Historias de mis pueblos de Angélica Puerto Tello

Angélica Puerto Tello, escritora colombiana residente en Chile, autora de La promesa, y finalista en varios certámenes internacionales como el primer premio internacional de novela corta Mario Vargas Llosa y el primer concurso de relato breve ‘Depende del punto de vista’, entre otros, acaba de lanzar su nueva novela El ángel negro, disponible en Amazon en formato digital y también en físico. Hoy nos habla de su obra, de los temas que atraviesan su escritura y de los costeños, entre otras cosas.

El ángel negro hace parte de la serie Historias de mis pueblos a la que también pertenece La promesa que cuenta la historia de una familia en Granada, un pueblo en los llanos orientales de Colombia. ¿De dónde viene su interés por las historias de la gente que vive en pueblos pequeños y casi siempre en el campo? ¿Siempre ha vivido en la ciudad? ¿Las historias de mis pueblos reflejan de algún modo su experiencia viviendo en pueblos?

Yo nací y me crié en Bogotá, pero he tenido una estrecha relación con el campo. Acá en Chile, vivimos dos años en zona rural, y cuando vivía en Colombia, sobre todo en la niñez, solía pasar temporadas en Dorada, Caldas, donde vivía un tío mío.

Así que sí, definitivamente esta cercanía con el campo no solo se refleja en esta serie de Historias de mis pueblos, sino que de hecho la inspira. Siempre me ha fascinado el contraste de la vida y la gente del campo con la de la ciudad. La vida en el campo es muy simple (no fácil, simple). La lucha siempre es contra los elementos: el frío, el hambre, las enfermedades. En las ciudades todo esto está resuelto, pero hay muchos otros desafíos. La lucha es contra uno mismo. Ambos entornos son bien difíciles, pero de una forma muy diferente. Este contraste me resulta profundamente interesante.

Isabel, la protagonista de El ángel negro abandona Villeta a los catorce años huyendo de una vida miserable de maltrato y violencia. En Colombia la migración del campo a la ciudad durante las últimas siete décadas ha sido enorme y hoy en día más del 70% de la población reside en áreas urbanas, ¿esta realidad inspiró de algún modo la historia de El ángel negro?

Sí, claro. En parte. Aunque no es el caso de Isabel, quien decidió abandonar su pueblo natal por otras razones, sí es el caso de varios de los personajes de toda mi obra.

Yo diría que durante las dos últimas generaciones, la gente ha emigrado masivamente a las grandes ciudades en busca de oportunidades. Esto es un fenómeno mundial. En Colombia, por supuesto, hay un factor adicional que es la violencia, lo que ha forzado a mucha gente a abandonar su hogar en el campo. Esas, como las mías, son historias tristes. Pero detrás de cada una de esas tragedias, hay héroes de carne y hueso, hay esperanza. En los libros y en la realidad. Al menos eso es lo que me gusta pensar.

Hace años vive por fuera del país, en las dos novelas hay personajes que migran, a veces deslumbrados por la ilusión de un futuro mejor en otro lugar, otras porque es la única forma que tienen de escapar de una situación apremiante ¿Cree que su experiencia como mujer migrante la ha impulsado a escribir estas historias o ha hecho que se identifique con los personajes migrantes?

Absolutamente. Historias de mis pueblos es una forma de volver a Colombia. Es una respuesta, la mayoría de las veces insuficiente, a la intrínseca necesidad que tenemos los migrantes de volver, de desandar los pasos, de visitar aunque sea mentalmente esos lugares y personas que nos llegan a través de cosas simples: un plato familiar, una palabra, una calle que se parece a…

Además uno cambia mucho cuando viaja, cuando está lejos de lo familiar, de lo conocido. Un viaje siempre es al interior de uno mismo, por  eso me gusta que mis personajes viajen y se transformen. Me gusta observar y relatar su proceso.

A pesar de que lleva bastante tiempo viviendo por fuera del país, las historias suceden siempre en Colombia, ¿por qué?

Es lo que mejor conozco. Y, por otra parte, no me da pena opinar o criticar algo de Colombia. Me contengo más cuando se trata de otro país. Yo estoy como de visita en Chile, lo estaba también en Argentina y en USA. Sería como ir de visita a una casa y comenzar a hablar de las personas que viven allí. Yo procuro no hacerlo, aunque confieso que en El acuarelista, el próximo volumen de Historias de pueblos y en el que estoy trabajando actualmente, hay un argentino. Damián, que es un porteño (de Buenos Aires) con todas las letras.

¿Las Historias de mis pueblos son completamente ficticias o están inspiradas en historias reales?

Si le digo, no me cree (risas). Casi todo está inspirado en hechos y personales reales.

