Observar como una forma de amar

Imagen: Alfabeto español

“Fidel copió las letras que ella dibujó, y entendió que debía pronunciar el sonido de cada una sin interrumpirse, empezando por la e. Aprendió a leer su nombre [Elvis], pero luego sintió una inquietud parecida a la que le causaban las ballenas. ¿Cada letra hacía su sonido, o lo decía? ¿Cómo hacían las letras para sonar, si estaban ahí quietas? ¿Acaso chocaban unas contra las otras sin que nadie lo viera? ¿Había que dibujarlas pegadas unas a las otras, como golpeándose, para que sonaran? ¿Qué era leer, qué era?”

Fragmento – Los niños

 

Aunque la idea de escribir este texto nace a partir de la lectura de Todo en otra parte, Ponqué y otros cuentos, Yosoyu, Los niños y Dalia, quiero centrar mi atención en Dalia.

Me pregunto qué podría decir acá que diga más que Dalia, o que diga menos, pero que diga algo diferente, o lo mismo, pero en otras palabras (porque Dalia es una historia para niños, pero esto no lo es). Creo que no es importante. Lo que en realidad me gustaría es pensar algunas palabras, escribirlas, ponerlas en oraciones más o menos bien escritas, que puedan plantar en algún lector desprevenido, o muy atento, una Dalia que no sea una dalia, sino que sea curiosidad. Me gusta la idea de plantar la curiosidad, porque la curiosidad hace que nos preguntemos por cosas que desconocemos. Desconocer nos enseña, o mejor, nos puede enseñar, cosas del amor.

Para mí, Dalia es una historia de amor. No sé muy bien lo que es el amor, confieso. Si supiera, hay cosas que, quizá, serían mucho más fáciles. O quizá sí lo sé, y no lo sé, y por eso son tan difíciles. Pero cuando digo que Dalia es una historia de amor, lo digo por muchas razones que no son solo lo que dije antes. Intentaré plantearlas en lo que sigue.

Leí varios libros de Carolina Sanín, como dije en el primer párrafo. Son libros que cuestan trabajo, que son exigentes, que piden una lectura atenta de parte de sus lectores. Esa es mi opinión, al menos. Si opino eso es porque su redacción no pretende, creo, seducir al lector, como pasa tanto en lo que se publica hoy en día. Lo anterior puede ser una generalización injusta, pero planta una idea para discutir. De hecho, en la Divina comedia los seductores se encuentran en el octavo círculo del Infierno.

Hace un par de días, alguien que conozco estaba leyendo un texto sobre la producción. Su curiosidad la llevó a descubrir lo siguiente: este diccionario etimológico dice que seducir, por sus raíces etimológicas, significa “guiar a alguien fuera del buen camino”. Es interesante pensar en las raíces de una palabra, como si fuera una flor. En Dalia se habla de una dalia que “viaja por todo el mundo, con las raíces al aire”. Yo me imagino, gracias a mi amiga y a Dalia y a Carolina, una palabra que viaja con las raíces al aire. Quizá si las palabras viajaran con las raíces al aire, todos sabríamos decir mejor las cosas que nos cuesta trabajo decir, y quizá los libros de Carolina serían un poco más fáciles de leer.

Cuando digo que los libros de Carolina no pretenden seducir a sus lectores, también quiero decir que pretenden algo diferente de eso. Cuando leo a Carolina, descubro cosas que ella descubrió al escribirlas. Ella tiene un guía: las palabras. Dejarse llevar por las palabras es también dejarse habitar por ellas, escuchar lo que tienen por decir. Es, casi, verlas volar por el aire con las raíces sueltas. Escribirlas es plantarlas en un jardín, como quisiera la dalia del cuento.

Dalia, que es una perra, no viaja por todo el mundo con las raíces al aire como la dalia del cuento, o como las palabras que imagino. Pero sí salta, se arrastra, huele, come, aúlla, anda por las calles, mira. Todo esto hace, y todo esto es observado por su compañera. Dalia no puede hablar, excepto si lo imaginamos, en un idioma que podamos comprender. Por eso, Carolina imagina qué podría pensar o sentir Dalia en diferentes momentos de su vida. Y nos lo cuenta en una historia. He leído Dalia muchas veces.

