Tablilla XI (columna III y IV) – Poema de Gilgamesh

The Great Day of his Wrath por John Martin. Imagen: Tate

Les presentamos dos extractos del Poema de Gilgamesh, uno de los pilares de la literatura universal, y que puede interpretarse como una comedia o una tragedia,  como una historia de amor o una aventura épica e, inclusive, una antología de historias sobre el origen de la civilización.

 

 

Columna III

 

Cuando por la mañana apareció algo de luz,
una nube negra se alzó en el horizonte;
en su interior Adad no cesaba de rugir,
mientras Shullat y Hanish iban delante
corriendo, como portatronos, por montes y valles.
Erragal arranca los postes de los diques celestes
y Ninurta avanza, derribando las esclusas.
Los Anunnaku blanden antorchas
que con su fulgor abrasan la tierra.
El terrible silencio de Adad invade el cielo
y cambia en tinieblas todo lo que había sido luz.
Las columnas de la Tierra se rompen como una jarra.
Durante todo un día, la tempestad sopló;
fogosamente sopla y provoca la inundación
que, como una batalla, pasa sobre los hombres:
¡no se veían uno al otro,
ni podían reconocerse a las gentes desde el cielo!
Los dioses llegaron, entonces, a espantarse de tal Diluvio
y retrocediendo, subieron al cielo de Anu.
Fuera, los dioses, acurrucados como perros, se agazaparon.
Isthar se puso a gritar como una mujer en trance de parto;
la Señora de los dioses, de dulce voz, ahora gime:
«Pueda cambiarse en barro ese día funesto,
porque hablé malignamente en la asamblea de los dioses.
¿Cómo pude hablar malignamente en la asamblea de los
dioses,
diciendo sí al combate para la destrucción de mis criaturas?
Yo, que crié a esas criaturas, que me son queridas,
¿cómo pude llenar de ellos el mar como si fueran pececillos?».
Los dioses, los Anunnaku, lloran con ella,
los dioses, postrados, están llorando,
apretados los labios, por grupos, se lamentan.
Seis días y siete noches
sopla el viento del Diluvio, la tempestad arrasa la tierra.
Al llegar el séptimo día, la tempestad del Diluvio
empezó a amainar en su ataque,
ella, que se había revuelto como una mujer en parto.
El mar se calmó, se apaciguó la tempestad y cesó el Diluvio.
Abrí uno de los tragaluces y el aire rozó mi rostro,
observé el tiempo, por todos lados había silencio,
todas las gentes se habían vuelto barro,
el paisaje aparecía uniforme, como un tejado plano.
Me arrodillé y, allí, inmóvil, empecé a llorar,
las lágrimas corrían por mis mejillas.
Miré en busca de las lindes de la extensión de aquel mar:
a doce veces doce dobles cañas emergía una porción de
tierra.
Era el monte Nisir donde el barco encalló.
El monte Nisir mantuvo sujeto el barco sin dejar que se
moviera.
Un primer, un segundo día el monte Nisir mantuvo sujeto el
barco sin dejar que se moviera,
un tercer, un cuarto día el monte Nisir mantuvo sujeto el
barco sin dejar que se moviera,
un quinto, un sexto día el monte Nisir mantuvo sujeto el
barco sin dejar que se moviera,
cuando llegó el séptimo día.

 

 

Columna IV

 

Hice salir una paloma que quedó libre,
la paloma emprendió el vuelo, pero regresó;
como no había encontrado donde posarse, por eso volvió.
Hice salir una golondrina, que quedó libre,
la golondrina emprendió el vuelo, pero regresó;
como no había encontrado donde posarse, por eso volvió.
Hice salir un cuervo, que quedó libre,
el cuervo emprendió el vuelo y, viendo que las aguas habían
bajado,
comió, revoloteó, graznó y ya no volvió.
Entonces dejé que todo saliera a los cuatro puntos cardinales
y ofrecí un sacrificio.
Puse una ofrenda en la cima de la montaña
y preparé siete y siete vasos rituales;
debajo de ellos coloqué caña, cedro y mirto.
Los dioses percibieron su aroma,
los dioses percibieron su dulce aroma,
y se apiñaron como moscas en torno al sacrificador.
Apenas llegó la gran diosa
se quitó las grandes moscas que Anu le había fabricado para
halagarla:
«¡Oh dioses, que estáis aquí, lo mismo que no olvidaré nunca
los lapislázulis que hay en mi cuello,
recordaré estos días y no los olvidaré jamás!
Que los dioses vengan a la ofrenda,
pero que Enlil no venga a la ofrenda,
porque, sin reflexionar, desencadenó el Diluvio
y condenó a mis criaturas a la destrucción».
Cuando finalmente llegó Enlil,
al ver el barco, Enlil se enfureció,
montó en cólera contra los dioses Igigu.
«¿Hay uno que ha salvado la vida? ¡Ninguno tenía que
sobrevivir a la catástrofe!»
Ninurta, abriendo la boca, habla y dice a Enlil, el Héroe:
“¿Quién, sino Ea, puede crear alguna cosa?
¡Sólo Ea conoce todo!”.
Ea, abriendo la boca, habla y dice a Enlil, el Héroe:
«¡Tú, el más sabio de los dioses, oh Héroe!,
¿cómo pudiste, sin reflexionar, causar el Diluvio?
Castiga al pecador por sus pecados; castiga al criminal por
su crimen,
pero déjate aplacar y no llegues a aniquilarlo, refrénate para
que no perezca.
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que los leones
hubieran diezmado a las gentes.
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que los lobos
hubieran diezmado a las gentes.
Mejos que desatar el Diluvio, habría sido que el hambre
hubiera desolado el país.
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que Era,
lanzándose, hubiera masacrado a los humanos.
En cuanto a mí, yo no he revelado el secreto de los grandes
dioses.
A Atrahasis le hice ver un sueño que le enseño el secreto de
los dioses.
Reflexiona ahora sobre lo que debes hacer».
Enlil subió al barco,
cogió mi mano y me hizo subir;
hizo también subir a mi mujer y le hizo arrodillarse a mi
lado.
Tocó nuestras frentes y, de pie entre nosotros, nos bendijo:
«Hasta ahora Utnapishtim era de condición humana,
en adelante Utnapishtim y su esposa serán como nosotros,
dioses.
¡Que Utnapishtim habite lejos, en la boca de los ríos».
Me cogieron, pues, y me instalaron lejos, en la boca de los
ríos.
Pero ahora, por ti, ¿quién convocará a los dioses
para que encuentres la Vida que buscas?
¡Bien! Trata de no dormir durante seis días y siete noches.
En cuanto Gilgamesh se hubo sentado,
el sueño, como una niebla, lo envolvió.
Utnapishtim dijo entonces a su esposa:
«Mira a ese hombre, todavía joven, que busca la Vida,
el sueño, como una niebla, lo ha envuelto».
Su esposa le dice a él, a Utnapishtim, el Lejano:
«Toca a ese hombre para que despierte,
para que regrese sano y salvo por el camino que le trajo,
para que por la puerta que abrió para salir pueda volver a
su país».
Utnapishtim le dijo a su esposa:
Los hombres son desleales, él será desleal;
anda, cuécele unos panes y ponlos en su cabecera
y marca en la pared los días que dormía.
El primer pan se secó,
el segundo se estropeó, el tercero, húmedo, el cuarto se
volvió blanco,
el quinto se puso gris, el sexto estaba cocido,
y el séptimo estaba recién hecho, cuando él le tocó y el
hombre se despertó.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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