Selección de «Nocturnos» – Álvaro Mutis

Casi de día. Imagen de Pixabay.

Les presentamos una selección de «Nocturnos», esparcidos a lo largo y ancho de la obra de Álvaro Mutis, uno de los poetas más importantes de la literatura universal.

 

 

Nocturno

 

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

 

 

Nocturno v

A mi hermano Leopoldo

Tu es l’ample auxiliaire et la forme féconde

Emile Verhaeren

 

Desde el último piso de un hotel que se levanta al pie del desembarcadero
veo el río tras los ventanales de la suite en donde hablamos de negocios
como si se tratara de algo muy serio y de ello dependiera la vida de los hombres y su parco destino ya prescrito.
Durante varios días lo observo dominar la solemne energía de sus aguas hasta seguir la curva que lo lleva a la ciudad.
El río de nuevo.
El mismo que conocí hace poco más de treinta años y cuya parda corriente,
—donde los remolinos trazan la huella de un poder sin edad, de una providente rutina soñadora— no ha dejado de visitarme desde entonces cada noche.
Ahora, en la tarde a punto de extinguirse, contemplo el incesante tráfico de luces
que iluminan apenas el paso de los grandes navíos y la chata quilla de las barcazas cargadas con arena o carbón.
La lodosa superficie refleja estas señales de una actividad sin descanso:
titubeantes haces de incierta claridad, como una fiesta a punto de terminar y que, más abajo,
recomienza en un fugaz intento que se apaga.
Entrada la noche, sigo contemplando la inagotable maravilla y el curso de las ondas apenas insinuando en la tiniebla,
qué condición de bálsamo, qué intenso consuelo proporciona.
Como una fuente propicia o una materna substancia hecha de nocturnas materias sin memoria,
de inmensurables cantidades de agua pasajera que nos limpia y nos rescata de la necedad
que arrastran las tareas de toda miseria cotidiana.
Es entonces cuando el río me confirma en mi irredenta condición de viajero,
dispuesto siempre a abandonarlo todo para sumarse el caprichoso y sabio dominio de las aguas en ruta,
sobre cuya espalda será más fácil y menos pesaroso cruzar el ancho delta del irremediable y benéfico olvido.
Largas horas me quedo contemplando el ir y venir de embarcaciones de toda clase:
majestuosos buques cisternas pintados de naranja y azul celeste,
graves caravanas de planchones cargados con todo lo que el hombre consigue fabricar,
y que el pequeño remolcador empuja mansamente a su destino, mientras bregan sus hélices
en un desaforado borboteo cuya estela se pierde en la oscuridad;
navíos que llegan de las islas con la pintura desteñida y huellas de hollín y desventura en los puentes de mando,
barcos de rueda que intentan copiar, sin conseguirlo, los altivos originales de antaño,
y ese viejo vapor de quilla recta y esbelta chimenea a punto de caer por obra del óxido feroz que la combate.
Escorado, enseña sus lástimas y se va deshaciendo con la pausada resignación de quien vivió
días de soberbio prestigio entre los hombres que lo dejan morir sin evitarle la impúdica evidencia de su ruina.
Nunca cesa el ajetreo de este caudal sin reposo. Sus aguas han recorrido medio continente:
praderas y trigales, vastas zonas fabriles, ciudades populosas,
tranquilos villorrios bautizados con nombres que intentan evocar la antigüedad clásica o las muertas ciudades faraónicas.
Cambia la faz del río a cada instante, muda de color y de textura, la recorren sorpresivas ondulaciones,
rizados que se disuelven al momento, remolinos en los que giran despojos vegetales,
ramas florecidas quién sabe en qué orilla distante, islas de hierba que aún mece la brisa,
donde habitan aves hieráticas que lanzan un grito de pavor o desafío al paso de los enormes cargueros
y saltan hasta el borde de las barcazas cargadas de tierra o de grava color sangre
y allí siguen el viaje en secreta complicidad con las fuerzas
que mueven el invariable sino de estas aguas.
Me pregunto por qué el río, observado desde la ventana de un hotel cuyo nombre he de olvidar en breve,
me concede esta resignación, esta obediente melancolía en la que todo lo sucedido o por suceder es acogido con gozo
y me deja dueño de un cierto orden, de una cierta serena sumisión tan parecidos a la felicidad.
Bien sé que visiones del Escalda, del Magdalena, del Amazonas, del Sena, del Nilo, del Ródano y del Miño
presiden memorables instantes de mi pasado;
que toda mi vida la sostienen, alimentan y entretejen las torrentosas aguas del río Coello,
sus efímeras espumas, su clamor, su aliento a tierra removida, a pulpa de café golpeada contra las piedras. Los ríos han sido y serán hasta mi último día, patronos tutelares, clave insondable de mis palabras y mis sueños.
Pero este que, ahora, de nuevo y casi por sorpresa, se me aparece con todos los poderes de su ilimitado señorío,
es, sin duda, la presencia esencial que revela las más ocultas estancias donde acecha la sombra de mi auténtico nombre,
el signo cierto que me ata a los decretos de una providencia inescrutable.
Le dicen Old Man River.
Solo así podía llamarse.
Todo así está en orden.

