Pan y circo – Miguel Falquez-Certain

El mundo extraño y mágico del circo

Un cuento cálido y memorioso del escritor colombiano radicado en Nueva York Miguel Falquez-Certain de su libro «Triacas», (Nueva York, Book Press, 2010).

 

 

Por Miguel Falquez-Certain

A Billy

El sol entró por las persianas del cuarto y le calentó el rostro. Un olor a almizcle le invadió las narices y se despertó alegre porque esa mañana la hermana Rosa le llevaría a la sacristía para regalarle los recortes de hostias que el padre Rivas acumulaba en una caja para que la hermana repartiera entre los mejores alumnos del plantel.

Abrió los ojos y tuvo que cubrírselos de inmediato porque los rayos del sol caían justo sobre su cama. Se desperezó, se restregó los ojos y bostezó con ganas de devorar un desayuno monumental con todo lo que su padre a esa hora debía de haber traído de sus viajes de madrugada por las fincas, hortalizas y mercados a ambos extremos de la ciudad. Oyó la regadera del cuarto de baño y se imaginó que a esa hora su madre se duchaba para luego bañarle, vestirle y conducirle a la primera planta y dejar que su aya se encargara del resto.

Al pasar por la habitación de las empleadas de servicio escuchó en la radio una canción triste que entonaba un hombre de voz aflautada y que hablaba de un adiós, de una madrugada y de la lluvia. No sabía por qué pero sintió que se le humedecían los ojos.

Su padre estaba muy parlanchín como era su costumbre y le alzó en vilo, dándole un beso en la mejilla, y le sentó a su lado. Carmelita, la doméstica, había freído las huevas de pescado y el queso blanco, y calentado las arepas con huevo, los buñuelos y las carimañolas que su padre había traído del mercado. Carolina, la sobrina de Carmelita, que era de su misma edad, le trajo el café con la leche acabada de ordeñar que su padre había traído del potrero en un calambuco y se lo endulzó con tres cucharadas de azúcar como ella ya sabía que le gustaba.

No entendía por qué, pero su madre había entrado finalmente al comedor de mal humor, quejándose del calor y de la lluvia y de los conservadores y de las escapadas de su padre de madrugada a buscar una mala hora por esas hortalizas de chinos donde no había protección sino los grillos y el rocío y un sereno adormilado en una esquina.

―¿Cuándo será el día que tumben a Laureano?―dijo su madre sin ironía, aunque con tal énfasis que a su hijo le recordó la sobreactuación de Társila Criado cuando decía la otra noche en el Teatro Metro «Pero qué calor» en Melocotón en almíbar de Mihura que sus padres le habían permitido ver en función nocturna.

―A todo puerco gordo le llega su san Martín―dijo su padre con sorna y le revolvió los rizos con cariño. ―Hoy llega el circo, Carlitos.

―Tus amigotes en Barranquilla. Quién te aguanta ahora.

―Papá, el circo grande del que siempre hablas. ¿Me llevarás?

―Por supuesto, Carlitos. Y esta vez vienen con tres pistas. Pero antes iremos a verlos desfilar por las calles de la ciudad.

―Mario, el niño acaba de comenzar el colegio y ya lo vas a malacostumbrar.

―No te preocupes, Dolores. Lo recogeré esta tarde después de clases. Le explicaré a la hermana Rosa.

―Sí, Mami, tengo que ver a los payasos, a los tigres, a los elefantes.  Me muero por verlos. ¿Me dejas?

Dolores besa al niño en la frente y se lo entrega a la aya.

―Llévelo al colegio, Angelita. Y tenga cuidado cuando atraviese la calle.

―No se preocupe, niña Dolores ¿qué puede pasar si el colegio está al frente?

―Una nunca sabe. Como dice don Joaquín, mi suegro, hay que contar con la estupidez de los otros automovilistas.

