Memoria de cementerios ─ Pablo Montoya

Cementerio Colón de La Habana, Cuba. Foto: Sara Gaviria Piedrahíta para Literariedad.

Nos enorgullece presentarles este poema en prosa de Pablo Montoya, de su libro Hombre en ruinas que acaba de publicar Sílaba Editores. Sus palabras hacen memoria, evocan y evidencian que la poesía del autor colombiano es tan grandiosa como su narrativa.

Para Juan Felipe Robledo

1

Había un muro que debíamos escalar. La luz era intensa y asumíamos su origen con los ojos entrecerrados. Varios huecos, entre los ladrillos, permitían un breve espacio de seguridad. Pero algunos de nosotros caíamos y era necesario volver al principio de la empresa. Aún escucho la exclamación de quien llegaba de primero a lo alto. Veo el rostro, acaso sea el mío, lleno de sudor. La risa como una centella en la boca. El cuerpo equilibrado y erguido. Una de las manos tomaba un mango que colgaba de la rama como un laurel. Al otro lado estaban los pabellones. Tan blanco era el color de sus tumbas que la muerte, como lo es ahora esa aventura de la niñez, estaba lejana.

2

En el recuerdo estoy solo hasta cierto tramo. Tras de mí, a los lados, al frente, un verdor sembrado de flores. Criaturas de alas zumbosas surcaban el aroma de la mañana. La luz cabía en la tersura de esos pétalos. Mi boca era un temblor incapaz de decir palabra. No era el tiempo para ella todavía. Ni el de creer que después sería el sustento de la vida. Más tarde alguien, una figura fulgente, me daba su mano y entrábamos en el dédalo de los muros. La luz no cejaba en esos recorridos ansiosos. Como si nos guiara hacia la desmemoria, realizaba juegos entre los resquicios de las lápidas. El olor en los nichos crecía. Nuestra nariz, ante la fermentación circundante, se ampliaba. Una felicidad emergía de la piel como una expectativa trémula. Nuestros ojos se encontraban unos metros antes de donde estaba el pequeño gentío. Yo lograba desprenderme de esa mano para asomarme. Un rezo leve, los golpes de un hacha, un llanto inaudible marcaban los instantes para volverlos perennes. Y veía el ataúd que mostraba, como un fruto escandaloso, su secreto.

3

El cuarto era pequeño. Su única ventana daba al río. En uno de los giros del cauce, por entre las escalinatas de los palacetes, el humo de las piras se levantaba. Hacía calor. La tarde poseía una coloración grasosa y gris. Habían comido arroz y verduras. Y el curri les chispeaba en la garganta cuando la puerta del cuarto se cerró. Se abrazaron. Él pasó las manos por debajo del sari. Ella se dejó alzar y abrió las piernas. Habían hablado de vidas sucesivas, de ejercicios respiratorios, de una danza milenaria entre un dios y una vaquera. Él señaló la ventana sellada. El calor era sofocante. Afuera ardían los muertos incesantemente. El aire se llenó de humo y cenizas especiadas. Se miraron y sonrieron. Las escalinatas entraban en el agua y también en el olvido. Pero el fuego, que desintegraba los cuerpos de afuera, era el mismo que los lanzaba de nuevo hacia el goce. Y como las cenizas, su calor fue consumiéndose en una vacía plenitud.

4

Los rectángulos surcaban el muro en varias hileras. Este no era alto. Pero el efecto causado por las placas, extendidas horizontalmente, le otorgaban un trazo de infinitud incómoda. Cuando las vi, desde el tranvía, pensé que eran una ornamentación propia de las ciudades modernas. Atrás estaban los árboles deshojados e intocables porque en el muro no había puerta para acceder a ellos. A sus lados, las viejas lápidas de piedra se extendían por el campo. Soñé varias noches con esa oscuridad geométrica. Me despertaba sintiendo que había recorrido un camino sin fin, o que leía un libro inmenso y sin significado. Hasta que un día bajé en la parada más próxima. Los rectángulos eran de mármol negro. En cada uno de ellos había un nombre, un par de fechas, a veces solo una. La del año en que el fantasma había sido enviado al campo de exterminio. Una vez más me sentí desamparado. Mientras leía cada rectángulo, en medio del ruido de los tranvías, los rostros iban emergiendo. Caudalosos y solitarios, se desintegraban en mis pronunciadas palabras.