 

 

Nocturno

 

La fiebre atrae el canto de un pájaro andrógino
y abre caminos a un placer insaciable
que se ramifica y cruza el cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar alrededor de las islas
donde las mujeres ofrecen al viajero
la fresca balanza de sus senos
y una extensión de terror en las caderas!
La piel pálida y tersa del día
cae como la cáscara de un fruto infame.
La fiebre atrae el canto de los resumideros
donde el agua atropella los desperdicios.

 

 

 

Nocturno

 

Respira la noche,
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
«para más altos destinos».

 

 

Nocturno en Al-Mansurah

 

Beau Sire Dieu, gardez moi ma gent.
San Luis Rey en Bar-al-Seghir

 

Tendido en un jergón de la humilde morada del escriba Fakhr-el-Din,
Luis de Francia, noveno de su nombre, ausculta la noche del delta.
Los pies descalzos de los centinelas
pisan el polvo del desierto que llega con el viento.
Insomne, el prisionero ha vigilado paso a paso la invasión
de las sombras. Los más leves susurros se han ido apagando
hasta dejarlo inmerso en el ámbito de tinieblas
que palpitan en un aleteo de lienzos sin límites.
Reza el Rey y pide a Dios que tenga clemencia
de su gente ahora que todo ha terminado.
Un sordo dolor corroe su vigilia. Por virtud de la encendida
palabra del Rey Santo, caballeros y siervos
burgueses y campesinos, gentes de a pie y de a caballo,
acudieron de todos los rincones de Francia.
Ahora quedan en el campo, ración para los buitres,
o gimen en las galeras del infiel.
Sólo algunos grupos en derrota consiguieron
embarcar rumbo a Malta y a Chipre.
Tal fue la batalla a orillas de Bar-al-Seghir.
Un servidor de la escritura, Dios lo bendiga,
ha dado asilo al más grande Rey de Occidente.
Prisionero del Sultán de Egipto, yace
en un mísero lecho al amparo de la morada
de Fakhr-el-Din en un oscuro arrabal de Al-Mansurâh.
El prisionero supo acoger la hospitalidad del escriba
con la clara sonrisa de las bienaventuradas
y la austera gentileza del abuelo de Borbones y Trastámaras.
La brega de varios días de incesante batallar
lo ha dejado sin más fuerzas que la de su alma
señalada por la mano del Altísimo.
La noche va borrando las heridas de su conciencia,
va disolviendo la desfallecida miseria de su desaliento.
Un centinela se asoma por la ventana
pero retira presuroso la mirada
al ver que Luis se ha vuelto hacia él.
De ese cuerpo desmayado y sin fuerzas
se desprende la inefable energía de los santos:
sin armas, con las ropas desgarradas, sucias de lodo y sangre,
es más sobrecogedora aún y más patente
la augusta majestad de su presencia.
Ningún trono podría realzar mejor
le especial condición de sus virtudes
que este desastrado jergón cedido
por Fakhr-el Din modesto escriba en Al-Mansurâh.
Reza el Rey y pide por su gente, por el orden de su reino,
porque se cumpla en él la promesa del Sermón de la Montaña.
El agua desciende por el delta
en un silencio de aceites funerales.
Se dijera que la noche ha confundido
el curso del tiempo en la red de sus tinieblas incansables.
Luis de Francia, noveno de su nombre, mueve apenas
los labios en callada plegaria y se entrega
en manos del que todo lo dispone
en la vasta misericordia de sus designios.
Su pecho se alza en un hondo suspiro
y comienza a entrar mansamente en el sueño de los elegidos.

