Kochi ─ Etgar Keret

Monte Albán, México. Foto: Sara Gaviria Piedrahíta para Literariedad.

Les presentamos una traducción del italiano, original de Literariedad, de este cuento repleto de voces y de tonalidades, del escritor israelí Etgar Keret, a cargo de Angélica Rodríguez Vargas, nuestra Consejera editorial.

 

Era tan fácil hacerlo hablar. Y cuando comenzaba no lograbas hacerlo callar. La lluvia de disparos continuaba y yo comencé a creer que los terroristas no estaban buscando dispararnos por cualquier vago motivo político sino por un irresistible impulso de taparle la boca a Kochi. Kochi nos contó que los sirianos le enseñaron a los terroristas a disparar hacia las antenas de nuestros tranceptores porque al lado de ellas había siempre oficiales. Juró por la vida de su abuelo (que había muerto en Gdarísk en el mil novecientos cuarenta y dos) que hubo un tiempo en que existía una raza de conejos que tenían unas colas parecidas a verdaderas y reales antenas y que se habían casi extinto por causa de los absurdos métodos de combate de las diversas organizaciones terroristas. “Lo he leído en una enciclopedia” se apresuró a precisar para ahuyentar toda duda sobre sus afirmaciones. Los disparos continuaban incesantes. Zion se había hecho en un rincón y se tapaba las orejas con las manos. «Parece que estuviera escuchando un walkman y además tiene la camisa por fuera de los pantalones. Se le puede hacer un reporte por esto, señor Comandante», dijo Kochi en tono serio.

«Cállate, Kochi. Estoy tratando de pensar».

«Señor Comandante, tengo una idea maravillosa sobre cómo levantar la moral de la tropa» agregó Kochi ignorando mi reclamación.

«Silencio, un poco de silencio» imploró Zion.

No era claro si se estaba dirigiendo a Kochi o a los terroristas.

«Haremos el juego del mimo, ¿quién quiere comenzar?» prosiguió Kochi en tono didáctico.

Mier el búcaro, que había perdido mucha sangre, comenzó a temblar y nosotros no teníamos ni siquiera un maletín de primeros auxilios.

Kochi empezó a gritar, histérico «una licuadora, el búcaro está imitando una licuadora».

Zion, desde el rincón en el que estaba sentado, se abalanzó sobre Kochi y le dio una bofetada.

«No basta con estar bloqueados en zona enemiga, sin transceptor ni vendas y con Meir que se nos está muriendo entre los brazos, además tenemos que escuchar tus desvaríos y tus patrañas psicóticas sobre esos conejos de mierda…»

«¿Patrañas? ¿Me estás tratando de mentiroso?» Murmuró Kochi, ofendido. «Entonces para que sepas, Zion, hubiera podido salvarlos a todos: a ti, a Zohar, a la licuadora. Pero a causa de lo que has dicho…». Kochi le agitó un dedo acusador delante de la cara: «Solo por aquello que has dicho, los dejaré morir».

Afuera los disparos continuaban y yo comencé a preguntarme cómo era posible que los terroristas no se acercaran al edificio y nos lanzaran una granada de mano, eran ya veinte minutos en que no hacíamos un disparo. Pareciera que Zion me hubiera leído el pensamiento, reemplazó su cargador vacío con uno nuevo y le pegó un tiro a Kochi en medio de los ojos. «Zion, pero ¿estás loco? Lo has matado» grité horrorizado.

«Mira lo que has hecho, demente» chilló Kochi, probablemente dispuesto a morir pero negándose obstinadamente a cerrar la boca.

Miró el rostro lleno de sangre de Kochi. «Es una pesadilla» susurró.