*          *          *

A las cuatro de la tarde llega mi papá al colegio tan campante y habla con la hermana Rosa, buenas tardes hermana, cómo le va, el calor que hace y usted debe de estar asándose con ese hábito de paño y la corneta en la cabeza que la hace sudar a borbotones, tan bonita que es, debería quitársela, cómo se le ocurre, don Mario, no diga tonterías, pero sí, hermana, mírale los ojos azules, Carlitos, ¿tengo razón o no? y las mejillas de la hermana Rosa se le ponen rojas, rojísimas, y yo siento vergüenza ajena porque veo que la hermana se siente incómoda con mi papá y él, como si nada, sigue echándole piropos y convenciéndola que se quite el hábito, que ella ha jurado no quitarse nunca desde cuando entró al noviciado en Medellín, mientras descendemos por la colina hacia la salida del colegio y pasamos por la hermosa gruta de la Virgen de Lourdes rodeada de plantas y pajaritos, hermana, no es nada grave, pero quisiera, si no es mucha molestia, que me permitiera llevarme a Carlitos pues debe acompañarme a una diligencia muy importante, no se lo aconsejo, don Mario, todavía le falta una clase y se suponía que luego se quedara con la Madre Superiora y los otros niños que se preparan para recibir la primera comunión, ya lo sé hermanita, no se preocupe usted que lo que sobra es tiempo, ya verá que Carlitos se aprende todo ese catecismo en un santiamén, tiene una memoria que nos deja perplejos, se memoriza todos los libretos de las obras de teatro en las que participo y me sirve de consueta, es una maravilla, hermana Rosa, ya lo sé, don Mario, no crea que no me he dado cuenta, sin embargo, no se lo aconsejo, pero a la larga usted es el padre y supongo que sabe lo que hace, si se lo quiere llevar quién soy yo para oponerme, gracias hermanita, hasta mañana Carlitos, hasta mañana hermana Rosa, le juro que me lo aprendo todito, ya verá, vayan con Dios, hasta luego, hermana, muchísimas gracias, y con las mismas salimos disparados por la gran puerta de metal que la portera nos abre diligentemente ante la mirada calcinante de la hermana Rosa.

*          *          *

Mi tío Aldo nos espera al frente de su casa al final de una colina del Alto Prado, fumando su tabaco asqueroso acostumbrado que empesta todo lo que encuentra a su paso con ese olor de los mil demonios que siempre me da ganas de vomitar.

A mí no me cae bien mi tío Aldo. Es gordo y alto, siempre está contando chistes verdes y agarrando a las sirvientas y a los niños por las nalgas y riéndose a carcajadas. Lo único bueno es que nos invita de vez en cuando a sus fincas al otro lado del río y entonces tenemos que madrugar para tomar la lancha con el motor fuera de borda y, como cosa rara, serena y hace frío en la travesía por el río hasta llegar a esos pueblos ribereños donde nos reciben con entusiasmo y nos dan todo lo que les pedimos. Lo que más me gusta de mi tío Aldo son los caballos pues me permite cabalgar con mi mamá y arrancar los anones de los árboles que luego devoramos con placer.

Un perro horroroso sale ladrando y me olisquea. Tiene la nariz aplastada y mi papá me dice que es un bóxer, pero a mí me causa miedo y le pido a la muchacha en uniforme que se lo lleve de inmediato.

Mi tía Inés María sale a recibirnos en la sala y me da un beso en la mejilla. Mi papá me contó un día que había sido novio de ella en su juventud, antes de que mi mamá naciera, pues se llevaban entre ellas muchos años, pero que había terminado con ese noviazgo porque ella era muy dominante. Eso me decía mi papá y yo se lo creía pues mi tía Inés María se la pasaba dando órdenes a todo el mundo cuando estaba en su casa, porque de otra forma andaba para arriba y para abajo con una cubana visitando a la Diva Zahibi (una mexicana que había llegado en un circo y, al quedarse varada en Barranquilla, había abierto su salón quiromántico y astrológico) y a cuanta cartomántica y adivina hubiera disponible en la ciudad, averiguando el pasado, el presente y el futuro de sus amigas y enemigas.