Vanina, Vania y Vana, las hermanas de La promesa, son de apellido Gómez y viven en San Luis, Argentina. A Wilmer, el llanero de bota vaquera, jean blanco y camisa abierta hasta la mitad del pecho imberbe, no le quité ni le puse nada. Así, tal cual, lo conocí en la Universidad de los Andes de Bogotá. ¡Y con el frío que hacía en esa época!

Isabel, en El ángel negro, abandonó su hogar paterno en Villeta a los 14 años para empezar una nueva vida con un costeño en Barranquilla. Mi mamá hizo todo eso, solo que se fue a los 15 años y ella es de Garzón, Huila. Yo tengo tres medio hermanos costeños, producto de ese amor de juventud. Nos parecemos mucho entre nosotros, solo que ellos son negros.

La mamá de Isabel también está basada en un personaje muy real. Era como en el libro: esbelta, de pelo muy negro y ojos muy azules. Y, como en el libro, nunca llegó a amar a ese marido pobre con alma de poeta que la adoraba como a una santa.

Usted estudió microbiología, pero encontró su verdadera pasión en Argentina, donde pretendía continuar con su formación científica. ¿El estar en otro país despertó o alimentó su vocación de escritora? ¿Cómo ha influido en su escritura la experiencia de estar lejos de su país?

Sí, irme para Argentina fue decisivo. Allá, en términos generales, el arte y la ciencia son profesiones muy serias, respetables, comunes. Yo escribo desde que estaba en bachillerato, pero en mi familia son todos contadores, administradores, economistas. Mejor dicho: yo no tenía ni idea de que esto de escribir era un oficio, mucho menos un arte. Estudié ciencia porque era buena para eso, porque en ese momento no sabía qué era eso que me revoloteaba en la panza cuando escribía. Lo entendí en Argentina: estaba enamorada de la literatura.

Y sí, el estar lejos de mi país ha influido en mi escritura. Me ha ayudado a tomar perspectiva: quiero y valoro más cosas de Colombia que el colombiano promedio, y también me duelen y repruebo más cosas que la gente que vive allá. Colombia es para mí como un amor platónico, algo irrealizable, que no se va a poder desarrollar. Ese amor inevitablemente ha permeado todo lo que escribo.

Isabel, la protagonista de El ángel negro escribe para consolarse y soportar los sinsabores de la vida, pero también escribe para sobrevivir, además la escritura le recuerda a su padre que era poeta, ¿qué es para usted la escritura?

Eso mismo, un remanso de paz. Escribir es lo mejor de dos mundos, pues estoy sola, algo que disfruto enormemente, pero a la vez me acompañan mis personajes. Yo siento el peso de su presencia, su olor; escucho sus voces. Ellos me cuentan sus cosas y cuando yo las cuento, me relajo. Estoy verdaderamente tranquila y feliz.

El ángel negro fue escrito por y para los costeños ¿por qué son tan especiales los costeños?

A mí siempre me ha interesado el tema de la inmigración libanesa que ocurrió en Colombia a finales del S. XIX. Gran parte de esos cientos de miles de personas que llegaron a nuestro país se quedaron en la costa Atlántica y yo creo que eso ha alimentado y también distanciado a los costeños del resto de los colombianos durante décadas. Es que póngase a pensar: a los mismos grandes puertos a los que llegaron tantísimos barcos llenos de esclavos, también llegaron, siglos después, barcos llenos de libaneses que huían del imperio otomano. Y los descendientes de todos ellos, revueltos, son los Gossain, Amat, Turbay y Merabak, entre muchos otros, que usted y yo conocemos.

Aun así, los costeños son tan especiales como lo son los santandereanos, los caleños o los rolos. Todos tenemos nuestra propia idiosincrasia, solo que yo conozco mejor a los costeños. Además de mis hermanos, tengo muchos amigos costeños. Una de ellas es una amiga muy querida (a quien le dediqué el libro), que es de Sicilia. Y si usted habla con ella 10 minutos, se da cuenta de que esa costeña italiana y una costeña colombiana comparten algo muy profundo, casi mágico. Lo mismo pasa con los costeños de Chile. Yo vivo en Reñaca, que también es costa, y lo siento también acá. La gente se siente conectada al mar y se refiere a Él así, con respeto, como si fuera una persona mayor. O un dios, incluso. Y yo creo que ese sentimiento, ese amor hacia ese ser vivo que es el mar, es lo que une a todos los costeños del mundo. Es lindo eso y estoy contenta de tener costeños en mi vida: ellos me transmiten ese amor y sabiduría.

Lea la reseña de El ángel negro acá en Revista Corónica.

Camila García

Escritora y alquimista visual. Autora de los libros de cuentos Perros en el Cielo y El jinete Extraviado. Más de mi trabajo en www.camilagarcia.net

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