«Es una pesadilla» me repitió con un chillido él, «pero ¿qué crees? Que te despertarás en el campamento y descubrirás haberte hecho encima dentro del sleeping. Este hijo de puta me asesinó». De esto no había duda. La bala le había destrozado el cráneo y era claro para todos que ningún ser humano hubiera podido sobrevivir a un disparo así. «Ya verás, bollo de mierda, ya verás. Mi tío es Teniente coronel en el tribunal militar, llegaré a tiempo a ver a tu madre siendo entrevistada en el noticiero después de que te hayan dado cadena perpetua» vociferó Kochi. Luego se acurrucó en un rincón y se dispuso finalmente a comportarse como un muerto. Zion estaba casi histérico. Yo sabía que teníamos que rendirnos. Salí agitando la camiseta manchada de sangre de Meir, que seguía temblando. Zion salió después de mí, un poco encorvado, con la mirada perdida.

A la primera no vi a nadie, solo la antena de un transceptor detrás de una duna. Después de un instante, sin embargo, me di cuenta de que no se trataba de un transceptor. Desde atrás de la montaña de arena apareció un conejo con una cola parecida a una antena y un fusil kalashnikov en la mano.

«Eh, muchachos, nos equivocamos: son israelitas» gritó. Otros tres conejos aparecieron detrás de la duna, se subieron en un jeep y se fueron.

«No lo puedo creer, un conejo que habla» murmuró Zion.

Volvimos al edificio y Zion sacudió a Kochi con delicadeza. «Hey, lamento haberte tomado por mentiroso, de verdad hay conejos como aquellos, y lamento haberte matado».

«No importa» dijo Kochi, «estábamos todos un poco nerviosos».

Meir seguía temblando.

 

 

Kochi 2

 

Zion se retira en dos semanas. Nos ha invitado a una fiesta en su kibutz. Kochi me ha aconsejado inventar una excusa para no irme. «Todos los que viven en el kibutz son caníbales» despotricó como siempre. «Se devoran el uno al otro, sin pensarlo demasiado. Y si no fueran personas discretas esta historia habría salido a la luz hace mucho tiempo. Falta solo que alguno se emborrache, te confunda con el secretario del kibutz que se lo ha jodido con los turnos y, track, te encuentras en el aparato digestivo de algún gordo izquierdoso». Después del episodio del Líbano se había vuelto en realidad insoportable. Especialmente después de aquella carta al Comandante del batallón.

Las primeras semanas daba vueltas por el campamento metiéndose un dedo en el hueco que tenía en la cabeza, luego lo sacaba y gritaba «Estoy muerto, aaahhhh… estoy muerto». Shlomo, el cocinero, se había desmayado cuando lo había visto y había presentado una queja al Vicecomandante de la compañía sosteniendo que no estaba dispuesto a prestar servicio en una unidad en la cual había incluso cadáveres porque él era de apellido Cohen, es decir que era un sacerdote. Akiva había calmado a Sholmo y exigido a Kochi parar con sus estupideces, Kochi entonces había mandado una carta al Comandante del batallón en la cual le exigía ser reconocido como caído en guerra y en cuanto tal ser exonerado de los turnos. A Amihai, el Comandante del batallón, se le habían saltado los nervios al leer esa solicitud y había reportado a Kochi por insubordinación, o alguna cosa por el estilo. En el juicio lo había condenado a catorce días de reclusión. Kochi había explotado con esa situación «Tú no sabes con quién te estás metiendo. Conozco el autor de este cuento. Me la vas a pagar» había gritado. Yoni el Sargento y yo nos vimos obligados a llevarlo a rastras fuera del tribunal. Amihai me pidió remitirlo por cada comportamiento insólito que tuviera. Dos días después de ser liberado, Kochi untó de mantequilla de maní el jeep que servía para el reconocimiento sosteniendo que de esta manera los camellos del enemigo perderían la orientación. No dije una sola palabra de esto a Amihai, no estaba en busca de problemas. Kochi habría podido hacer que incluso mi nombre fuera escrito con errores.