La gente decía que eran brujas pero eso, por supuesto, no se mencionaba en mi casa pues a mi mamá le hubiera dado un soponcio, aunque mi papá cada vez que podía le sacaba guasa a la cubana que, según él, la había conocido una noche en Nueva York cuando ésta era una de las primeras Rockettes en Radio City Music Hall. Se la había presentado a un amigo y éste se enamoró perdidamente de la Rockette, se casó con ella y se la trajo a vivir a Barranquilla. Mi tía Inés María y la cubana Sara Lucía eran inseparables y andaban del timbo al tambo en su automóvil que la gente con sorna llamaba el «carro fantasma» pues Sara Lucía con los años se había encogido y ahora sólo se le veía la punta del cogote coronado de mechas rubias cuando manejaba.

Mi tío Aldo apachurró la colilla del tabaco en el cenicero, encendió otro y nos dijo que subiéramos a la segunda planta al salón de estar desde donde observaríamos el paso de la caravana.

Mi tía Inés María se arrellanó en una butaca de mimbre descomunal y mi tío Aldo aprovechó para abrir los grandes ventanales que daban justo sobre la avenida por donde pasaría el desfile. Y en ese momento se escucharon los tambores, flautas, trompetas y platillos que anunciaban la llegada del circo.

Un señor vestido de frac y cubilete multicolor encabezaba el desfile y las aceras se fueron colmando de niños con sus ayas que gritaban alborozados a su paso.

Le seguían tres muchachos que hacían maromas, los tigres en sus jaulas, una mujer que se enroscaba sobre sí misma, los payasos que brincaban, daban zapatetas y se golpeaban entre sí mientras sonaban los platillos y la tuba de los músicos que venían acomodados en una carroza de carnaval. El desfile se detuvo y el señor del frac hablaba a través de un cono que se había colocado en los labios, invitando a los niños a que vinieran esta noche a la función de estreno en el Barrio Boston.

Ante los chillidos de los niños, la marcha continuó, y les siguió un muchacho montado sobre una tabla, que a su vez estaba colocada sobre un barril, que se movía de un lado para el otro mientras el muchacho conservaba el equilibrio con sus piernas abiertas en cada extremo de la tabla. La música cambió y ahora comenzó a sonar una melodía extraña que me causaba sueño y fue cuando divisé a lo lejos a una muchacha bellísima que avanzaba lentamente sentada sobre un gigantesco elefante.

Mi papá me sobó la cabeza y le dije que sería increíble poder pasear en ese elefante junto a esa niña hermosa. Todos se rieron y las mucamas repartieron dulces y galletas y gaseosas, pero en ese mismo instante nos quedamos como petrificados porque el elefante se había apartado de la caravana y entraba decidido al jardín de la casa de mi tío Aldo. La muchacha se inclinó sobre el elefante y le comenzó a sobar las orejas mientras le decía algo, pero el elefante movía la cabeza de un lado al otro.

Fue entonces cuando se acercó al gran ventanal donde todos lo observábamos estupefactos, introdujo la trompa y se llevó las golosinas que yo tenía en las manos. La muchacha, sonriente, me hizo señas mientras le daba palmaditas y un beso al elefante en las orejas, se dieron la vuelta y se volvieron a incorporar lentamente al desfile.

Mi tía Inés María comenzó a farfullar, mi tío Aldo me dio una nalgada, apagó el tabaco y se bebió el whiskey, mi papá se bebió el suyo y salimos de la casa despidiéndonos y dándoles las gracias por habernos invitado.

*          *          *

Mientras descendían la colina rumbo al centro de la ciudad, el calor de junio se entremezclaba con la brisa que golpeaba la cabeza de Carlitos mientras se asomaba jubiloso por la ventanilla del Packard.

Su padre decidió pasar por el local donde a esa hora estarían montando la gran carpa para mostrársela desde lejos a su hijo pues en el centro les esperaban Carlos Alfonso y Ernesto, los propietarios del circo de tres pistas, viejos amigos que recorrían Colombia y Sudamérica con espectáculos cada vez más audaces y vistosos.

La ciudad había crecido tanto que ahora pensaban construir un mercado más sanitario y moderno en ese solar baldío para que las amas de casa no se vieran obligadas a bajar hasta los mercados extra muros, que rodeaban a los caños nauseabundos del río, con el objetivo de realizar sus compras semanales o mensuales.