 

 

Nocturno en Compostela

 

Sobre la piedra constelada
vela el Apóstol.
Listo para partir, la mano presta
en su bastón de peregrino,
espera, sin embargo, por nosotros
con paciencia de siglos.
Bajo la noche estrellada de Galicia
vela el Apóstol, con la esperanza
sin sosiego de los santos
que han caminado todos los senderos,
con la esperanza intacta de los que,
andando el mundo, han aprendido
a detener a los hombres en su huida,
en la necia rutina de su huida,
y los han despertado
con esas palabras simples
con las que se hace presente la verdad.
En la plaza del Obradoiro,
pasada la media noche,
termina nuestro viaje
y ante las puertas de la Catedral
saludo al Apóstol:
Aquí estoy —le digo—, por fin,
tú que llevas el nombre de mi padre,
tú que has dado tu nombre a mi hijo,
aquí estoy, Boanerges, sólo para decirte
que he vivido en espera de este instante
y que todo está ya en orden.
Porque las caídas, los mezquinos temores,
las necias empresas que terminan en nada,
el delirio que se agota en la premiosa
lentitud de las palabras, las traiciones
a lo que un día creímos lo mejor de nosotros,
todo eso y mucho más que callo o que olvido,
todo es, también, o solamente,
el orden; porque todo ha sucedido,
Jacobo visionario, bajo la absorta mirada
de tus ojos de andariego enseñante
de la más alta locura.
Aquí, ahora, con Carmen a mi lado,
mientras el viento nocturno
barre las losas que pisaron monarcas y mendigos,
leprosos de miseria y caballeros
cuya carne también caía a pedazos,
aquí te decimos simplemente:
De todo lo vivido, de todo lo olvidado,
de todo lo escondido en nuestro pobre sueño,
tan breve en el tiempo
que casi no nos pertenece,
venimos a ofrecerte lo que consiga
salvar tu clemencia de hermano.
Jaime, Jacobo, Yago,
Tú, Hijo del Trueno,
vemos que ya nos has oído,
porque esta piedra constelada
y esta noche por la que corren las nubes
como ejércitos que reúnen sus banderas,
nos están diciendo
con voz que sólo puede ser la tuya:
«Sí, todo está en orden,
todo lo ha estado siempre
en el quebrantado y terco
corazón de los hombres».

 

Nocturno III

 

Había avanzado la noche hasta establecer sus dominios
acallando apagando todo rumor todo ruido
que no fueran propios de su expandida tiniebla
de sus tortuosas galerías de sus lentos laberintos
por los que se avanza dando tumbos contra blandas paredes
donde rebota el eco de palabras y pasos de otros días
y flotan y se acercan y se alejan rostros
disueltos en el hollín impalpable del sueño
rostros que nos visitaron en la infancia
o que encontramos un día cualquiera
en los anónimos pasillos de un ministerio
o en el lavabo de una estación de tren abandonada
o junto a una mujer que tal vez hubiera cambiado nuestra vida
y con la que nunca hablamos ni supimos su nombre
y que tomaba lentamente un vaso de leche tibia
en el sórdido rincón de un café de provincia
en donde el ruido de las bolas de billar
se mezclaba con la gangosa música de un tocadiscos
o en la pulcra oficina de correos de Namur
a donde fuimos por un paquete de ultramar.
Porque la noche reserva
esas sorpresas destinadas a quienes saben negociar
con sus poderes y perderse en sus corredores
habiendo abandonado por completo las precarias
armas que concede la vigilia y violado la limitada
tolerancia con la que nos permite internarnos
en ciertas regiones sin dejar de ejercer
sobre nosotros sus decretos de ceniza ni de extender
a nuestro paso la raída alfombra de sus concesiones
Pocos son en verdad son los elegidos que se libran
de tales trabas y se lanzan a la noche con el afán
de quien intenta aprovechar plenamente esas vacaciones
sin término que el oscuro prestigio de sus reinos propone
como quien regala una aleatoria eternidad
una supervivencia sin garantía pero provista en cambio
de una módica cuota de tentadoras encrucijadass
en donde el placer se nos viene encima
con la felina presteza de lo que ha de perderse
Porque tiene radas la noche dársenas
tenuemente iluminadas móviles vegetaciones
de algas ansiosas que nos acogen meciendo
pausadamente sus telones cambiantes sus velos funerales
Y es por eso que quienes han sellado el pacto
suelen preparar con minucia y prudente entusiasmo
cada excursión por los reinos nocturnos
Como esos viajeros que guardan una botella de vino
bebió para despedir a quienes fueron a la guerra
y en las tardes la llenan de nuevo con aceite de palma
y sudor recogido en las sienes de los agonizantes
o como esos maquinistas que antes de emprender la partida
y acumular presión en las calderas graban en las paredes
de las mismas la oración de los pastores sin ganado
Pero tampoco es esto porque aquel que se instala
tras las fronteras de la noche no precisa ajustarse
a reglas tan rígidas ni a condiciones tan específicas
Es más bien como un dejarse llevar por la corriente
intentando apenas con un leve sacudir de las piernas
o con una brazada oportuna impedir el golpe
contra las piedras y ceder al impulso de las aguas
sin perder nunca una cierta autonomía
No para escapar al fin sino para que el descenso tenga
más de viaje sujeto a los caprichos del deseo
que de vértigo impuesto por las aguas
Pero tampoco es esto así porque la noche misma
va dejando trampas por las que podemos escapar
de repente y es en el trabajo de presentirlas y evitarlas
cuando corremos el riesgo de perder lo mejor de la jornada
Por eso lo indicado es dejar una delgada zona de la conciencia
a cargo de esa tarea y lanzar el resto
a la plenitud de los poderes nocturnos
con la certeza siempre de que en ellos
hemos de errar sin sosiego sin cuidar que allí
acecha una falacia porque no existe prueba
de que nadie haya podido evitar el regreso.


