Selección de poemas – William Velásquez

Señales del fondo del mar. Imagen: Pixabay

Presentamos una selección de poemas con olor a mar, del libro «Los dictados del mar» (Nueva York Poetry Press, 2018), del poeta costarricense William Velásquez.

 

 

VI

 

Los ríos en Puerto Sin Mar no saben
qué es un estuario.
Creen que el Océano es la deidad
de una secta extremista de pargos colorados.
Buscan en el diccionario
el significado de las derivas,
mas se distraen memorizando
los nombres científicos de las plantas
hidroeléctricas.
En Puerto Sin Mar los ríos
se visitan unos a otros
para intercambiar atuendos
que no estén muy raídos:
así engañan al viejo Heráclito,
aquel ingenuo fantasma
para quien lucen siempre distintos.

 

 

Casualidades

 

¿Cuántos siglos de sexuales casualidades,
de carnales revoluciones dieron al traste
con la consecuencia implacable de mi nacimiento?

¿Cuántos amantes develándose
sobre arenosas orillas que buscan océanos?

¿Cuántos sitios comunes para dos desconocidos
a la hora precisa y en la fecha exacta
condujeron los azares de este juego
a través de continentes y colchones compartidos?

¿De qué remoto cromosoma proviene mi semilla?
¿Qué ancestrales herencias contiene mi ADN?

¿Qué serie de situaciones propiciaron
la hecatombe existencial que escupió mi alumbramiento
aquel 21 de diciembre?

¿Qué extravagancia reclutó tantos eslabones
para darme la ocasión de andar ahora entre los vivos?
y de ellos ¿quiénes acudieron gustosos
a tan sabroso jubileo
y contra cuántas voluntades otros harían lo mismo?

Naturalmente no pienso en todo esto
mientras mi cuerpo se deleita
en la fricción con una mujer desnuda.

Sólo tomo conciencia de premisas semejantes
cuando empiezo a extrañar la frondosidad
de unas caderas,
cuando añoro el sabor de unos pechos oscilantes
y me incendia el desenfreno
por unirme a esta cadena.

 

 

La infancia era una puerta sostenida con el océano

 

De una casa medio derrumbada salió un niño gritando que había
encontrado el mar dentro de un caracol. El padre Ángel
se acercó el caracol al oído. En efecto, allí estaba el mar.

Gabriel García Márquez

 

Todo el mar de mi infancia cabía
en el viejo caracol
con que mamá aseguraba la puerta.
Al posar mi oído en él
reconocí su oleaje, el pregón de las gaviotas
y la proximidad de los transatlánticos
que estremecieron el barandal
del estrecho corredor de madera.

Me llenaba de sal y de arena
la mejilla más próxima a su cavidad,
por tantas horas absorto
ante el resuello de las muchachas
que bronceaban sus espaldas.

Pero un mal día mis padres
decidieron remodelar:
Tiraron el caracol y con él mi niñez;
pusieron otro cerrojo a la puerta,
ajustaron sus aldabas.

Ya nunca más hizo falta sujetarla con el océano.

 

 

Prodigio del azul

 

Y el viento del mar océano llena mis ojos de lágrimas.

Lêdo Ivo

 

No siempre fue azul el mar;
ni este color proviene del espacio
o de penínsulas lejanas,
sino de la tristeza.

Quiso suicidarse entonces
como una recordada poetisa;
pero el tiro le salió por la culata,
pues en vez de morir
se diluyó en sus aguas.

Y casi nadie sabe
que si diluimos la tristeza
nos queda sólo una dosis tolerable
de melancolía;
que esta es bella en todas sus formas
en tanto no se ingiera
después de cada despedida.

Así el azul destiló su esencia
en los muelles, en los golfos,
en las pleamares,
y el viento diseminó su reflejo
por los cielos,
en la turgencia del cosmos
y en infinidad de soledades.

Por eso me deprimo un poco
algunas tardes,
ante la puesta del sol,
cuando se rinden las velas
y duermen los timones
bajo la estela migratoria de las aves.

Y para no bogar entre corrientes oscuras
me sumerjo en las sonrisas de mis hijos,
floto en la claridad de sus ocurrencias
y los dejo que me cuenten
sus historias de piratas,
mientras las nubes se tiñen
y huelen a naranjas.

 

Mutar

 

Aprender de la metamorfosis
de ese gran imitador que es el espejo.

Adoptar la mansedumbre
de aquel cúmulo de gotas
que ignoran su enormidad
así como su nombre: el Océano.

Hacerse entender como las revelaciones:
en penumbra, en soledad,
en silencio.

Subir un escalón
en el estrato existencial.
Desheredar la juventud,
renacer ya de tan viejos.

Desenfundar las alas. Levitar.
Sentir un poco más,
hablar
millones menos.


fotolibroWilliam Velásquez. Turrialba, Costa Rica, 1977. Estudió Diseño Publicitario en la Universidad Autónoma de Centroamérica (UACA). Ha escrito artículos de opinión, reseñas, poemas y narraciones en las Revistas Lectores, Turrialba Desarrollo y Cartago Mío. Fue miembro del Taller de Poesía Nuevo Paradigma facilitado por Juan Carlos Olivas. Forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria. Su cuento La Anciana sin Rostro se ha publicado en la antología Crónicas de lo Oculto (Editorial Club de Libros, 2016). Dos poemas de su autoría aparecen en la antología Voces del Café (Nueva York Poetry Press, 2018).

Los dictados del mar (Nueva York Poetry Press, 2018) es su primer poemario.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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