Allí estaban congregados todos los remolques mientras los trabajadores alzaban la gigantesca carpa y la tensaban en su sitio a martillazos. Don Mario se la señaló a Carlitos y le prometió que esa noche irían a la inauguración.

Ya eran las seis de la tarde cuando llegaron al restaurante en pleno centro donde su padre les había dado cita a los dueños del circo.

A Carlitos le encantaban las palmeras, las mesas y las sillas de bambú, las macetas de helechos y los rincones repletos de plantas frondosas iluminadas con luces verdes indirectas. Era como si entraran a un bosque o a la selva, aunque con la maravillosa diferencia que el aire acondicionado que respiraban les ayudaba a aislarse del calor húmedo y brutal del exterior.

Carlos Alfonso y Ernesto se levantaron de la mesa al verles llegar y abrazaron con efusión a don Mario, a quien no habían visto desde hacía un par de años en su última visita a la ciudad.

Carlitos se negaba a probar el coctel de ostras que al parecer todos paladeaban con deleite. Tanto insistió su padre que se decidió a hacerlo y sintió que una cosa babosa le bajaba por la garganta, pero ya era muy tarde pues una tras otra las ostras se desprendían y descendían velozmente sin que Carlitos pudiera ya hacer nada por evitarlo. Sin embargo, el sabor picante de la salsa que le quedó en la boca le abrió el olfato y le hizo respirar profundamente el aire de azucenas que se desprendía de los floreros, casi imperceptible hasta ese momento. Cerró los ojos y saboreó el pique acumulado en la punta de la lengua y los volvió a abrir cuando escuchó que su padre, Carlos Alfonso y Ernesto reían a carcajadas.

Recordaban sus años de juventud en Cali en los años treinta cuando don Mario había ido allí a asumir su cargo de director de telecomunicaciones designado por su cuñado, el Ministro. Se había casado recientemente en Bogotá y su mujer estaba encinta. Carlos Alfonso y Ernesto eran jóvenes empresarios y se habían asociado para fundar el primer parque de atracciones con proyección internacional. Don Mario, que había vivido en Nueva York en los años veinte, siempre lo llamó Coney Island, aunque sus amigos se negaron a llamarlo de esa forma y lo bautizaron «Ciudad de hierro». En el Club San Fernando, en los paseos campestres y a través de los negocios, su amistad floreció y se había afianzado a lo largo de los últimos veinte años.

Al despedirse, Carlos Alfonso le entregó a don Mario una boleta de cortesía para toda la familia. Se abrazaron con emoción y quedaron en verse esa noche en la función de gala del circo.

*          *          *

Los hermanos de Carlitos, Andy y Rudy, habían celebrado sus cumpleaños en otras ocasiones con los payasos y malabaristas del circo que don Mario había traído hasta la casa como un regalo excepcional en esa ciudad aletargada de los años cuarenta. Sin embargo, Carlitos no había tenido aún ese privilegio.

La noche de la inauguración había sido inolvidable. En las tres pistas, cosa nunca vista antes en la ciudad, no sólo los payasos se lucieron con sus maromas y zancadillas, sino también los domadores de leones y tigres haciéndoles saltar por aros de fuego vivo; Richard, el malabarista, hacía girar continuamente unos platos sin permitirles que cayeran; las hermanas de Algeciras se contorsionaban hasta lograr unas posturas tan enrevesadas que parecían diosas indias o pulpos desaforados en las profundidades oceánicas; los hermanos Mirabal se trepaban uno sobre el otro hasta crear una pirámide humana; Silena, la domadora de elefantes, conducía a los elefantes en fila india agarrados entre sí por las colas, desde el mayor hasta el menor, alrededor de una de las pistas; los hermanos Morel, trapecistas de fama internacional, se atrevieron a dar el tripe salto mortal esa noche y las siguientes al redoble de un tambor que paralizaba corazones; el mago Fu Manchú enloqueció al público cuando hizo desaparecer al león más fiero y, finalmente, Carandirú, el brasileño que arrojaba llamaradas por la boca, tan largas que lograban chamuscar a los chiquillos distraídos de la primera fila. Fue un éxito arrollador y la boletería se siguió agotando todas las noches.

