razón, de las otras personas y del mismo mundo. Me levanté ese día con la certeza de que iba a escribir algo. Pensando en esto lo primero que leí fue eso de convertirse en un bicho. Hoy leía algo que me dejó cautivo hasta este momento que exactamente no es el quinto día consecutivo. Leí este inicio del prólogo de un libro de Nietzsche y luego leí el inicio del libro y los dos inicios me vinieron muy bien para lo que estaba pensando y para lo que creo que podría ser este libro de los inicios, lo extraño de esto, de lo que digo, no es tanto lo que digo sino usar la palabra inicio tantas veces que confunde, además, lo cual no es confuso, seguro, es que el inicio del prólogo del libro del loco de Turín es una cita que hace el prologuista de Goethe. Lo considero extraño porque creí que el sifilítico tenía a Goethe como un blanco de sus escritos, y, sin saberlo, porque de Goethe no he leído nada, sólo la mitad de Fausto, me sorprendió esta frase tan Nietzscheana “Por lo demás, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato”. Luego me fui hasta el principio del libro que iba a leer, pero que no leí, por leer el prólogo, lo cual es, en mi caso, lo único que le puede ganar a un inicio, quiero decir, el inicio de un prólogo. El libro es “Consideraciones intempestivas 2” “Contemplad el rebaño que pasta delante de ti: ignora lo que es el ayer y el hoy, brinca de aquí para allá, come, descansa, digiere, vuelve a brincar, y así desde la mañana a la noche, de un día a otro, en una palabra: atado a la inmediatez de su placer y disgusto, en realidad atado a la estaca del momento presente y, por esta razón, sin atisbo alguno de melancolía o hastío” Inicié pensando en los inicios y me fui dando cuenta de todo lo que estoy escribiendo. Algo de loco y todo de trascendental y poético tiene este inicio. “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo. Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. Qué tal si ese sí fue el inicio de todo, ¡qué loco!, no hay nada qué hacer con este intento idiota de libro de los inicios, porque ya hay un inicio de todo. Pero decir eso sería darle la razón a quienes dicen que solo existen los relatos y que el ser humano es un animal de relatos. Yo no me creo ese inicio por más poético y sugerente que parezca, pero tampoco me creo que el ser humano sea un animal chismoso. ¡Ah!, que me hace pensar en un alumbramiento, y en cuando voy al banco a hacer fila, ¡qué importa!, no le creo. Y no lo hago, sobre todo, porque no hay, en este planeta, en este mundo, algo que carezca de forma y a las tinieblas no las puede cubrir el abismo. Si se refieren al abismo del infierno, es otra cosa, pero si es un abismo cualquiera, él solito se cubre, él solito se desaparece en su espesa negrura. Si a la gente que escribió esto le dio por decir que la tierra no tenía forma lo hizo porque no podía nombrarla, no porque no tuviera. No puedo negar ni esconder la envidia que me da ese inicio. De los que he puesto, es el único que, creo, modestia aparte, sería incapaz de imaginar. Yo iniciaría el libro de los inicios así, por ejemplo: “Entregó las llaves de la casa, se terció el morral, dio tres pasos y, sin darse cuenta, pisó una mierda inmensa que le cagó el zapato hasta la parte superior”. Autobiográfica la cosa. Pero qué novela o libro no deja ver por los lados al autor. En estos días, mucho más. Yo no he leído nada de G.K Chesterton, pero por cosas de la lectura, que es lo mismo que decir, en mi caso, por cosas de la vida, tengo su autobiografía. Inicia así “Con esa reverencia y credulidad ciegas que me son tan características, cuando del prestigio y de la tradición de mis mayores se trata, me he tragado –sin rechistar y casi supersticiosamente– un cuento que no me fue posible comprobar, a tiempo, a la luz de la experiencia del juicio propio. Me hallo, por tanto, firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874” Qué gente tan desconfiada y sabia son los escritores. Todos deberíamos hacer el trabajo de investigar en profundidad, incluyendo testimonios, entrevistas y pruebas documentales diferentes a los registros públicos, si la fecha de nuestro nacimiento es la misma que dicen los mentirosos de nuestros papás. “Nombrar, no, nada es nombrable, decir no, nada es decible, entonces qué, no sé, no tenía que haber comenzado”. Los papás no conocen esta cita de Beckett. El inicio que mejor representa al “Libro de los inicios”es de “Diarios de un loco” de Lu Hsun “Esta noche hay una luna bellisima. Desde hace treinta años no la veía, de modo que me siento especialmente feliz. Empiezo a comprender que desde hace treinta años he vivido en el vacío; pero ahora debo ponerme en guardia. ¿Por qué me habrá mirado dos veces el perro de la familia Chao? Tengo razón en temer”  Tengo razón en pensar que no soy el único loco que ha pasado por esto de escribir. Pero, solamente para aclarar, yo no soy un lector que escribe, ni mucho menos un escritor que lee. Soy un lector de frases que transcribe. Estas, aquellas y todas, algunas largas, de algunos pocos libros extraigo grandes personajes, admirables, me dan ideas para lo que quisiera transcribir al pie de la letra, como esta frase  de Joyce en “Ulises”, “Muerto: el hundido coño gris del mundo” o esta otra tan propicia “Hay que hacer como si la obra se preexistiera a sí misma y presintiera su final desde el principio” es de Baudrillard de ”El otro por sí mismo” Empezaría con esa de Joyce o con estas otras que son del mismo libro y del mismo autor y de la misma página, unas dos líneas abajo nada más, creo. Para asegurarme, voy por el libro, es Ulises en dos tomos, es el Tomo I, página 62, la que puse arriba era de la página 63 y la que voy a poner luego es la que está líneas abajo de la primera. Dice, la de la página 62, “El aguijón de la indiferencia