5

En esos días tenía la costumbre de visitar el cementerio. Me gustaba estirarme en el prado y respirar el aire de las tardes. Fugitivo como la vida de quienes ya no estaban. Recorría las sepulturas más importantes y destinaba unos segundos para jugar con la mano pétrea de una virgen que lloraba la partida de un joven de la ciudad. A veces, iba a la sección donde yacían los muertos que habían sido incinerados. Me situaba en ciertos rincones y veía la prolongación sucesiva de los crematorios. Por instantes creía que la arquitectura tenía en la muerte su apoyo para crear la belleza de lo elemental. Todo era perfecto y sosegado y yo no faltaba a esos paseos consuetudinarios. Pero le sobrevino a la ciudad un período obsceno. Surgieron en los barrios más menesterosos pugnas entre bandas criminales y masacres en las que caían muchachos imberbes. El cementerio debió recibir cortejos populosos e irritados. Hubo que hacer con premura un pabellón para esos asesinados pobres. Lamentaba que mis ensueños de transeúnte solitario se hubieran interrumpido. La música, como una convidada tosca, sonaba en grabadoras y el licor de los dolientes se bebía con desproporción. Es verdad que mi curiosidad me llevó a introducirme entre los tumultos. Sonaban petardos, gritos desgarrados, vocablos sucios. Sacaban al muerto de la caja y lo besaban y le llamaban amigo, compadre, amor mío. Una vez alguien disparó y otro más respondió. Y tuvimos que lanzarnos al suelo. Vi cómo el cuerpo salía del ataúd y este quedaba a la merced del descarrío. Concluí que esta era la señal que me urgía. Ni siquiera tuve que despedirme de los guardias. Ninguno de ellos estaba en su garita. En el sendero que llevaba a la puerta, me detuve ante el ángel. Era esbelto y delicado. Pedía silencio con un dedo en la boca. Tuve compasión por él cuando salí del cementerio.

6

El grupo seguía el féretro a través de los muros. La mañana, entre las higueras aledañas, poseía la faz de la dilatación. Era una mano transparente que se abría y cerraba al ritmo del viento. Antes de entrar al campo, creí ver, suspendida en el cielo, una leve irisación tocada por una sonrisa bienhechora. La muerte, sin embargo, oprimía una vez más el horizonte. Mi amigo iba de la mano de su novia. Luego estaba yo. Cuatro funcionarios, de cabellos rapados, cargaban al muerto. Nunca lo conocí y solo sabía que era el hermano de mi amigo. Una vindicación confusa había segado su vida unos días antes. En silencio, pues nadie rezó, vimos cómo cerraban la tumba. El sepulturero, desde lo alto de la escalera, preguntó por el nombre. Mi amigo miró a su novia y ella lo pronunció. La espátula trazó dos palabras en la frescura del cemento. Después hicimos el camino de regreso. No recuerdo de qué hablamos. Creo que no hubo ningún diálogo. Simplemente nos llegaba la posibilidad de respirar con certeza. La novia de mi amigo, de pronto, señaló una parvada de palomas mensajeras. Todos sonreímos. Ágiles y unidas, pasaban por encima de las higueras.