im_20130923_import01_309239889Álvaro Mutis. Poeta, novelista y periodista colombiano.  Cursa sus primeros estudios en Bruselas. Posteriormente se traslada a Bogotá y vive desde 1956 en México, donde alterna la escritura con trabajos en diversas empresas. Los recuerdos de su infancia en Bélgica marcan uno de los principales temas de su obra, el contraste entre Europa y América. A principios de los 40 comienza a trabajar en la radio, donde dirige un programa dedicado a la literatura y ejerce como locutor de noticias. Inicia su carrera literaria, influenciado por los escritores surrealistas, publicando sus primeros poemas y críticas en la revista Vida y en los suplemento literarios de los diarios El Espectador La Razón. En 1947 publica su primer libro de poemas en colaboración con Carlos Patino, La Balanza. Mutis se vincula con los jóvenes poetas que giran en torno a la revista Mito, fundada en 1955 y dirigida por Jorge Gaitán Durán, y continúa publicando libros de poemas como Los elementos del desastre (1953) – donde aparece por primera vez Maqroll el gaviero, el personaje que ya nunca ha abandonado a Mutis – o Memoria de los hospitales de ultramar (1959). Hacia 1960 comienza a operarse en él un viraje desde la poesía hacia la prosa. Publica el Diario de Lecumberri (1960) y Los trabajos perdidos (1961). En 1973 publica su novela La mansión de Araucaíma y presenta en España su poesía Summa de Maqroll el gaviero. Al año siguiente obtiene el Premio Nacional de Letras de Colombia, que supone el primer reconocimiento importante a su obra. En años posteriores continúa compaginando la literatura y el periodismo, iniciando Bitácora del reaccionario, su columna semanal, y colaborando en revistas dirigidas por Octavio Paz. En televisión presenta el programa Encuentros, dedicado a entrevistas con escritores. Sus siguientes libros son de poesía: Caravansary (1982), Los emisarios (1984), Crónica y alabanza del reino (1985), y Un homenaje y siete nocturnos (1987). En 1983 se le concede el Premio Nacional de Poesía de Colombia, y tres años después el Premio Médicis a la mejor novela extranjera en Francia por La nieve del almirante. La Universidad del Valle le nombra Doctor Honoris Causa en Letras en 1988, y posteriormente lo hace la Universidad de Antioquia. En estos años ven la luz sus novelas Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1990) con la que recibió el Premio Javier Villa Urrutia, Amirbar (1990) y Abdul Bashur, soñador de navíos (1991). Entre otros, recibe el Premio Roger Caillois, otorgado por la ciudad de Reims por el conjunto de su obra, la Orden de las Artes de Francia y el Águila Azteca de México. Posteriormente publica obras como Tríptico de mar y tierra Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que recopila las distintas obras dedicadas a Maqroll. En 1997 recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras y gana la VI edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En el año 2001 es galardonado con el Premio Cervantes por su aportación a la literatura en lengua española, y dos años después recibe la Legión de Honor en grado de oficial, la mayor distinción que otorga el gobierno francés. (Tomado de Cervantes.es)

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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