Hoy Kochi me contó con tristeza que ha enviado una corona de flores con una cinta negra a los padres de Meir el búcaro, en nombre de la unidad. «Me hace demasiada falta» ha susurrado secándose una lágrima. «Pero Meir no ha muerto, solo ha sido transferido lejos del fuego, a una unidad no combativa. Ahora hace de conductor de cualquier peso pesado del cuartel general» le he recordado a Kochi. Pero él se negaba a consolarse. «Para de llorar, Mier está vivo» le he reiterado sacudiéndole la espalda con fuerza. «Está vivo, está vivo, ¿y entonces?» ha gritado Kochi, frustrado, «hubiera sido mejor que muriera en El Líbano. Ser conductor de un general» murmulló con desprecio «esos baúcaros no tienen el mínimo sentido estético. Debí haberlo asfixiado antes de que el blindado viniera a llevárselo». «¿Kochi es la abreviatura de qué?» he tratado de cambiar el argumento. «De Kocheva. Mis padres querían una hija» respondió Kochi dignándose a ponerme atención. Cerró los ojos y sacudió ligeramente la silla. Sabía que estaba a punto de ponerse a cantar. A veces lo hacía. Se deja influenciar mucho de las películas árabes. «Cuando era un chiquillo mi padre me golpeaba/ siempre quiso una hija/ aquel padre insensible». Sus canciones duraban más de una hora y también bailaba mientras las cantaba. Yo no lo podría aguantar más. Me fui a Akiva para solicitar ser transferido. Él me ha mostrado el artículo de un periódico en el cual se hablaba de Zion. Parecía que estaba desaparecido. «Como si se lo hubiera tragado la tierra» susurró Akiva guiñando un ojo en modo elocuente. Regresé a la carpa y me metí en la cama, sin siquiera quitarme los zapatos. Me envolví en la cobija, cerré los ojos y traté de dormir.

Esa noche soñé de nuevo que Kochi se alista en la Legión Extranjera, todos los argelinos se convierten entonces al judaísmo y emigran a Israel. Me sucede siempre así.

 

 

Kochi 3

 

En la fiesta para el permiso de Kochi le llevamos como regalo un libro: Tuberías de Etgar Keret. «Un libro de mierda» dijo, haciendo una mueca, «aparte de dos… no, perdón, tres cuentos, todo el resto es basura. Hoy cualquier deficiente puede publicar un libro en una pequeña editorial y perder un montón de dinero solo porque es tan infantil como para creer que un día le llegará un buen polvo».

La verdad es que Kochi tenía más o menos razón y el único motivo por el cual Akiva había comprado ese libro era porque lo daban en oferta especial.

«Sabes, Zohar, yo conozco personalmente a este Etgar. Es un molusco, cualquier cosa que yo le diga, él la hace, ¿quieres ver?». «Deja así, Kochi, comamos torta y vámonos. Ya es tarde» le rogué. «Dale, Zohar, es mi fiesta, déjame divertir. Mira un poco cómo lo destrozo». Kochi se puso a caminar en el techo y a inventar toda clase de truquitos diabólicos para sabotear la unidad de acción y de tiempo de la trama. Kochi, para. Al final lo pagarás caro». Kochi seguía destruyendo a propósito la unidad de la trama. «No te preocupes Zohar, este Etgar es un cobarde, lo conozco hace un montón de tiempo, no nos interrumpirá el…


descarga (5)Etgar Keret. Tel-Aviv el 1967. Principalmente guionista de televisión y director de cine israelí, también es un escritor de cuentos cortos, y es considerado el máximo exponente de la narrativa moderna en hebreo debido al empleo de un lenguaje corriente para contar historias, en donde lo cotidiano, el humor negro y lo infantil, el surrealismo y lo grotesco forman parte de un mismo universo que puede leerse de una sentada. Sus cuentos son consumidos masivamente en Israel por un público en mayoría adolescente, y se han traducido a más de diez idiomas.


Angélica Rodríguez Vargas. Tiene un gato boxeador, llega oliendo a café a sus clases. Es, dicen, justa y cruel. Además es nuestra Consejera editorial.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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