7

Deambulaba por entre las grandes losas de cemento. Y te vi, escondida, en el cruce de los caminos. Allí donde el sol de la mañana entraba con tal timidez que solo un rayo, como una lamentación tenue, se difuminaba en la sombra de las huellas. Pero no sé si era el rastro de tus pies descalzos lo que hallaba. O el de tu hálito que había quedado enredado en los vacíos dejados por las lápidas. O si era el eco que tu cabello extendía en las ondulaciones del viento. ¿Por qué aparecías en este territorio de triste memoria? ¿Por qué el homenaje a esta aniquilación colectiva, en el corazón de una gran ciudad rehecha, te convocaba con claridad? ¿Por qué surgías, evanescente como una música, real como el dolor, desde la otra orilla del mundo?

8

Ascendí la colina. Los pinos construían una linde umbrosa y dejaban caer de sus follajes pedazos de neblina. El camino de siglos era angosto y mis pasos resonaban con la ilusión firme que otorga todo presente. Cuando alcancé la cima, el terreno se explayaba por un tramo. No había cruces ni alusión a naturalezas etéreas. Los árboles estaban próximos, pero imponían con su quietud una distancia impostergable. Solo había lápidas sin nombres. Bloques de piedra que se inclinaban en busca de una raíz posible. Y encima de ellos, pequeños guijarros alineados. Una pequeña escritura mineral que descifraba la mudez de lo insondable. Manos invisibles proponían ese orden con cierto desmán. La muerte terminaba siendo ajena a la simetría y a la exactitud. Y estaba bien caminar por terrenos en los que el anonimato prevalecía. Porque ¿para qué saber nombres? ¿De qué servía decirlos cuando el aire que había bastaba para nutrir mi respiración?

9

Es verdad que mi cuerpo morirá. Que antes de que todo sea consumado, quedará de mí un puñado de cenizas. Y luego polvo de un recuerdo abocado al silencio. Sombra diluida en ámbito ignorado. Pero aún no ha sucedido eso. Me es posible parpadear todavía. Puedo verme transitando el mundo que me corresponde. Antes de ese fin obligatorio, me es permitido dar unos cuantos pasos. Atravesar el patio. Mirar por entre las losas verticales. Y poner en mis ojos la amplitud del firmamento. Mientras una abeja, embriagada de vuelo y polen, busca a mi lado la colmena.

Pablo Montoya,

Envigado, junio de 2014


pabloPablo Montoya. Barrancabermeja, 1963. Escritor y profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. Realizó estudios de maestría y doctorado en literatura latinoamericana en París (Universidad Sorbonne Nouvelle Paris). Ha publicado los libros de cuentos: Cuentos de Niquía (1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (1997), Habitantes (1999, 2003), Razia (2001), Réquiem por un fantasma (2006), El beso de la noche (2010) y Adiós a los próceres (2010); los libros de prosas poéticas: Viajeros (1999, 2011), Cuaderno de París (2006), Trazos (2007) y Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto (2009); los libros de ensayos: Música de pájaros (2005), Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (2009), Un Robinson cercano (2013) y La música en la obra de Alejo Carpentier (2013); y las novelas: La sed del ojo (2004), Lejos de Roma(2008) y Los derrotados (2012). Pablo Montoya es Primer Premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas” (1993). En 1999 el Centro Nacional del Libro de Francia le otorgó una beca para escritores extranjeros por su libro Viajeros. El libro Habitantes ganó en el 2000 el premio Autores Antioqueños. Réquiem por un fantasma fue premiado por la Alcaldía de Medellín en el 2005. En el 2007 ganó la Beca de creación artística de la Alcaldía de Medellín. En el 2008 obtuvo la beca de investigación en literatura otorgada por el Ministerio de Cultura. En 2015 ganó la XIX Edición del Premio Rómulo Gallegos con su novela Tríptico de la Infamia. Ha participado en diferentes antologías de cuento y poesía colombiana y latinoamericana. Sus traducciones de escritores franceses y africanos, sus ensayos sobre música, literatura y pintura han aparecido en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa.

Más textos de Pablo Montoya en Literariedad, aquí.

Hombre en Ruinas, Pablo Montoya, Sílaba Editores (2018).
Hombre en Ruinas, Pablo Montoya, Sílaba Editores, Medellín: 2018.
Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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