A medida que pasaban los días y después de clases, Carlitos y su hermano Andy visitaban con frecuencia los tráileres donde vivían los artistas circenses. Andy hizo amistad con Silena, la domadora de elefantes, y ella y sus hermanos maromeros le enseñaron malabares con bolas y tablas de equilibrios. Los ojos azules de Silena habían cautivado a Andy y decía que por vez primera había descubierto lo que era el amor. Cuando no estaban juntos, se escribían cartas que luego comentaban al día siguiente al reencontrarse.

Andy vivía ensimismado cuando estaba solo y embelesado en la presencia de Silena, tanto así que Carlitos andaba por su cuenta recorriendo carpas y descubriendo asombrado el mundo extraño y mágico del circo.

Una tarde descubrió a los hermanos Morel discutiendo porque el mediano, Julián, andaba perdidamente enamorado de su prima Silena y se lo comían los celos. Sus hermanos trataron de calmarle cuando de pronto y sin ningún aviso se extrajo una pistola de la cintura y la blandió por los aires hasta que su hermano mayor le obligó a descargarla y ponerla a buen recaudo en un estuche.

Richard, el malabarista de los platos, era el único que tenía su propio automóvil con aire acondicionado, un Volkswagen, pues el resto de los artistas viajaban en buses gigantescos. Richard invitó a Carlitos a su automóvil donde le puso a sonar un disco de 45 RPM en un tocadiscos especial incrustado en la parte baja del tablero, provisto de resortes para evitar que la aguja saltara con el movimiento. Le dijo que se titulaba «Lágrimas de amor» y que el cantante era un ecuatoriano llamado Olimpo Cárdenas. Carlitos inmediatamente identificó la canción que le venía acosando desde hacía varios días por el aparato de radio de las sirvientas de su casa. Cada vez que la escuchaba, sentía como si un nudo se le formara en la garganta cuando Olimpo, ahora sabía su nombre, decía que aquélla sería «nuestra última noche de amor». Tal vez fuera porque su hermano Andy la tarareaba en casa y se la cantaba a Silena con el tiple antes de las funciones nocturnas. «Capullito de rosas, ¿qué tienes para mí?» le cantaba y ambos se sonrojaban y no sabían hacia dónde mirar. Tal vez fuera eso, pensó, y se le humedecieron los ojos.

Se despidió de Richard y salió del carro dando brinquitos hasta alejarse de la carpa y del solar hasta encontrarse con su padre que ya le esperaba en el Packard junto con su hermano Andy.

*          *          *

La noche de despedida estaba tan lleno el circo que los revendedores en la puerta hicieron su agosto.

Muchachos y muchachas engalanados con lentejuelas con los colores del circo pasaban por los pasillos ofreciendo en bandejas crispetas, algodón de azúcar, panes de yuca, arropillas, cocadas, frunas, chocolates y gaseosas.

El Maestro de ceremonia cerró el espectáculo con un discurso sentimental que fue recibido con aplausos por un público enardecido que se puso en pie hasta despedir uno por uno a todos los artistas con quienes habían convivido prácticamente las últimas semanas.

Carlitos comenzó a deambular por los remolques estacionados detrás de la gran carpa, mientras su padre y su madre hablaban animadamente con Carlos Alfonso, Ernesto, Aldo e Inés María en un gran mesón que habían colocado en el centro de una de las pistas para los festejos de despedida.

A lo lejos oyó que su hermano Andy cantaba «nos tenemos que decir adiós porque quizás jamás» y se acercó con sigilo hasta la puerta del tráiler donde vio a Silena con los ojos llenos de lágrimas. Andy le dio un beso en la mejilla y le vio salir corriendo abochornado del remolque llevando en bandolera el tiple. Carlitos se ocultó rápidamente debajo del remolque y detrás de la rueda delantera para evitar que su hermano le descubriera.

Cuando ya estaba dispuesto a marcharse, se dio cuenta que Julián Morel se acercaba apresurado con la pistola semioculta en la cintura. Dio un traspié antes de llegar, pero se enderezó en el acto, seguro de sí mismo, y dando voces entró al tráiler.