se encendió en su pecho hasta ser débil placer”. La otra, la de la 63, líneas abajo de la primera, dice “Me he levantado de la cama por el lado malo” Después de hacer drama busqué la comedia. Con el grupo de teatro del colegio participé en un  montaje. Era una obra dramática a la que no le fue nada mal gracias a la actuación de uno de los compañeros que sin saber tenía muy clara esta labor. Era una obra triste y a mí me correspondió ser uno de los personajes más tristes. Ese personaje termina suicidándose porque la novia lo deja por otro. Luego habla con la muerte. Ve, desde el más allá, cómo los hermanos de la novia lo culpan de la repentina desaparición de la muchacha. De haber seguido, es decir, de continuar la historia, de haber fallado en el suicidio, a ese personaje lo hubieran metido a la cárcel por desaparición forzada o secuestro, sin pruebas, lo hubieran condenado de por vida y hubiera salido viejo, no sería la muerte quien le muestre lo que aconteció, él mismo, gracias a desagradables coincidencias, se enteraría que, su ex novia, quien realmente lo abandonara y se cambiara el nombre y se fuera a vivir a Tristán de acuña, estaba vivita y coleando, felizmente casada, tenía  tres hijos, de los cuales uno, se enteraría mientras tomaba café en su casa y veía una de las fotos de la sala, era el carcelero novato que lo trataba como una servilleta usada en la prisión. Si la obra hubiera sido una comedia, la muerte le habría contado eso desde el otro mundo, cuando hablaban, para convencerlo de los inmejorables resultados de su inmejorable decisión. Pero era un drama. El personaje sí se muere y sí habla con la muerte, pero de temas trascendentales, precisamente, de las eternas consecuencias infernales de su trágica decisión. Aquí me gustaría empezar con una frase que va en un libro que se llama “Risa”, de Henri Bergson “El lado ceremonioso de la vida social encerrará siempre un cómico latente que no esperará más que una ocasión para manifestarse a plena luz.” Se terminó esa obra y tratamos de montar otra donde apunté al personaje con más potencial de escenas cómicas, era un aseador de un juzgado, (el juzgado donde habrían procesado al otro personaje), intervenía dos o tres veces, pero en cada una, quería ser el liviano centro de atracción. Tenía que ir por una toalla para limpiar algo que derramaban encima de la mesa del juez y yo no iba, como debía de hacerlo, tras bambalinas, no, mi personaje, guiado por mi equivoca e insistente propensión a la risa, se metía por la mitad del público y le arrebataba un Klinex a quien se lo hubiera ofrecido. El director, que era el profesor de inglés del colegio, atinaba a decir que no era un momento cómico sino una situación dramática, yo le decía, se lo aseguraba casi jurando, con una especie de intuición ardorosa, que esto podría generar  un agradable efecto bumerán. Esto le haría muy bien a la obra (semejante bodrio pesado) y a todo aquel que la estuviera viendo. ¿Efecto bumerán?  Ni yo mismo sé qué es exactamente. Pero ese nombre se le puede poner a lo que sea. Nadie puede rechistar. En lo narrativo si que menos y más en estos tiempos que corren tan de ida y tan de vuelta. Sobre todo estos días, mis días, los días que me corren pierna arriba, que son más extraños que un perro a cuadros, diría mi mamá, más extraños que mis textos, digo yo, estos días que he dejado al devenir Gombrowicziano que decida por mí y me lance igual que antes sin  experiencia, con las manos atadas a la nuca, con los pies amarrados desde las rodillas,  y que luego me devuelva sin aprender ni un poquito de la experiencia y menos de todo lo que me ha pasado, mirando el horóscopo, o abriendo La Biblia para ver un versículo cualquiera,  queriendo montar un negocio de realización de textos de cualquier tipo que se llame “El ensayadero”, enamorándome de mujeres fatales o siendo un fatal idiota (está por determinar), despreciando los trabajos mejor remunerados, leyendo puros prefacios e inicios y no leyendo lo que debo o por lo menos lo que quiero. Tengo en mi poder un libro de Chomsky. Su Prefacio inicia así, no les miento, a propósito de los problemas, se llama “El conocimiento del lenguaje” “Durante muchos años, me han intrigado dos problemas referentes al conocimiento humano. El primero es el de explicar cómo conocemos tanto a partir de una experiencia tan limitada. El segundo es el problema de explicar cómo conocemos tan poco considerando que disponemos de una evidencia tan amplia” Mi mamá dice que yo mismo me lavé el cerebro. Le digo que pues claro, y le explico, en una frase, todo Sartre.  Ella no me entiende. Yo menos. Soy un rebelde sin causa, remata. Nelly: aquí estoy varado y sigo buscando soluciones en un libro, pienso en ella. Leo y me parece que nada tiene que ver con lo que me está pasando, mucho menos  con lo que debo hacer; un trabajo de grado del que ya me adelantaron la mitad de la plata y del que ni siquiera tengo el M.T. Busco la solución para dos textos y no la veo y como no lo hago creo que es lo último que escribo aquí para ir a escribir a otro lado. Quiero que crean que estoy contribuyendo con la cultura, pero ya lo dije y lo repito: no es posible en mi caso. Dejo abierto este que sí puede ser el libro que no acaba “Todo lo que se escribe con vitalidad expresa esa vitalidad; no hay temas aburridos, solo mentes aburridas. Todo el que lee se evade de algo, escapando hacia lo que hay detrás de la página impresa. Se puede discutir la calidad del sueño, pero liberarlo se ha convertido en una necesidad biológica. Todo el mundo tiene que escapar de vez en cuando del ritmo mortífero de sus pensamientos privados. Forma parte de la vida de los seres pensantes.” de Raymond Chandler, de “El simple arte de matar”.  

jdiosa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s