Pido disculpas de antemano por citar aquí una parte de Dalia, pero estoy seguro de que, aunque la lean, tendrán mucho, o todo, por descubrir:

“Hay tanto que no puedo saber sobre mi perra que a veces creo que sé menos sobre ella, que está aquí conmigo, que sobre la flor del cuento, que nunca vendrá.”

Este no saber, este desconocer, es lo que permite la curiosidad. Este no tener respuestas es lo que da espacio a las preguntas. Pienso en otra historia: la de la Torre de Babel. Hay un ser que tiene el poder de hacer que ya no haya un solo idioma, sino varios. Esto lleva a que las personas no se entiendan entre sí. Yo me pregunto si acaso el no entendernos es un castigo. Si la ignorancia, el desconocimiento del otro, el no saber, son un castigo. Quizá aquel ser quería que nos entregáramos a traducir. Traducir, por cierto, comparte una raíz con seducir; ambas guían, pero de formas diferentes.

Además de raíces, traducir tiene definiciones. Una de ellas dice que traducir es “interpretar, explicar”. A veces interpreto lo que otros dicen, hacen o dejan de hacer. Interpreto también lo que yo mismo digo, hago o dejo de hacer. Para poder interpretar, necesito antes hacer preguntas. Preguntar es una forma de conocer las palabras de los demás. También las de uno mismo. Preguntar, que no siempre se tiene que hacer con palabras, pues el pensamiento tiene esa capacidad de imaginar sin palabras, revela y desvela las palabras que nos habitan.

Carolina dijo alguna vez, en un artículo, lo siguiente:

“La verdad es que la actualidad nacional no me desvela. Me desvela leer los ensayos de Montaigne, me desvela la formidable Tina Fey, me desvela la paz de la Odisea más que la guerra de la Iliada, y me desvela la pregunta sobre la posibilidad dichosa de ayudarle a Dalia a criar una camada de perros salchicha. Me desvela lo que amo.

En mi última columna decidí ser honesta. En cambio de devolverles a los doxóforos —con buena sátira y mejor retórica— lo que ellos mismos piensan, traté de investigar delante de ellos algo desconocido para ellos y para mí. Decidí escribir sobre lo que me interesaba, que era el primer apareamiento de mi perra.”

Escribir es lo mismo, o casi lo mismo, que hacerse preguntas. Uno no se hace preguntas sobre lo que ya sabe, sino sobre lo que no sabe, o cree que no sabe, pero quiere saber. Por ejemplo, en Dalia, el libro de Dalia, Carolina se pregunta sobre su perra. Preguntarse es, a la vez, observar. Eso si se quiere que las preguntas sean verdaderas preguntas, porque hay gente que, tontamente, pregunta cosas que ya sabe, entonces no se pregunta para observar, sino para seducir e inducir. Es necesario observar, porque observar desvela lo desconocido. Hacernos conscientes de aquello que no conocemos es estar, de cierta manera, perdidos.

El verbo latino ducere, como habrán leído los curiosos, quiere decir guiar. ¿Qué es aquello que nos guía? ¿Qué es lo que lleva a Carolina a preguntarse por Dalia? Ella ya lo dijo, pero no me interesa su respuesta como respuesta, sino como pregunta. Si se escribe sobre lo que se ama, ¿qué es amar?

Cuando Laura le está enseñando a Fidel a escribir en Los niños, Fidel se pregunta qué es leer. Yo leo Dalia, y me hago una pregunta similar: ¿qué es escribir, qué es?

Santiago José Sepúlveda Montenegro

Autor de la novela Ayer terminará mañana, y finalista del VI Premio nacional de cuento de La Cueva. Fundador y organizador de 'Tómese un tinto con', ciclo de conversaciones sobre libros con sus autores en Café Nicanor y su Librería Hojas de Parra.

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