Carlitos se agazapó asustado entre las llantas y sólo escuchó el breve altercado que se interrumpió con dos disparos que reverberaron por toda la extensión del parque.

Julián Morel dio un salto desde el tráiler y cayó de pie sobre el campamento: tenía los ojos llenos de lágrimas y el rostro salpicado de sangre y, sin pensarlo dos veces, se dio a la fuga.

Carlitos se asomó un instante y vio cómo una línea de sangre bajaba por la frente de Silena. Sus ojos de un malva difuminado miraban vidriosos hacia el cielo raso.

A medida que Carlitos se alejaba del remolque en busca de sus padres, los domadores, malabaristas, trapecistas, contorsionistas y payasos formaban un tornado humano que avanzaba dando coletazos hacia el cuerpo inerte de la domadora de elefantes.

*          *          *

Al día siguiente, se habían interrumpido las clases intempestivamente en los colegios de la ciudad porque el Capitán Polanía había anunciado el golpe de estado que el General Gustavo Rojas Pinilla había asestado al gobierno de Laureano Gómez en Bogotá.

Cuando don Mario, Aldo y Carlitos regresaron al solar del Barrio Boston donde hasta ayer había estado el circo de tres pistas encontraron el lugar abandonado, salvo el elefante de Silena que se encontraba solo y olisqueando con su trompa colosal el aserrín de una fiesta concluida.

El tío Aldo se había encaprichado con aquel elefante que con tanto desparpajo había entrado en su jardín para olisquear sin más preámbulos las astromelias de la tía Inés María. Logró que sus propietarios se lo vendieran por una suma considerable y, luego de pasearlo por sus fincas, tenía la intención de regalarlo al zoológico incipiente que pronto abriría sus puertas en las afueras de la ciudad.

En el entretanto, Carlitos había intentado convencer a su padre para que cabalgaran juntos sobre el elefante y después de mucho discutir lo peligroso que esto podría ser para ambos, y ante los estímulos del tío Aldo y la falta de cordura debida a la ausencia de la madre, padre e hijo se treparon finalmente por el lomo y salieron del solar rumbo a la calle, comenzando a ascender con pasos lentos la avenida semidesértica rumbo a la casa de Aldo, quien les seguía tocando la bocina de su Cadillac descapotable, mientras sembraban la admiración y provocaban el embotellamiento de una ciudad que se despertaba jubilosa en medio del calor asfixiante del mediodía.

                                                                                                © 2010, 2017 Miguel Falquez-Certain


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Fotografía: Fredy Yezzed, Nueva York, 2018.na leyenda

Miguel Falquez-Certain. Barranquilla, Colombia. Reside en Nueva York desde los años sesenta donde se desempeña como traductor en cinco idiomas. Su obra poética, dramática y narrativa ha sido distinguida con numerosos galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa por Hunter College en 1980. Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-1985). Es autor de seis poemarios, de una noveleta y de seis obras de teatro, así como de cuentos, ensayos y relatos. Book Press–New York publicó Triacas (compilación de su narrativa breve) y Mañanayer (compilación de su poesía) en 2010.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

2 comentarios sobre “Pan y circo – Miguel Falquez-Certain

  1. Me trasladó a los finales de la década del cincuenta y la llegada del Royal Dumbar Circus. Nuestra casa a una cuadra del mercadito Boston y el solar a donde llegaba el circo era parte de esa manzana. De seguro que ganaría un concurso de cuento infantil. Está escrito para niños, para púberes, adolescentes y adultos. El personaje central es un niño que va contando.

  2. Hola, Miguel: He leído con fruición tu cuento. Me transportó a ese ambiente barranquillero que, probablemente ya no extrañes, pero que sin lugar a equívocos, dejó una impronta de tal calibre en el autor que me hizo sentir las calles del barrio Boston y sus brisas vespertinas con el olor de los matarratones, y, hasta me trajo el recuerdo de nuestro querido amigo en común, Diego…
    ¡Excelente!
    Un abrazo.

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